Hamelin es una propuesta interesante de teatro experimental (entiéndase por esto que experimenta con elementos poco comunes y no que se trata de una puesta escénica poco profesional o amateur) en el que, cínicamente, desde el principio, uno de los histriones advierte: “Hamelin es una obra tan pobre que el espectador se tiene que imaginar la escenografía”.
Sí, Hamelin no tiene escenografía ni utilería (si acaso un periódico pintado de negro, una pluma, una libreta, una mesa, una silla y un cajón de madera, igual pintado de negro), además que su elenco, 9 personas en escena, visten por completo de negro, con apenas los ojos delineados como único recurso de maquillaje.
¿Aburrido? Todo lo contrario. El ritmo de la obra es vertiginoso y aunque la línea argumental no depara grandes sorpresas e incluso resulta por momentos predecible, las interpretaciones la vuelven sumamente emotiva. La historia transcurre alrededor de un Juez que investiga un caso de pederastia en el que se ve involucrado un joven adinerado y una familia muy humilde, además de un fría psicóloga desprovista de corazón y perdida en un océano de conceptos y teorías acerca de los sentimientos humanos.
El eslogan de la obra es provocador: “Los niños siempre pagan los errores de los mayores”.
Total, que en una de las escenas el Juez se queja de los medios de comunicación, por el trato que le han dado al caso y grita: “¿Por qué los periódicos prefieren hacer literatura que presentar los hechos?”.
Hoy por la mañana venía en el metro y compré El Gráfico. Siempre he sentido especial debilidad por la nota roja. La portada daba cuenta de algo que parecía interesante: un joven de 15 años había logrado abrir las esposas que sus secuestradores le habían colocado desde hace dos meses y escapó mientras ellos dormían. Descalzo, caminó varias cuadras hasta dar con una patrulla. Los policías lo ayudaron y regresaron a apresar a sus captores. La cabeza de la nota decía: “Odisea”.
Adquirí el periódico, imaginando que iba a leer un interesante y extenso relato del joven, cuya historia, como reportero que soy, me parecía apasionante. Pero nada. En dos mil caracteres, el redactor resumió los hechos y nada más. ¿Qué pasó por la mente del secuestrado cuando vio que las esposas se abrían? ¿Cómo consiguió los alambritos que le dieron su libertad? ¿Cómo fue caminar descalzo en la calle después de dos meses de estar preso en quién sabe dónde? ¿Qué comía? ¿Dónde dormía? ¿Acaso no temió que los latidos de su corazón despertaran a sus captores mientras huía y que ellos, enfadados, le dieran un castigo ejemplar o acaso lo mataran? ¿Cómo eran sus noches?
¿Tenía perro?
Este tipo de interrogantes son las que mis maestros de la UNAM me enseñaron que debía responder un relato, una auténtica crónica. La nota roja, por su naturaleza, es tierra fértil para el desarrollo de escritores. Así nos lo ha hecho saber A Sangre Fría, de Truman Capote, Relato de un Náufrago, de García Márquez o Señas Particulares, de Josefina Estrada.
Pero en la actualidad, lo que rifa son los textos cortos, porque la gente no lee. Los detalles sobran, lo que cuenta son los pies de foto. Esta misma mañana noté que vendían el Excélsior a 5 pesos en los vagones del metro. La que se consideró, hace años, la catedral del periodismo en Latinoamérica, sobrevive hoy de limosnas. El Centro, un diario guasón y burlesco, sucumbió en poco más de un año de vida. El Universal ya no tiene sección de cultura. Quizá fue eso lo que mató a Paco Ignacio Taibo y no la neumonía.
La nota roja dejó de ser noticia y se ha vuelto rutina. Lunes: un ejecutado; martes: un encajuelado; miércoles: un encobijado; jueves: un ajusticiado; viernes: un levantado; sábado: una narcomanta; domingo: todos los anteriores.
Pero nadie quiere leer sus historias. La vida moderna apenas da tiempo de ver fotografías y telenovelas.
Creo que escogí bien mi vocación, pero me equivoqué de tiempo para nacer.
Por si fuera poco, se acabó mi suscripción a El país, el único periódico que sigue haciendo de escribir una de las bellas artes.







