jueves, julio 30, 2009

Inyéctame, aspírame

Un amigo me invitó a colaborar en una revista temática sobre Alicia en el País de las Maravillas. Éste fue el cuento que escribí.
Inyéctame, aspírame

El ascensor subió a toda velocidad. Casi 80 metros en diez segundos.
Piso 45. El último. El más seguro e inaccesible de todo el complejo militar.
-Pase por aquí, por favor –le dijo el médico que lo acompañaba. Diamante era escoltado por cinco personajes sin rostro que caminaban muy rectos. Todos de negro. Con pasamontañas, chalecos blindados y una escopeta recortada entre los brazos. En su pecho lucían una insignia igual a un corazón negro.
Diamante asintió con la cabeza. Se sentía un poco intimidado por las cámaras térmicas que lo seguían con su único ojo cuando pasaba delante de ellas. Miraba su reloj a cada momento. No había más gente en los pasillos. Era un área a la que pocos tenían acceso.
Atravesó tantas rejas que perdió la cuenta de cuántas eran. Estaba acostumbrado a correr, pero se veía en la necesidad de caminar al mismo paso que los escoltas y el doctor. Al final llegaron a una bóveda en cuya entrada había un lector de huellas digitales. El médico colocó su diestra.
Se abrió la puerta automática. Era muy pasada. Se abrió de manera muy lenta y el médico le indicó a Diamante que se adelantara. Después lo siguió pero la escolta se quedó a atrás.
Aunque por dentro la habitación entera era acolchonada. En un rincón estaba sentada ella. El cabello le cubría el rostro. Sin embargo, por debajo de él y de la camisa de fuerza su respiración obligaba a que el cuerpo entero se moviera a un mismo ritmo.
El doctor le dijo a Diamante que la chica llevaba dos días sin comer, aunque le habían ofrecido algo. De continuar rehusándose, habría que conectarle un suero. Tampoco la habían aseado con propiedad, sólo la rociaron con mangueras de agua helada.
-Déjenos solos –ordenó Diamante.
­Antes de que el médico saliera de la habitación, el otro completó:
-Apague las cámaras. Son los deseos de quien me envía.
-Entiendo. Enviaré una bolsa negra en diez minutos –respondió el médico, con sequedad.
Una vez que no hubo nadie más en la habitación, Diamante se acercó a la mujer y se agachó para poderla ver de cerca. Era ella, sin duda. Primero no lo creyó, cuando lo llamaron por la línea reservada, pero cuando se la describieron no cupo en él la duda. Sí que había crecido la chica. Más que la última vez y de forma distinta. Sus piernas eran mucho más largas de lo que recordaba y el cabello ya le llegaba hasta por debajo de los senos. Carajo, si hasta tenía senos.
Pero todo había cambiado por esos lugares, así que nadie podía sentirse digno de arrojar la primera piedra.
Diamante se puso de pie y se alejó a uno de los rincones del cuarto, que de por sí era pequeño. Se hizo un masaje en las sienes para aclarar las primeras palabras que diría. Estaba enojado y confundido. Comenzó a pasearse apresuradamente por la habitación. De vez en cuando clavaba los ojos en el reloj. No quedaba mucho tiempo. Nunca había tiempo de nada.
-¿Me vas a decir que no hubiera venido? –pronunció ella, al final, a. tiempo que alzaba la cara. Tenía los ojos hinchados y delineados de negro, aunque el maquillaje se había corrido y ahora parecían que la chica tenía dos manchones negros alrededor de los párpados. Un piercing le atravesaba la ceja y sus labios lucían resecos y cuarteados.
Diamante volteó a mirarla, sorprendido.
-Eso te ha quedado muy claro –dijo él al fin –aquí no eres bienvenida.
Se acercó nuevamente y tomó a la mujer por la barbilla.
-¿Te golpearon? –le preguntó.
Ella volvió a bajar el rostro y la cortina de cabello se lo cubrió nuevamente.
Diamante retiró su mano.
-Lo sé –reclamó –los mastines de la vieja nunca se han distinguido por su delicadeza. Pero da gracias, si hubiera sabido quién eras ya no te habría visto con vida.
Pero por dentro, quería pegarle el también. Destrozarla a puñetazos por atreverse a pisar otra vez este suelo. No era justo. Si Diamante se decidió a traicionar todo, incluso a sí mismo, si se cortó el cabello y aprendió a caminar erguido, si renegó de los amigos muertos y aprendió a despreciarlos, si traía una credencial en la gabardina que le permitía subir hasta el piso 45 del edificio más alto de este país para entrevistarse con la mujer golpeada que los sujetos sin rostro recogieron en la calle, es porque imaginó que nunca la volvería a ver, a ella. Porque con esos senos y esas piernas largas ni siquiera era posible que la muchacha hubiera cabido en ninguna puerta diminuta.
Apretó los dientes para que no se le saliera una lágrima.
-No es mi culpa estar aquí... –murmuró al final la mujer –creo que me volví a caer, eso fue todo. La última vez me fui siguiendo a un pendejo y ahora me caí por pendeja.
Diamante sintió que el corazón le daba un vuelco. Jamás oyó palabras semejantes en la boca de la mujer en otros tiempos.
-Nadie te obligó a que siguieras a ese pendejo –expresó mientras entendía que lo mejor era hablar en tercera persona, como ella.
Pero tampoco era momento de discutir. Si no actuaba con rapidez los rumores de su existencia llegarían a oídos indebidos e incluso la vida de Diamante se encontraría en peligro.
-¿Qué fue de los demás? –preguntó la chica.
-Fueron capturados después de que nos abandonaste. Los ejecutaron sin juicio para no darles tiempo a que huyeran, como tú. Sólo sobrevivimos cuatro, que nos incorporamos a la maquinaria.
La chica gritó:
-¡No los abandoné! ¡Ni yo misma sé qué fue lo que sucedió! ¡Simplemente me fui! ¡Me tenía que ir!
Diamante le puso la mano en la boca.
-No grites.
La muchacha se tranquilizó y él la dejó terminar.
-Nunca los he entendido, aquí todo es tan ilógico. Ahora que regreso te encuentro así, tan gris, tan hombre, tan frío.
Diamante volvió a ver su reloj.
-Es tarde. Muy tarde.
La chica se rió. Su cabello rubio se abrió para dejar ver sus dientes amarillos de tanto fumar crack.
-Te digo –mencionó ella, ahora con dulzura, hay cosas que nunca cambian. Incluso después de 15 años.
Diamante la miró con sus ojos tristes. Tenía los dientes muy grandes y la piel y el cabello blancos, albinos. Usaba lentes y un sombrero, no como aquel enorme que utilizaba el amigo en común que ambos tenían, pero sí del mismo color, negro.
Al fin, se secó con el dorso de la mano una de las lágrimas alcanzaron a escapársele y empezó a hablar.
-Cuando me avisaron que te encontraron desnuda y deambulando confundida por la calle, no dudé en venir. Te preguntaron tu nombre pero tú delirabas, ignorabas si estabas en tu lugar o aquí. Después, cuando recuperaste la conciencia, empezaste a preguntar por mí... por quien fui en otros tiempos. Pero aquí tu cabeza tiene precio, por eso procuré que nadie descubriera tu identidad.
La chica iba a hablar, pero Diamante le puso la mano en la boca otra vez.
-Ahora soy Diamante y trabajo al servicio de la Gobernante, soy su Jefe de Seguridad Personal. No la menciones, ni tampoco digas tu propio nombre. De hecho, cualquiera de los nombres que conociste no se pronuncian más. El que utilizaba sombreros ahora labora como Asesor del Tesoro. Se llama Corazón. Aquella que iluminaba la noche con su sonrisa es Espada y se encarga de hacer la guerra.
El hombre metió la mano en el bolsillo de su gabardina y sacó una jeringa, que exhibió ante los ojos de la muchacha.
-Procura no volver a caerte aquí o no correrás con la misma suerte que hoy. Ella te odia y no dejará de hacerlo. Te cree muerta y si descubre que vives, te perseguirá hasta que logre degollarte.
Diamante abrazó a la muchacha y le hundió la aguja cerca del cuello, hasta que dejó de respirar.
Dos minutos después entró en la habitación el médico que estuvo al principio en compañía de dos hombres.
Diamante estaba en un rincón, observando el cuero de la muchacha.
-Los integrantes de mi equipo la recogerán abajo. Ellos saben qué hacer con el cuerpo. Lo tirarán en un hoyo.
Después tomó su celular y marcó un número.
-Listo, su Majestad –dijo con autoridad –Falsa alarma.


-Te toca, mi Alice –expresó Keyla, la asiática con aretes en los pezones –Ponte.
Pero la otra estaba un poco dispersa, somnolienta. Le dolía la cabeza. Había tenido una noche horrenda. Iba a tomar la pipa de cristal, pero cuando estiró el brazo lo pensó mejor y se contuvo.
-Mejor hoy no.
Keyla tenía la mirada perdida, los ojos incendiados. Estaba desnuda y el abundante bello de su pubis se derramaba en un arbusto húmedo. El tatuaje de su pecho parecía cobrar vida. Representaba una tortuga enorme.
-¿Y vas a aguantar toda la escena en tus cinco? –le preguntó a Alicia.
Echó una mirada al set, afuera del camerino. Un hombre alto, rubio, con los músculos marcados, esperaba a un costado de un sillón de cuero. La verga debía medirle por lo menos veinte centímetros y la tenía roja y henchida. También traía un látigo en la mano.
A su costado estaba la cámara, que era revisada por el director.
Alicia se puso se pie y se quitó la bata, descubriendo un cuerpo que de tan blanco deslumbraba. La asiática también se puso de pie y se pellizcó los pezones.
-Hay cosas peores –dijo su compañera.

NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

miércoles, julio 29, 2009

El violín de la Gringa





“Cambio gringa neurasténica y ultra feminista por mexicana sumisa y servicial”.
Ningún periódico publicaría semejante anuncio. Puede que sí, El Gráfico o La Prensa. El Mexicano se imagina la cara que pondría la empleada de los Avisos de Ocasión cuando si le dictara el texto. Tal vez se moriría de risa. Quizá no, a lo mejor lo capturaría con indiferencia. Repitiría cada palabra en voz alta, lentamente.
Ya no se sabe, a estas alturas, personas como ellas estarán acostumbradas a escuchar de todo. Sólo hace falta echarle un ojo a los diarios que el Mexicano compra a diario antes de subir al metro.
“Báñate conmigo. Sexy Masaje. Metro Juanacatlán. 100 pesos”.
“Alondra. Bustonsísima. 19 años. Anal. Japonés”.
“Dos amigas complacientes. Relájate con nosotras. Acepto desahogo en bubis, pompas, lengua”.
“Cubano. Velludo. Richie. 20 centímetros de ver...dadero placer. Parejas, Mujeres, Intercambios. Metro Pantitlán”.
¿Pero, una gringa malgeniuda? ¿A alguien podría hacerle falta una en su casa?
Cada día son más recurrentes los sueños en los que el Mexicano asesina a Megan. El tipo se levanta en medio de la madrugada y se desliza hasta la habitación de la maestra de violín. Abre la puerta para que pueda entrar la muerte. Se acerca a la cama de la Gringa y la observa, apenas embarrado su rostro anglosajón por la luz de la luna. Luce tan blanca y tan rosa al mismo tiempo, tan caucásica, tan aria, tan yankee, nauseabunda y repulsiva. Quisiera aplastarle el cráneo hasta que tronara como una nuez.
Pero en vez de eso, él coloca sus pulgares en la tráquea norteamericana y la comienza a apretar. La maestra de violín abre los ojos. Son azules como dos peces, pero de inmediato se empiezan a teñir de rojo. Un montón de hilitos de sangre brotan del blanco de su conjuntiva como si sus ojos fueran a hacer erupción. Van a reventar con todo y párpados.
De la garganta de la Gringa quieren brotar palabras, pero le falta aire para construirlas, así que el Mexicano sólo puede leer sus labios.
Ignora si quiere decir “Ayúdenme” o “Help me”, pero le vale madre. Aprieta más. Aprieta tanto que le duelen las yemas de los dedos.
Y despierta.
Cuando sus propios párpados se descorren hacia arriba y la luz de la mañana le recuerda lo poco que durmió, entonces el Mexicano sabe que la Gringa sigue en la habitación de al lado, viva y respirando.
Él quisiera salir corriendo hasta las oficinas del Gráfico y colocar ese anuncio de ocasión. Pero no. Ya no más. Bastantes problemas le han generado ese tipo de comunicaciones. Todavía tiene guardado uno de esos avisos casuales, el que colocó hace seis meses en las páginas del Universal.
“Se requiere de estudiante extranjera para compartir departamento. Cuarto independiente. Todos los servicios incluidos. Renta razonable”.
Lo recortó al otro día de la primera pelea con la Gringa y lo colocó en medio de las páginas de su libro favorito, para recordarse todos los días que hasta que no asesinara a esa mujer no recuperaría su tranquilidad.
Ella se presentó un sábado por la mañana con su máscara de mujer amable y le dijo que estaba buscando un lugar para vivir. Era originaria de Tennessee y el Mexicano pensó que nadie que hubiera nacido donde se embotella el Jack Daniels podría resultar un mal roomie. La Gringa trabajaba como etnomusicóloga y su estancia en México se debía q que desarrollaba un proyecto de investigación para doctorarse en el que estudiaba el surgimiento del punk en México. A ella no le gustaba el punk, sino el country, un tal Merle Haggard. Pero la forma de acercarse a uno de los chicos punk fue, precisamente, ofrecerse para enseñarle a tocar el violín.
Así que una semana después ella trajo su cama, dos cajas de libros, su laptop y el estuche de su instrumento.
La primera señal importante de que aquel trato intercultural vino el día en que el Mexicano dejó una Playboy sobre la mesa del comedor, cuando llegó de trabajar.
A la mañana siguiente encontró un libro colocado encima de la portada de Carmen Electra. Se trataba de uno de Simone de Beauvoir.
Dos días después, el Mexicano descubrió que no había espacio en el refrigerador para colocar el jamón que acababa de comprar. Diversas legumbres, frutas y semillas atiborraban los tres entrepaños. Al final logró arrinconar el pedazo de animal cerca de la leche.
Transcurrida una semana, sostuvieron su primera discusión. El Mexicano se hizo acompañar al departamento por una de las mujeres que solían posar en la revista erótica donde él trabajaba como fotógrafo. Era una de sus ventajas, siempre había chicas dispuestas a complacerlo para que él hiciera mejor su trabajo. Los dos llegaron borrachos y dando tumbos. Se metieron en su cuarto y aunque intentaron no hacer demasiado ruido, el edificio entero escuchó los diversos tonos en que la Modelo, era capaz de gemir.
La Gringa no fue la excepción. Se despertó y no tuvo de otra que poner música de Merle Haggard a todo el volumen que su laptop se lo permitió.
Ya entrada la madrugada, el Mexicano acompañó a la Modelo a su casa y regresó para encontrar a la Gringa sentada en la sala, cruzada de brazos y con los ojos inyectados. Discutieron. Ella le hizo varias revelaciones de las que nunca hablaron cuando se mudaron juntos: la Gringa padecía de insomnio crónico y nada le molestaba más que despertarse para escuchar los detalles de la vida sexual de su compañero de techo, además era una feminista declarada y si bien intentaba ignorar que el Mexicano era fotógrafo para una revista que utilizaba a las mujeres como objetos, sí le sacó de quicio encontrar una Playboy en la mesa, por lo que preferió cubrirla sutilmente con un libro. También tenía hábitos vegetarianos y no toleraba mirar ni siquiera la carne.
-Y hay una cosa más –dijo ella en español.
-¿Yes, miss? –respondió él, en inglés.
-Escuchas esa pinche música de heavy metal que tanto odio. ¿Puedes hacerlo con audífonos?

El Mexicano pensó que Dante se había quedado corto con su descripción del Infierno. En realidad éste no tenía Nueve Círculos, sino dos habitaciones, un baño completo, una cocina y una sala comedor. Se trataba de este departamento en el que se veía obligado a compartir la vida con una mujer que no era su esposa, su novia o su amante. Por el contrario, se había asumido como su más férrea enemiga.
Una vez más se atrevió a traer a una mujer, esta vez una maquillista de body paint de las que usualmente decoraban los senos de las modelos en la revista, pero el Mexicano se lamentó por el resto de la noche. Mientras la Artista y él se revolvían entre las sábanas, escuchó que a gringa se salía del departamento. Azotó la puerta, refunfuñó groserías en inglés.
Al cabo de una hora, ellos habían terminado de dibujar pinturas invisibles en sus cuerpos y estaban mirando una película, desnudos. La Gringa entró en el departamento y comenzó a tocar la puerta de la habitación del Mexicano, con deseos de echarla abajo.
El Fotógrafo se puso de pie y se subió los jeans sin ponerse ropa interior. La Maquillista se cubrió con el edredón que había quedado en el piso. Cuando se abrió la puerta, la Gringa entró en el cuarto y comenzó a gritar, en inglés y español, que el Mexicano era un pedazo de mierda, un irrespetuoso y que no se movería de ahí hasta que prometiera no traer más mujeres al departamento. También exigía que él renunciara a su trabajo.
Después, la Maestra de Violín se sentó en el piso y se cruzó de brazos. Respiraba agitadamente.
La Maquillista les pidió que arreglaran sus diferencias, que no la metieran a ella en esos embrollos.
-¿Pues qué, es tu novia o qué? –le reclamó al Fotógrafo de Conejitas, desde la cama hecha un caos.
-¡No, no digas pendejadas! –respondieron al mismo tiempo el Mexicano y la Gringa. Él de pie, con el torso desnudo; ella, cruzada de piernas en flor de loto.
En eso sí estaban de acuerdo.

Un día después del incidente con la Arista, el Mexicano había resulto correr de la casa a la Gringa y se lo diría en ese mismo momento.
Al llegar al departamento, notó que todo estaba oscuro y en silencio. Fantaseó con la idea de que la Maestra de Violín se hubiera marchado por su propia iniciativa.
Cuando encendió la luz, la encontró sentada en su sillón, casi reducida en flor de loto y con los ojos bañados en lágrimas. Tenía la computadora personal en las piernas y de ella brotaban los audífonos hasta sus orejas. Sostenía un vaso vacío en la mano y a sus pies descansaba una botella de Jack Daniels casi nueva.
-¿Estás bien? –le preguntó con un tono suavizado. En ese momento le salió sincero. El que la Gringa luciera tan vulnerable hizo que por un momento olvidara sus intenciones bélicas.
-Estoy celebrando –le confesó ella, que parecía más bien lamentar la muerte de alguien.
La Maestra de Violín le contó que esa mañana había recibido una carta en donde le informaban que había ganado una nueva beca, lo cual le permitiría continuar con su estancia en México y terminar con desahogo el proyecto acerca de los punks. Sin embargo, aquella noticia también la llenó de melancolía debido a que transcurriría otro año sin ver a su familia en Tennessee. Encima, no tenía muchos amigos en México con quienes pasar las horas de tristeza. Fue así que recurrió a Jack Daniels.
-Sírvete un poco –le dijo al Mexicano, ahora sí, en inglés.
-Gracias, voy a picar un poco de queso para que comamos algo –reviró él, en español.
Bebieron hasta que se terminó la botella. Rieron y hasta lloraron juntos. Pero nunca se tocaron. Jamás un abrazo fraternal o una palmada en el hombro. Tampoco escucharon heavy, sino country.
Resolvieron hacer una tregua: el Mexicano no llevaría más mujeres a casa y procuraría fornicar en los hoteles aledaños al departamento, para que la Gringa pudiera dormir. Ella liberaría espacios en el refrigerador y se desaparecería un día de los dos del fin de semana para que él pudiera compartir la tarde con alguna chica.
También le sugirió que renunciara a la revista.
Él ya no se rió.
Se fueron a dormir cada uno a su habitación y al otro día, compartieron, aunque por separado, una infame cruda.


Otra vez se mete a su cuarto con el sigilo de un gato. Ella ha salido. Todos los sábados acude al Chopo, para juntarse con sus amigos los punks, aunque para la Gringa se mucho más correcto referirse a ellos como “Colaboradores”. Los trata como objetos de estudio.
El Mexicano se queda observando el estuche negro con forma de mujer. Sería tan sencillo aplastarlo, destrozarlo, descargar un vendaval de ira sobre el violín hasta que no quede de él sino astillas.
Todas las noches esa música de violín se sale por la rendija de la puerta y le taladra las sienes. No es que la Maestra lo haga mal, pero el violín es el testimonio de su presencia. Le recuerda al Fotógrafo que nunca podrá ser feliz hasta que se deshaga de ella.

Al otro día de la borrachera las cosas vuelven a la normalidad. Ambos se pelan los dientes como fieras. Las mujeres, la revista, la música y las verduras, todos son excusas perfectas para gritarse un titipuchal de groserías. So ofenden lo mismo en inglés que en español.
En un momento él no puede más y le grita:
-Tienes un mes, ¡quiero que te largues! ¡Voy a devolverte el depósito de renta que me diste!
-Yes! I’m leaving! –responde la rubia de ojos azules.
Luego de unos segundos de silencio en que sus respiraciones de fieras son lo único que se escucha, ella dice:
-Tú no tienes corazón.

Ni un recuerdo siquiera de haber poseído algo en el pecho. Su corazón es este manojo de odio que lo impulsa a levantarse en la noche y caminar por la casa para no enloquecer. Sólo quiere apretar ese cuello hasta que ni un filamento de aire logre penetrar por la garganta y entonces la Gringa expulse la vida por la nariz.
Sólo entonces, cuando ella no vuelva a tocar el violín, el Mexicano podrá dormir en paz.


Ya no fue necesario colocar el anuncio en el periódico, porque una noche, cuando él regresa de encontrarse en el hotel de la colonia con alguna de las modelos de su revista, el Mexicano descubre que la gringa se ha largado sin avisar. En la habitación donde estuvo la cama, la cajonera y el estuche de violín, sólo queda un eco que rebota en las paredes igual que una flecha invisible.
Esa noche él destapa una botella de vino, no de Jack Daniels, y se sienta en la sala a brindar con su propia sombra.
Pero a la mañana siguiente, él se mete al baño a lavarse los dientes y le parece que una sombra pasa por detrás de sus hombros, por el pasillo y rumbo a la cocina. Cuando sale a ver no encuentra nada. Pero su nariz no lo engaña. El departamento huele a cebolla y pimienta.
Sale a trabajar y poco a poco se olvida que un día tuvo una Gringa con quien peleaba. Las mujeres desfilan por su cama y por primera vez nadie protesta porque los muros coleccionen gemidos y carcajadas.
Y poco a poco él aprende a dejar chiles cociéndose en un sartén mientras sale a trabajar, para que el olor a condimentos de la Maestra de Violín se disipe del ambiente. Come únicamente carne. También sintoniza heavy a todo volumen y llena las paredes de imágenes de chicas desnudas. Además, habla solo. En español. Coloca un ejemplar de La Ley de Herodes, de Irbagüengoita
Pero de vez en cuando unos pasos resuenan a sus espaldas o una respiración le hace segunda a la propia cuando se va a dormir.

Un mes exacto después de la partida de la Gringa, el Mexicano la vuelve a ver. Es como si hubiera despertado de un sueño. La Maestra de Violín sale de su recámara –nuevamente están ahí la cama, la cajonera y el maldito estuche negro con forma de caderas– con la pereza propia de quienes no suelen dormir bien por las noches. Su cabello es un sol desnutrido, que lanza rayos amarillos en todas direcciones y sus ojos apenas se asoman debajo de los párpados hinchados.
Cuando la observa el Mexicano quiere gritar de miedo, pero no se atreve. Después lo invade el enojo y le dan ganas de matar a la Gringa por regresar a la casa. Pero cuando ella pasa delante de él, con la parsimonia de un zombie, él se contiene. ¿Y si ya la matado y lo que mira no es sino un espectro? ¿Y si en realidad ella nunca se fue?
El Fotógrafo se limita a contemplarla mientras la Gringa se mete al baño.
Cambio cadáver de Gringa por la paz absoluta de la soledad. ¿Lo publicarían en el Gráfico?

No siempre la observa. Hay veces que él llega a su casa y lo único que encuentra es la puerta cerrada de la recámara que no es la suya. Por más que pega la oreja no alcanza a escuchar nada. Ni música de country ni violines.
Por las madrugadas se despierta e intenta capturar los sonidos de la Gringa, su respiración o cuando manos las groserías en inglés que ella solía decir entredientes.
Pero no hay nada.
En otras ocasiones sí la ve. Pero ella a él parece que no. Luce tan satisfecha y complacida como si viviera a solas. Llena el refrigerador de vegetales y al cabo de unas semanas otra vez escucha los temas de Merle Haggard. Son esas veces las que el Mexicano se convence que quizá ella se le adelantó y lo asesinó en medio de alguna noche.

Ambos fantasmas de carne humana se acostumbran a cohabitar. Vivos o muertos, desde que la Gringa regresa al departamento, el Mexicano y ella se sumen en una especie de tregua, de guerra fría sazonada por el más absoluto silencio. Nunca se hablan. Ni para saludarse ni para agredirse.
Cada cual se encierra en su propia habitación y mientras uno entra al baño, el otro aprovecha para prapararse un sándwich en la cocina. Así nunca tienen que verse las caras. El Mexicano y la Gringa se convierten en un cúmulo de sonidos.

Llega el día en que el Fotógrafo no puede más. Piensa que si no la asesina, aquella Gringa terminará por convertirlo en un ratón, en una sombra, en minúsculo punto en su propio departamento. Se pone un saco, toma una navaja y espera a que sea sábado. Cuando ella sale rumbo al Chopo para verse con los punks a quienes enseña a tocar el violín, el Mexicano sale detrás de ella. Prácticamente pisa las huellas que ella deja sobre el pavimento y se mueve por los mismos lugares. Ella hace mucho que no lo ve, pero él desea volverse invisible para el resto del mundo.
La navaja en el bolsillo y sus dedos rodean el mango igual que un puñado de cinco lombrices, el Fotógrafo camina detrás de aquella figura delgada de cabello rubio y piel rosada.
Al fin la Gringa entra en el metro y el Mexicano baja las escaleras detrás de ella, ansioso y palpitante. Siente que una gota de sudor le baja por la frente y le recorre hasta el mentón con el tacto de una caricia helada. Ambos esperan a que llegue el tren y cuando están a punto de abordar, extrae la punta de acero y la clava en el hombro de la gringa. La gente se abre, grita, se contrae y el miedo es una infección que se propaga con rapidez.
De pronto ya no hay Gringa en el Metro, pero sí el Mexicano tirado en el piso y varios policías que lo sostienen para que no pueda moverse.
Cuando lo llevan arriba, de regreso a la superficie, alcanza a mirarse en un cristal que funciona como espejo. Ahí la cara terrible de la Maestra de Violín, con sus ojos azules incólumes, el maquillaje barrido como una lágrima multicolor que resbala por el rostro entero y el cabello convertido en una revoltura de alambres dorados. El hombro es una fuente de sangre. El Mexicano está muerto de miedo.
-Pinche vestida loca, mañana seguro sales en el Gráfico –le dice uno de los paramédicos que lo ayudan a subir a la ambulancia.






NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

viernes, julio 24, 2009

Monterrey rockea así

Amos.
Hace varios años fui al primer Monterrey Metal Fest. Toda una aventura. Hacía un frío de 4 grados y llovía sin parar. Vi a Dio, Quiet Riot, Twisted Sister y Shaaman, entre otros muchos.
Escribí una crónica para La Mosca en la Pared que nunca se publicó.
Llegó el momento de sacarla del baúl.
Monterrey Metal Fest
El diluvio no nos detuvo


Para Ross, que lo hizo posible

Monterrey, Nvo. León.- De entrada parecía un flash back, el cartel de un Festival que hubiera sido todo un éxito en la década de los ochenta y que en pleno siglo XXI sólo atraería a los nostálgicos de corazón, aquellos que como los músicos estelares se habían ya llenado de hijos, canas, achaques y arrugas. Twisted Sister, Dio, Quiet Riot, Dokken… piezas fundamentales de aquello a lo que conocemos como metal y que para fortuna nos sigue erizando los vellos de la espina dorsal. Cada uno poseedor de cuando menos un himno rockero que alimentó las primeras fiestas de la secu, cuando apagábamos las luces de la sala (padres ausentes, por supuesto) para fajarnos los unos a las otras en los sillones. El primer Monterrey Metal Fest –llevado a cabo en el Auditorio CocaCola del Parque Fundidora- sería además el pretexto para que Iván conociera en persona a esa regia con la cual mantenía comunicación vía Internet desde hacía varios meses.

El Arca de Noe
Tere resultó ser un amor. Nos recogió en el Aeropuerto y se sirvió acompañarnos a encontrar hotel, desayunar un machacado en el mercado y hasta se ofreció a pasar por nosotros al otro día para depositarnos en la comodidad del avión que nos habría de regresar al Distrito Federal, después de una sobredosis de solos de guitarra, batería y voz. Seguramente mi compañero de viaje deberá regresar al regio paraíso para pagarle a nuestra anfitriona de la manera en que ella lo considere más conveniente.
Conforme fue avanzando el día, nos dimos cuenta que el piloto de Aerolíneas Azteca en cuyas manos habíamos depositado nuestras rockeras vidas mintió: lo que él anunció como un “cielo medio nublado” era una auténtica recreación londinense, donde la niebla nos impedía ver el popular Cerro de la Silla.
La temperatura fue descendiendo paulatinamente al mismo tiempo que los ánimos se encendían dentro de los asistentes al Festival, con la esperanza de ver lacerados sus tímpanos por los más explosivos guitarrazos.
Entramos al recinto, un auditorio al aire libre de impecable diseño, donde el sonido se esparcía efectivamente como el más puro de los venenos, provocando que la visibilidad y la acústica sean excelentes, dondequiera que uno se ubique. El público fue de lo más variado de la fauna metalera, como si un Noé headbanger hubiera elegido a una pareja de cada especie para echarla dentro de su arca: deambulaban por doquier darqui-metaleros, espid-metaleros, trash-metaleros, glam-metaleros y hasta niu-metaleros. La señal de los cuernos, elaborada con los dedos índice, pulgar y meñique de la mano derecha, aparecía a la menor provocación, como si se tratara de una extensión del boleto de entrada, que nos permitiera el acceso a la celebración.

Siente el ruido
Luego que varias bandas regias y de otros lugares –Skeptic Universe, Aiwass y Stentor- hubieron aporreado sus instrumentos en el escenario pequeño desde el mediodía, a las dos en punto, Cage desvirgó al entarimado principal. Aún no había ni un 40% de gente, pero los de San Diego soltaron una bestia sobre las tablas, golpeando a los presentes directamente en el pecho. Una hora y media después, los brasileños de Shaman nos recetaron lo mejor del power metal carioca. Andre Matos lució una garganta privilegiada, alcanzado agudos que se elevaban como jabalinas y daban justo en el blanco. Bien podrían sonar como una banda alemana, pero subyace en su música una esencia latinoamericana. Hatebreed tomó la estafeta. Desempacado del Ozzfest, el cuarteto ha logrado que se le reconozca como un nuevo valor del nuevo metal, destacando sobre todo la presencia escénica de su desquiciado guitarrista Sean Martín y su cantante, Jamey Jasta, quien sin contratiempos podría doblar a Phil Anselmo si alguna vez el ex Pantera amaneciera con laringitis.
Para entonces, el frío comenzaba a colarse como un fantasma por dentro de los huesos. Encima, una leve brisa golpeaba con insistencia al personal, igual que si un titipuchal de mosquitos nos enterraran sus aguijones de hielo en el rostro.
Pero Quiet Riot hizo acto de presencia y en un instante, el lugar ardió. Metal health fue la primera descarga y la ráfaga continuó, a quemarropa, con Love’s a bitch, Run for cover y desde luego, Cum on feel the noize (primer gran momento), que recordó a los más viejos que ese líquido que les corre por las venas es sangre y los mantiene en pie. Thunderbird fue el momento cumbre, tema que le dedicaron al desaparecido guitarrista Randy Rhoads, que alguna vez le rascó las cuerdas para Ozzy Osbourne.

Hasta que el cuerpo aguantó
Ronnie James Dio es el huesero más célebre de la historia. El ya abuelito puede contarnos a sus nietos que fue cantante de dos de las tres bandas que conforman la Santísima Trinidad Metalera: Deep Purple y Black Sabbath. Teatral, indecente y sobre todo, incansable, Dio deleitó a sus prosélitos con Don’t talk to strangers, Man on the silver mountain y por supuesto Rainbow in the dark (segundo gran momento).
Aquellos que por un día se pudieron deshacer de esa serpiente de tela que los asfixia cinco días a la semana, de nueve a seis, y que lleva por nombre corbata, bebieron golosos cuanto licor rockero que Don Dio quiso obsequiarles. Quizá fuera él más sincero de los tres grupos estelares, quien se ha mantenido en pie de guerra y se ha abstenido a la tentación de refritearse a sí mismo infinitamente, proponiendo siempre entregar las mismas gatas, aunque no revolcadas.
Finalmente, después de la medianoche y a punto de que una nueva glaciación sepultara la ciudad donde nació Piporro, Twisted Sister apareció en el entarimado. Dee Snider lució el mismo modelito raído que en los ochenta lo convirtió en la pesadilla de las abuelitas y que hoy en día palidece ante la parafernalia disney-porno-landesa de Marilyn Manson. Sin embargo, el líder de la Hermana Retorcida se sabe un showman atractivo (repelente a las reumas) y un cantante más que aceptable. En su rostro colgado, súper maquillado y medio cubierto por las greñas a lo Britney Spears de la tercera edad, se formaban las más cómicas de las muecas.
Parece que nadie le dijo a Mr. Snider que efectivamente Twisted sedujo a México…. 20 atrás y que hoy en día su visita no tiene el mismo impacto que otrora. En más de una ocasión recurrió a la siguiente frase: “sé que México esperaba con ansia nuestra visita dos décadas atrás, ahora estamos aquí”. (Zzzzz…)
Pero cuando dejaba de hablar y comenzaba a tocar, el ruido era la neta. The Price nos dejó caer el rigor de una buena power ballad y la apabullante You gonna burn in hell por poco hace que saliéramos a exigir las cabezas de Linkin Park, Papa Roach y cuanto apóstata se ha referido al nü metal como la tumba del glam. El coro de más de 15 mil jedbanguers entonando a pulmón rasgado We’re not gonna take it fue el tercero de los momentos más espeluznantes.
Cuando desperté por la madrugada en el hotel, con las piernas entumidas y la garganta hecha jirones, me percaté que a punto estoy de que más de doce horas de rock and roll hagan mella en mi salud. Pude verme en un flash-go (¿cuál será el antónimo de flash back?), acompañando a mi hija a una tocada de rucos, donde quizá Jonathan Davis sea un clásico y Marilyn Manson, aquejado por la demencia senil, tenga su propio reality show en televisión. Tere, ya ven por nosotros y sácanos de Monterrey.
Noviembre, 2004

NoS LEEmos, SatANáS MEDiAnTE

martes, julio 21, 2009

Estornudos de troll



Esta mañana me creció un troll en la espalda y comenzó a darme mucha comezón, así que me rasqué.

El diminuto monstruo poseía una nariz enorme y retorcida, que no me permitía recargarme en el respaldo de mi silla. Me rasqué y la cabeza del troll se asomó un poco más en medio de mis omóplatos. Entonces, intenté ignorarlo, pero antes del mediodía al monstruo le había salido una boca y se puso a estornudar repetidamente, como si fuera víctima de alguna terrible infección.

Pero no estornudaba con el sonido de los estornudos. Por el contrario, si aquellos labios verdes, arrugados y salpicados de verrugas, salían cosas que parecían canciones.

La comezón en mi espalda no cesaba y enojado, comencé a restregarme contra el tirol de los muros, igual que un oso. Llegó el mediodía y ni siquiera pude tocar mi café, porque el dolor de que algo creciera en mi espalda me estaba matando. Encima, los compañeros de la oficina se encontraban molestos. Amenazaron con reportarme con el supervisor si no le bajaba a la música. Enfrente de ellos rompí el cable de mis bocinas y ni siquiera así me creyeron de lo que se trataba. Lo que para ellos sonaban como canciones de Joy Division, The Cure o sinfonías de Mozart eran realidad los estornudos del horrendo troll que me estaba creciendo en la espalda.

Tuve que escapar de la oficina y casi me fue imposible subir al auto porque la bestia ya pesaba bastante. Como pude, llegué a casa y me metí a la cama, acostado bocabajo. Los estornudos ya eran ensordecedores y aunque le ofrecí un pañuelo para que se limpiara los mocos, el troll me ignoró olímpicamente y se concentró en crecer cada vez más.

A estas horas de la noche, el monstruo es tan grande que yo sólo parezco un diminuto grano en su cuerpo. Ahora es él quien me ha obligado a cantar. Tal vez me esté resfriando, pero de la boca me salen estrofas de Ian Curtis. El amor nos partirá en dos. Y de Robert Smith. Somos como gatos de amor. También tosí la 40.

Bueno, querida, disculpa la hora que es. Sólo te llamaba para aconsejarte que nunca te rasques cuando te salga una roncha en el cuerpo.

O quizá sólo busqué un pretexto para llamarte.






NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

lunas de rimel



Me gustan las sonrisas negras
en el termina el delineado
de tus ojos,
dentelladas de lápiz
en forma de cuarto creciente.
Las lunas de rimel
cobran vida
cuando te rompes
a carcajadas.


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Como una sombra vil


Anoche escuché a Cinthya decirme por última vez que soy un perro. Esta mañana, después de haberla hecho llorar en tantas ocasiones, desperté convertido en uno.

Estoy echado junto a la cama de mi mujer y lo primero que sucede cuando abro los ojos es que mi propio olor hace que se me revuelva el estómago. Pero además, tengo un horrible sabor en el hocico que seguramente es parecido a la mierda. Con todo lo anterior, no resisto la imperiosa e inexplicable necesidad de olfatearme el culo e incluso, de lamérmelo. Siento asco de mí y de mi cuerpo, pero no puedo dejar de pasarme la lengua por el ano. El hombre y el perro luchan dentro de mí. La bestia quiere imponerse, pero el ser humano aún se hace notar.

Pasados unos minutos me dan ganas de mear, y aunque no debiera importarme hacerlo aquí mismo me invade un explicable temor. Sé que si orino la alfombra me van a patear las costillas, así que me acerco a la cama y me paro en mis patas traseras, hasta que mi hocico queda a unos milímetros de los dedos de mi mujer. Una vez más, comienzo a lamerla. Le he chupado los dedos muchas veces mientras cogemos, pero es la primera vez que me saben diferente. No es amor, ni cariño, mucho menos respeto. Lo que experimento al hacerlo es una sensación de total sumisión.

Al fin, Elizabeth abre los ojos. Tiene lagañas en el izquierdo, pero se lo talla hasta que la imagen se aclara. Supongo que se extrañará de verme, porque hasta anoche ella tenía un hombre en su colchón y no un perro en su alfombra. Al menos eso quiero creer.

Lejos de eso, mi novia se endereza sobre la cama y me obsequia una sonrisa. Mis orejas se caen cuando lo hace. Tengo ganas de hacerla reír. Ella me acaricia la cabeza como nunca lo hizo cuando fui hombre y me obsequia unas palabras inteligibles llenas de dulzura. Ignoro si mis oídos caninos han dejado de entender el español o si mis sentidos de hombre ya no están acostumbrados a escuchar algo que sea ternura.

Elizabeth se pone la bata y se encamina hacia la puerta. Hoy es la primera vez en mucho tiempo que en lugar de cederle el paso, comienzo a correr detrás de ella.

Cuando estoy a punto de pisar la banqueta, me detengo en seco. Afuera hace frío y yo estoy desnudo. Un pudor humano me congela las patas peludas, pero mi mujer me toma por la barriga y me carga. Así, me lleva hasta el pasto y ahí me deposita, para que orine. Es tanto el miedo que me provoca el ruido de los automóviles, la prisa de las personas que caminan por la calle, los gritos de los niños y la excavadora que un tipo sudorosa estrella contra el pavimento, que me meo abundantemente. El olor de mi orina de perro se mete a mi nariz y aunque no me da asco, sí hace que me duela la cabeza. Cuando mi novia y yo fumábamos marihuana, nos atraía la idea de ver videos viejos de Caifanes en la pantalla de plasma, porque la vista y el oído se nos afinaban y los estímulos llegaban amplificados a nuestros sentidos.

Ahora me sucede con los olores. Percibo las llantas quemadas, los pedos de los desconocidos y el sudor del hombre de la excavadora. También el aroma de Cinthya, que ha comenzado a menstruar esta mañana.

Apenas termino de orinar, corro hacia la casa y comienzo a rasguñar la puerta hasta que mi dueña la abre. Cuando entro, corro hasta la cocina y me echo en el suelo. Aquí me siento seguro, aunque el estómago me duele un poco. Cinthya parece tener un sexto sentido, porque de inmediato se agacha y coloca cerca de mí un plato de croquetas. Dudo en comer la primera, porque recuerdo lo hediondas y repugnante que estas cosas solían parecerme cuando pasaba cerca de sus empaques en el súper. Sin embargo, la molestia en la barriga es ya inclemente así que hundo el hocico en el plato.

La primera me cuesta tragarla, la segunda resulta un manjar.

Los días subsecuentes me resultan un poco aburridos, porque aún recuerdo el trabajo al que solía asistir todos los días. A Cinthya le repugnaba porque me restaba tiempo para compartirlo con ella.

Eres un perro desconsiderado, eres un perro infiel, eres un perro maldito. Eso era lo único que escuchaba de sus labios en nuestras últimas discusiones. Pero siempre hablamos mucho de perros, aunque no teníamos uno.

También cogíamos de perrito.

No es que me guste mi nueva condición, pero es que después de algunas semanas descubro que Cinthya tenía razón. Después de todo, quizá si fuera yo un perro incluso antes de aprender a andar en cuatro patas. Me gusta nuestra nueva vida. Todos los días ella me saca a pasear y me da de comer. Después me quedo solo en casa hasta que ella regresa del trabajo y entonces me echo a sus pies mientras me acaricia el lomo. Ya no siento frío, ni pudor por estar desnudo. Me gusta chuparme los testículos y he aprendido a disfrutar de las croquetas. Odio bañarme. Me da mucho frío, pero es la única forma en que consigo tener una erección, evidentemente hace mucho que mi mujer no me toca como hombre. Con todo y eso, me siento bien.

Soy un perro sí, pero muy afortunado por tener conmigo a Cinthya.

Creo que también soy una mejor criatura. Si como hombre no me importaba acostarme con otras mujeres, como perro ni siquiera concibo lamer otros dedos que no sean los de mi ama. Mis ladridos son sinceros y nunca le mienten. Podría echarme a dormir a sus pies hasta el final de los días.

Pero sucede que una mañana Cinthya se levanta más temprano de lo acostumbrado. No tengo idea de qué pasa, pero me invade un enorme terror, como si pudiera advertir que algo malo va a suceder. Tengo ganas de chillar. Mi cuerpo tiembla. Mientras tanto, mi ama se pone de pie y comienza a vestirse, pero esta vez elige ropa deportiva. Yo corro a su alrededor y emito unos chillidos tan lastimeros que mis propios oídos duelen.

Después suena el timbre y un olor extraño se mete por mis fosas nasales, desatando mi ira. Corro hacia la puerta, de donde proviene esa amenaza y Cinthya viene detrás de mí. Abre la puerta y entonces lo veo: es grande, enorme y su voz es como un trueno que lastima. Huele tanto a hombre que me provoca deseos de vomitar. Por instinto me pongo entre él y Cinthya y le enseño los dientes. No paro de la ladrar y a punto estoy de soltarle una mordida cuando escucho que mi ama me grita. La observo y sus ojos están a punto de arder. Entonces bajo la cabeza y la cola y me dirijo hacia la sala. Perro malo, perro malo. Ella se marcha con el desconocido. Trae una maleta en el hombro. Huele a lo que recuerdo como bronceador. Ya no menstrúa pero ella y el desconocido debe advertirlo. Quién sabe.

Tarda mucho en regresar. Yo estoy triste y temo que la casa deje de oler a Elizabeth si su ausencia se prolonga todavía más. Me dejó varios trastos llenos de croquetas pero no tengo deseos de comer nada.

Al tercer día, decido que debo salir de aquí para buscar a mi ama. Aún late en mí un reducto del hombre que fui y eso me permite razonar. Sé que si salto hacia el fregadero, podré alcanzar la ventana que siempre está abierta, porque desde que nos mudamos a esta casa no sirve y yo no he tenido tiempo para arreglarla (Eres un perro irresponsable).

Cuando estoy en la calle, me quedo paralizado. Ya había olvidado lo aterrador que resultaba el ruido, los autos, la desorganización y el caos. Me pica la piel. Mi nariz es un ciclón de sensaciones que aturde, que me marea. Fuera de control, pero con deseos de terminar con todo, me lanzo a correr hacia la calle. Puede ser mi última oportunidad. Prefiero morir atropellado antes que continuar esta vida como perro, pero lejos de Elizabeth. Si regresa, se enterará que su perro ha muerto. Perro egoísta. Quizá ella siempre tuvo razón, pero no importa, ya podrá comprarse otro perro.

Cuando llego a la avenida, me quedo de pie en medio de uno de los carriles. A lo lejos veo una camioneta que se hace más grande. No lo pienso y me quedo quieto.

Cierro los ojos, quizá el último de mis reflejos de humano.

Ahora sí, moriré como un perro.

Pero el golpe nunca llega y la camioneta se frena poco antes de chocar con mi cuerpo.

Una persona se baja y me toma por el pescuezo y me sube al automóvil.

Elizabeth nunca me puso un collar.

En el estéreo de la camioneta suena una canción de Caifanes que quizá no alcance a recordar la próxima vez que la escuche. Ya no recuerdo qué hacía yo en mitad de la calle. Elizabeth dirá que soy un perro que olvida muy pronto. Qué importa, voy detrás de ti como un perro infeliz. Me asomo por la ventana. Mi lengua se seca con el viento. Ahora la casa que habité con Cinthya se hace cada vez más chica en el horizonte.

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lunes, julio 20, 2009

¿Quién morderá a los murciélagos?


Y en Marvin de julio....


Maná se preguntó en dónde jugarán los niños y Molotov cuestionó lo propio con las chicas. A mí, desde hace tiempo, existen preguntas para las cuales no encuentro respuesta. Ante la perspectiva que nos ofrecen nuestras estrellas actuales de rock, existen asuntos que no me dejan dormir: ¿quién destruirá los cuartos de hotel? ¿a quién revivirán los paramédicos con una inyección de adrenalina directo al corazón cuando una sobredosis le quiera arrancar la vida? ¿Quién, por todos los cielos, morderá la cabeza de los murciélagos?

El rock es música, pero también algo más. Desde sus orígenes, se ha erigido como un primo hermano del escándalo. El rock suda morbo, chorrea ríos de amarillismo por cada poro y ésa funciona como la miel que atrae a las moscas. ¿No? Entonces, ¿Porqué Syd Barret es el Diamante Loco, que del reino de la genialidad no volvió jamás? ¿Se ha sacado las costillas Marilyn Manson para autocomplacerse oralmente’ ¿Introducía Jimmy Page pescados en las vaginas de sus grupis? ¿Firmó con sangre Kiss el contrato para producir su historieta?

La respuesta a algunas de estas interrogantes es sí, para otras es no.

Algunas son anécdotas reales y otras se reducen a disparates inventados por gente con más tiempo que cosas qué hacer. Pero todas han contribuido a fortalecer el mito de la estrella de rock como la de alguien con súper poderes sexuales (¿No se ha tirado Gene Simmons a tres mil y tantas mujeres?), que disfruta de la eterna juventud (y si no, pregúntenle a los Rolling Stones), que realiza pactos diabólicos (¿se saben la de Robert Johnson, el guitarrista de blues que supuestamente le vendió su alma al diablo en una encrucijada para que el enseñara a tocar?), cuyo cuerpo es medio de comunicación con otras dimensiones (¿Era Elvis un extraterrestre?) y con la inmunidad para destruir el mundo si le da la gana (o arrojarse a la alberca de un hotel desde un noveno piso, al estilo Charly García). Las rockstars también pueden beber a raudales y experimentar con todo tipo de drogas.

Las estrellas de rock son niños que juegan el más peligroso de los juegos.

Por lo menos solían serlo.

Hoy en día, cada vez son más las estrellas de rock que prefieren ser virtuosos que desmadrosos (Guns N’ Roses llegó a ser la banda más peligrosa de su época mientras que Radiohead parece ser la más influyente de todos los tiempos), y cada vez resulta mucho más rentable ser un niño bueno que un rebelde sin causa. Por ejemplo, a Ozzy Osbourne, Príncipe de las Tinieblas, se le tiene por un viejito decrépito y atolondrado gracias a su reality show mientras que Bono, el santurrón desabrido, hay quienes lo quisieran canonizar. El rock está en crisis.

Existen razones por las cuales las estrellas de rock debieran ser personas mucho más atormentadas, reventadas, extravagantes y nihilistas. Por ejemplo, para que se puedan rodar buenas películas sobre sus vidas, llenas de escenas de sexo, drogas y teorías de la conspiración. Casos concretos: Kurt & Courtney, el documental de Nick Broomfield en donde se acusa a la viuda de haber matado al líder de Nirvana. También Control, la biografía de Ian Curtis rodada por Anton Corbijn, ofrece secuencias memorables sobre los ataques epilépticos del desafortunado cantante y su posterior ahorcamiento. Y qué decir de Val Kilmer cuando en la cinta The Doors, de Oliver Stone interpretó a un Jim Morrison taponado de cocaína persiguiendo a una periodista para cogérsela, desnudo y con la Carmina Burana como fondo.



Tu rock es botar

¿Pero qué es lo que hacen nuestras estrellas de rock hoy en día? Bah, la mayoría nos dicen que nuestro rock es votar (¿Dónde quedó el Anarchy For The UK, caray?) y Moderatto es imagen del Consejo de la Comunicación. Pues entonces si mi rock es votar, bótense todos a la canica. Yo quiero estrellas de rock groseras e impertinentes, que devuelvan sus títulos nobiliarios como protesta (gracias Lennon) y que canten God Save The Queen sobre un barco que traviesa el Támesis mientras la Reina celebraba sus primeros 25 años de ascensión al trono. Dijo John: You may say that I'm a dreamer, pero como completaron los Ramones I believe In Miracles.

Hasta Belinda, con quien la banda comandada por Bryan Amadeus grabó un polémico dueto, se vio mas ruda protagonizando un escándalo erótico en Internet al mejor estilo de Tommy Lee y Pamela Anderson, que los mismos Moderatto.

Eso es lo que pasa: nuestros rockeros han perdido el camino y mientras tanto, el pop gana terreno. El Rey del Pop es un alienígena deforma cuyo rostro se cae a pedazos. Guau. Cuánto material para escribir. Y La Princesa del Pop es una junkie redimida, que incluso fue a dar una clínica psiquiátrica.

¿Cuál fue la última banda acusada de incluir mensajes subliminales de corte satánico en sus canciones? Para quien no lo recuerde fue RBD, hace un par de años. Sí, la situación está para llorar.

El Diablo mismo se ha de sentir ofendido mientras Dios se carcajea en las alturas.

Eché un ojo a las páginas en Wikipedia (para fines de este artículo no importa si lo que se dice es cierto o no, lo que importa es que se digan cosas) de algunas de las que podrían ser las estrellas de rock del futuro. Salvo Pete Doherty y Amy Winehouse poco hay de material como escribir una buena novela sobre estrellas de rock.

The Strokes hicieron un buen intento con su afición a la bebida, pero Kings Of Leon hasta cristianos resultaron. Gerard Way, de My Chemical Romance, se esfuerza por serlo con todo ese asunto del maquillaje, los muertos vivientes y las historietas. Pero en términos generales, faltan estrellas de rock en los tabloides. Cada vez son menos las que dan la nota. El terreno se lo están ganando los integrantes de la comunidad de hip hop con sus matanzas, sobredosis y escándalos sexuales y porqué no, hasta los gruperos.

Más de una década dedicado al periodismo de espectáculos me ha permitido seguir de cerca este fenómeno: la decadencia de la estrella de rock como el personaje fantástico, guarro, mágico y estrafalario, adorable y repulsivo. Ya no hay Slashes que coleccionen serpientes y tarántulas ni Lemmys que hagan lo propio con memorabilia nazi.

Cada vez parece más que la estrella de rock del futuro lucirá más como un ángel que como un demonio. Las buenas conciencias se salieron con la suya. El Diablo nos agarre confesados.



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martes, julio 14, 2009

Adiós a la luz, bienvenida sea la oscuridad


(se había quedado por ahí)


En el programa especial Las 100 Mejores Canciones de los 90, que transmitió VH1, un crítico calificó a Enter Sandman, que por cierto figuró entre los primeros diez de la lista, como “el himno nacional de los metaleros”.

Esta noche es la tercera de tres con las que Metallica pone fin a una espera de una década desde su anterior visita, y en ella se hace realidad la metáfora del periodista entrevistado por el canal de videos.

“Exit light, enter night”, gritan miles de gargantas como una declaración de principios. Sí. Escuchar a Metallica es lo mismo que darle muerta a la luz y exigir que nos envuelvan las tinieblas como las manos de una madre. La nuestra.

Están por cumplirse dos horas desde que Kirk, James, Lars y Robert salieron a este escenario con su energía de gladiadores romanos a sostener una batalla a muerte con el silencio. Son como los bomberos de Ray Bradbury en Farenheit 451; en vez de apagar incendios, los desatan. Los cuatro destazan oídos con la más elemental combinación de armas y para efectos de metal, la más eficaz: la contundencia de una batería, un bajo, dos guitarras y una voz que se mete como trueno en los oídos. Ésa y ninguna otra es la aleación primaria del metal que te tritura la cabeza pero te acaricia el corazón.

El rostro de James es el de un demonio con barba albina, amplificado en las pantallas gigantes a los costados del escenario. Las arrugas que agrietan su rostro enfurecido recuerdan a la Casa Usher de Poe, a punto de derrumbarse.

Es tanta la ira que proyecta mientras interpreta rolas como Creeping Death, One, Cynade o Fade To Black (“vaya que la conocen”, dice el vocalista cuando termina la canción, “estuvieron practicando durante diez años”) que nuestra piel crepita como una hoguera. Durante el primer concierto, al que igualmente acudí, y le tocó el turno a Blackened todo se pintó de negro. Y a los lados de donde se ubicaba la banda formada en San Francisco se elevaron hasta el cielo varias columnas de fuego. La pirotecnia, incondicional aliado de la música pesada cuando ésta se toca en vivo, enardeció aún más a la gente. Aquellas llamas representaron los escupitajos del Demonio en la cara de Dios.

Pero hablemos del principio de éste, el tercero, cuando Metallica descargó Creeping Death. Ése fue el anuncio para que el Ángel Exterminador sobrevolaría nuestras cabezas. Una lluvia de vasos desechables celebró los trepidantes acordes. Conatos de slam se extiendieron igual que tumores malignos entre el gentío y Jane Mystica, el Chico Migraña y otros amigos nos vimos alcanzados por uno. Quizá es donde perdí mi celular, lo que descubrí cuando abandonamos el Foro Sol y en vano intenté hacer contacto con Lady P.

En la mitad de Creeping hay un puente instrumental en el que, con brazos levantados, el Foro exige la muerte de alguien: “Die, motherfucker, die!”. Cada quien expresamos nuestro propio odio.

En este presente, más cohetes revientan por todas partes, sincronizados con las detonaciones que anuncian la llegada de One y las pantallas reniegan de los colores, los expulsan de ellas hasta esgrimir un discurso configurado en los no colores: el blanco y el negro, igual que en el video. El primer video de Metallica, que a principios de los 90 le costó a la banda la lealtad de muchos fanáticos, quienes prefirieron desconocerlos porque les pareció que el metal no debe acceder a las masas.

One me transporta más de tres lustros en el pasado, cuando las rodillas no me dolían después de tanto soltar y yo mismo tenía una banda junto a mi primo y unos amigos. Entonces tocábamos One y nada podía ir lo suficiente mal en el mundo. Entonces los Metallica no rebasan los 30 de edad y la barba de Hetfield brillaba como el oro y no como los rayos de la luna que desde lo alto nos bendice con su pálida hermosura.

Incluso el ruido más inclemente conoce territorios de paz. El metal necesita del calor necesario para fundirse. Por eso, Metallica compone baladas y Nothing Else Matters es una pieza de metal líquido cuya lírica peca de sentimientos aunque no de cursilería. En alguna entrevista Hetfield dijo que se inspiró para escribirla en lo complicado que resulta mantener una relación de pareja cuando se forma parte de una banda que realiza giras mundiales.

Jane, que me acompaña hoy, lo sabe bien. Por eso ella vive eternamente enamorada de alguien que la comprende sin reservas: Eddie, la mascota de Iron Maiden.

“Tan cerca, sin importar lo lejos que estemos. Nunca es demasiado para el corazón. Por siempre confiemos en lo que somos y nada más importa”.

Durante el primero de los conciertos Lady P y yo nos fundimos en un beso mientras Metallica ejecutaba el tema. Un beso que duró la canción entera y que fue secundado por las burlas de nuestros compañeros de espacio. Bah, qué importa. En una semana me voy a Londres y nos dio sentimiento. El heavy metal también es sitio para arrumacos. Caricias con sabor a cannabis y besos humedecidos en cerveza.

Metallica deja huella, igual que la pata de un tiranosaurio. No es cualquier banda. Hubo un momento en que los odiamos con todo y nuestro profundo St. Anger, pero después de todo y haberlos visto en vivo, nos queda claro que siguen siendo los héroes. Alabados sean. Y con el brazo en posición de saludo militar, entonemos el himno.




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jueves, julio 09, 2009

La última página


Sentía el chorro de agua en las manos como una navaja helada que amenazaba con cortarle los dedos. Nico estaba muy triste, pero sobre todo, lastimado. Le dolía lavarse la cara. Tenía muchos moretones. Pero aún así se echó agua helada en los párpados y se los restregó con la toalla.

Era inútil, no se trababa de un sueño.

Dejó caer la toalla y comenzó a examinarse el rostro en el espejo. Una cortada le atravesaba el labio inferior y el pómulo izquierdo hinchado. Pero con todo, se había ido casi limpio. Rayo Espino no pudo hacerle demasiado daño antes de que Nico lo enviara a la lona, inconsciente.

Retrocedió para mirarse el pecho en el espejo. En la superficie plana, se reflejó su abdomen perfectamente marcado: meses de entrenamiento habían rendido sus frutos. Arriba, los poderosos pectorales. Sólo algunos rasguños semejaban un arado sobre ellos. Pero esos ya no habían sido obra de Rayito.

Anoche, Nico se sentía el rey del mundo. Pero esta mañana, en la cama sólo amaneció un reducto de hombre. Lo mismo que fue su vida antes de ganar ese campeonato por nocaut.

Volvió a examinarse. Se veía entero. No había razón por la que debiera morir, pero no podía apartarse de la idea.

-Tengo frío, corazón. Ven conmigo.

Nico salió del baño. Arrastraba los pies descalzos hasta el sitio de donde provenía esa voz perezosa y sensual.

No le preguntó su nombre a la mujer. Cuando él bajó del cuadrilátero sostenía el cinturón dorado y ella ya estaba ahí. Lucía un entallado vestido azul rey. Ella le hizo la plática y él la invitó a la fiesta que habría después de la pelea. Era la primera fan tan buena que se le acercaba.

Durante el coctel, todos querían estrechar la diestra que había fulminado al Rayito Espino, campeón invicto durante cinco años de los pesos mosca. Nico saboreó su victoria porque representaba algo completamente nuevo para él. Acostumbrado a perder de manera sistemática, ahora le ofrecían grabar comerciales para una marca de desodorante, le obsequiaban toallas con sus iniciales bordadas en una orilla y la pelirroja en el vestido azul le susurraba al oído que quería dormir con él.

Nico hizo a un lado la sábana y se acostó.

-¡En la madre! ¿No te lastimé? –dijo ella al percatarse del rasguño en el pecho del boxeador –me puse loquísima, campeón.

Después le pasó la lengua por el ombligo.

-Pero tú me noqueaste.

Nico observó las tetas de su compañera. Eran grandes y hermosas. Se resistían a mantenerse ocultos; ayer se desbordaban del escote de su vestido y en este momento, de la sábana.

-Me madrean más en los entrenamientos –dijo él.

La muchacha levantó la mirada y devolvió la lengua a la boca.

-¿Sigues preocupado, pelón?

Por irónico que resultara, Nico era un tipo pacifista. Nunca golpeaba a nadie debajo del cuadrilátero, aunque la pregunta de la mujer merecía que le partiera la boca.

-¿Cómo te sentirías tú si no existieras, chingá? –intervino él, molesto.

La mujer recargó la cabeza en el abdomen del hombre.

-Sí existes, mi vida.

El cuerpo de la muchacha estaba tibio. Nico se moría de ganas de abrazarla, aunque se sintiera enojado y confundido.

-Pero existo porque tú dices que existo.

La mujer suspiró.

-A ver, cabrón, me llamo. Me llamo Iris, ¿oki?

Entonces sí le dijo su nombre en algún momento.

-Eres muy guapo –volvió a hablar ella, ante el silencio de él –eres muy machote, je. Ya no me late eso de que Patricia te haya puesto el cuerno con tu entrenador. A buena hora lo pienso.

Nico se enderezó, molesto, en la cama,

-¿Quién te contó lo de Pati?

Sin perder la compostura, Iris le respondió: “ya te dije que a mí no me cuentan nada”.

Eso era lo que más lo perturbaba. La mujer había llegado a su vida la noche anterior pero parecía conocer cada detalle de Nico. Quizá se tratara de una fanática obsesiva, pero ¿quién podría seguir con tanto esfuerzo a un perdedor nato?

Mientras hacían el amor, Iris le dijo:

-Lástima que sólo te quede un día de vida.

Vaya loca. En ese momento, Nico estaba más preocupado por terminar que por cualquier otra cosa. Ni siquiera le dio importancia al comentario.

Sin embargo, después ella empezó a soltar una serie de disparates: “eres muy lindo, pero muy bruto. Tal vez hubiera sido mejor que llegaras al tercero de secundaria en vez del quinto de primaria. Es más, si tus papás hubieran muerto cuando tú tenías 10 años en vez de cinco, se justificaría mejor que te gustara el boxeo, porque tu padre te habría llevado a la arena. Tampoco me gustó que pasaras la Navidad en la cárcel, acusado de algo que no hiciste. Me cae que eso fue un rapto de estupidez de mi parte”.

¿Qué chingados decía esta mujer?, se preguntaba Nico.

Pero lo peor fue cuando le preguntó cómo es que ella sabía tanto acerca de su vida. Aquella historia sí que no tenía pies ni cabeza. Pero dudaba que una parte de ella fuera cierta. Había cosas que Iris no hubiera podido averiguar si no era metiéndose en la cabeza del peleador.

Nico se relajó y volvió a acostarse a un lado de Iris.

-¿Eres Dios o La Muerte?

La muchacha se sonrió.

-¿Podemos hacerlo otra vez antes de morir?

Iris soltó una carcajada.

-Hombre al fin, sí, pero quiero que entiendas una cosa.

Nico se acomodó para besarla en los labios, después fue bajando hasta su cuello.

-Soy escritora.

Él, sin dejar de besarla, replicó:

-Eso explica qué historias tan mafufas te inventas.

Iris cerró los ojos. Le fascinaba sentir la barba a medio crecer de Nico lastimando su piel.

-La mejor de todas ha sido la de un boxeador fracasado que perdió a sus padres en un accidente de automóvil. Y está tan salado, que lo meten a la cárcel una noche antes de su pelea decisiva.

Nico se enderezó nuevamente.

-Eso no tiene gracia, no mames.

Patricia lo besó con ternura en la frente.

-Esta bien, te voy a contar otro cuento.

Nico la miró extrañado, pero empezó a acariciarla otra vez.

-Una mujer de 80 años no tiene hijos ni esposo. Durante años se ha enriquecido a costa de un personaje ficticio a quien ha tratado, en sus libros, con la punta del pie.

En aquella habitación de hotel sólo se escuchaba la respiración de dos personas.

-¿Y qué hizo la vieja? –preguntó Nico.

-Se enamoró del único hombre al que realmente conoció en toda su vida.

Por la ventana comenzaban a entrar los rayos del sol.

-Y por primera vez lo hizo ganar.

Iris se tomó un minuto antes de continuar.

-Es lo justo por ser el último libro de la serie. Y la anciana tampoco se quedó con ganas de conocer al tipo.

Nico no dejó de besarla en el cuello. Ahora también le acariciaba las nalgas.

-Y mañana me voy a morir.

Patricia estaba muy excitada.

-No lo sé, a lo mejor sólo despiertas y será nuevamente hoy. Nunca dije que morirías, sólo que ésta es la última página.

-Estás loca.

-Está bien, cojamos otra vez.

En la madrugada, Nico se puso de pie y se metió al baño. Quería sentarse en el excusado y cuando lo hizo su pensamiento viajó hasta el baño de su casa, donde tenía un libro que nunca terminaba de leer.

Abrió los ojos. Ese día no moriría, pero tenía certeza de que le faltaba poco. Pero al incorporarse de la cama, se extrañó de sentirse tan fuerte. Su cuerpo respondía a la primera.

Se dirigió al baño y se observó en el espejo. La imagen que le devolvió la sonrisa no era el de una vieja, sino el de una muchacha muy bella.

Tampoco se sentía sofocada y de sus dedos se había escapado la artritis.

Se le humedecieron los ojos.

Tocaron a la puerta de su casa y corrió a abrirla.

Ahí estaba él, como lo sospechó.

-¿Qué has hecho? –dijo ella antes de abrazarlo.

Él respondió:

-Terminé el libro que había empezado hace muchos años. Y empecé a escribir una novela sobre un boxeador retirado que se enamora de una joven escritora.

En ese momento, un pájaro negro cayó en medio de los dos envuelto en llamas y la banqueta se abrió para tragárselo. Iris se carcajeó.

-No tienes muy buena sintaxis... hubieras terminado la primaria, insisto.



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