jueves, julio 09, 2009

La última página


Sentía el chorro de agua en las manos como una navaja helada que amenazaba con cortarle los dedos. Nico estaba muy triste, pero sobre todo, lastimado. Le dolía lavarse la cara. Tenía muchos moretones. Pero aún así se echó agua helada en los párpados y se los restregó con la toalla.

Era inútil, no se trababa de un sueño.

Dejó caer la toalla y comenzó a examinarse el rostro en el espejo. Una cortada le atravesaba el labio inferior y el pómulo izquierdo hinchado. Pero con todo, se había ido casi limpio. Rayo Espino no pudo hacerle demasiado daño antes de que Nico lo enviara a la lona, inconsciente.

Retrocedió para mirarse el pecho en el espejo. En la superficie plana, se reflejó su abdomen perfectamente marcado: meses de entrenamiento habían rendido sus frutos. Arriba, los poderosos pectorales. Sólo algunos rasguños semejaban un arado sobre ellos. Pero esos ya no habían sido obra de Rayito.

Anoche, Nico se sentía el rey del mundo. Pero esta mañana, en la cama sólo amaneció un reducto de hombre. Lo mismo que fue su vida antes de ganar ese campeonato por nocaut.

Volvió a examinarse. Se veía entero. No había razón por la que debiera morir, pero no podía apartarse de la idea.

-Tengo frío, corazón. Ven conmigo.

Nico salió del baño. Arrastraba los pies descalzos hasta el sitio de donde provenía esa voz perezosa y sensual.

No le preguntó su nombre a la mujer. Cuando él bajó del cuadrilátero sostenía el cinturón dorado y ella ya estaba ahí. Lucía un entallado vestido azul rey. Ella le hizo la plática y él la invitó a la fiesta que habría después de la pelea. Era la primera fan tan buena que se le acercaba.

Durante el coctel, todos querían estrechar la diestra que había fulminado al Rayito Espino, campeón invicto durante cinco años de los pesos mosca. Nico saboreó su victoria porque representaba algo completamente nuevo para él. Acostumbrado a perder de manera sistemática, ahora le ofrecían grabar comerciales para una marca de desodorante, le obsequiaban toallas con sus iniciales bordadas en una orilla y la pelirroja en el vestido azul le susurraba al oído que quería dormir con él.

Nico hizo a un lado la sábana y se acostó.

-¡En la madre! ¿No te lastimé? –dijo ella al percatarse del rasguño en el pecho del boxeador –me puse loquísima, campeón.

Después le pasó la lengua por el ombligo.

-Pero tú me noqueaste.

Nico observó las tetas de su compañera. Eran grandes y hermosas. Se resistían a mantenerse ocultos; ayer se desbordaban del escote de su vestido y en este momento, de la sábana.

-Me madrean más en los entrenamientos –dijo él.

La muchacha levantó la mirada y devolvió la lengua a la boca.

-¿Sigues preocupado, pelón?

Por irónico que resultara, Nico era un tipo pacifista. Nunca golpeaba a nadie debajo del cuadrilátero, aunque la pregunta de la mujer merecía que le partiera la boca.

-¿Cómo te sentirías tú si no existieras, chingá? –intervino él, molesto.

La mujer recargó la cabeza en el abdomen del hombre.

-Sí existes, mi vida.

El cuerpo de la muchacha estaba tibio. Nico se moría de ganas de abrazarla, aunque se sintiera enojado y confundido.

-Pero existo porque tú dices que existo.

La mujer suspiró.

-A ver, cabrón, me llamo. Me llamo Iris, ¿oki?

Entonces sí le dijo su nombre en algún momento.

-Eres muy guapo –volvió a hablar ella, ante el silencio de él –eres muy machote, je. Ya no me late eso de que Patricia te haya puesto el cuerno con tu entrenador. A buena hora lo pienso.

Nico se enderezó, molesto, en la cama,

-¿Quién te contó lo de Pati?

Sin perder la compostura, Iris le respondió: “ya te dije que a mí no me cuentan nada”.

Eso era lo que más lo perturbaba. La mujer había llegado a su vida la noche anterior pero parecía conocer cada detalle de Nico. Quizá se tratara de una fanática obsesiva, pero ¿quién podría seguir con tanto esfuerzo a un perdedor nato?

Mientras hacían el amor, Iris le dijo:

-Lástima que sólo te quede un día de vida.

Vaya loca. En ese momento, Nico estaba más preocupado por terminar que por cualquier otra cosa. Ni siquiera le dio importancia al comentario.

Sin embargo, después ella empezó a soltar una serie de disparates: “eres muy lindo, pero muy bruto. Tal vez hubiera sido mejor que llegaras al tercero de secundaria en vez del quinto de primaria. Es más, si tus papás hubieran muerto cuando tú tenías 10 años en vez de cinco, se justificaría mejor que te gustara el boxeo, porque tu padre te habría llevado a la arena. Tampoco me gustó que pasaras la Navidad en la cárcel, acusado de algo que no hiciste. Me cae que eso fue un rapto de estupidez de mi parte”.

¿Qué chingados decía esta mujer?, se preguntaba Nico.

Pero lo peor fue cuando le preguntó cómo es que ella sabía tanto acerca de su vida. Aquella historia sí que no tenía pies ni cabeza. Pero dudaba que una parte de ella fuera cierta. Había cosas que Iris no hubiera podido averiguar si no era metiéndose en la cabeza del peleador.

Nico se relajó y volvió a acostarse a un lado de Iris.

-¿Eres Dios o La Muerte?

La muchacha se sonrió.

-¿Podemos hacerlo otra vez antes de morir?

Iris soltó una carcajada.

-Hombre al fin, sí, pero quiero que entiendas una cosa.

Nico se acomodó para besarla en los labios, después fue bajando hasta su cuello.

-Soy escritora.

Él, sin dejar de besarla, replicó:

-Eso explica qué historias tan mafufas te inventas.

Iris cerró los ojos. Le fascinaba sentir la barba a medio crecer de Nico lastimando su piel.

-La mejor de todas ha sido la de un boxeador fracasado que perdió a sus padres en un accidente de automóvil. Y está tan salado, que lo meten a la cárcel una noche antes de su pelea decisiva.

Nico se enderezó nuevamente.

-Eso no tiene gracia, no mames.

Patricia lo besó con ternura en la frente.

-Esta bien, te voy a contar otro cuento.

Nico la miró extrañado, pero empezó a acariciarla otra vez.

-Una mujer de 80 años no tiene hijos ni esposo. Durante años se ha enriquecido a costa de un personaje ficticio a quien ha tratado, en sus libros, con la punta del pie.

En aquella habitación de hotel sólo se escuchaba la respiración de dos personas.

-¿Y qué hizo la vieja? –preguntó Nico.

-Se enamoró del único hombre al que realmente conoció en toda su vida.

Por la ventana comenzaban a entrar los rayos del sol.

-Y por primera vez lo hizo ganar.

Iris se tomó un minuto antes de continuar.

-Es lo justo por ser el último libro de la serie. Y la anciana tampoco se quedó con ganas de conocer al tipo.

Nico no dejó de besarla en el cuello. Ahora también le acariciaba las nalgas.

-Y mañana me voy a morir.

Patricia estaba muy excitada.

-No lo sé, a lo mejor sólo despiertas y será nuevamente hoy. Nunca dije que morirías, sólo que ésta es la última página.

-Estás loca.

-Está bien, cojamos otra vez.

En la madrugada, Nico se puso de pie y se metió al baño. Quería sentarse en el excusado y cuando lo hizo su pensamiento viajó hasta el baño de su casa, donde tenía un libro que nunca terminaba de leer.

Abrió los ojos. Ese día no moriría, pero tenía certeza de que le faltaba poco. Pero al incorporarse de la cama, se extrañó de sentirse tan fuerte. Su cuerpo respondía a la primera.

Se dirigió al baño y se observó en el espejo. La imagen que le devolvió la sonrisa no era el de una vieja, sino el de una muchacha muy bella.

Tampoco se sentía sofocada y de sus dedos se había escapado la artritis.

Se le humedecieron los ojos.

Tocaron a la puerta de su casa y corrió a abrirla.

Ahí estaba él, como lo sospechó.

-¿Qué has hecho? –dijo ella antes de abrazarlo.

Él respondió:

-Terminé el libro que había empezado hace muchos años. Y empecé a escribir una novela sobre un boxeador retirado que se enamora de una joven escritora.

En ese momento, un pájaro negro cayó en medio de los dos envuelto en llamas y la banqueta se abrió para tragárselo. Iris se carcajeó.

-No tienes muy buena sintaxis... hubieras terminado la primaria, insisto.



NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

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