Un amigo me invitó a colaborar en una revista temática sobre Alicia en el País de las Maravillas. Éste fue el cuento que escribí.El ascensor subió a toda velocidad. Casi 80 metros en diez segundos.
Piso 45. El último. El más seguro e inaccesible de todo el complejo militar.
-Pase por aquí, por favor –le dijo el médico que lo acompañaba. Diamante era escoltado por cinco personajes sin rostro que caminaban muy rectos. Todos de negro. Con pasamontañas, chalecos blindados y una escopeta recortada entre los brazos. En su pecho lucían una insignia igual a un corazón negro.
Diamante asintió con la cabeza. Se sentía un poco intimidado por las cámaras térmicas que lo seguían con su único ojo cuando pasaba delante de ellas. Miraba su reloj a cada momento. No había más gente en los pasillos. Era un área a la que pocos tenían acceso.
Atravesó tantas rejas que perdió la cuenta de cuántas eran. Estaba acostumbrado a correr, pero se veía en la necesidad de caminar al mismo paso que los escoltas y el doctor. Al final llegaron a una bóveda en cuya entrada había un lector de huellas digitales. El médico colocó su diestra.
Se abrió la puerta automática. Era muy pasada. Se abrió de manera muy lenta y el médico le indicó a Diamante que se adelantara. Después lo siguió pero la escolta se quedó a atrás.
Aunque por dentro la habitación entera era acolchonada. En un rincón estaba sentada ella. El cabello le cubría el rostro. Sin embargo, por debajo de él y de la camisa de fuerza su respiración obligaba a que el cuerpo entero se moviera a un mismo ritmo.
El doctor le dijo a Diamante que la chica llevaba dos días sin comer, aunque le habían ofrecido algo. De continuar rehusándose, habría que conectarle un suero. Tampoco la habían aseado con propiedad, sólo la rociaron con mangueras de agua helada.
-Déjenos solos –ordenó Diamante.
Antes de que el médico saliera de la habitación, el otro completó:
-Apague las cámaras. Son los deseos de quien me envía.
-Entiendo. Enviaré una bolsa negra en diez minutos –respondió el médico, con sequedad.
Una vez que no hubo nadie más en la habitación, Diamante se acercó a la mujer y se agachó para poderla ver de cerca. Era ella, sin duda. Primero no lo creyó, cuando lo llamaron por la línea reservada, pero cuando se la describieron no cupo en él la duda. Sí que había crecido la chica. Más que la última vez y de forma distinta. Sus piernas eran mucho más largas de lo que recordaba y el cabello ya le llegaba hasta por debajo de los senos. Carajo, si hasta tenía senos.
Pero todo había cambiado por esos lugares, así que nadie podía sentirse digno de arrojar la primera piedra.
Diamante se puso de pie y se alejó a uno de los rincones del cuarto, que de por sí era pequeño. Se hizo un masaje en las sienes para aclarar las primeras palabras que diría. Estaba enojado y confundido. Comenzó a pasearse apresuradamente por la habitación. De vez en cuando clavaba los ojos en el reloj. No quedaba mucho tiempo. Nunca había tiempo de nada.
-¿Me vas a decir que no hubiera venido? –pronunció ella, al final, a. tiempo que alzaba la cara. Tenía los ojos hinchados y delineados de negro, aunque el maquillaje se había corrido y ahora parecían que la chica tenía dos manchones negros alrededor de los párpados. Un piercing le atravesaba la ceja y sus labios lucían resecos y cuarteados.
Diamante volteó a mirarla, sorprendido.
-Eso te ha quedado muy claro –dijo él al fin –aquí no eres bienvenida.
Se acercó nuevamente y tomó a la mujer por la barbilla.
-¿Te golpearon? –le preguntó.
Ella volvió a bajar el rostro y la cortina de cabello se lo cubrió nuevamente.
Diamante retiró su mano.
-Lo sé –reclamó –los mastines de la vieja nunca se han distinguido por su delicadeza. Pero da gracias, si hubiera sabido quién eras ya no te habría visto con vida.
Pero por dentro, quería pegarle el también. Destrozarla a puñetazos por atreverse a pisar otra vez este suelo. No era justo. Si Diamante se decidió a traicionar todo, incluso a sí mismo, si se cortó el cabello y aprendió a caminar erguido, si renegó de los amigos muertos y aprendió a despreciarlos, si traía una credencial en la gabardina que le permitía subir hasta el piso 45 del edificio más alto de este país para entrevistarse con la mujer golpeada que los sujetos sin rostro recogieron en la calle, es porque imaginó que nunca la volvería a ver, a ella. Porque con esos senos y esas piernas largas ni siquiera era posible que la muchacha hubiera cabido en ninguna puerta diminuta.
Apretó los dientes para que no se le saliera una lágrima.
-No es mi culpa estar aquí... –murmuró al final la mujer –creo que me volví a caer, eso fue todo. La última vez me fui siguiendo a un pendejo y ahora me caí por pendeja.
Diamante sintió que el corazón le daba un vuelco. Jamás oyó palabras semejantes en la boca de la mujer en otros tiempos.
-Nadie te obligó a que siguieras a ese pendejo –expresó mientras entendía que lo mejor era hablar en tercera persona, como ella.
Pero tampoco era momento de discutir. Si no actuaba con rapidez los rumores de su existencia llegarían a oídos indebidos e incluso la vida de Diamante se encontraría en peligro.
-¿Qué fue de los demás? –preguntó la chica.
-Fueron capturados después de que nos abandonaste. Los ejecutaron sin juicio para no darles tiempo a que huyeran, como tú. Sólo sobrevivimos cuatro, que nos incorporamos a la maquinaria.
La chica gritó:
-¡No los abandoné! ¡Ni yo misma sé qué fue lo que sucedió! ¡Simplemente me fui! ¡Me tenía que ir!
Diamante le puso la mano en la boca.
-No grites.
La muchacha se tranquilizó y él la dejó terminar.
-Nunca los he entendido, aquí todo es tan ilógico. Ahora que regreso te encuentro así, tan gris, tan hombre, tan frío.
Diamante volvió a ver su reloj.
-Es tarde. Muy tarde.
La chica se rió. Su cabello rubio se abrió para dejar ver sus dientes amarillos de tanto fumar crack.
-Te digo –mencionó ella, ahora con dulzura, hay cosas que nunca cambian. Incluso después de 15 años.
Diamante la miró con sus ojos tristes. Tenía los dientes muy grandes y la piel y el cabello blancos, albinos. Usaba lentes y un sombrero, no como aquel enorme que utilizaba el amigo en común que ambos tenían, pero sí del mismo color, negro.
Al fin, se secó con el dorso de la mano una de las lágrimas alcanzaron a escapársele y empezó a hablar.
-Cuando me avisaron que te encontraron desnuda y deambulando confundida por la calle, no dudé en venir. Te preguntaron tu nombre pero tú delirabas, ignorabas si estabas en tu lugar o aquí. Después, cuando recuperaste la conciencia, empezaste a preguntar por mí... por quien fui en otros tiempos. Pero aquí tu cabeza tiene precio, por eso procuré que nadie descubriera tu identidad.
La chica iba a hablar, pero Diamante le puso la mano en la boca otra vez.
-Ahora soy Diamante y trabajo al servicio de la Gobernante, soy su Jefe de Seguridad Personal. No la menciones, ni tampoco digas tu propio nombre. De hecho, cualquiera de los nombres que conociste no se pronuncian más. El que utilizaba sombreros ahora labora como Asesor del Tesoro. Se llama Corazón. Aquella que iluminaba la noche con su sonrisa es Espada y se encarga de hacer la guerra.
El hombre metió la mano en el bolsillo de su gabardina y sacó una jeringa, que exhibió ante los ojos de la muchacha.
-Procura no volver a caerte aquí o no correrás con la misma suerte que hoy. Ella te odia y no dejará de hacerlo. Te cree muerta y si descubre que vives, te perseguirá hasta que logre degollarte.
Diamante abrazó a la muchacha y le hundió la aguja cerca del cuello, hasta que dejó de respirar.
Dos minutos después entró en la habitación el médico que estuvo al principio en compañía de dos hombres.
Diamante estaba en un rincón, observando el cuero de la muchacha.
-Los integrantes de mi equipo la recogerán abajo. Ellos saben qué hacer con el cuerpo. Lo tirarán en un hoyo.
Después tomó su celular y marcó un número.
-Listo, su Majestad –dijo con autoridad –Falsa alarma.
-Te toca, mi Alice –expresó Keyla, la asiática con aretes en los pezones –Ponte.
Pero la otra estaba un poco dispersa, somnolienta. Le dolía la cabeza. Había tenido una noche horrenda. Iba a tomar la pipa de cristal, pero cuando estiró el brazo lo pensó mejor y se contuvo.
-Mejor hoy no.
Keyla tenía la mirada perdida, los ojos incendiados. Estaba desnuda y el abundante bello de su pubis se derramaba en un arbusto húmedo. El tatuaje de su pecho parecía cobrar vida. Representaba una tortuga enorme.
-¿Y vas a aguantar toda la escena en tus cinco? –le preguntó a Alicia.
Echó una mirada al set, afuera del camerino. Un hombre alto, rubio, con los músculos marcados, esperaba a un costado de un sillón de cuero. La verga debía medirle por lo menos veinte centímetros y la tenía roja y henchida. También traía un látigo en la mano.
A su costado estaba la cámara, que era revisada por el director.
Alicia se puso se pie y se quitó la bata, descubriendo un cuerpo que de tan blanco deslumbraba. La asiática también se puso de pie y se pellizcó los pezones.
-Hay cosas peores –dijo su compañera.







