En el taller de Goliardos, Pascal suele recordar una frase de Borges que dice, más o menos, "La realidad no tiene porqué ser interesante, pero la literatura sí".
A partir de esa premisa me ha sorprendido que varios amigos me han comentado anécdotas reales, vividas por ellos o por terceros, que, invariablemente, resultan ser increíbles, diferentes, divertidas e inesperadas. Entonces me planteé el reto de escribir un cuento inspirado en cada una de ellas, tratando de añadirle lo menos posible de mi cosecha y respetando el espíritu de la vivencia original para demostrar que aunque la realidad no tiene la obligación de ser interesante, en ocasiones puede llegar a serlo.
Éste es el primer cuento de esta serie, inspirado en algo que Ángel, el director de Gótica, me platicó un viernes por la tarde cuando fue a mi casa, junto con Martín, el jefe de redacción de dicha revista, para tomarnos una cervezas.
Ángel tenía que irse temprano y cuando se lo reclamé que nos abandonara, no di crédito a lo que me explicó.
Lucero y las películas de terror
Lucero nunca vio una película de terror. De lo contrario, habría reconocido en la situación muchos de los lugares comunes del género.
En vez de temblar de miedo como lo hacía todas las noches desde varias semanas atrás, cuando su marido comenzó a encerrarse en el cuarto de los tiliches, seguramente hubiera reído sin parar. Las personas que ven películas de terror saben que los verdaderos asesinos en serie no perdonan la vida a las mujeres vírgenes que se despiertan bañadas en sudor en medio de la noche y que no existe un monstruo que espera detrás de la puerta del closet para saltarnos encima cuando la abramos.
Tampoco es cierto que el diablo se meta en muñecos de moda, relojes antiquísimos en forma de casa victoriana o niñas inocentes a las que obligue a vomitar encima de sacerdotes.
Que la mayoría de los guiones basados en una historia real, mienten.
Por eso, quienes más recurren al cine de horror son quienes menos se asustan en la vida real.
Tampoco, antes de esta noche en que los martillazos, el sonido del taladro y el fuego del soplete que se alcanzaba a escapar por debajo de la puerta, Lucero había reparado en que desde que eran novios Ramiro jamás la llevó al cine. Tal vez él no quería que su esposa viera una película de terror.
Se conocieron de la forma más casual que podía ser, sin detalle alguno que pudiera llamar la atención. Lucero trabajaba como recepcionista en un consultorio delantal y él llegó un viernes por la tarde con un diente frontal roto y la encía hinchada. No tenía cita, pero Ramiro le rogó que le hiciera un hueco en la agenda, que el dolor lo estaba matando.
El doctor ya no quería recibir más pacientes, pero ella se compadeció del sufrimiento del hombre y convenció a su jefe para que lo atendiera. Cuando salió del consultorio y la anestesia le había proporcionado un poco de alivio, Ramiro le dijo que la invitaría a cenar, en agradecimiento.
Seis meses después estaban planeando la boda.
Hasta aquí todo sería un flashback en pantalla. Podría exhibirse estos sucesos en fotografías fijas, mientras corren los créditos iniciales.
Si fuera una película de terror.
El primer año de casados, como rezan los clichés del cine de terror, transcurrió en total tranquilidad. Serían los primeros quince minutos de la película, en los que el realizador plantea el contexto en que se realizará la acción. Secuencias aburridas y melosas, incluso innecesarias, como en la mayoría de las películas.
Hacía tiempo que Ramiro, que trabajaba como ingeniero civil, había obtenido un crédito Infonavit y estaba pagando una casa bastante amplia y bonita, aunque muy lejos de la ciudad, allá por Texcoco. Ahí se mudó el matrimonio.
Por las mañanas, ella se levantaba primero y mientras preparaba el café, Ramiro se metía a bañar. Después, ella se arreglaba al tiempo que él cortaba un poco de papaya en cuadritos, para que ambos desayunaran.
Hasta aquí muchos prefierirían concentrarse en las palomitas y los menos pacientes le cambiarían de canal.
Una noche, después de un año de cultivar la misma rutina, Ramiro comenzó a actuar diferente. Sería el guiño del que ningún director mediano puede prescindir y que el cinéfilo promedio adora.
La primera vez que vio a su esposo llegar a casa zigzagueando sobre la banqueta, Lucero tuvo la certeza de que el encanto se había terminado.
Ni siquiera intentó discutir, bajó a abrirle la puerta a su marido y lo observó mientras se iba a dormir, vestido. Olía a cerveza.
Al día siguiente ninguno habló del tema. Lucero preparo el café mientras Ramiro se metía a bañar. Después, el cortó la mitad de raciones de papaya, porque prefirió no comer nada. Y al final, los dos se fueron a trabajar.
No pasó nada en dos meses.
Un domingo, Lucero se levanto muy tarde y cuando estiró la mano para tocar a su marido, se dio cuenta que Ramiro no estaba ahí. Su lado de la cama se sentía frío, o sea que se había levantado hace tiempo.
Hasta este momento, si se tratara de una película de terror, marcaría el comienzo de la acción. De tratarse de un largometraje de los que por montones inundan los cines en el verano, una música de teclado, sencilla, repetitiva y minimalista, la había acompañado desde que abandonó la cama hasta que Lucero caminó (descalza, por supuesto, y cubierta únicamente por una camiseta con el estampado de algún equipo de futbol americano) por el pasillo hasta la ventana que daba a la calle.
Desde ahí, observó que el auto de su marido estaba estacionado en el patio.
También escuchó música que no era la típica de las películas de terror, sino una cumbia puesta a todo volumen.
De tratarse de una película de terror, podríamos hacer un salto al presente y observar a Lucero en la cama de un hospital, conectada a un montón de tubos. Su rostro resulta casi irreconocible debajo de los hematomas. Tiene las piernas rotas. A un lado de su cama su hermana y su cuñado la observan.
-Vamos a meter a ese cabrón a la cárcel. Orita le llamo al abogado otra vez. Es que es Semana Santa y seguro salió de la ciudad y no tiene recepción su celular –dice el cuñado mientras abraza a la hermana.
A lo mejor alguien ya se interesaría por la película a estas alturas.
Lucero no, ella estaba muy cerca de morir y nunca vio una película de terror.
Se iba a acercar al cuarto de servicio en donde, como rezan los lugares comunes, su marido guardaba un montón de tiliches, cuando de repente Ramiro le salió al paso. Traía un martillo en la mano.
De existir espectadores, hubieran saltado en sus asientos.
-Perdón, mi vida. No te quise despertar. Estoy trabajando en el cuartito, pero ya termino y nos vamos a desayunar. Te invito a las enchiladas que te gustan –le dijo él sin darle tiempo a replicar. Pasó de largo.
Ramiro abrió la puerta del cuarto, que había cerrado con llave y cuando entró la cerradura volvió a girar.
Una semana más tarde, su marido llegó tarde otra vez. Se caía de borracho. Lucero intentó ayudarlo a subir las escaleras hasta la recámara, pero fue imposible. Ramiro era muy alto y estaba acostumbrado a hacer ejercicio. (En una de las primeras escenas de la película, si de eso se tratara, podríamos verlo haciendo pesas en su cuarto, lo que serviría para que luciera el físico del actor que lo interpretara, como sucede en las películas de terror).
Cuando Lucía lo dejó en el sillón y le ayudó a quitarse los zapatos, hubiera sido el momento de explotar otro lugar común. La cámara haría un acercamiento hasta el cuello de Ramiro, en el que sobresaldría la marca indeleble y fatal de un beso. Unos labios presuntamente femeninos color carmín, por supuesto que carmín, que brillarían aún a pesar de la escasa iluminación. Todo mundo que ha visto películas de terror sabe que la traición brilla en la oscuridad, es fosforescente. Después, en contrapicada, el obturador viajaría hasta los ojos de Lucero, en los que se contemplarían las facciones tensas. Luego veríamos sus manos apretadas.
No vendría mal una disolvencia para que todos se relajaran y volvieran a acomodarse en sus asientos.
Al día siguiente, Lucero no hizo el café.
Cuando Ramiro abrió los ojos, eran cerca de las once. Ya no había ido a trabajar. Le dolía la cabeza.
En la casa no había nadie.
Por la tarde, cuando su mujer regresó de trabajar, Ramiro nuevamente estaba encerrado en el cuartito de atrás. Esta vez no se escuchaban cumbias ni ningún tipo de música. Sólo golpes de martillo.
Lucero venía enfadada, muerta de calor y harta de los apretones del metro y los camiones.
Dejó su bolsa y las llaves encima de la mesa y se dirigió al improvisado taller de su marido y los golpes que dio en la puerta compitieron con los que se percutían en el interior.
Ramiro abrió la puerta, pero apenas asomó la cabeza. Lucero le preguntó qué carajos estaba haciendo allá dentro, porqué había llegado tan tarde anoche y porqué su ropa apestaba perfume de mujer.
Ramiro le pidió que se hiciera para atrás para que pudiera abrir la puerta y salir. Lucero estaba fuera de sí. Lo empujó y le ordenó qué diablos es lo que hacía allá adentro. Ramiro intentó detenerla, pero ella le gritó que era un pendejo.
Entonces su marido la empujó y Lucero se cayó de espaldas.
Aquí cabrían un par de close ups, de tratarse de una película de terror. El rostro aterrado de Lucero sería enfocado en una picada mientras que en contrapicada se apreciaría la cara de Ramiro, barnizada de sudor, polvo y astillas.
La música iría en crescendo y estallaría cuando él cerró la puerta del taller.
Otro salto de tiempo:
Desde arriba, vislumbraríamos a Lucero en su cama de hospital, conectada a mil tubos y a su hermana a un lado, con las manos cubriéndole la mitad del rostro. Quiere llorar, pero se aguanta.
El médico le acaba de informar que Lucero acaba de entrar en coma y que aun cuando despierte, sufrirá un daño cerebral irreversible por culpa de los golpes en la cabeza.
Afuera de la habitación, el cuñado se enfadó porque alguien no le contesta el teléfono y entonces él arrojó su celular contra el piso.
Después de aquel episodio violento, se abrió una zanja entre Lucero y Ramiro. La fotografía de la película podría volverse oscura para destacar el hecho y en pantalla sucederían distintas escenas sin diálogos, pero con música muy pesimista, en la que se viera a ambos continuar con sus vidas en medio de una mutua y total indiferencia.
Si fuera una película de terror, cuando Lucero observara desde la ventana de su recamara cómo su marido llegaba a diferentes horas con el auto lleno de madera y tubos de metal, ella pensaría que quizá estaría construyendo una nave espacial o una máquina para destruir el mundo.
Ramiro también martillaba por las noches, los fines de semana y cuando llegaba de trabajar. Cada vez traía más materiales. De vez en cuando salía para comer, pero casi nunca dormía en la casa. Lo hacía en el taller.
Si ella supiera de películas de horror pensaría que su marido fabricaba los ataúdes en que sepultaría a los vecinos cuando empezara a asesinarlos.
Pero no, ella nunca vio ni siquiera un capítulo de la dimensión desconocida.
Otro flashback.
Aquella vez que salieron, dos semanas después de conocerse en el consultorio del dentista, no fueron a cenar. Evidentemente Ramiro no estaba en condiciones de masticar nada. Pero sí la llevó a bailar.
Primero tuvieron varias conversaciones telefónicas en las que él le contó que había tomado un curso de baile de salón. A ella le fascinaba la salsa, el chachachá y el merengue.
-¿Y a todo esto que te pasó en el diente ese día? ¿te peleaste?
-No, es que me gusta jugar futbol americano con mis amigos. Cuando quieras puedes ir a verme y hasta te regalo una playera.
Mientras el grupo tocaba en el escenario de un salón de la colonia Centro, Lucero se quedó mirando a su compañero. Era alto y fuerte. Se movía bastante bien, se podría decir que su sensualidad rayaba incluso en lo exagerado, pero al final, sólo reflejaba lo mucho que él disfrutaba la música.
Sólo un detalle no le gustó.
Parecía que Ramiro le gustaba mucho beber.
Más tablas en la cajuela de la camioneta.
Lluvia de astillas.
Por las noches el sonido del serrucho y la incandescencia del soplete que se colaba por debajo de la puerta del cuarto de los tiliches.
Cumbias.
Y, los viernes por la noche, es el único día que descansaba.
Ramiro salía a beber.
Regresaba casi por la mañana y dormía la cruda en al tallercito.
Martillazos en el cuartito y en su cabeza.
Lucero le contaba a su hermana en interminables pláticas por teléfono.
Como en buena película de terror, aunque ella nunca vio una, su hermana le recomendaba que lo dejara, que el tipo estaba loco, que quién sabe que negocio se traía en ese taller, que igual hasta era algo ilegal y a la hora de la hora, iban a meter a la cárcel a Lucero, por cómplice. Que mejor le hablara a la policía.
-¿Sigue llegando con olor a mujer? –le preguntó la hermana.
-Ya ni sé, porque no me le acerco nunca.
Decidió que lo abandonaría un viernes, la noche en que Ramiro salía de fiesta. Había reunido algunas de sus cosas en una maleta, como dictan también los lugares comunes de las películas al momento de que la protagonista huye, entre ellos la camiseta de futbol americano con la que dormía, y esperó a su hermana, que pasaría a recogerla junto a su cuñado.
Pero claro si esto fuera una película de terror representaría un crimen dejar a los asistentes a la exhibición con la duda, así que Lucero bajó a investigar qué había en el tallercito. Pasaban de las diez y su marido se había ido hace tiempo.
Como era de esperarse, estaba cerrado con llave y ella no tenía una copia, pero por fortuna era lo bastante delgada como para entrar por una de las ventanas que daban al baño del cuartito de los tiliches. Ramiro era demasiado corpulento y tan hombre que nunca previó que alguien pudiera entrar por ahí.
Lucero era bastante ágil, porque desde niña practicó gimnasia en la escuela (este detalle pudo resolverse con otro flashback, incluso al principio de la película, durante los créditos iniciales, cuando se plantea el background de los protagonistas con el recurso más viejo, el de los álbumes fotográficos), así que no representó gran problema colarse hasta el sitio donde su marido guardaba su secreto.
Cayó de pie junto al excusado y abrió la puerta que comunicaba con el resto del tallercito.
Este momento sería determinante, de tratarse de una película de terror, por lo que sería conveniente que la cámara se volviera subjetiva y observara todo desde el punto de vista de la mujer.
Si ella hubiera visto alguna vez una cinta de asesinos, Lucero sabría que los viejos áticos, zaguanes y cuartos de tiliches son alumbrados por un único foco, que por lo general tiene un hilo como interruptor. Ella jaló del que había en el sitio.
Lo que vio la hizo jalar aire más rápido. (Por las bocinas de la sala de cine, si se tratara de una película, sobresaldrían sus jadeos y los latidos de su corazón).
En la mitad del taller había una tarima de madera, de unos 20 centímetros de alto. El piso estaba perfectamente barnizado y no presentaba protuberancia alguna. Del centro se elevaba un tubo de metal liso, plateado y muy bien pulido, que llegaba hasta el techo. Tanto en la base del cilindro como en su parte superior, Ramiro había colocado varios focos multicolores y algunos decorados de peluche.
Lucero avanzó un poco más y descubrió una maleta. La abrió y se llevó las manos al rostro. Estaba llena de ropa de mujer. Apenas sacó un par de prendas para examinarlas, una tanga de color negro y un liguero azul, el aire se llenó del perfume dulzón que alguna vez trajo Ramiro a casa.
Su esposo se había fabricado un tabledance en el garage.
Escuchó el motor de la camioneta de Ramiro en la calle, pero se quedó paralizada. Un instante después él abrió la puerta principal y le gritó su nombre.
Lucero seguí sin moverse, con la mirada encendida de rabia y la tanga y el liguero en la mano derecha.
“¿Cómo pensabas meter a tus putas a mi casa?”, le preguntó, indignada.
Ramiro no le contestó, se acercó a ella y le ordenó que le entregara la ropa interior.
La reacción de Lucero fue arrojarlas al piso y se sorprendió por la forma en que su marido se lanzó detrás de las prendas. Las levantó y comenzó a besarlas y acariciarlas. Les dijo algo así como “mis nenas”, hablaba con un tono azucarado y bajito que su esposa no conocía.
Entonces, de tratarse de una película de terror, un contraste de imágenes podría llevarnos al pasado, en el interior de la cabeza de Lucero, hasta la primera cita de ambos. Veríamos a Ramiro bailar, poseso de gusto, con gestos amanerados y después al Ramiro en el presente, tirado en el piso y hablando con sus piezas de lencería. Después la cámara (otra vez subjetiva) alzaría la cabeza hasta el tubo en medio del tallercito y se imaginaría a un travestí alto y fornido, mientras realizaba una pirueta en él al ritmo de alguna vieja y alegre salsa.
Es que me gusta jugar futbol americano con mis amigos.
Lucero (la cámara) se imaginaría (en blanco y negro preferentemente) al mismo travestí, que en ocasiones se besaría con otros travestís de labios carmesí, cayéndose estrepitosamente en medio de unos de sus ensayos en el tubo. Quizá se daría de cara. Quizá se rompería un diente.
Y cuando la toma se abriera, si fuera una película, ya no digamos de terror, la mujer saldría corriendo de ese cuarto de los tiliches rumbo a la calle. Lloraría, gritaría, se volvería loca.
Tal vez no vería el carro que viene a lo lejos, en la calle, como siempre sucede en las películas.
Quizá el conductor del auto, como dicen los lugares comunes de las cintas de horror, tampoco la alcanzaría a esquivar.
Y lo que Lucero nunca vio fue una película de terror.
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