miércoles, mayo 27, 2009

Fotos en plena Batalla (boletos gratis)

Acaban de llegar...
Mystica en el Circo Volador



Y en la guitarra: Gata!!!!



Sofía haciendo arte con su violín...


Sexy Jane en el bajo...



¿Quién quiere RedBull?


Solo, solo...



Las probabilidades de estar en la final y con ello, de tocar en Wacken, son altas...

Keep Mystic Alive!!!


Último minuto: La revista donde trabajo está regalando boletos para la final, sólo entren aquí
y gánense uno



NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

viernes, mayo 22, 2009

El coleccionista de muñecas rotas


As I live and breathe
You have killed me...
Morrisey

Tienes que saber dos cosas sobre mí: nunca he tenido relaciones largas y además, me gustan, por así decirlo, las muñecas rotas.
Rotas. Sí, así es como les digo de cariño. Nunca lo haría en un plan despectivo, porque que de verdad las amo. Desde pequeños nos enseñan que las cosas rotas están mal, son feas y no sirven para nada. Asociamos lo roto con lo incorrecto. Decimos que las ventanas se rompen, como se rompen los tratos y la confianza. Y encima, las tratamos de pegar otra vez. Las cosas pegadas me aburren. Esas sí lucen horrendas.
Prefiero las cosas rotas, porque poseen cierto encanto. Las ventanas de mi casa están rotas a propósito, por ejemplo, para que pueda entrar el aire. No mucho, sólo lo suficiente. Tengo espejos rotos por todas partes y me gusta mirarme en ellos porque en sus superficies cuarteadas mi reflejo se parece al de mis muñecas.
Me gustan las muñecas rotas porque nunca te rompen el corazón. Quizá por eso mis relaciones tampoco son muy largas.
Mi mamá estaba rota, quizá así empezó todo. Al principio no, sucedió cuando yo tenía diez años. Antes de eso ella iba a trabajar y yo pasaba las tardes con mis abuelos. Pero después ella se rompió. Primero se le rompieron los ojos. Recuerdo que yo había salido al patio para buscar arañas a las que les arrancaba las patas (siempre me ha gustado romper cosas), cuando oí que mi madre llegó. Lo supe porque azotó la puerta. A punto estuvo de romperla.
Entonces entré a la sala y la encontré sentada con mi abuela. Mi mamá se agarraba la cara con ambas manos y no paraba de gimotear. Mi abuela le agarraba por los hombros y le decía que enfrente de mí no se pusiera así. Los ojos de mi mamá se quebraron y empezó a salírseles el agua. Mucha. Por más que ella intentaba metérsela otra vez, aquellos ojos se habían hecho cachitos. Cuando me vio parado en la puerta, con el cabello revuelto y el pantalón roto en las rodillas, mamá quiso hablarme pero se le rompió la voz y no fue capaz. Entonces me hizo la seña de que me acercara y me abrazó tan fuerte que casi me rompe los huesos.
Nunca regresó a su trabajo. Desde ese día, nos mudamos con mis abuelos, a la casona de la colonia del Valle. Las paredes estaban rotas, llenas de surcos que se parecían a las arrugas de mi abuela. Cuando ella sonría, se parecía a la casa. Las arrugas le rompían el rostro en muchos pedazos. Me gustaba que se le rompiera la cara de risa, pero después de aquella charla con mamá no volvió a suceder.
Hacía frío en aquel lugar, pero yo era muy feliz. Tanto que ni siquiera cuando murieron mis abuelos quise irme de aquí.
Cuando mamá estaba entera, la veía muy poco. Los fines de semana solía llevarme al cine y a comprar algodones de azúcar en la feria del parque de Pilares, pero de lunes a viernes yo tenía que acostarme temprano y su trabajo apenas le dejaba tiempo para ayudarme a revisar mis tareas. Papá nunca tuve ni me hizo falta, mi familia también estaba rota. Después de empezar a romperse, conocí lo que era disfrutar de una madre de tiempo completo, aunque fuera sólo por un año y medio. Ella me llevaba a la escuela y me recogía, hacíamos juntos las tareas y veíamos caricaturas en la televisión. No me leía cuentos, pero sí me acompañaba mientras los leía en voz alta.
Una tarde, mamá no fue mí a la escuela. Era mi abuela la que estaba fuera. No hacía frío, pero soplaba un aire muy fuerte que se llevaba pedacitos de todas las cosas rotas, desde cenizas que se habían caído de algún cigarro hasta hojas arrancadas de los árboles. Yo sabía que había migajas de mi mamá en los remolinos.
Se le había roto algo en el cuerpo y no se pudo levantar. Después de eso, volví a verla muy pocas veces de pie. Luego se le rompió el cabello y se le cayó hasta quedarse clava. Los ojos se le hundieron y se puso tan flaca que el esqueleto parecía que iba romperle la piel, Aún así, yo iba a sentarme junto a su cama y platicábamos hasta que ella se dormía. Miento. Sí me han roto el corazón. Más bien no ha vuelto a romperse desde ese día porque ya está bien quebrado.
A menudo, mamá me preguntaba si no se veía muy fea. Para siempre fue hermosa, incluso dentro del ataúd en el que la enterramos un sábado de marzo. Las nubes parecían rotas.
En la secundaria conocí a Andrea y desde el principio me intrigó que ningún otro muchacho quisiera acercársele, porque estaba muy linda. En realidad todos le temían, aunque era poco probable que fuera peligrosa. Se trataba del brazo, no el derecho con el que escribía, sino el otro, el invisible, el que no existía. Yo sí me hice amigo de Andrea y me contó que había tenido cáncer y que por eso se lo amputaron por arriba del codo cuando era niña. Entonces le pusieron ese gancho de acero que me recordaba a un pirata. Con él agarraba las cosas y se rascaba cuando le daba comezón.
Yo tampoco me juntaba con muchos compañeros. Me hacían preguntas incómodas acerca de porqué no tenía mamá ni papá, pero a Andrea parecía no importarle. A nuestra manera cada uno, ambos estábamos rotos. Yo pasaba tardes enteras en su casa, escuchando música o mirando películas. Ella me explicó que no estaba bien que yo le arrancara patas a las arañas, porque las hacía sufrir. Qué daría por recuperar el brazo que no tenía.
Nos dimos nuestro beso cuando cumplimos quince y para entonces sus papás me querían tanto (siempre les preocupó el aislamiento en que podría caer su hija debido a su condición), que a menudo nos dejaban solos si tenían que salir. Una tarde de tantas le pedí a Andrea que se quitara el garfio. Muchas veces lo había hecho delante de mí, pero esta vez le dije que quería tocarle el muñón. Ella se extrañó un poco, pero al final accedió. Me dijo: “¿por qué quieres hacerlo?”. No supe qué contestar. Se me rompieron las palabras. Pero entonces le pasé dos dedos por el muñón. Acaricié muy suavemente el lugar reseco en donde alguna vez estuvo el brazo y al mismo tiempo la miré a los ojos. Estaba sonriendo. El contacto de su piel, la idea de su cuerpo roto que antes me daba tanta ternura, comenzó a excitarme. La besé de forma mucho más violenta de lo que lo habíamos hecho la vez anterior, sin dejar de tocarla en su parte incompleta. Andrea me empujó con su brazo derecho y me gritó que me largara de su casa. Yo me hice para atrás, pero no me fui. Ella no volvió a alzar la voz. Con los dedos se empezó a desabrochar lentamente la blusa.
He tenido algunas novias desde entonces. A Sofía le faltaban las dos piernas y le gustaba que la cargara. Patricia era ciega y le gustaba que lo hiciéramos con al luz apagada, rota, para que yo tampoco pudiera verla. Entonces nos buscábamos en las tinieblas. Fabiola, la coja, todavía estaba aquí hace tres semanas, pero cuando salió para pasear al perro la atropellaron. Ya ni siquiera la lloré, esperaba que eso sucediera. Por eso nunca tengo relaciones largas, soy como una especie de ave de mal agüero para mis muñecas. Desde que a Andrea le regresó el cáncer poco después de que perdimos la virginidad, ya no puedo jugar con una muñeca medio rota sin que ésta se rompa definitivamente.
Pero entonces te encontré y espero que no te moleste que te haya contado todo esto. Estoy un poco nervioso, no suelo acaparar la conversación pero en este caso, creo que es lo que ambos nos conviene. ¿Te gustó el arreglo? A mi mamá le encantaban los crisantemos y aparte del panteón, nunca le obsequié flores a otra mujer. Y si nos ponemos estrictos, tú y mamá tiene mucho en común. Qué linda te ves.
Lo mío por ti fue un amor a primera vista, desde que te vi en el periódico. Desde hace años acostumbro comprar diarios de nota roja, digamos que son el equivalente a mi Playboy. Me pareciste tan hermosa que no resistí las ganas de recortar la nota con fotografía en donde hablaban de ti, la chica de Garibaldi que apareció de la nada y nadie sabía quién eras. Yo tampoco lo sé en este momento y así lo prefiero, ni siquiera conocer tu nombre. Tampoco creí tanta fuerte como para que te llegaran conmigo, digo, pudiste terminar en cualquier otra plancha que no fuera la mía. Habemos tantos en la ciudad que nos dedicamos a lo mismo. No a coleccionar muñecas rotas, claro, me refiero a mi trabajo. Me gustan las autopsias porque se trata de romper cuerpos.
En fin, creo que te amo y quisiera casarme contigo. Tu mano está helada, eso me excita. Nadie te extrañará en la delegación porque de todos modos te iban a tirar a la fosa común. Y no te preguntaré cosas que no puedas responder, como si el amor es eterno o con quién te abandonó en Garibaldi o si la espuma que salía de tu nariz cuando los policías te vieron se debía a una sobredosis de droga. Tenías rasguños en la cara y por mí está bien. Nadie sabrá si te asesinaron o te moriste solita. Yo les dije a los policías que sí fue un pasón. Y también inventé una falsa autopsia y traspapelé todo un informe para que pareciera que tu cuerpo era alguno de los del montón que me llegan.
Te amo y me muero por besarte. Quiero llevarte arriba y hacerte el amor la noche entera. Sentir tu flacidez como prueba de entrega. Eres la más rota de todas las muñecas.
Te amo y qué delicioso es penetrarte.
Sé que nuestra relación tampoco podrá ser larga, pero serás mi esposa hasta que empieces a pudrirte.




NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

Sábado

16:30 hrs toca Mystica Girls
50 varitos hombres, 25 las chavas
Por fa, apoyen!!!

NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

jueves, mayo 21, 2009

Empieza la guerra...




Y eso no se acaba, hasta que se acaba...

Mystica, el sábado 23, por favor a quien se le antoje vaya a gritar!!!!



Por lo pronto, mucha suerte a mis amigos de Noldor y a ti, Migraña, que ves cumplido tu sueño.







NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE
dor

martes, mayo 19, 2009

Y después de la influenza...

...Se hizo la luz

Tarja lo dice en español: “Nunca dudamos en venir a tocar para ustedes”. Y se nota, porque tanto sus músicos como ella no caben de emoción. A la finlandesa se le observa bailar con un entusiasmo que no había en sus últimos días con Nightwish. Durante una hora y media no ha hecho sino dar de brincos por el escenario y repetir la seña metalera enarbolada en otros tiempos por Ronnie James Dio.
Y su comentario viene a colación porque hace apenas una semana México vivía un auténtico estado de sitio y toque de queda por culpa de un enemigo diminuto e invisible (a simple vista) que sin embargo, sostenían los entendidos en la materia, resultaba letal: el virus H1N1 de la influenza humana, antes porcina.
Por eso los más de mil 500 que agradecen haber salido del confinamiento y vuelto a disfrutar del rock gótico ejecutado en vivo alzan las manos y se bajan los cubrebocas (blancos, que desentonan con el resto de su indumentaria) para gritarle a Tarja que la aman.
“Esta canción habla de otra enfermedad, el amor”, dice la señora Turunen, para dar pie a Sing for me.
Esas mismas manos a quienes por instrucciones de la delegación se tuvieron que untar con geles antibacteriales aplauden a rabiar. La voz de Tarja, que por cierto está casada con un argentino que también es su manager, Marcelo Cabuli, es un bálsamo para los corazones de tantos adolescentes que estuvieron confinados durante dos semanas en sus casas, con la amenaza de una epidemia respiratoria amenazándolos desde las calles.
A la comunidad oscura y metalera las secuelas de la alerta sanitaria se les cristalizaron en la forma de su más acérrimo enemigo: el silencio. Gracias a que el mundo le puso el dedo a nuestro país como foco de infección, presentaciones como la de Mayhem, Dragon Force y Arch Enemy se tuvieron que posponer. En el lobby del Circo Volador están colgados los respectivos avisos. Cientos de fans lloraron con sus boletos en la mano. Quién sabe si para entonces cuenten con el permiso, dinero y acompañantes con quienes planeaban ir.
Pero Tarja y su Tormenta en América, como se llama la gira que ha traído a poco más de un año de su más reciente visita a México, sí está aquí. Marcelo no repitió el error de su gobierno, quien canceló indefinidamente los vuelos de Argentina a México. No, el promotor y empresario musical no quiso privar a los fans aztecas de la voz de su hermosa mujer.
Y la recompensa se recoge en abundantes canastas: aquí sí hay gargantas irritadas y notorio flujo nasal, mas no es una gripe la los provoca, sino el canto atronador y las lágrimas de emoción entre los chavos por escuchar en vivo I walk alone, My little Phoenix y otros temas de Tarja, además de los infaltables covers a Nightwish, su anterior banda, como Nemo, She is my sin y The Kinslayer.
Algunos de los presentes han decorado sus tapabocas con el nombre de sus bandas predilectas. El Chico Migraña, entusiasta encargado de prensa de los conciertos de Dilemma, la promotora estrella de heavy metal en México, luce uno de KISS, pero también se pueden ver otros de Lacrimosa y Helloween.
Aquí ya no flota el miedo ni la paranoia, sólo el genuino amor a la oscuridad. Porque los darquis y los metaleros utilizan cubrebocas, aunque por debajo de ellos continúen cantando.
Bien por Tarja, que no pensó dos veces en regresar y que antes de despedirse grita: “Nos veremos muy pronto, con mi nuevo disco”.


Fotos del Gallo Ibérico


NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

viernes, mayo 08, 2009

Se quedó en el tintero


Hace poco me pidieron esta crónica de prostitución para una revista que por angas o por mangas no se publicó... Buen fin de semana.



Yes, you can buy me love

El cuarteto de Liverpool nos dijo una mentira: Can’t buy me love. El dólar baja, el euro sube, el peso se resigna y a lo mejor hasta aparece una nueva moneda, el tal amero. Lo cierto es que la lujuria no conoce ningún tipo de crisis, la lascivia se mantiene a la alza y en consecuencia, el cuerpo no se devalúa.
La prostitución es el oficio más viejo del mundo y el que mejor se adapta a los tiempos modernos. Siglos atrás, las prostitutas griegas debían vestirse con ropas de color púrpura para ser diferenciadas del resto de las mujeres; en la España franquista, fueron perseguidas como delincuentes y en la Holanda actual, se exhiben en vitrinas como si de muñecas vivas se tratara.
La Ciudad de México es tierra fértil para el intercambio clandestino, aunque éste se realice abiertamente, de caricias por dinero. Sullivan representa la parada obligada de los bohemios que se resisten a dormir y que después de haber adorado al dos Baco, deciden reposar su borrachera arrullados por los experimentados brazos de una cortesana/cortesano-vestida-de-cortesana en algún hotel de paso. Entre sus piernas que como guillotina están acostumbradas a degollar noctámbulos y engullir quintitos, muchos Romeos han cristalizado sus más inconfesables fantasías. Aquí, la prostitución se anuncia hasta en los Avisos de Ocasión. Se ejerce en la oscuridad de lo prohibido, no sólo de calles, vagones del metro y mercados de abasto, sino también en las viviendas más nice de nuestro fastuoso Polanco y la Condechi, ambos destinos de la Realeza Nacional de petatiux.
El apartado VII del Artículo 24 de la Ley de Cultura Cívica del Distrito Federal establece: “...son infracciones contra la tranquilidad de las personas: invitar a la prostitución o ejercerla, así como solicitar dicho servicio”. Ser sorprendido en medio de plena transacción cachonda supone a los involucrados una multa de entre 11 y 20 días de salario mínimo y hasta 24 horas de arresto.
En la actualidad, existe la iniciativa de algunos legisladores por regular la prostitución y combatir así, el tráfico de menores y proteger los derechos de las sexoservidoras formales, quienes muchas veces han sido objeto de abusos tanto de clientes como de autoridades. Y, aunque se le reprima, la prostitución siempre se abre paso.

Todo lo demás cuesta
Recuerdo que alguna vez leí una declaración de John Malkovich, en la que se quejaba de los reporteros que le pedían que hablara acerca de su profesión de actor: “¿Qué demonios quieren saber? No creo que una prostituta llegue con su pareja y le diga: ‘¡Oh, amor, hoy tuve un oral fabuloso!’”.
Sin embargo, eso es exactamente lo que me dice Sofía cuando se sienta a la mesa. Hemos quedado a las diez de la noche en un café de la Zona Rosa y ella se ha demorado más de 45 minutos. Cuando le llamé a su celular, irremediablemente fui enviado al buzón.
“Perdón, rey, es que fui a una despedida de soltero y al final el novio lo quería que se la chupara, pero sin condón... le dije: ‘estás pendejo, me quiero demasiado como para hacértelo así’. Aceptó el condón, pero me tardé porque el imbécil no se venía”, relata Sofía.
Mientras platica, que además no lo hace a un volumen discreto, Sofía revuelve su bolso en busca de su estuche de maquillaje. El bolso rebosa ropa interior de diferentes marcas y texturas. Los pormenores de su trabajo son expuestos, literalmente, con pelos y señales. Para Sofía, su oficio no se diferencia del de un dentista o un carpintero. Existe una necesidad social y ella la satisface.
La conocí hace algunos meses en un table de Hamburgo y nos hicimos amigos cuando la invité a sentarse en nuestra mesa. Pensé que no me daría su número auténtico, pero sí lo hizo. La llamé un lunes a las cuatro de la tarde y se puso de un humor de perros pues la había despertado. Olvidé que como los vampiros, su día a día transcurre más bien noche a noche.
Sofía es joven, aunque luce tremendas ojeras que sólo desaparecen después de que la sombra Cover Girl, varias plastas, se aplica sobre su rostro. Su origen es poco común: mitad rumana, mitad peruana. Su madre toca en una orquesta sinfónica y la hija domina el saxofón, mismo que toca en topless cuando está en la pista.
La mesera se acerca. Yo ordeno otra naranjada y una hamburguesa. Sofía, un café bien cargado y un club sándwich. Tiene un cuerpo perfecto, aunque no parece que haga ejercicio con regularidad.
“¿Y el tubo es pendejo?”, pregunta con su acostumbrado acelere, “quiero que te subas cinco minuto”.
“No todas las teiboleras son putas”, y es ella quien utiliza esa palabra, “pero a mí, si me da la gana, me voy con el tipo. Hubiera podido ser música, pero me ganó el desmadre. Aprendí a putear y ya no me salí”.
Cuando nos despedimos y le agradezco por la entrevista, Sofía me besa en los labios, tomándome por sorpresa.
“Gracias a ti, rey, por la entrevista. Te doy este besito, pero si quieres lo demás, cuesta”.
Sí, los Beatles nos vieron la cara: el amor se oferta y todo es cuestión de llegarle al precio.




NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

jueves, mayo 07, 2009

Mystica, este sábado



Debido a este asunto de la contingencia sanitaria la tocada de Mystica en la Arena López Mateos se pasó al sábado 9 de mayo, o sea, este fin de semana. Las chicas subirán al escenario alrededor de las 6 de la tarde. Los boletos están en 70 varos. Esperamos verlos por allá.



NoS LEEmos, SatANáS MEDiAnTE

lunes, mayo 04, 2009

Desde algún lugar de la celda invisible...


Me largo de esta ciudad fantasma. Extraño esos cláxones de los que tanto renegaba hace quince días. Ya no quiero adivinar, como en una suerte de lotería, si lo que se esconde debajo de los tapabocas es el rostro de una mujer bonita o no. Quiero imaginar una isla donde los besos sean legales y no se les vea como armas mortales. Esas imágenes que todavía me daban risa hoy me deprimen. El muchacho que se alzaba el tapabocas para fumar. La pareja que conducía su motocicleta con tapabocas bien ajustados, pero sin casco. La señora de la papelería a un costado de mi casa que, todavía hace dos tardes, tejía a toda prisa improvisados tapabocas junto a sus hijos para venderlos a 8 pesos cada uno. La última vez que saludé de mano a un amigo creo que fue en medio de un sueño. Y la pesadilla que amenaza con salirse de las noches para ocupar los días: que mañana tengamos que coger vestidos con escafandras.



La boca en el muro

A Zombie, por la primera línea.

A Maki, por el copyright.



Camino a casa de Maki, Shinji pensó que, en la vida real, el que una boca apareciera en la pared parecía una idea ridícula, pero en medio de un sueño resultaba una dea aterradora.
Él sabia que no estaba soñando, porque la primera vez que vio a la boca fue al instante mismo que despertó y después de haber tenido un sueño hermoso.
Antes de irse a dormir, el amor no estaba prohibido. Incluso, Maki le dio un beso de las buenas noches cuando se despidió de ella en el portón de su casa la noche anterior.
Shinji sentía el aire mucho más pesado que de costumbre. Aspirar la primera bocanada del día le resultó muy complicado y tres horas después no se había acostumbrado. Su aliento estaba muy caliente y sabía mal.
Mientras se sostenía del tubo transversal del metro, Shinji recordó lo que pasó esa mañana y que a nadie más le parecía extraño. Él se llevó las manos a sus labios pero no los encontró. Quiso gritar pero sólo expelió un aullido metálico, claustrofóbico.
Entonces se puso de pie y corrió hasta el espejo de su pared. Quoto descubrió que su boca y su nariz habían desaparecido. En su lugar, no había nada.
Bajó corriendo a toda velocidad en busca de sus papás y los encontró desayunando, junto a su hermana, en el comedor. Desayunar fue un decir, porque ellos también carecían de bocas y nariz. Por debajo de sus ojos, los rostros de su familia y el suyo eran planos y desiertos, dibujados de un sólo color.
Los platos estaban rebosantes de comida. Había cubos de papaya perfectamente rebanados y barnizados con miel de abeja. En medio de la mesa Mamá había servido un platón de huevos con jamón que humeaba.
Pero nadie comía nada, se limitaban a platicar con sus voces atrapadas, fantasmales. De vez en cuando alguien tomaba un cuadrito de papaya y se lo llevaba al sitio donde debía estar la boca, pero al no poder introducirlo, sólo se lo embarraba en la cara plana. Tanto la madre, el padre y la hermana de Shinji tenían el rostro sucio de papaya triturada y restos de huevo con jamón.
Pero lucían completamente acostumbrados a su nuevo aspecto, como si hubieran olvidado que alguna vez tuvieron boca y nariz.
El mundo sin olores resultaba extraño. Era como ir en un vagón repleto de fantasmas. Algunas cosas no cambiaban; muchos de los personajes se repetían como en los tiempos en que había bocas. La mayoría fruncía el ceño, reflejaba la prisa que tenía por llegar a quién sabe dónde. Cuando las puertas del convoy se abrían, las personas salían en desbandada, como si el tren se desangrara de gente. Después otro nuevo flujo ingresaba, hasta taponar el tren.

-¿Qué chingaos quieres? –le preguntó Shinji a la boca en la pared.
Los labios enormes se abrieron para que bostezara. Fue uno prolongado, de casi 15 segundos. La boca se abrió muy grande, casi del tamaño de la cara del muchacho. Él sintió una envidia igual de grande de ver una boca abierta.
-Primero quiero que me laves los dientes –dijo ella, con la voz pastosa. Efectivamente su aliento hedía el olor característico de las mañanas, aunque Shinji no lo podía percibir debido a su falta de nariz.

Atravesó el parque para llegar a la casa de Maki. En el camino se quedó mirando el titular de un periódico en un puesto. Nadie hablaba sobre la desaparición de bocas y narices.
Alguna vez escuchó que el aire estaba sucio y que el gobierno recomendaba respirarlo lo menos posible, pero de tanto ser repetido, el consejo dejó de ser escuchado por la gente. Simplemente dejaron de respirarlo como parte de su vida normal. Alguien les dijo que las flores olían bonito pero podían envenenarlo, así que la gente las ignoró por completo. Lo mismo pasó con los gritos. Un día les dijeron que el aire usado en los gritos era dañino para la salud y la gente decidió cerrar la boca.
De todos modos, el mundo tenía mucha prisa por llegar a quién sabe dónde como para detenerse a platicar.
Shinji se detuvo delante de una pareja que se había sentado en una banca. Sin bocas y narices, el amor se había convertido de un día para otro en una práctica en desuso. Las cabezas del hombre y la mujer intentaban acoplarse en lo que ellos debían recordar como un beso, pero más bien parecían un par de ovoides chocando de manera muy cómica. Quizá debajo de su piel había lenguas que se llamaban a través de los muros, pero él no estaba seguro. A lo mejor eran como gusanos ciegos en busca del sol.
Sus ojos sólo transmitían desesperación.
Esta pareja ya no podría compartir jamás un algodón de azúcar. Y sus palabras de amor se dirían desde el interior de cavernas selladas.
Shinji volteó a su alrededor en busca de alguna mujer hermosa, a él le encantaba mirar mujeres desconocidas. Pero de un día para otro todas dejaron de serlo. Alguien había lapidado sus sonrisas. Sus alientos se pudrirían de abandono, degustarían el sabor de los besos muertos.
Una vez hubo una epidemia de influenza en la ciudad y aunque se tuvieron muchos cuidados, todo el mundo se murió de miedo.
El muchacho llegó a la conclusión que ahora era mucho peor imaginar que nunca más se escucharía un estornudo en el mundo.

-¿Qué quiero? Bueno... algo de desayunar me caería bastante bien.
Shinji se puso unos jeans limpios y bajó a la cocina. En ese momento descubrió que ni sus padres ni su hermana tenían boca y nariz. Les iba a platicar de la boca que había aparecido en la pared, pero consideró que mejor no lo haría. Quizá convendría mejor guardar el secreto. En vez de eso ignoró que su familia se embarraran los rostros de papaya y huevo con jamón y él cogió un poco para colocarlo en un plato.
-Voy a desayunar en mi cuarto para terminar mi tarea –les dijo y nadie se extrañó.
La boca se torció en una mueca. Apenas advirtió que el muchacho traía en las manos un plato con comida, una nariz igual de enorme que ella brotó del muro y aspiró con gran fuerza. Se le llenaron las fauces de aire y de los aromas del desayuno. Shinji sintió que lo jalaría a él también.
-Dame, trae eso para acá.
El muchacho obedeció y prácticamente vació el plato dentro de la boca.
Cuando ya no había nada qué comer, la boca le pidió que le pusiera el plato en posición vertical. Shinji obedeció y contempló con asombro cómo una lengua descomunal, rosada y húmeda como un pescado enorme, salió de entre los labios para relamer el plato.
Al final, la boca soltó un eructo tan fuerte que Shinji tuvo que apoyarse bien en los pies para no caerse de nalgas contra la alfombra. Olía muy mal, pero él no pudo percibirlo.

“Maki está enferma”. La frase se le clavó en las rodillas y Shinji perdió por un segundo el equilibrio. “Puedes pasar a verla si quieres”, le dijo la madre de su novia, con su boca clausurada, “y a ver si tú la alegras un poco, pero por favor, que no hable mucho”.
Cuando entró en su recámara, sólo distinguió la silueta de la muchacha acostada en la cama. Las cortinas estaban cerradas y apenas se distinguían los objetos en la penumbra.
Shinji se acercó a la cama, donde Maki descansaba apoyada en su costado. Le daba a espalda y sólo se distinguía el cabello rojo entre las sábanas blancas.
-Te daría un beso, si pudiera –le dijo él.
Maki no estaba dormida.
-Ni de broma, podría contagiarte.
Shinji pensó que ningún virus podría entrar en su rostro desierto y lo irónico de la situación, hizo que le dieran ganas de reírse. Lo hizo, desde donde el lugar donde estuviera su boca.
-¿Y qué tienes? –le preguntó Shinji.
Maki se dio la vuelta, pero estaba cubierta con la sábana hasta por debajo de sus ojos rasgados.
-No lo vas a creer, de verdad.
Shinji se acordó de la boca en su muro y sintió escalofríos.

-Yo no aparecí, a lo mejor no te fijaste y toda mi vida estuve aquí –a le dijo la boca.
-No, no –le respondió el muchacho. Él conocía su cuarto y conocía sus paredes. Sabía dónde estaba su diploma, el que le dieron cuando ganó el concurso de Karate y también donde tenía colgado el poster de Metallica, el que Maki le regaló un 14 de febrero. Tenía una dedicatoria.
-Tal vez sólo quiero platicar.
Pero Shinji no tenía ganas de escucharla... aunque por otro lado era improbable que nadie más tuviera algo interesante qué decir en esa casa o que cuando menos lo dijera con una voz tan libre.

Le juró que nada cambiaría entre ellos, que le gustaría y la querría igual. De todos modos los rostros de todas las personas que se había encontrado ya eran casi similares. Ya qué más daba.
Maki accedió a descubrirse la sábana y enseñarle los síntomas de su enfermedad, con la condición de que no encendiera la luz.
-Es horrible y no tengo idea de cómo sucedió.
El doctor ya la había revisado y le dijo a los papás que se le pasaría con el tiempo, sólo necesitaba un poco de reposo.
-Promete no reírte.
Maki se descubrió el rostro y le devolvió a Shinji un brillo hermoso, familiar, que aún en la oscuridad resultaba deslumbrante. Era real. No hacía falta tocarla, ni acercarse más para sentir su calor.
-Entonces, tú no...
Maki volvió esconderse. Se dio la vuelta y lo que por segundos fue blanco se convirtió en la tormenta roja de su cabello.
-Se me hizo un hoyo en la cara. Es horrible, siento que el aire y la vida se me salen por ahí cuando hablo. Y tengo otros dos arriba.
Shinji se puso de pie.
-Déjame verte con la luz encendida.
Maki no se dio la vuelta para responder.
-¡No! Dijo el doctor que si no le da la luz, que si lo ignoro, se va a cerrar solito. ¿No ves que es muy peligroso? ¡Se me puede meter un bicho!
Shinji recordaba esos labios y esos dientes. A qué sabían, a qué olían. Ayer o algún día ya estaban ahí y Maki no les tenia miedo.
-¿Me dejas verlos si te cuento un secreto?

Me gustas cuando callas, porque estás como ausente...


-¿De verdad quieres que lo haga? –le preguntó la boca en al pared.
Suhji asentó con la cabeza. Funcionó con el estornudo, con los huevos con jamón y hasta con el eructo. No es que el muchacho hubiera olido nada o saboreado a través de aquella presencia en el muro, pero el haber contemplado cómo la boca comía o la nariz respiraba, le habían traído buenos recuerdos, memorias de los días en que todas las personas poseían rostros completos.
Y si, al final, resultaba que todo era un sueño, aquella era buena idea para despertar, igual que quienes sueñan que caen a través de un desfiladero, abren los ojos antes de tocar la tierra.
-¿Y tú crees que puedas convencerla? –preguntó la boca.
Pero el muchacho no respondió. Bajaba las escaleras a toda velocidad.

Llegó a casa de Maki diez minutos antes del mediodía, pero era demasiado tarde. Un día antes, habían quedado en que ella continuaría acostada en su cama, seguiría las indicaciones del doctor y haría todo lo que sus padres le indicaran para sanar de esa extraña malformación con la que había amanecido.
Shinji ganaría tiempo para regresar a su casa y platicar con la boca en su muro, a la cual había tenido la precaución de ocultar debajo de un espejo para que su madre no la viera cuando hiciera la limpieza.
Sin embargo, a la mamá de Maki se le salió contarle todo a un vecino. Y aunque ya nadie tenía una boca, fue cuestión de horas para que el chisme se regara de una persona a otra. El miedo los hizo presa. Aunque a nadie le constaba que fuera cierto, de todos lados brotaron historias sobre gente que había amanecido con un hoyo en el rostro.
-Maki está internada en el hospital –le dijo su mamá –pensamos que no era ada importante, pero ayer en la noche vinieron algunas personas del gobierno y se la llevaron al hospital. Mi esposo pasó la noche allá y yo estoy a punto de ir. Harías bien en irte a examinar. Dicen que puede ser contagioso.
Shiji aceptó, porque pensó que así podría ver a su novia. En el camino al hospital, contempló decenas de titulares que invitaban al pánico: “Hoyos en la cara aparecen sin explicación”, “Suman ya varios casos en diferentes países”, “Los médicos desconocen las causas, pero ya trabajan en una cura”. En la radio no se hablaba de otra cosa. Las voces de los locutores se escuchaban lejanas, atrapadas como las de la mayoría de los ciudadanos.

No logró acercarse a Maki. Lo tuvieron en observación cerca de una semana, pero al final los médicos lo dejaron ir, convencidos de que no se le haría ningún agujero parlante en medio del rostro, aunque hubiera estado en contacto con la única infectada de la ciudad.
En los noticiarios repetían incesantemente que a diario aparecían nuevos casos, aunque nadie los presentaba. También comenzaron a transmitirse canciones de nuevas bandas de rock, con voces que parecían provenir del interior de una cueva.

-¿De quién es? Mmm... De Neruda –le dijo el muchacho.
Tres meses habían transcurrido desde que Maki había entrado al hospital. Esta tarde Shinji estaba invitado a cenar a casa de su novia. Después, si todo salía bien, podría traerla a su casa y mostrarle la boca con nariz que había aparecido en su muro y que ahora se había convertido en su amiga.
-¿No se te olvida el poema? –preguntó Shinji.
La boca pronunció un marcado “No”.
Esta noche Maki escucharía el mismo poema que Shinji recordaba haberle leído cuando el mundo estaba lleno de bocas. Y lo escucharía de la última de las bocas, aunque estuviera pegada a un muro y escondida por momentos detrás de un espejo.
Ahora Maki se había curado, según decían y nunca lo había dejado mirar por última vez sus labios.

Caminaron a casa de Shinji a través del parque. La gente había recuperado la calma. Si en las semanas anteriores nadie quiso salir a la calle, temeroso de que se fuera a contagiar del mal de los hoyos parlantes, ahora un nuevo rumor ocupaba su tiempo. Esta vez se refería a la aparición de una bestia en mitad de las noches, un monstruo desconocido que sorbía la inteligencia de los caminantes nocturnos. Entonces se recomendó que nadie saliera de noche de solo, de preferencia en grandes grupos y a lugares donde estuviera garantizada su vigilancia, como bares y centros nocturnos.
Los titulares de los periódicos ya no decían nada de la infección y los contagiados, de la cura encontrada o de las precauciones a tomar.
El perfil de Maki seguía siendo hermoso, aunque no tuviera ningún contorno especial y se pareciera a un óvalo. Pero sin sonrisa, sus ojos lucían tristes y apagados.
Al llegar a su casa, los padres de Shinji los obligaron a sentarse a la mesa antes de dejarlos subir a su habitación. Los muchachos aceptaron. Después de tanto tiempo, él ya se había acostumbrado a llevarse bocados de comida al rostro plano, embarrárselos en el sitio donde debió estar su boca y dejarlos caer en el plato, para que cuando terminaran de “cenar” su madre se llevara el batidillo a la cocina.
Shinji tomó la precaución de llevarse un poco de comida oculto entre la ropa para dárselo a la boca en el muro.
Cuando los novios estuvieron solos en su habitación, Shinji quitó el espejo de la pared y dejó la enorme boca al descubierto, que se relamió los labios antes de empezar a hablar. También aspiró con fuerza y elogió el olor de Maki, que se había puesto un perfume nuevo.
-Es una pena que no puedas saber de lo que hablo –le dijo a Shinji.
Maki no parecía sorprendida de la presencia de la boca, se le quedaba viendo sin demostrar emoción alguna, aunque sí muy atenta.
-Te tengo una sorpresa –le dijo el muchacho y le indicó a su amiga que podía comenzar a recitar.
Cuando la boca terminó de dramatizar los versos de Neruda, Maki le aplaudió, aunque lo hizo más como quien festeja las gracias de un mono de circo, que de alguien que se sintiera conmovida de una forma romántica.
Shinji se sintió decepcionado, pero aún así se acercó para abrazar a su novia. La estrujó con todas sus fuerzas mientras recargaba su cabeza a un costado de la de ella. Fue por eso que se dio cuenta.
Retiró con suavidad la cabeza de Maki y le hizo a un lado el cabello, primero del lado derecho y luego, del izquierdo. Entonces sintió que las lágrimas se le agolpaban en los ojos, pero se contuvo. Volteó hacia dónde estaba la boca en la pared y descubrió que también ella lucía diferente. No lo había notado, pero le estaban creciendo oídos.
Tomó a Maki con ambas manos de los lados desiertos de su cabeza y la observó fijamente durante un buen rato.
Quería recordar cada detalle de lo que quedaba de su rostro, por si acaso, cuando él despertara al día siguiente.


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