jueves, abril 23, 2009

Semana Internacional de la Moto, Mazatlán

Jane con los choppers.

La semana pasada nos lanzamos a Mazatlán Jane Bass!!! y yo a la Semana Internacional de la Moto, que celebró su catorceva edición. Ésta es la crónica que escribí para Playboy, pero por razones de espacio no sé si entre completa.



Al sonoro rugir del motor



Peter Punk no titubea. Al contrario, habla con orgullo.
-Nadie nos quiere por desmadrosos.
Resulta complicado escucharlo debido al ruido, pero después de un rato uno se acostumbra al olor a gasolina quemada y al rugido furioso de tantos motores.
-Somos un relajo. Cuando salimos a carretera, nos volamos las casetas y nos persigue la policía. Podrás ver a algunos de estos güeyes fumando mota y cheleando, porque nos late. Incluso hay algunos de los nuestros en el bote, por lacras.
El amarillo de sus dientes asoma entre cada frase. El chaleco negro de piel rechina con cada uno de sus movimientos. Hay calaveras dispersas por toda su indumentaria.
-Somos una hermandad –dice Peter, que con entusiasmo se refiere a su propia versión de los Niños Perdidos –y si te metes con uno, te metes con todos. Aquí todos somos iguales.
-¿Y porqué el nombre de Santa Muerte?
El tipo de rastas y chamarra desgastada, que hasta hace unos minutos únicamente escuchaba la entrevista, interviene: “Porque para allá vamos todos”.
-¿Qué sientes cuando vas en tu moto?
Peter Punk nunca titubea.
-Libertad total, carnal.

****

Dos veces al año, según el taxista, el Malecón se concierte en un estacionamiento. La primera es durante la Semana Santa, cuando se conmemora la Pasión de Jesucristo y muchas personas disfrutan de sus vacaciones en Mazatlán. La segunda es durante la Semana Internacional de la Moto, que desde hace 14 años rinde culto a los equinos de acero.
-¿Y le gusta que vengan los motociclistas?
-Sí- responde el chofer de la Pulmonía, como se les conoce a estos vehículos abiertos a los que se les mete el aire por todos lados –porque conforme pasan los años Mazatlán es un sitio mucho más turístico.
Mexicanos, estadounidenses, centroamericanos y hasta canadienses se dan cita en el municipio cuyo nombre, en náhuatl, significa tierra de venados. La derrama económica que deja es considerable.
Ahora mismo se pueden ver gigantescas motocicletas con decorados de llamas y esqueletos, vistosas carrocerías enceradas y escapes descomunales que vomitan bocanadas de humo. El ruido de sus entrañas es similar a un coro de guitarras heavymetaleras distorsionadas. Los tres carriles del malecón son insuficientes para alojar a tantas motocicletas y a sus primas hermanas, las camionetas. Varias Hummer, Lobo y Lincoln están estacionadas a nuestro costado. La música de banda inunda el aire. Los tripulantes de los vehículos beben a raudales.
Cuatro adolescentes pasan a nuestro lado a bordo de una cuatrimoto. Una de las muchachas se baja y comienza a bailar sugestivamente mientras se restriega contra un poste callejero. Todos le aplauden.
-¿Y cómo se portan los motociclistas?
El taxista da un violento volantazo. Se mete por una calle perpendicular para eludir el tráfico.
-Pues es como todo... unos bien y otros mal.

****
Un estacionamiento contiguo a la Gran Plaza representa el hervidero en donde poco a poco han comenzado a llegar las motocicletas. Descansan algunas, como monstruos que duermen la siesta, recargadas casi siempre en su lado derecho.
En el escenario una banda de covers interpreta lo que para muchos jinetes representa la banda sonora de sus vidas, canciones con las que han devorado kilómetros y kilómetros de asfalto. Rock del más duro: Highway to hell, de AC/DC; Stairway to heaven, de Led Zeppelin y Have you ever seen the rain?, de Creedence Clearwater Revisited.
Por doquier deambulan los pilotos con sus cascos decorados con cuernos, sus chamarras de piel como segunda epidermis, sus parches de demonios, sus botas enormes y algunos, como Randy, de los Hell Angels de Alberta, Canadá, con sus heridas de guerra en el cuerpo.
-Tengo 20 años montado en la moto y aunque me he dado muchos golpes, no pienso bajarme nunca –afirma el gigante de casi dos metros de altura. Por su boca escapan las almas de todas las cervezas que ha bebido en el día. Sólo un par de dientes asoman enteros detrás de sus labios. Cojea. Trae a cuestas una pierna derecha que se le adelantó a la tumba y apenas le sirve como bastón.
Existe una razón por la que estos motociclistas, choppers o deportivos, hombres o mujeres, van por la vida con tantas calaveras en su cuerpo.
-Todos los días viajo con la Muerte detrás de mí. Siempre le voy preguntando dónde me cogerá –cuenta el Maromas, que a sus más de 60 años tiene dos esposas: su moto y su perra Fifí –una vez pensé que me llevaría cuando me picó un alacrán, pero no fue así.
De los motociclistas se dicen muchas cosas. A José, propietario de un negocio de customización, es decir, de modificación de motocicletas, le dijeron que su pasión lo haría morirse de hambre.
-Y espero que quien me lo dijo esté leyendo esta entrevista. Entérate: he hecho trabajos en motos hasta por 180 mil pesos.
La mayoría de los bikers, como también se denominan, se reúnen en clubes. Otros son independientes. Laura, que cuando no tiene un manubrio entre sus manos enseña español en una primaria, ha venido por segunda ocasión a La Semana de la Moto y está un poco decepcionada.
-Casi no hay juegos para bikers, la verdad he ido a mejores eventos.
Pero otros, como los que en este momento corean junto al grupo de rock uno de sus mayores himnos de batalla, Born to be wild, de Steppenwolf, la pasan de maravilla.
“Get your motor runnin'... Head out on the highway...”.

*****

Centauros de Juárez es uno de los motoclubles que más desentonan de la generalidad del ambiente. No visten de cuero, sino de camisa norteña. Sus motocicletas son casi todas de color claro y la pulcritud de su ropa y sus maneras los delata.
-Somos un grupo de personas ya grandes, que de alguna manera tenemos resuelta nuestra posición económica y hemos decidido combinar la pasión por las motos con el gusto por ayudar a los demás.
El que habla es Eduardo Verduzco, líder del club cuyo nombre rinde homenaje al revolucionario Pancho Villa.
-Somos el único motoclub avalado por la PGR como libre de drogas. Nos aplicaron el antidoping a todos y salimos limpios.
Además, continuamente los Centauros realizan obras de asistencia social, como visitar a enfermos de cáncer o reunir juguetes para los niños pobres.
-¿Qué sientes cuando vas en tu moto?
Verduzco no disimula cuando los ojos se le iluminan. Dice muchas cosas, pero le cuesta explicarse. -¿Libertad, acaso?
La pregunta hilvana su pensamiento, sin que él lo sepa, con el de Peter Punk, a quien ni siquiera conoce. Y Verduzco, sin saberlo, le da la razón a quien se podría interpretar como su antítesis.
-Es la mejor manera de definirlo.



NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

martes, abril 21, 2009

Flight 666


En el nombre de Harris, de Eddie y el Espíritu Insano. Amén.






El chavo lloraba. Se aferraba a una baqueta con todas sus fuerzas, la apretaba entre sus dedos con el orgullo de quien obtuvo un trofeo de caza. Las lágrimas corrían por su mejilla y antes de desaparecer de la pantalla lo vimos persignarse y agradecer al cielo.

Para la mayoría de los presentes resultó conmovedor y por eso, en la oscuridad del cine, hubo a quien se le escapó un suspiro.

No era para menos. Minutos antes fuimos testigos, gracias a la lente del camarógrafo, de la brutalidad y prepotencia con que el ejército colombiano trató a los asistentes a un concierto de Iron Maiden. Los golpearon, los amontonaron como reses, los manosearon en busca de armas que los militares no encontrarían. Los trataron como escoria aunque se trataba únicamente de jóvenes que habían pagado por ver a una banda de rock.

En pleno siglo XXI.

La imagen del chavo lo dijo todo. Había dormido afuera del parque donde tuvo lugar el concierto. Resistió las humillaciones de la armada y el hambre, porque tampoco a los fanáticos de la banda británica les permitieron ingresar con alimentos, y estuvo ahí, en un concierto de Iron Maiden como quizá nunca suceda otra vez. Además, se llevó una de las baquetas de Nicko McBrian.

Sólo un metalero puede entender lo que significaba esa imagen.

Iron Maiden: Flight 666 es el documental realizado por Scot McFayden y Sam Dunn que registra lo acontecido durante la primera etapa de la gira Somewhere back In Time, que trajo a la Doncella de Hierro a México en 2008 para ofrecer tres conciertos, uno en Guadalajara, otro en Monterrey y finalmente, el día de la Bandera, en el Foro Sol.

La película, además de ser lanzada en DVD en el mes de mayo, será proyectada en Cinépolis hoy, mañana y pasado. Pero antes, el lunes, tuvo lugar la premier especial para prensa y club oficial de fans.

Si la frase Iron Maiden is my religion le parece exagerada a quienes no profesan su adoración al grupo, basta echar un ojo a cualquiera de las fiestas que en su honor se celebran para comprender las dimensiones del culto.

Desde cerca de las siete, el Cinépolis de Perisur se fue llenando de personajes que, sin conocernos, nos resultábamos tan familiares. Si los cristianos utilizan la cruz para identificarse, el rostro de Eddie impresa en camisetas representa la señal divina de que vas en el camino correcto. No hizo falta que Jane Bass!!!, de Mystica Girls, quien gustosa accedió a acompañarme y yo, preguntáramos en qué sala tendría lugar la proyección. Tan adorada es la cara del monstruo dibujado por Derek Riggs que incluso el boleto para la premier se volvió objeto de culto.

-¡Nooo! ¿Pues qué pasó? –protestó el primero de la fila, cuando a empleada del cine le pidió que le entregara su localidad, para permitirle el acceso.

Los que estaban formados detrás de él abrazaron sus propios boletos, angustiados con la sola idea de tener que desprenderse de ellos. Y es que el fan de Maiden es un coleccionista confeso.

Fue necesario que el gerente del cine saliera a explicarles que les devolverían sus boletos al final de la proyección.

Algo que el documental de los canadienses deja muy en claro es que la pasión que los auténticos seguidores de Maiden experimentan por la banda con casi 40 años de edad es ilimitada, incondicional y al parecer, inmortal.

Lo es porque en Costa Rica, por ejemplo, a un concierto al que la banda pensó que ofrecería para 7 mil personas, finalmente llegaron casi 27 mil. En la fila para ingresar a su concierto, un chavo se puso a cantar a todo pulmón la letra de Children Of The Damned, en español. Quien se enferma de Maiden no tiene esperanza. Su música es una infección incurable, degenerativa y te acompañara hasta la muerte.

“Me sorprende que nuestra audiencia no envejece. Los mismos chicos que venían a vernos hace 40 años, son los que tenemos enfrente ahora”, menciona en una parte de las entrevistas Nicko McBrian.

Lo cierto es que audiencia no sólo se renueva, sino que el legado del grupo se expande con el mismo poderío que una religión. Prueba de ello son las imágenes de músicos consumados como Lars Ulrich, de Metallica, y Tom Morello, de Rage Against The Machine, que aparecen llegando al concierto en Los Angeles.

La película se desarrolla, a manera de roadmovie, contando día a día lo sucedido en la gira, desde el momento en que se anunció que Iron Maiden viajaría en el Boeing 727 Ed Force One tripulado por el cantante Bruce Dickinson, hasta el momento en que, después de haber tocado en más de 23 ciudades (lo mismo Tokio que Melbourne, Santiago que New Jersey) de 13 países en los cinco continentes, la gira concluye en Canadá en marzo del año pasado.

Es increíble cómo uno percibe la emoción de los músicos, sus corajes, sus tristezas y su cansancio. Steve Harris es un entregado 100 por ciento a la música, Nicko es un bromista de lo peor y un excepcional jugador de golf, Jannick Gers nunca deja de practicar en su guitarra y Adrian Smith es fanático del tenis. Dave Murray es un tipo callado, pero muy sabio. Ron Smallwood, un manager excepcional. Quiero ser como él cuando Mystica sea una banda de primer mundo.

Uno de los momentos que hizo festejar a la sala entera fue cuando se describe el periplo maidenezco en nuestro país. En Guadalajara apenas si se detiene la filmación; en La Sultana del Norte se transmite un fragmento de Wasted Years cuando la tocaron en la Arena Monterrey. Del Foro Sol se apreció una bellísima toma aérea que retrató el Foro Sol “hasta las manitas” mientras el grupo se discutía con Can I Play With Madness? Asimismo, se transmitió un ritual prehispánico para cargarse de energía en el que Nicko participó en el interior de la Pirámide del Sol, en Teotihuacán, y donde el shaman le entregó un fuego sagrado y le ordenó compartirlo con el mundo.

Eso, en resumidas cuentas es lo que ha hecho Iron Maiden a través de sus discos y conciertos.

Casi dos horas después de que las luces se apagaron, después de echar un vistazo a la intimidad de la doncella y la auténtica hazaña que representó su gira, por sus distancias y dimensiones Jane, auténtica fan de la banda, dijo:

-¡Qué desmadre!

Y sí, qué desmadre.

Pero estoy seguro que Steve Harris sabe que vale la pena si son capaces de hacer llorar a un muchacho al otro lado del mundo.


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martes, abril 07, 2009

La ocurrente realidad

En el taller de Goliardos, Pascal suele recordar una frase de Borges que dice, más o menos, "La realidad no tiene porqué ser interesante, pero la literatura sí".
A partir de esa premisa me ha sorprendido que varios amigos me han comentado anécdotas reales, vividas por ellos o por terceros, que, invariablemente, resultan ser increíbles, diferentes, divertidas e inesperadas. Entonces me planteé el reto de escribir un cuento inspirado en cada una de ellas, tratando de añadirle lo menos posible de mi cosecha y respetando el espíritu de la vivencia original para demostrar que aunque la realidad no tiene la obligación de ser interesante, en ocasiones puede llegar a serlo.
Éste es el primer cuento de esta serie, inspirado en algo que Ángel, el director de Gótica, me platicó un viernes por la tarde cuando fue a mi casa, junto con Martín, el jefe de redacción de dicha revista, para tomarnos una cervezas.
Ángel tenía que irse temprano y cuando se lo reclamé que nos abandonara, no di crédito a lo que me explicó.
Por fa, si quieren contar una anécdota fuera de lo común escriban a: srgronch@yahoo.com
Lucero y las películas de terror


Lucero nunca vio una película de terror. De lo contrario, habría reconocido en la situación muchos de los lugares comunes del género.
En vez de temblar de miedo como lo hacía todas las noches desde varias semanas atrás, cuando su marido comenzó a encerrarse en el cuarto de los tiliches, seguramente hubiera reído sin parar. Las personas que ven películas de terror saben que los verdaderos asesinos en serie no perdonan la vida a las mujeres vírgenes que se despiertan bañadas en sudor en medio de la noche y que no existe un monstruo que espera detrás de la puerta del closet para saltarnos encima cuando la abramos.
Tampoco es cierto que el diablo se meta en muñecos de moda, relojes antiquísimos en forma de casa victoriana o niñas inocentes a las que obligue a vomitar encima de sacerdotes.
Que la mayoría de los guiones basados en una historia real, mienten.
Por eso, quienes más recurren al cine de horror son quienes menos se asustan en la vida real.
Tampoco, antes de esta noche en que los martillazos, el sonido del taladro y el fuego del soplete que se alcanzaba a escapar por debajo de la puerta, Lucero había reparado en que desde que eran novios Ramiro jamás la llevó al cine. Tal vez él no quería que su esposa viera una película de terror.
Se conocieron de la forma más casual que podía ser, sin detalle alguno que pudiera llamar la atención. Lucero trabajaba como recepcionista en un consultorio delantal y él llegó un viernes por la tarde con un diente frontal roto y la encía hinchada. No tenía cita, pero Ramiro le rogó que le hiciera un hueco en la agenda, que el dolor lo estaba matando.
El doctor ya no quería recibir más pacientes, pero ella se compadeció del sufrimiento del hombre y convenció a su jefe para que lo atendiera. Cuando salió del consultorio y la anestesia le había proporcionado un poco de alivio, Ramiro le dijo que la invitaría a cenar, en agradecimiento.
Seis meses después estaban planeando la boda.
Hasta aquí todo sería un flashback en pantalla. Podría exhibirse estos sucesos en fotografías fijas, mientras corren los créditos iniciales.
Si fuera una película de terror.

El primer año de casados, como rezan los clichés del cine de terror, transcurrió en total tranquilidad. Serían los primeros quince minutos de la película, en los que el realizador plantea el contexto en que se realizará la acción. Secuencias aburridas y melosas, incluso innecesarias, como en la mayoría de las películas.
Hacía tiempo que Ramiro, que trabajaba como ingeniero civil, había obtenido un crédito Infonavit y estaba pagando una casa bastante amplia y bonita, aunque muy lejos de la ciudad, allá por Texcoco. Ahí se mudó el matrimonio.
Por las mañanas, ella se levantaba primero y mientras preparaba el café, Ramiro se metía a bañar. Después, ella se arreglaba al tiempo que él cortaba un poco de papaya en cuadritos, para que ambos desayunaran.
Hasta aquí muchos prefierirían concentrarse en las palomitas y los menos pacientes le cambiarían de canal.
Una noche, después de un año de cultivar la misma rutina, Ramiro comenzó a actuar diferente. Sería el guiño del que ningún director mediano puede prescindir y que el cinéfilo promedio adora.
La primera vez que vio a su esposo llegar a casa zigzagueando sobre la banqueta, Lucero tuvo la certeza de que el encanto se había terminado.
Ni siquiera intentó discutir, bajó a abrirle la puerta a su marido y lo observó mientras se iba a dormir, vestido. Olía a cerveza.
Al día siguiente ninguno habló del tema. Lucero preparo el café mientras Ramiro se metía a bañar. Después, el cortó la mitad de raciones de papaya, porque prefirió no comer nada. Y al final, los dos se fueron a trabajar.
No pasó nada en dos meses.

Un domingo, Lucero se levanto muy tarde y cuando estiró la mano para tocar a su marido, se dio cuenta que Ramiro no estaba ahí. Su lado de la cama se sentía frío, o sea que se había levantado hace tiempo.
Hasta este momento, si se tratara de una película de terror, marcaría el comienzo de la acción. De tratarse de un largometraje de los que por montones inundan los cines en el verano, una música de teclado, sencilla, repetitiva y minimalista, la había acompañado desde que abandonó la cama hasta que Lucero caminó (descalza, por supuesto, y cubierta únicamente por una camiseta con el estampado de algún equipo de futbol americano) por el pasillo hasta la ventana que daba a la calle.
Desde ahí, observó que el auto de su marido estaba estacionado en el patio.
También escuchó música que no era la típica de las películas de terror, sino una cumbia puesta a todo volumen.
De tratarse de una película de terror, podríamos hacer un salto al presente y observar a Lucero en la cama de un hospital, conectada a un montón de tubos. Su rostro resulta casi irreconocible debajo de los hematomas. Tiene las piernas rotas. A un lado de su cama su hermana y su cuñado la observan.
-Vamos a meter a ese cabrón a la cárcel. Orita le llamo al abogado otra vez. Es que es Semana Santa y seguro salió de la ciudad y no tiene recepción su celular –dice el cuñado mientras abraza a la hermana.
A lo mejor alguien ya se interesaría por la película a estas alturas.
Lucero no, ella estaba muy cerca de morir y nunca vio una película de terror.
Se iba a acercar al cuarto de servicio en donde, como rezan los lugares comunes, su marido guardaba un montón de tiliches, cuando de repente Ramiro le salió al paso. Traía un martillo en la mano.
De existir espectadores, hubieran saltado en sus asientos.
-Perdón, mi vida. No te quise despertar. Estoy trabajando en el cuartito, pero ya termino y nos vamos a desayunar. Te invito a las enchiladas que te gustan –le dijo él sin darle tiempo a replicar. Pasó de largo.
Ramiro abrió la puerta del cuarto, que había cerrado con llave y cuando entró la cerradura volvió a girar.
Una semana más tarde, su marido llegó tarde otra vez. Se caía de borracho. Lucero intentó ayudarlo a subir las escaleras hasta la recámara, pero fue imposible. Ramiro era muy alto y estaba acostumbrado a hacer ejercicio. (En una de las primeras escenas de la película, si de eso se tratara, podríamos verlo haciendo pesas en su cuarto, lo que serviría para que luciera el físico del actor que lo interpretara, como sucede en las películas de terror).
Cuando Lucía lo dejó en el sillón y le ayudó a quitarse los zapatos, hubiera sido el momento de explotar otro lugar común. La cámara haría un acercamiento hasta el cuello de Ramiro, en el que sobresaldría la marca indeleble y fatal de un beso. Unos labios presuntamente femeninos color carmín, por supuesto que carmín, que brillarían aún a pesar de la escasa iluminación. Todo mundo que ha visto películas de terror sabe que la traición brilla en la oscuridad, es fosforescente. Después, en contrapicada, el obturador viajaría hasta los ojos de Lucero, en los que se contemplarían las facciones tensas. Luego veríamos sus manos apretadas.
No vendría mal una disolvencia para que todos se relajaran y volvieran a acomodarse en sus asientos.
Al día siguiente, Lucero no hizo el café.
Cuando Ramiro abrió los ojos, eran cerca de las once. Ya no había ido a trabajar. Le dolía la cabeza.
En la casa no había nadie.
Por la tarde, cuando su mujer regresó de trabajar, Ramiro nuevamente estaba encerrado en el cuartito de atrás. Esta vez no se escuchaban cumbias ni ningún tipo de música. Sólo golpes de martillo.
Lucero venía enfadada, muerta de calor y harta de los apretones del metro y los camiones.
Dejó su bolsa y las llaves encima de la mesa y se dirigió al improvisado taller de su marido y los golpes que dio en la puerta compitieron con los que se percutían en el interior.
Ramiro abrió la puerta, pero apenas asomó la cabeza. Lucero le preguntó qué carajos estaba haciendo allá dentro, porqué había llegado tan tarde anoche y porqué su ropa apestaba perfume de mujer.
Ramiro le pidió que se hiciera para atrás para que pudiera abrir la puerta y salir. Lucero estaba fuera de sí. Lo empujó y le ordenó qué diablos es lo que hacía allá adentro. Ramiro intentó detenerla, pero ella le gritó que era un pendejo.
Entonces su marido la empujó y Lucero se cayó de espaldas.
Aquí cabrían un par de close ups, de tratarse de una película de terror. El rostro aterrado de Lucero sería enfocado en una picada mientras que en contrapicada se apreciaría la cara de Ramiro, barnizada de sudor, polvo y astillas.
La música iría en crescendo y estallaría cuando él cerró la puerta del taller.

Otro salto de tiempo:
Desde arriba, vislumbraríamos a Lucero en su cama de hospital, conectada a mil tubos y a su hermana a un lado, con las manos cubriéndole la mitad del rostro. Quiere llorar, pero se aguanta.
El médico le acaba de informar que Lucero acaba de entrar en coma y que aun cuando despierte, sufrirá un daño cerebral irreversible por culpa de los golpes en la cabeza.
Afuera de la habitación, el cuñado se enfadó porque alguien no le contesta el teléfono y entonces él arrojó su celular contra el piso.

Después de aquel episodio violento, se abrió una zanja entre Lucero y Ramiro. La fotografía de la película podría volverse oscura para destacar el hecho y en pantalla sucederían distintas escenas sin diálogos, pero con música muy pesimista, en la que se viera a ambos continuar con sus vidas en medio de una mutua y total indiferencia.
Si fuera una película de terror, cuando Lucero observara desde la ventana de su recamara cómo su marido llegaba a diferentes horas con el auto lleno de madera y tubos de metal, ella pensaría que quizá estaría construyendo una nave espacial o una máquina para destruir el mundo.
Ramiro también martillaba por las noches, los fines de semana y cuando llegaba de trabajar. Cada vez traía más materiales. De vez en cuando salía para comer, pero casi nunca dormía en la casa. Lo hacía en el taller.
Si ella supiera de películas de horror pensaría que su marido fabricaba los ataúdes en que sepultaría a los vecinos cuando empezara a asesinarlos.
Pero no, ella nunca vio ni siquiera un capítulo de la dimensión desconocida.

Otro flashback.
Aquella vez que salieron, dos semanas después de conocerse en el consultorio del dentista, no fueron a cenar. Evidentemente Ramiro no estaba en condiciones de masticar nada. Pero sí la llevó a bailar.
Primero tuvieron varias conversaciones telefónicas en las que él le contó que había tomado un curso de baile de salón. A ella le fascinaba la salsa, el chachachá y el merengue.
-¿Y a todo esto que te pasó en el diente ese día? ¿te peleaste?
-No, es que me gusta jugar futbol americano con mis amigos. Cuando quieras puedes ir a verme y hasta te regalo una playera.
Mientras el grupo tocaba en el escenario de un salón de la colonia Centro, Lucero se quedó mirando a su compañero. Era alto y fuerte. Se movía bastante bien, se podría decir que su sensualidad rayaba incluso en lo exagerado, pero al final, sólo reflejaba lo mucho que él disfrutaba la música.
Sólo un detalle no le gustó.
Parecía que Ramiro le gustaba mucho beber.

Más tablas en la cajuela de la camioneta.
Lluvia de astillas.
Por las noches el sonido del serrucho y la incandescencia del soplete que se colaba por debajo de la puerta del cuarto de los tiliches.
Cumbias.
Y, los viernes por la noche, es el único día que descansaba.
Ramiro salía a beber.
Regresaba casi por la mañana y dormía la cruda en al tallercito.
Martillazos en el cuartito y en su cabeza.
Lucero le contaba a su hermana en interminables pláticas por teléfono.
Como en buena película de terror, aunque ella nunca vio una, su hermana le recomendaba que lo dejara, que el tipo estaba loco, que quién sabe que negocio se traía en ese taller, que igual hasta era algo ilegal y a la hora de la hora, iban a meter a la cárcel a Lucero, por cómplice. Que mejor le hablara a la policía.
-¿Sigue llegando con olor a mujer? –le preguntó la hermana.
-Ya ni sé, porque no me le acerco nunca.

Decidió que lo abandonaría un viernes, la noche en que Ramiro salía de fiesta. Había reunido algunas de sus cosas en una maleta, como dictan también los lugares comunes de las películas al momento de que la protagonista huye, entre ellos la camiseta de futbol americano con la que dormía, y esperó a su hermana, que pasaría a recogerla junto a su cuñado.
Pero claro si esto fuera una película de terror representaría un crimen dejar a los asistentes a la exhibición con la duda, así que Lucero bajó a investigar qué había en el tallercito. Pasaban de las diez y su marido se había ido hace tiempo.
Como era de esperarse, estaba cerrado con llave y ella no tenía una copia, pero por fortuna era lo bastante delgada como para entrar por una de las ventanas que daban al baño del cuartito de los tiliches. Ramiro era demasiado corpulento y tan hombre que nunca previó que alguien pudiera entrar por ahí.
Lucero era bastante ágil, porque desde niña practicó gimnasia en la escuela (este detalle pudo resolverse con otro flashback, incluso al principio de la película, durante los créditos iniciales, cuando se plantea el background de los protagonistas con el recurso más viejo, el de los álbumes fotográficos), así que no representó gran problema colarse hasta el sitio donde su marido guardaba su secreto.
Cayó de pie junto al excusado y abrió la puerta que comunicaba con el resto del tallercito.
Este momento sería determinante, de tratarse de una película de terror, por lo que sería conveniente que la cámara se volviera subjetiva y observara todo desde el punto de vista de la mujer.
Si ella hubiera visto alguna vez una cinta de asesinos, Lucero sabría que los viejos áticos, zaguanes y cuartos de tiliches son alumbrados por un único foco, que por lo general tiene un hilo como interruptor. Ella jaló del que había en el sitio.
Lo que vio la hizo jalar aire más rápido. (Por las bocinas de la sala de cine, si se tratara de una película, sobresaldrían sus jadeos y los latidos de su corazón).
En la mitad del taller había una tarima de madera, de unos 20 centímetros de alto. El piso estaba perfectamente barnizado y no presentaba protuberancia alguna. Del centro se elevaba un tubo de metal liso, plateado y muy bien pulido, que llegaba hasta el techo. Tanto en la base del cilindro como en su parte superior, Ramiro había colocado varios focos multicolores y algunos decorados de peluche.
Lucero avanzó un poco más y descubrió una maleta. La abrió y se llevó las manos al rostro. Estaba llena de ropa de mujer. Apenas sacó un par de prendas para examinarlas, una tanga de color negro y un liguero azul, el aire se llenó del perfume dulzón que alguna vez trajo Ramiro a casa.
Su esposo se había fabricado un tabledance en el garage.
Escuchó el motor de la camioneta de Ramiro en la calle, pero se quedó paralizada. Un instante después él abrió la puerta principal y le gritó su nombre.
Lucero seguí sin moverse, con la mirada encendida de rabia y la tanga y el liguero en la mano derecha.
“¿Cómo pensabas meter a tus putas a mi casa?”, le preguntó, indignada.
Ramiro no le contestó, se acercó a ella y le ordenó que le entregara la ropa interior.
La reacción de Lucero fue arrojarlas al piso y se sorprendió por la forma en que su marido se lanzó detrás de las prendas. Las levantó y comenzó a besarlas y acariciarlas. Les dijo algo así como “mis nenas”, hablaba con un tono azucarado y bajito que su esposa no conocía.
Entonces, de tratarse de una película de terror, un contraste de imágenes podría llevarnos al pasado, en el interior de la cabeza de Lucero, hasta la primera cita de ambos. Veríamos a Ramiro bailar, poseso de gusto, con gestos amanerados y después al Ramiro en el presente, tirado en el piso y hablando con sus piezas de lencería. Después la cámara (otra vez subjetiva) alzaría la cabeza hasta el tubo en medio del tallercito y se imaginaría a un travestí alto y fornido, mientras realizaba una pirueta en él al ritmo de alguna vieja y alegre salsa.
Es que me gusta jugar futbol americano con mis amigos.
Lucero (la cámara) se imaginaría (en blanco y negro preferentemente) al mismo travestí, que en ocasiones se besaría con otros travestís de labios carmesí, cayéndose estrepitosamente en medio de unos de sus ensayos en el tubo. Quizá se daría de cara. Quizá se rompería un diente.
Y cuando la toma se abriera, si fuera una película, ya no digamos de terror, la mujer saldría corriendo de ese cuarto de los tiliches rumbo a la calle. Lloraría, gritaría, se volvería loca.
Tal vez no vería el carro que viene a lo lejos, en la calle, como siempre sucede en las películas.
Quizá el conductor del auto, como dicen los lugares comunes de las cintas de horror, tampoco la alcanzaría a esquivar.
Y lo que Lucero nunca vio fue una película de terror.



NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

lunes, abril 06, 2009

...Y sin embargo, vive

DesLiz


Anoche pretendió escribir un poema,

afiló la pluma

la sumergió de cabeza en ríos de tinta

y usó su almohada como papel.

Durante la noche peleó con

fantasmas,

decapitó mil dragones y

ofreció su sangre...

....pero no salió una sola palabra

de su puño derecho.

Sus dedos se habían atorado en

telarañas invisibles.

No se podía mover.

Después.

Descubrió que las telarañas

eran rizos negros,

perfumados,

Y el poema una mujer,

que descansaba de costado,

deslizando su cuerpo

de miel

entre la lengua de

sus sábanas.

Su almohada había muerto.

La noche también.

Y el domingo.




NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE


miércoles, abril 01, 2009

Opeth: la banda bipolar

Fotos del Gallo Ibérico



Fue como dormir despierto. Pasé la mayor parte del concierto con los ojos cerrados pero el resto de los sentidos alerta. Quería escuchar a plenitud y aunque el juego de luces era excelente, sentí que me estorbaba a los ojos. Hace mucho que la música en vivo no se convertía en una mujer invisible, e un súcubu que bailaba delante de mí. Desde el momento mismo en que las guitarras de Opeth abrieron las fauces, una nube entera, rotunda, densa, negra y pesadísima se nos vino encima. Nos aplastó. Nos redujo a lo mínimo. Su Majestad, la Música, se plantó en medio de estos dos mil y cacho de enanos y nos azotó, nos molió a latigazos, pero nos cargó después y nos arropó en su seno con su amor de madre. Porque Opeth es un millón de bandas atrapadas en una. Opeth tiene esquizofrenia, desorden de personalidad y tendencias bipolares. Opeth es la mujer delicada y sensual que nos acaricia detrás de las orejas con la voz armónica de
Mikael Åkerfeldt y los sutiles ritmos jazzeros, con que en ocasiones los suecos matizan su natural brutalidad. Pero Opeth también es la mujer enloquecida, asesina y desquiciada que te clava un puñal en el pecho en medio de la noche, que con sus dobles bombos, sus distorsionadores inclementes y su denso bajo, como la niebla, te destripa en vida.

De Opeth no se sabe qué esperar al momento siguiente.

Pero el Circo Volador en su totalidad transitó en un vagón de tren con destino incierto. Se dejó elevar por pendientes y después permitió ser arrojado, olvidado y triste, como un objeto que dejó de servirle a Dios.

Y Åkerfeld, que desde el domingo en la primera presentación de Opeth dejó en claro que su nombre era Piñata González (como lo bautizó su bajista chileno Martín Méndez) , fue fiel a su apelativo y nos dejó golpearlo con palos invisibles.

Eso hicimos. Los palos fueron los gritos. De furia. De rabia. De ese arder incensante que despierta el metal en nuestros corazones.

De los instrumentos intangibles que se tocaban entre la audiencia: guitarras, bajos y baterías de aire que se percutían entre los presentes como gesto de aprobación a lo que sucedía en el escenario.

Aún con los cerrados pude distinguir episodios magistrales, platos sonoros servidos en un banquete que superó las dos horas: Heir apparent, Godhead's lament, Demon of the fall y la hermosa Hope leaves, entre otras.

Un momento para celebrar fue cuando el cantante y guitarrista nos conminó a reemplazar la vieja señal del metal patentada por Ronnie James Dio por una nueva, la de dos ganchos (al estilo Capitán Garfío) formados por los dedos índices de cada mano.

"Hook!, Hook!", dijo él que se llamaba la señal estrenada.

La banda bipolar se escapó de su camisa de fuerza y a punto estuvo de desbordar su locura más allá de los límites del ex Cine Francisco Villa.

Yo no supe qué hacer excepto cerrar los ojos.





NoS LEEmos, SatANáS MEDiAnTE