martes, julio 14, 2009

Adiós a la luz, bienvenida sea la oscuridad


(se había quedado por ahí)


En el programa especial Las 100 Mejores Canciones de los 90, que transmitió VH1, un crítico calificó a Enter Sandman, que por cierto figuró entre los primeros diez de la lista, como “el himno nacional de los metaleros”.

Esta noche es la tercera de tres con las que Metallica pone fin a una espera de una década desde su anterior visita, y en ella se hace realidad la metáfora del periodista entrevistado por el canal de videos.

“Exit light, enter night”, gritan miles de gargantas como una declaración de principios. Sí. Escuchar a Metallica es lo mismo que darle muerta a la luz y exigir que nos envuelvan las tinieblas como las manos de una madre. La nuestra.

Están por cumplirse dos horas desde que Kirk, James, Lars y Robert salieron a este escenario con su energía de gladiadores romanos a sostener una batalla a muerte con el silencio. Son como los bomberos de Ray Bradbury en Farenheit 451; en vez de apagar incendios, los desatan. Los cuatro destazan oídos con la más elemental combinación de armas y para efectos de metal, la más eficaz: la contundencia de una batería, un bajo, dos guitarras y una voz que se mete como trueno en los oídos. Ésa y ninguna otra es la aleación primaria del metal que te tritura la cabeza pero te acaricia el corazón.

El rostro de James es el de un demonio con barba albina, amplificado en las pantallas gigantes a los costados del escenario. Las arrugas que agrietan su rostro enfurecido recuerdan a la Casa Usher de Poe, a punto de derrumbarse.

Es tanta la ira que proyecta mientras interpreta rolas como Creeping Death, One, Cynade o Fade To Black (“vaya que la conocen”, dice el vocalista cuando termina la canción, “estuvieron practicando durante diez años”) que nuestra piel crepita como una hoguera. Durante el primer concierto, al que igualmente acudí, y le tocó el turno a Blackened todo se pintó de negro. Y a los lados de donde se ubicaba la banda formada en San Francisco se elevaron hasta el cielo varias columnas de fuego. La pirotecnia, incondicional aliado de la música pesada cuando ésta se toca en vivo, enardeció aún más a la gente. Aquellas llamas representaron los escupitajos del Demonio en la cara de Dios.

Pero hablemos del principio de éste, el tercero, cuando Metallica descargó Creeping Death. Ése fue el anuncio para que el Ángel Exterminador sobrevolaría nuestras cabezas. Una lluvia de vasos desechables celebró los trepidantes acordes. Conatos de slam se extiendieron igual que tumores malignos entre el gentío y Jane Mystica, el Chico Migraña y otros amigos nos vimos alcanzados por uno. Quizá es donde perdí mi celular, lo que descubrí cuando abandonamos el Foro Sol y en vano intenté hacer contacto con Lady P.

En la mitad de Creeping hay un puente instrumental en el que, con brazos levantados, el Foro exige la muerte de alguien: “Die, motherfucker, die!”. Cada quien expresamos nuestro propio odio.

En este presente, más cohetes revientan por todas partes, sincronizados con las detonaciones que anuncian la llegada de One y las pantallas reniegan de los colores, los expulsan de ellas hasta esgrimir un discurso configurado en los no colores: el blanco y el negro, igual que en el video. El primer video de Metallica, que a principios de los 90 le costó a la banda la lealtad de muchos fanáticos, quienes prefirieron desconocerlos porque les pareció que el metal no debe acceder a las masas.

One me transporta más de tres lustros en el pasado, cuando las rodillas no me dolían después de tanto soltar y yo mismo tenía una banda junto a mi primo y unos amigos. Entonces tocábamos One y nada podía ir lo suficiente mal en el mundo. Entonces los Metallica no rebasan los 30 de edad y la barba de Hetfield brillaba como el oro y no como los rayos de la luna que desde lo alto nos bendice con su pálida hermosura.

Incluso el ruido más inclemente conoce territorios de paz. El metal necesita del calor necesario para fundirse. Por eso, Metallica compone baladas y Nothing Else Matters es una pieza de metal líquido cuya lírica peca de sentimientos aunque no de cursilería. En alguna entrevista Hetfield dijo que se inspiró para escribirla en lo complicado que resulta mantener una relación de pareja cuando se forma parte de una banda que realiza giras mundiales.

Jane, que me acompaña hoy, lo sabe bien. Por eso ella vive eternamente enamorada de alguien que la comprende sin reservas: Eddie, la mascota de Iron Maiden.

“Tan cerca, sin importar lo lejos que estemos. Nunca es demasiado para el corazón. Por siempre confiemos en lo que somos y nada más importa”.

Durante el primero de los conciertos Lady P y yo nos fundimos en un beso mientras Metallica ejecutaba el tema. Un beso que duró la canción entera y que fue secundado por las burlas de nuestros compañeros de espacio. Bah, qué importa. En una semana me voy a Londres y nos dio sentimiento. El heavy metal también es sitio para arrumacos. Caricias con sabor a cannabis y besos humedecidos en cerveza.

Metallica deja huella, igual que la pata de un tiranosaurio. No es cualquier banda. Hubo un momento en que los odiamos con todo y nuestro profundo St. Anger, pero después de todo y haberlos visto en vivo, nos queda claro que siguen siendo los héroes. Alabados sean. Y con el brazo en posición de saludo militar, entonemos el himno.




NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

2 demonios han vertido su furia:

Anónimo dijo...

Que pasó con los dibujos y monerias de antaño, que pasó con ese potencial para dibujar que recuerdo como ayer cuándo hacías las historietas del salón de clase, o bien cuando se improvisaba la caravana en vivo y a todo color para hacer reir a muerte a todos los compañeros. ATTE víctor ramírez

Chico Migraña dijo...

Gran reseña.
Recordar es vivir, la pasamos a toda madre, cierto.

Saludos