
Me largo de esta ciudad fantasma. Extraño esos cláxones de los que tanto renegaba hace quince días. Ya no quiero adivinar, como en una suerte de lotería, si lo que se esconde debajo de los tapabocas es el rostro de una mujer bonita o no. Quiero imaginar una isla donde los besos sean legales y no se les vea como armas mortales. Esas imágenes que todavía me daban risa hoy me deprimen. El muchacho que se alzaba el tapabocas para fumar. La pareja que conducía su motocicleta con tapabocas bien ajustados, pero sin casco. La señora de la papelería a un costado de mi casa que, todavía hace dos tardes, tejía a toda prisa improvisados tapabocas junto a sus hijos para venderlos a 8 pesos cada uno. La última vez que saludé de mano a un amigo creo que fue en medio de un sueño. Y la pesadilla que amenaza con salirse de las noches para ocupar los días: que mañana tengamos que coger vestidos con escafandras.
La boca en el muro
A Zombie, por la primera línea.
A Maki, por el copyright.
Camino a casa de Maki, Shinji pensó que, en la vida real, el que una boca apareciera en la pared parecía una idea ridícula, pero en medio de un sueño resultaba una dea aterradora.
Él sabia que no estaba soñando, porque la primera vez que vio a la boca fue al instante mismo que despertó y después de haber tenido un sueño hermoso.
Antes de irse a dormir, el amor no estaba prohibido. Incluso, Maki le dio un beso de las buenas noches cuando se despidió de ella en el portón de su casa la noche anterior.
Shinji sentía el aire mucho más pesado que de costumbre. Aspirar la primera bocanada del día le resultó muy complicado y tres horas después no se había acostumbrado. Su aliento estaba muy caliente y sabía mal.
Mientras se sostenía del tubo transversal del metro, Shinji recordó lo que pasó esa mañana y que a nadie más le parecía extraño. Él se llevó las manos a sus labios pero no los encontró. Quiso gritar pero sólo expelió un aullido metálico, claustrofóbico.
Entonces se puso de pie y corrió hasta el espejo de su pared. Quoto descubrió que su boca y su nariz habían desaparecido. En su lugar, no había nada.
Bajó corriendo a toda velocidad en busca de sus papás y los encontró desayunando, junto a su hermana, en el comedor. Desayunar fue un decir, porque ellos también carecían de bocas y nariz. Por debajo de sus ojos, los rostros de su familia y el suyo eran planos y desiertos, dibujados de un sólo color.
Los platos estaban rebosantes de comida. Había cubos de papaya perfectamente rebanados y barnizados con miel de abeja. En medio de la mesa Mamá había servido un platón de huevos con jamón que humeaba.
Pero nadie comía nada, se limitaban a platicar con sus voces atrapadas, fantasmales. De vez en cuando alguien tomaba un cuadrito de papaya y se lo llevaba al sitio donde debía estar la boca, pero al no poder introducirlo, sólo se lo embarraba en la cara plana. Tanto la madre, el padre y la hermana de Shinji tenían el rostro sucio de papaya triturada y restos de huevo con jamón.
Pero lucían completamente acostumbrados a su nuevo aspecto, como si hubieran olvidado que alguna vez tuvieron boca y nariz.
El mundo sin olores resultaba extraño. Era como ir en un vagón repleto de fantasmas. Algunas cosas no cambiaban; muchos de los personajes se repetían como en los tiempos en que había bocas. La mayoría fruncía el ceño, reflejaba la prisa que tenía por llegar a quién sabe dónde. Cuando las puertas del convoy se abrían, las personas salían en desbandada, como si el tren se desangrara de gente. Después otro nuevo flujo ingresaba, hasta taponar el tren.
-¿Qué chingaos quieres? –le preguntó Shinji a la boca en la pared.
Los labios enormes se abrieron para que bostezara. Fue uno prolongado, de casi 15 segundos. La boca se abrió muy grande, casi del tamaño de la cara del muchacho. Él sintió una envidia igual de grande de ver una boca abierta.
-Primero quiero que me laves los dientes –dijo ella, con la voz pastosa. Efectivamente su aliento hedía el olor característico de las mañanas, aunque Shinji no lo podía percibir debido a su falta de nariz.
Atravesó el parque para llegar a la casa de Maki. En el camino se quedó mirando el titular de un periódico en un puesto. Nadie hablaba sobre la desaparición de bocas y narices.
Alguna vez escuchó que el aire estaba sucio y que el gobierno recomendaba respirarlo lo menos posible, pero de tanto ser repetido, el consejo dejó de ser escuchado por la gente. Simplemente dejaron de respirarlo como parte de su vida normal. Alguien les dijo que las flores olían bonito pero podían envenenarlo, así que la gente las ignoró por completo. Lo mismo pasó con los gritos. Un día les dijeron que el aire usado en los gritos era dañino para la salud y la gente decidió cerrar la boca.
De todos modos, el mundo tenía mucha prisa por llegar a quién sabe dónde como para detenerse a platicar.
Shinji se detuvo delante de una pareja que se había sentado en una banca. Sin bocas y narices, el amor se había convertido de un día para otro en una práctica en desuso. Las cabezas del hombre y la mujer intentaban acoplarse en lo que ellos debían recordar como un beso, pero más bien parecían un par de ovoides chocando de manera muy cómica. Quizá debajo de su piel había lenguas que se llamaban a través de los muros, pero él no estaba seguro. A lo mejor eran como gusanos ciegos en busca del sol.
Sus ojos sólo transmitían desesperación.
Esta pareja ya no podría compartir jamás un algodón de azúcar. Y sus palabras de amor se dirían desde el interior de cavernas selladas.
Shinji volteó a su alrededor en busca de alguna mujer hermosa, a él le encantaba mirar mujeres desconocidas. Pero de un día para otro todas dejaron de serlo. Alguien había lapidado sus sonrisas. Sus alientos se pudrirían de abandono, degustarían el sabor de los besos muertos.
Una vez hubo una epidemia de influenza en la ciudad y aunque se tuvieron muchos cuidados, todo el mundo se murió de miedo.
El muchacho llegó a la conclusión que ahora era mucho peor imaginar que nunca más se escucharía un estornudo en el mundo.
-¿Qué quiero? Bueno... algo de desayunar me caería bastante bien.
Shinji se puso unos jeans limpios y bajó a la cocina. En ese momento descubrió que ni sus padres ni su hermana tenían boca y nariz. Les iba a platicar de la boca que había aparecido en la pared, pero consideró que mejor no lo haría. Quizá convendría mejor guardar el secreto. En vez de eso ignoró que su familia se embarraran los rostros de papaya y huevo con jamón y él cogió un poco para colocarlo en un plato.
-Voy a desayunar en mi cuarto para terminar mi tarea –les dijo y nadie se extrañó.
La boca se torció en una mueca. Apenas advirtió que el muchacho traía en las manos un plato con comida, una nariz igual de enorme que ella brotó del muro y aspiró con gran fuerza. Se le llenaron las fauces de aire y de los aromas del desayuno. Shinji sintió que lo jalaría a él también.
-Dame, trae eso para acá.
El muchacho obedeció y prácticamente vació el plato dentro de la boca.
Cuando ya no había nada qué comer, la boca le pidió que le pusiera el plato en posición vertical. Shinji obedeció y contempló con asombro cómo una lengua descomunal, rosada y húmeda como un pescado enorme, salió de entre los labios para relamer el plato.
Al final, la boca soltó un eructo tan fuerte que Shinji tuvo que apoyarse bien en los pies para no caerse de nalgas contra la alfombra. Olía muy mal, pero él no pudo percibirlo.
“Maki está enferma”. La frase se le clavó en las rodillas y Shinji perdió por un segundo el equilibrio. “Puedes pasar a verla si quieres”, le dijo la madre de su novia, con su boca clausurada, “y a ver si tú la alegras un poco, pero por favor, que no hable mucho”.
Cuando entró en su recámara, sólo distinguió la silueta de la muchacha acostada en la cama. Las cortinas estaban cerradas y apenas se distinguían los objetos en la penumbra.
Shinji se acercó a la cama, donde Maki descansaba apoyada en su costado. Le daba a espalda y sólo se distinguía el cabello rojo entre las sábanas blancas.
-Te daría un beso, si pudiera –le dijo él.
Maki no estaba dormida.
-Ni de broma, podría contagiarte.
Shinji pensó que ningún virus podría entrar en su rostro desierto y lo irónico de la situación, hizo que le dieran ganas de reírse. Lo hizo, desde donde el lugar donde estuviera su boca.
-¿Y qué tienes? –le preguntó Shinji.
Maki se dio la vuelta, pero estaba cubierta con la sábana hasta por debajo de sus ojos rasgados.
-No lo vas a creer, de verdad.
Shinji se acordó de la boca en su muro y sintió escalofríos.
-Yo no aparecí, a lo mejor no te fijaste y toda mi vida estuve aquí –a le dijo la boca.
-No, no –le respondió el muchacho. Él conocía su cuarto y conocía sus paredes. Sabía dónde estaba su diploma, el que le dieron cuando ganó el concurso de Karate y también donde tenía colgado el poster de Metallica, el que Maki le regaló un 14 de febrero. Tenía una dedicatoria.
-Tal vez sólo quiero platicar.
Pero Shinji no tenía ganas de escucharla... aunque por otro lado era improbable que nadie más tuviera algo interesante qué decir en esa casa o que cuando menos lo dijera con una voz tan libre.
Le juró que nada cambiaría entre ellos, que le gustaría y la querría igual. De todos modos los rostros de todas las personas que se había encontrado ya eran casi similares. Ya qué más daba.
Maki accedió a descubrirse la sábana y enseñarle los síntomas de su enfermedad, con la condición de que no encendiera la luz.
-Es horrible y no tengo idea de cómo sucedió.
El doctor ya la había revisado y le dijo a los papás que se le pasaría con el tiempo, sólo necesitaba un poco de reposo.
-Promete no reírte.
Maki se descubrió el rostro y le devolvió a Shinji un brillo hermoso, familiar, que aún en la oscuridad resultaba deslumbrante. Era real. No hacía falta tocarla, ni acercarse más para sentir su calor.
-Entonces, tú no...
Maki volvió esconderse. Se dio la vuelta y lo que por segundos fue blanco se convirtió en la tormenta roja de su cabello.
-Se me hizo un hoyo en la cara. Es horrible, siento que el aire y la vida se me salen por ahí cuando hablo. Y tengo otros dos arriba.
Shinji se puso de pie.
-Déjame verte con la luz encendida.
Maki no se dio la vuelta para responder.
-¡No! Dijo el doctor que si no le da la luz, que si lo ignoro, se va a cerrar solito. ¿No ves que es muy peligroso? ¡Se me puede meter un bicho!
Shinji recordaba esos labios y esos dientes. A qué sabían, a qué olían. Ayer o algún día ya estaban ahí y Maki no les tenia miedo.
-¿Me dejas verlos si te cuento un secreto?
Me gustas cuando callas, porque estás como ausente...
-¿De verdad quieres que lo haga? –le preguntó la boca en al pared.
Suhji asentó con la cabeza. Funcionó con el estornudo, con los huevos con jamón y hasta con el eructo. No es que el muchacho hubiera olido nada o saboreado a través de aquella presencia en el muro, pero el haber contemplado cómo la boca comía o la nariz respiraba, le habían traído buenos recuerdos, memorias de los días en que todas las personas poseían rostros completos.
Y si, al final, resultaba que todo era un sueño, aquella era buena idea para despertar, igual que quienes sueñan que caen a través de un desfiladero, abren los ojos antes de tocar la tierra.
-¿Y tú crees que puedas convencerla? –preguntó la boca.
Pero el muchacho no respondió. Bajaba las escaleras a toda velocidad.
Llegó a casa de Maki diez minutos antes del mediodía, pero era demasiado tarde. Un día antes, habían quedado en que ella continuaría acostada en su cama, seguiría las indicaciones del doctor y haría todo lo que sus padres le indicaran para sanar de esa extraña malformación con la que había amanecido.
Shinji ganaría tiempo para regresar a su casa y platicar con la boca en su muro, a la cual había tenido la precaución de ocultar debajo de un espejo para que su madre no la viera cuando hiciera la limpieza.
Sin embargo, a la mamá de Maki se le salió contarle todo a un vecino. Y aunque ya nadie tenía una boca, fue cuestión de horas para que el chisme se regara de una persona a otra. El miedo los hizo presa. Aunque a nadie le constaba que fuera cierto, de todos lados brotaron historias sobre gente que había amanecido con un hoyo en el rostro.
-Maki está internada en el hospital –le dijo su mamá –pensamos que no era ada importante, pero ayer en la noche vinieron algunas personas del gobierno y se la llevaron al hospital. Mi esposo pasó la noche allá y yo estoy a punto de ir. Harías bien en irte a examinar. Dicen que puede ser contagioso.
Shiji aceptó, porque pensó que así podría ver a su novia. En el camino al hospital, contempló decenas de titulares que invitaban al pánico: “Hoyos en la cara aparecen sin explicación”, “Suman ya varios casos en diferentes países”, “Los médicos desconocen las causas, pero ya trabajan en una cura”. En la radio no se hablaba de otra cosa. Las voces de los locutores se escuchaban lejanas, atrapadas como las de la mayoría de los ciudadanos.
No logró acercarse a Maki. Lo tuvieron en observación cerca de una semana, pero al final los médicos lo dejaron ir, convencidos de que no se le haría ningún agujero parlante en medio del rostro, aunque hubiera estado en contacto con la única infectada de la ciudad.
En los noticiarios repetían incesantemente que a diario aparecían nuevos casos, aunque nadie los presentaba. También comenzaron a transmitirse canciones de nuevas bandas de rock, con voces que parecían provenir del interior de una cueva.
-¿De quién es? Mmm... De Neruda –le dijo el muchacho.
Tres meses habían transcurrido desde que Maki había entrado al hospital. Esta tarde Shinji estaba invitado a cenar a casa de su novia. Después, si todo salía bien, podría traerla a su casa y mostrarle la boca con nariz que había aparecido en su muro y que ahora se había convertido en su amiga.
-¿No se te olvida el poema? –preguntó Shinji.
La boca pronunció un marcado “No”.
Esta noche Maki escucharía el mismo poema que Shinji recordaba haberle leído cuando el mundo estaba lleno de bocas. Y lo escucharía de la última de las bocas, aunque estuviera pegada a un muro y escondida por momentos detrás de un espejo.
Ahora Maki se había curado, según decían y nunca lo había dejado mirar por última vez sus labios.
Caminaron a casa de Shinji a través del parque. La gente había recuperado la calma. Si en las semanas anteriores nadie quiso salir a la calle, temeroso de que se fuera a contagiar del mal de los hoyos parlantes, ahora un nuevo rumor ocupaba su tiempo. Esta vez se refería a la aparición de una bestia en mitad de las noches, un monstruo desconocido que sorbía la inteligencia de los caminantes nocturnos. Entonces se recomendó que nadie saliera de noche de solo, de preferencia en grandes grupos y a lugares donde estuviera garantizada su vigilancia, como bares y centros nocturnos.
Los titulares de los periódicos ya no decían nada de la infección y los contagiados, de la cura encontrada o de las precauciones a tomar.
El perfil de Maki seguía siendo hermoso, aunque no tuviera ningún contorno especial y se pareciera a un óvalo. Pero sin sonrisa, sus ojos lucían tristes y apagados.
Al llegar a su casa, los padres de Shinji los obligaron a sentarse a la mesa antes de dejarlos subir a su habitación. Los muchachos aceptaron. Después de tanto tiempo, él ya se había acostumbrado a llevarse bocados de comida al rostro plano, embarrárselos en el sitio donde debió estar su boca y dejarlos caer en el plato, para que cuando terminaran de “cenar” su madre se llevara el batidillo a la cocina.
Shinji tomó la precaución de llevarse un poco de comida oculto entre la ropa para dárselo a la boca en el muro.
Cuando los novios estuvieron solos en su habitación, Shinji quitó el espejo de la pared y dejó la enorme boca al descubierto, que se relamió los labios antes de empezar a hablar. También aspiró con fuerza y elogió el olor de Maki, que se había puesto un perfume nuevo.
-Es una pena que no puedas saber de lo que hablo –le dijo a Shinji.
Maki no parecía sorprendida de la presencia de la boca, se le quedaba viendo sin demostrar emoción alguna, aunque sí muy atenta.
-Te tengo una sorpresa –le dijo el muchacho y le indicó a su amiga que podía comenzar a recitar.
Cuando la boca terminó de dramatizar los versos de Neruda, Maki le aplaudió, aunque lo hizo más como quien festeja las gracias de un mono de circo, que de alguien que se sintiera conmovida de una forma romántica.
Shinji se sintió decepcionado, pero aún así se acercó para abrazar a su novia. La estrujó con todas sus fuerzas mientras recargaba su cabeza a un costado de la de ella. Fue por eso que se dio cuenta.
Retiró con suavidad la cabeza de Maki y le hizo a un lado el cabello, primero del lado derecho y luego, del izquierdo. Entonces sintió que las lágrimas se le agolpaban en los ojos, pero se contuvo. Volteó hacia dónde estaba la boca en la pared y descubrió que también ella lucía diferente. No lo había notado, pero le estaban creciendo oídos.
Tomó a Maki con ambas manos de los lados desiertos de su cabeza y la observó fijamente durante un buen rato.
Quería recordar cada detalle de lo que quedaba de su rostro, por si acaso, cuando él despertara al día siguiente.
NoS LEEmos, SatANáS MEDiAnTE