La presentación de Cuentos de Hadas para No Dormir se pospone al miércoles 2 de diciembre en el Bar Cría Cuervos (Puente de Alvarado 26 Col. Tabacalera, entre metro Hidalgo y metro Revolución) debido a la burocracia imperante en el Instituto Mexiquense de Cultura, lo que volvió imposible llevar a cabo la lectura del libro junto con la exposición de imáganes realizada por Gabriela Romero.
“Esto es lo que un concierto de rock debe tener”, dijo Ismael, rojo como un tomate de tanto gritar. “Hartas explosiones”. Aunque mi amigo es locutor de radio y su poderoso vozarrón a menudo es convocado por publicistas para servir en comerciales debido a su potencia, en aquel momento apenas se escuchaba por debajo de las detonaciones. “Esto es por si alguien no se enteró que AC/DC está en la ciudad”, dijo otro espectador anónimo, a mis espaldas. El cielo se rompía en sangrados multicolores. Los cohetes eran lanzados como dardos hasta las alturas y las nubes parecían llorar lágrimas de luz y fuego. Habían transcurrido dos horas de un concierto que podría calificarse de tantas maneras y sin embargo resultaría insuficiente: divertido, ruidoso, excelente, pirotécnico, incendiario e inolvidable. A mi costado, Violeta alzaba sus ojos de gato hacia el cielo donde aún continuaban rompiendo los fuegos artificiales. No hacía mucho nos habíamos fundido para cantar You Shook Me All Night Long, lo mismo que Ismael se abrazó con su sobrino y un amigo para vociferar a todo pulmón lo que el también editor del periódico Ovaciones definió como todo un “statement”: For Those About To Rock (We Salute You). AC/DC vino a México, de eso no cabía la menor duda. Lo sabíamos porque más de 50 mil devotos nos reunimos para circular a toda velocidad por la carretera del infierno, mientras nos colocábamos unos cuernos de diablo en la cabeza, sujetos con una diadema. Por primera vez no fueron encendedores ni celulares los que brillaron en la majestuosa oscuridad del Foro Sol. Eran esos cuernos fluorescentes, que los oportunos vendedores decidieron maquilar para la ocasión, lo que convirtieron al también autódromo en el Ágora de los Demonios, donde por unanimidad aprobamos la declaración de principios que los australianos nos espetaron en la cara, a través de esa garganta construida con vidrios quebrados que posee Brian Johnson. Se apagaron las luces muy cerca de las 9 y media. En las cuatro pantallas gigantes se proyectó una animación en la cual Angus Young, caracterizado con su tradicional uniforme de escolar, conducía una locomotora a todo volumen. Sí, cuando las luces se encendieron, la locomotora estaba sobre el escenario. Y hasta vapor le salía por la nariz. Los primeros temas nos hicieron irnos de espaldas. Fue necesario prodigarnos buenos tragos de whisky para conservar la vertical, aunque con el paso de los minutos fue éste el culpable de que nuestro equilibrio no fuera óptimo. Gritamos a toda garganta (pero ni con ello logramos igualar ese sonido de vidrio molido que habita en la garganta de Brian Johnson) temas como Hell Bells y Back in Black. Durante la actuación de los australianos, afincados desde temprano en Inglaterra, hubo en especial que me tocó el corazón y me obligó a sacudirme como muñeco de trapo. A eso hay que añadirle el derroche de pirotecnia y muñecos inflables, de la locomotora que echaba humo y la campana tamaño catedral que bajó desde lo alto para que Brian se columpiara de ella. Ésta fue Highway to Hell. La carretera al infierno no fue aquella pasarela que que dividía el Foro Sol en dos y a través de la cual Brian y Angus caminaban para beneplácito de sus acólitos. La carretera al infierno estuvo pavimentada por otros temas emotivos como Rock n’ Roll Train o The Jack. La carretera al infierno fue aquel sendero imaginario a través del cual transitamos por espacio de dos horas y nos conjuo a un concierto de rock supremo. Con hartas explosionesacdc, como dijo Ismael.
El cuento cambia de final. La Bella Durmiente no despierta con el beso de un príncipe galante. No. Lo que sucede es que la doncella cae en un sueño aún más profundo, arullada por la voz cavernosa de Johan Edlund, que tomando el pedestal del micrófono con ambas manos, le receta una letanía profunda, lúgubre, palabras malditas que uno quisiera escuchar una y otra vez con los ojos cerrados: “Entre más bebo, más me convenzo de que el suicidio es quizá la única salida”. Desesperado, abatido, el cantante de Tiamat se resiste a creer –muy metido en su fatídico papel– que su amada haya caído en un letargo tan parecido a la muerte. Pero en medio de este sainete disfrazado de concierto de metal, se acerca un demonio más a enterrarle hasta la empuñadura la espada del dolor. Es Fernando Ribeiro, vocalista de Moonspell, quien al igual que hace cinco años cuando ambas bandas compartieron también el escenario del Circo Volador, en México, brota de las tinieblas y decide sumarse a la canción de los suecos. Desde el micrófono de coros del bajista Anders Iawers, su vozarrón gutural retumba: “La Bella Durmiente ha detenido el sangrado de mi alma”. La canción es toda melancolía, es toda universo que se rompe, es toda amor que se desintegra y sin embargo, resulta hermosa. Cientos de brazos la celebran erguidos como troncos de carne. Gargantas y más gargantas mexicanas son la leña sobre la que arde la hoguera del grito. La historia se repite. Otra vez, como aquel 2 de diciembre de 2007, Tiamat y Moonspell han venido a México para compartir escenario. Nuevamente Fernando ha subido para cantar The Sleeping Beauty. Vaya que los deja vú representan excursiones maravillosas. Algunas cosas han cambiado en este tiempo. El Circo es lugar mucho más recurrido. Si antes alojaba un concierto cada dos meses, ahora hay hasta tres por semana. Tiamat tiene un nuevo disco, Amanethes, y Moonspell también, Night Eternal, ambos lanzados el año pasado pero que sirvieron para traerlos de vuelta. Es domingo, dicen, el día en que Dios descansó después de crear el mundo, el mismo en que Cristo resucitó y en el que la ciudad aprovecha para descansar. Pero para la escena subterránea es el momento de despertar, de salir y tomar las calles, de desempolvar el disfraz de vampiro y afilarse los dientes para cazar. Las corbatas pueden aguardar en los armarios, confinadas a un sepulcro del que no han de levantarse hasta el lunes. Los labios se delinean de negro y las pupilas se ocultan detrás de lentes de contacto que los obligan a parecer lunas pequeñas en el interior de nuestras cuencas. El concierto arranca con una hora de retraso porque la prueba de sonido de los portugueses se atrasó. Sin embargo, hasta realizar una kilométrica línea a las afueras del Volador pertenece a la celebración. No todos los días acude uno a un aquelarre en que los tímpanos pueden incendiarse con los acordes malditos de dos representantes europeos del metal. En la fila se vive, se suda, se expira el glam a todo lo que da, en las botas de plataforma y en el detallado polveo blanco que hace palidecer los rostros de quienes esperan a un costado del metro La Viga. En los sesenta minutos que el concierto se demora, hay quienes aprovechan para lubricarse la garganta. Las tiendas aledañas al ex Cine Francisco Villa observan, con alegría, cómo sus refrigeradores se vacían de cerveza y sus anaqueles de frituras. Los asistentes se abastecen de provisiones para aligerar la guardia mientras en los improvisados puestos afuera del recinto los propietarios se dedican a ofrecer sus mercancías: ropa, discos de metal en todas sus variedades (heavy, power y black), tazas y camisetas del recuerdo y antojitos diversos, porque los vampiros igualmente se alimentan de quesadillas, sopas instantáneas y hamburguesas. Adentro, la oscuridad se lo traga todo. El escenario es un cuadro de noche. Atrás queda el recuerdo de Lacrimae, la banda local que no ha tenido una de sus mejores actuaciones y se ve forzada a retirarse en medio del desapruebo general. Ya librará mejores batallas, pero en este momento, como pinceladas de carne humana, comienzan a apreciarse las siluetas de los integrantes de Tiamat. Son cinco. La voz de Edlund cala hasta lo más profundo de los huesos. Will they come es el primer corte y Whatever that hearts le sigue. Son interpretados entre luces de color violeta que, como siempre sucede con ese bendito color, impregan el ambiente de un halo erótico y sensual. Exquisito violeta que te ciega con su belleza. El cantante está tan encantado como quienes lo escuchan. Extiende como un crucificado a quien se le ha clavado al aire y sus anos terminan en puños cerrados con cuernos extendidos. Todo en el ambiente recuerda a una celebración eucarística donde el protagonista es el Ángel Caído y no el dijo de Dios. No por nada en su instrumento luce la leyenda: 666. Children of the underworld, Divided y Cold Seed provocan que los gritos de aprobación casi se traguen la música que brota de las bocinas. Afuera debe sentirse mucho frío, pero adentro el Infierno mismo hace que los cuerpos de quienes se llenan los oídos de estruendo. Tiamat, después de una hora, se desvanece de enfrente de nosotros con Gaia, no sin antes protagonizar el referido palomazo con Ribeiro en The Sleeping Beauty. Los acólitos del subterráneo están calientes. Sus cuerpos han recibido tanto latigazo sonoro que no se irán a la tumba sin antes recibir las estocadas definitivas. Moonspell es el único antídoto que están dispuestos a aceptar. Así que una vez el efecto de una ceguera colectiva nos azota cuando las luces se mueren. Los portugueses toman el escenario y de inmediato brota la mundanal furia animal. Los gritos, los jaloneos y las melenas que se agitan como banderas de cabello. Los cuerpos que saltan y a caballazos se funden en un solo. Atrás de los músicos, que se mueven con la bestialidad de cinco guerreros dispuestos a dejar la sangre en el piso, hay una pantalla en que suceden toda clase de imágenes oníricas. Ya sea el vuelo virtual sobre un valle ensombrecido, en The Southern Death Style o un cementerio en el cual una niña, producto de la animación, se corta las venas en Luna. Igualmente unos hilos de sangre que escurren la vida del techo al piso del Circo Volador se proyectan en Vampiria y la imagen de Anneke Von Giersbergen en Scorpion Flower, el tema que Ribeiro y ella cantan a dueto en Night Eternal. Fernando es un animal que brama, que devora el micrófono como si de una flor se tratara, que les habla a los mexicanos en español e inglés y les promete que la banda no volverá esperar cinco años para regresar a su país. Moonspell ofrece una hora y media de actuación, en la que Ribeiro hace gala de esa personalidad aplastante como vocalista que se traduce en un intercambio constante de energía entre banda y público. Creen despedirse con Alam Matter, el tema que incluso dedican a México, pero son arrancados de su descanso. El bajista Aires Pereira, el baterista Miguel Gaspar, el guitarrista Ricardo Amorim y Fernando Ribeiro regresan al escenario para interpretar Mephisto y Full Moon Madness. En la primera, la pantalla, las luces y el Circo entero se pintan de rojo, rindiendo homenaje al demonio y en la segunda, todo se vuelve helado y triste cuando la luna es la festejada. Todo es sangre, todo es Diablo. Sólo entonces, cuando se ha dado el último guitarrazo y Fernando ha terminado de golpear con sus propias baquetas la batería de Gaspar como un poseso, el silencio acude como una medicina, un tónico para oídos destrozados. Es el metal, la energía de una de las giras más esperadas del año y de la coincidencia en México de Tiamat y Moonspell. Ahora si, una vez abiertas las puertas del Circo, La Bella Durmiente puede despertar e irse caminando por el horizonte.
El presente texto viene en la edición de noviembre de Marvin, cuyo tema central es "post". Desde aquí un tributo a todos los que, como yo, somos blogeros y un abrazo a mi cuñis 1, que se estrena en esta disciplina.
Diary of a blogman
Yo posteo, tú posteas, él postea. Nosotros posteamos. Vosotros posteáis. Ellos postean.
El lenguaje juvenil moderno, pos-moderno en el sentido en que la modernidad misma se observa rezagada cuando la tecnología avanza a la velocidad de la luz, está plagado de términos gramaticalmente inexistentes pero que, nos guste o no, se han incorporado a nuestra vida diaria por su contundencia. Todos, le duela a quien le duela, hemos escaneado una imagen, nos hemos mensajeado con alguien o, en nuestros arrebatos de amor no correspondido, googleamos el nombre de la persona amada en busca de su Hi5, FaceBook, MySpace o Twitter para bucear, a través de sus fotografías, dentro de su alma.
Me llamo Arthur y soy blogger. Desde hace ya casi tres años configuro, alimento y me vacío emocionalmente en una de esas bitácoras electrónicas conocidas como blog. La mía se llama TormentaNegra.blogspot.com. Ahí habitan algunas (muy pocas, no me gusta subirlas) fotografías, varias entrevistas de las que he realizado para Marvin y otras publicaciones, muchos cuentos, poemas, crónicas de viajes y conciertos y, porqué no, hasta reflexiones sobre la vida postmoderna. Tengo varios amigos bloggers, a muchos los he conocido a través de lo que escriben en sus páginas personales sin que nunca nos hayamos tomado un café en la vida real. la mayoría de las veces porque la distancia no lo permite. LaHijaDePutaConClase, por ejemplo, vive en Madrid. El blog es, quizá, una forma contemporánea de comunicación epistolar como la que puso en contacto, en el pasado, a autores –toda proporción guardada, ojo– como Charles Baudelaire y Charles Asselineau, a quienes separaba únicamente la distancia física cuando intercambiaban letras en extensas misivas selladas con cera.
Igualmente yo me mantengo en contacto con Zombie, de Hidalgo; con Gaby Rotten, de Tijuana y con la Mujer del Oasis, de Hermosillo. Sé si están tristes o contentas a través de sus cuentos y poemas, de sus anécdotas y quejas. Porque, al final, el blog es un espacio donde uno de se divierte, se vomita y se tienen orgasmos. En el blog se es. Es el foro posmoderno de las emociones.
¿Cuántos fives tendría Beethoven?
Tengo colegas de la pluma que se confiesan nostálgicos de esta última. Ya nadie derrama tinta como si se tratara de sangre, se quejan. Ahora todos los que compartimos esta profesión –yo prefiero llamarla vicio–, la de escribir, solemos enfrentarnos a un monitor y no a una hoja, en blanco.
Por el contrario, a mí la idea de la comunicación en tiempos posmodernos me parece de lo más excitante por lo ilimitada que resulta. El tiempo y el espacio se han roto. Nuestra pluma postmoderna es esa lucecita parpadeante en medio de la pantalla llamada cursor. Escribimos poesía (o eso pretendemos) con una estrella diminuta. Más que escribir posteamos. Ésa es la postescritura. Lo que los cavernícolas hicieron con cincel, nosotros nos valemos de un clic para llevarlo a cabo.
No tiene caso vivir en el pasado. Lewis Carroll, el autor de Alicia en el País de las Maravillas, lo sintetizó en una frase: “¡Qué pobre memoria es la que sólo funciona hacia atrás!”. Si trasladamos esta filosofía a los terrenos de la música la idea suena mucho más clara: si los instrumentos nunca se hubieran transformado, Clarence Leonidas Fender nunca hubiera inventado la guitarra eléctrica a mediados del siglo pasado.
Hablemos de otra frase, esta vez del escritor inglés Gilbert Keith Chesterton, autor de la novela El hombre que fue jueves: “Todos los hombres de la historia que han hecho algo con el futuro tenían los ojos fijos en el pasado”. ¿Qué mejor interpretación de esto último que el nacimiento del metal sinfónico y de bandas como los alemanes Haggard? Guitarras eléctricas, voces guturales, cornos, arpas y violines. Todo en la misma canción. Los blogs, por cierto, han roto la frontera entre los músicos y sus fans. Ya no se valen de nosotros, los periodistas, para comunicarse y un chavo promedio puede leer, todos los días, cómo se encuentra de humor Thom Yorke a través de su bitácora personal
Igualmente resulta interesante qué hubiera sucedido, en términos de comunicación, si los grandes clásicos hubieran contado con los adelantos tecnológicos de nuestra época. Si los poetas malditos o los beatniks hubieran tenido un blog, confieso que los incluiría entre los enlaces favoritos. La sola idea de leer, de primera mano, lo que hubiera salido de las cabezas de varios de mis escritores favoritos, como Lord Byron, William Burroghs o Edgar Allan Poe, me parece fascinante. Seguramente, la producción literaria de todos ellos había sido mucho más basta a través de un blog. Y vayamos más allá: ¿Habrían configurado Vincent Van Gogh o Dalí páginas de FaceBook con imágenes digitales de sus pinturas? Suena descabellado y a los más puristas les parecería una aberración, pero si tomamos en cuenta que la mayoría de los artistas –de todas las épocas– coinciden en que la difusión de su trabajo es el obstáculo más difícil a vencer, entonces quizá a ellos no les desagradaría tanto. Quizá Poe no hubiera muerto en la miseria y el abandono, lo mismo que Van Gogh. Tal vez Bethoveen hubiera subido sus sinfonías a un MySpace.
El ágora virtual
Ahora, que Internet representa al mismo tiempo un basurero virtual inagotable tampoco lo voy a negar. Que la intrascendencia de muchos Hi5’s en donde sólo se colocan fotografías de “Las mil y una borracheras” es mucha y la ortografía de muchos blogs personales resulta mucho más insultante que cualquier grosería, eso tampoco se puede ocultar. Pero de que las ideas de muchas personas que dedican tiempo y esfuerzo a su blog son interesantes y que no encontrarían una plataforma similar de no existir la red, eso también es un hecho irrefutable. Prueba de ello es el de El Chico Migraña (Sangre-de-metal.blogspot.com) o el de El Mai (MariscalBisteces.com), quienes realizan una labor titánica por la difusión del heavy metal en nuestro país. Existen también blogs como CartasFamosas.blogspot.com, que no reúnen pensamientos e inquietudes personales de su webmaster, sino que reúnen documentos fundamentales que pueden ser de interés común, en este caso misivas personales entre personajes ilustres como Alejandra Pizarnik, Augusto Rodin o Alejandro Magno.
El ciberespacio provee un ágora virtual de comunicación, similar a la de los griegos, en donde los únicos límites los impone el generador de los mensajes. Uno puede colgar en su blog los contenidos que desee y es casi seguro que contará, cuando menos, con un lector por día.
Así es la difusión post-moderna, en la que la que el posteo es el mensaje, parafraseando a Marshall McLuhan.
¿Libertad? Definitivamente brinda mucha. “Creo que si no el Mariscal Bisteces no contara con Internet, yo ya estaría en la cárcel”, dice con humor El Mai, personaje anónimo que comenzó un blog personal en el que hablaba de metal hace más de cuatro años y hoy en día suma más de 2 millones y medio de visitas y más de cien lectores inscritos. Nada mal para tratarse de un rato de ocio. El Mai comparte noticias, canciones, informa sobre tocadas, difunde anuncios sobre bandas que buscan integrantes o personas que intercambian boletos, discos o memorabilia. También sube fotos de chicas hermosas o de cosas hilarantes.
Lo mejor es que a pesar de su fama, no pierde su anonimato. El Mai sigue viajando en metro sin que sus dos y medio millones de lectores lo reconozcan.
¿Y será verdad eso de que la red aísla a las personas, que es una comunicación de mentiras porque el emisor y el receptor nunca se ven las caras? Puede ser, aunque el Chico Migraña, colaborador de esta revista y blogger, y yo, solemos vernos cuando menos una vez por semana aunque nos leamos a diario en nuestras páginas. Lo que es cierto es que el auténtico blogger es como el enamorado y alimenta su sentimiento a diario. Nunca es demasiado tarde para postear.
Mi amiga y colega Gina Halliwell (TodoMePasa.Com) una vez escribió en su blog, acerca de una vez que su marido le pedía que fuera a acostarse y apagara la laptop: “Nunca dejes a un blogger solo con su computadora”.
Normalmente no hago esto. La siguiente entrevista se publicará en un futuro número de Nocturna pero dado que el concierto de Tiamat y Moonspell es este domingo 8 en el Circo Volador, decidí adelantarla.
Anders Iwers: “Nuestro cerebro sólo piensa en la banda”
A los integrantes de Tiamat les gusta pescar y ver el futbol en la televisión, cuando no están tocando. No se sienten afines a la escena oscura ni a ninguna escena que no sea la Iglesia de Tiamat. Aprecian bastante la opinión de sus fans, aunque a la hora de componer sólo se complacen a sí mismos. Grabaron un disco nuevo, Amanethes, que vendrán a promover el 8 de noviembre en el Circo Volador. De hecho, les gusta tanto nuestro país que suelen vacacionar aquí, aunque nunca le avisan a nadie. El bajista Anders Iwers platicó con nosotros unos días antes, vía cibernética desde su natal Suecia.
Luego de una década de tocar, ¿cuál es el secreto para mantener viva a una banda? La clave radica en evitar el aburrimiento. Nosotros siempre queremos superarnos, no nos satisface ser los mismos, como personas y como bandas. Siempre estamos a la búsqueda de nuevas aventuras y nuevos retos creativos. Además, nos sentimos agradecidos de poder ser músicos, la verdad es que somos unos privilegiados por eso.
Dado que les gusta cambiar tanto, ¿cómo logran que su música mantenga esa esencia tan Tiamat? No lo sé, simplemente tocamos y las canciones suenan a Tiamat.
Si tu vida es la música, ¿qué pasa por tu cabeza en los periodos en que no estás tocando o componiendo? Trabajamos, cuidamos a nuestras familias, bebemos cerveza, pescamos, vemos futbol en la televisión y pase lo que pase, nuestro cerebro está pensando en Tiamat.
Este nuevo disco fue grabado en The Mansion, sus propios estudios. ¿Es importante contar con ese espacio de intimidad? Claro, porque nos brinda la libertad de trabajar sin ser molestados, nadie está apuntando al reloj para decirnos que se ns acabó el dinero y todo eso se conjuga para tener un ambiente de trabajo bastante relajado.
¿Existe algún concepto detrás de Amanethes? No existe un concepto como tal, pero si hay ciertas ideas comunes flotando entre las canciones, pero se me dificulta explicarlos. Siempre he preferido que cada uno saque sus propias conclusiones.
En la página de Internet del grupo hay una votación para que los fans elijan su álbum preferido. El más alto es el nuevo y el más bajo, Skketon Skeletron. ¿Crees que esto es representativo de las personas que los siguen hoy en día? No lo sé, pero así parece (risas).
¿Pero te interesa la opinión de los fans? Claro que lo es, pero no cuando estamos haciendo un nuevo disco. En ese momento, sólo nos interesa lo que nosotros pensemos.
Johan hizo la foto de la portada, ¿crees que el disco es un concepto integral de imagen y sonido? Y en ese sentido, ¿qué pasará cuando los CD’s sean reemplazados por completo por conceptos digitales? No creo que sea un concepto integral, claro que las imágenes trabajan con la música, pero no como un sólo objeto. No sé qué sucederá con la industria del disco, pero mientras haya gente dispuesta a comprar música creo que estará a salvo.
Hace algunos años estuvieron en México y cantaron The sleeping beauty con Fernando, de Moonspell. ¿Cuáles son tus mejores recuerdos de México? Son demasiadas, pero sí te puedo decir que después de tocar en el Circo con Moonspell, decidimos pasar dos temporadas de vacaciones en México y se ha convertido en nuestro país favorito.
¿Te sientes afín al gótico? Me siento fuera de cualquier clasificación.
Una de las canciones del nuevo disco que más llama mi atención es Via Dolorosa, ¿qué me puedes decir de ella? Es completamente distinta a Amanethes, porque queríamos que se tratara de una canción industrial, pero que fuera tocada por seres humanos en vez de máquinas. ¿Lo habremos logrado? ¡Ustedes tienen la última palabra!