De izq a der: Sofía y Jane (Mystica), Candy, Dez, Robo y Jerry (Misfits)NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE
Lluvia de ideas en el desierto de mi espejo. Arthur Alan Gore
De izq a der: Sofía y Jane (Mystica), Candy, Dez, Robo y Jerry (Misfits)
De la inspiracion torcida de
Arthur Alan Gore
a las
8:33 AM
2
demonios han vertido su furia
Libros prohibidos Anuncios que anuncian, Mystic Diary
Ha tenido innumerables amantes, que ya no lleva la cuenta de las caricias que recibe. Idénticas todas las chicas, como fotografías de una misma persona. Si acaso con diferente ropa. A cada una la ha seducido de manera distinta. Hoy tiene ganas de ser coqueta, así que Lorena se acerca a la barra y se da la vuelta, para apoyar su espalda cerca de un cenicero.
Ella no fuma, pero le agrada el olor a cigarro.
Tampoco bebe, pero le divierte juguetear con una copa de martini entre los dedos. Así que le pide al cantinero que se la prepare, pero sin vodka. Quiere agua pintada con jarabe de grenetina.
Está bien, le dice él, pero le costará igual que si pidiera un trago normal.
No hay problema, responde ella y coloca un billete delante del hombre. Cien pesos, todo lo que trae. No necesita más para una noche y hasta le ordena al bar tender que conserve el cambio.
Echa un ojo al bar. Lo desmenuza con los ojos. Los oídos se le llenan de conversaciones entremezcladas con música electrónica. Se bebe el agua pintada y le queda la garganta endulzada. Lorena no bebe, pero la lujuria la emborracha. Está convencida que la peda es más un asunto psicológico que químico. Mientras vacía la copa le arden las mejillas y el cuerpo se le llena de calor.
Empieza a bailar. De los muros, del piso y del techo brotan las serpientes de la música. Una canción de Prodigy, otra de Fatboy Slim y hasta de Primal Scream. El cuerpo de Lorena es manipulado por manos invisibles que actúan desde adentro. La sacuden con delicadeza y sensualidad. Al fondo de la discoteca un espejo, del piso al techo y de muro a muro, replica por millares a las personas.
Lorena coloca la copa en la barra e igual que si estuviera en la orilla del mar, se adentra a nadar entre el resto de la gente que ocupa la pista. Algunos la miran raro. No es la primera ni la última en bailar sola, pero sí la única en hacerlo de manera tan descarada. Quienes no tienen pareja, en su mayoría hombres, se mueven con discreción. En el fondo quisieran que alguien los acompañara. Lorena, por el contrario, pareciera gritar a los cuatro vientos que goza de la complicidad de su propio cuerpo. Un desconocido se le planta enfrente y le sigue el ritmo. La mira directo a los ojos. Pero ella le dedica una sonrisa sincera para después mostrarle la espalda. No está interesada en alfiles de corbata que entorpezcan su jugada. En este ajedrez de discoteca, Lorena está decida a comerse a la reina.
La localiza a unos cuantos metros de ahí. Es castaña y tiene los labios abundantes. La coquetería le brota por cada poro. Baila sola igual que Lorena y aún a pesar de la oscuridad, el ruido y las decenas de ravers que protagonizan esta danza de electroshocks inducidos, los ojos de ambas se encuentran como atados por cadenas invisibles.
Comienzan a bailar a la distancia, sin acercarse demasiado, con varios cuerpos interponiéndoseles. Ellas no se tragan el cuento de que para bailar con alguien forzosamente debe existir la proximidad física. Mediado por la distancia, el deseo arde a fuego lento. Lorena le reza al DJ que ponga una de Madonna y él escucha sus plegarias. Frozen es la letanía.
De pronto es como si dentro de una fotografía en blanco en negro, los vestidos de ambas chicas, rojos igual que sus labios, fuesen lo único que destellara en la noche. Entonces Lorena decide que es momento de arrancar a las flores de sangre del jardín de bailarines y se encamina bailando hacia el baño. No hace falta que le sugiera a la otra que la acompañe. Se encuentran las dos adentro, exactamente delante de los lavaderos y se guiñan un ojo. El derecho. En ese momento entran dos mujeres platicando. A una la dejó el novio. La otra está borracha. Lorena se echa agua en la cara sudada para disimular. Su compañera hace lo mismo. Nadie nota nada extraño. Una de las mujeres, la despechada, entra a orinar en uno de los gabinetes. Su amiga espera recargada en la puerta del privado, mientras se distrae con su celular.
Lorena y su compañera han quedado ya de verse afuera del antro. No saldrán juntas, ni siquiera se han dicho sus nombres, pero saben en qué habitación de qué hotel han de encontrarse.
Lorena sale a la calle y el frío le pega directo en las tetas, que asoman por un escote que apenas contiene, como un dique, la corriente de carne. Se forma en la fila del valet parking hasta que ve aparecer, como una cápsula espacial, el volvo gris. Se siente ebria de deseo y hasta un poco mareada. Tiene deseos de recorrer aquellas piernas con la punta de la lengua, de besar con delicadeza a aquella sexy desconocida.
Conduce sin prisa por Avenida Revolución. El hotel se encuentra a sólo diez minutos y ella mete el auto hasta la última de las habitaciones con garage. Está segura que alguien aguarda por ella.
Abre la puerta. Tiene los ojos cerrados. A tientas camina y la puerta se cierra detrás de ella. Estira la mano para encender la luz. Ahí está ella, de pie a unos pocos metros, enfrente de la cama. No median más palabras. Al mismo tiempo se tumban en la cama y las manos, desesperadas, comienzan a subir las faldas rojas, a introducirse entre los huecos que deja la ropa. Acarician con la delicadeza que sólo las mujeres conocen. Se frotan, se examinan con las puntas de los dedos. Las sábanas dejan de ser esa superficie lisa y cada vez se revuelven más, para adaptarse al movimiento que acontece encima de ellas.
Los labios se abren. Se quedan abiertos, congelados en una perpetua letra 0.
Pero entonces le viene la rabia. Lorena nunca se escapa de ella. Le encabrona esta sucesión de amantes anónimas, porque las hace desfilar por sus abrazos debido a que a la única persona que ama no puede poseerla.
Entonces se pone de pie. Al mismo tiempo, su compañera se aparta. Lorena no es más la chica coqueta de la disco. El cabello le cae sobre la cara y oculta el odio que arde en su mirada. Respira agitadamente. De pronto, enloquecida se abalanza sobre su compañera para golpearla. Grita. Le reclama que sea una puta tan bella. Las mismas manos que hace unos minutos se movían como mariposas, ahora son cuchillos que desgarran. Comienza a aparecer la sangre. Rostro rojo, arañado. Piernas rojas. Roda desgarrada y dientes y uñas con deseos de destrozar.
Ruido. Golpes. Rabia. Más sangre.
Idénticas todas, Lorena olvida a sus amantes apenas se termina el encanto. Ya todo está roto en esa habitación de hotel: el espejo que ocupaba una pared entera está hecho añicos, destrozado en forma de lágrimas de vidrio desperdigadas por la alfombra. El vestido rojo con que salió esa noche está hecho jirones. Su rostro exhibe profundos arañazos.
Lorena, que ahora respira mucho más tranquila, aunque le duele todo, piensa que nunca ha visto mujer más hermosa que ella misma. No fuma, pero le gusta el olor a cigarro. No bebe, pero se emborracha de lujuria. Otra vez quiere salir a ligar.
De la inspiracion torcida de
Arthur Alan Gore
a las
10:43 AM
1 demonios han vertido su furia
Libros prohibidos Cuentos Musicales
De la inspiracion torcida de
Arthur Alan Gore
a las
6:59 AM
3
demonios han vertido su furia
Libros prohibidos Anuncios que anuncian
El cielo se convierte en un montón de cristales que se precipitan hacia la tierra. Las puntas de cada uno de los miles de fragmentos se encajan en el vientre lodoso de la tierra y la obligan a sangrar su secreto de agua.
Obsk contempla el espectáculo sentado en la cima de la montaña. Los cristales le caen en los hombros, pero se derriten al contacto con piel hasta que, transformados en lágrimas, reptan por su cuerpo para reintegrarse al suelo.
El valle se había convertido en un depósito de agua.
Aquella mañana Luka le obsequió un dardo para que él lo colocara en la punta de su cerbatana. La ninfa se recargó en uno de los muros de la ciudad y se acomodó una flor encima de la cabeza. Le ordenó a su compañero que disparara.
-No puedo –respondió Obsk –¿qué tal si mi pulso falla?
Luka le respondió:
-Vale la pena intentarlo.
Así que el arquero favorito del rey, que también derrochaba puntería y habilidades con la jabalina, la ballesta y otras armas, se llevó la cerbatana a la boca y dio cinco pasos hacia atrás, sin despegar los ojos de Luka. De sobra conocía la predilección de la ninfa por jugar con fuego. No dejaba pasar un día sin poner en riesgo su vida para que al salvarla la valorara un poco más.
-¡Tira! –le gritó la otra y apretó los ojos cerrados.
Obsk se imaginó que el dardo era expulsado del tubo que sostenía en medio de los labios y que el viento expulsado por sus pulmones conducía la punta metálica igual que una mano invisible para hundirla en medio del rostro de la bella Luka. Echó un ojo a los senos desnudos, coronados por un par de diminutos y rosados pezones. Juzgó lamentable la posibilidad de no poderse saborear nuevamente aquellos botones llenos de vida. ¿Y si debajo de aquellos pechos descansara un corazón muerto y un charco de sangre anegada?
-¡Dispara, coño!
Sopló con todas sus fuerzas. Hasta le dolieron las sienes.
El dardo salió expulsado mientras emitía un silbido muy agudo.
Cuando la punta se clavó, la flor en la cabeza de Luka permanecía intacta.
El virtuoso arquero había fallado.
Luka se sienta a un costado de Obsk.
-De verdad quiero enamorarme de ti –le dice mientras le obsequia un beso en la mejilla. Un beso indiferente, como si lo dejara ahí por olvido –Me costó mucho trabajo conseguir el veneno. Se lo robé a mi madre, la hechicera, y cuando descubra lo que hice con él seguro querrá meterme de cabeza en el pozo.
El hombre mira los ojos de la ninfa y piensa que también se romperán igual que el cielo.
-¿Porqué no me lo dijiste? Entonces no habría fallado.
El cielo que cae se amontona a los pies del arquero. Parece que el agua trepará por él, pero su naturaleza líquida se lo impide, así que se encharca, resignada.
La ninfa apoya los brazos en sus rodillas dobladas.
-Quería sorprenderte –resopla, compungida.
Obsk alza la vista y contempla aquel cielo que se despedaza, como una telaraña tejida con nubes viejas.
-¿Y ahora cuando dejará de llover? –pregunta mientras el rostro se le llena de gotas que lo besan al caer –las cosechas se perderán y la gente se ahogará.
Momentos después del disparo, ambos habían buscado el dardo pot todos lados que Obska deliberadamente había disparado hacia el cielo, pero no lo encontraron.
La ninfa responde sin voltear a verlo.
-No está lloviendo, está enamorado.
De la inspiracion torcida de
Arthur Alan Gore
a las
2:07 PM
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De la inspiracion torcida de
Arthur Alan Gore
a las
1:24 PM
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Por eso, católicos y satánicos...
...sean bienvenidos....
...rindamos culto a lo absurdo
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