viernes, octubre 31, 2008

Gótica en conferencia

Debido a una fortuita pero afortunada relación con el Instituto Mexicano de la Juventud, me he visto envuelto en la organización de diversos proyectos.
Este fin de semana, a partir de hoy viernes 31 de octubre, sábado 1 y domingo 2 de noviembre, el IMJ convoca al Viaje al Mictlán, un evento que tiene por objetivo celebrar el Día de Muertos. Abaracará, entre otras actividades, una casa de espantos, exhibición de música prehispánica y algunos conciertos de rock.
Mañana sábado 1, a las 12 hrs, en el Auditorio Principal del IMJ (ubicado en Serapio Rendón 76, col. San Rafael, cerca del metro San Cosme) el staff de la revista Gótica ofreceremos una charla sobre la escena oscura en México y su relación con el Día de Muertos.
Ahí estaremos Ángel, director de la revista; Martín Ángeles, su jefe de redacción y un servidor, el escribano de cabecera, jejeje.
La entrada es gratuita y ojalá nos puedan acompañar.
PD. H Pascal y Goliardos estarán en el Museo de la Ciudad de México, hoy a partir de las 18 hrs, con varios poetas, dando una plática sobre Los 7 Pecados Capitales. Tocará Anabantha. La cita es el Museo de la Ciudad de México (Pinosuárez 30, col. Centro). La entrada igualmente es libre.
Avisados están.



NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

jueves, octubre 30, 2008

Mónica




"No hay objeto tan feo que, en determinadas condiciones de luz y sombra o de proximidad con otras cosas, no parezca bello. No hay objeto tan bello que en determinadas condiciones no parezca feo"

Oscar Wilde


Cuando tenía alrededor de 13 años e iba en primero de secundaria me juntaba con Carlos, el que las niñas tenían considerado como el niño más guapo del salón.
Siempre estábamos juntos, íbamos a andar en bicicleta, hacíamos tareas en equipo o jugábamos basketball. Los juegos del video aún no existían ni mucho menos el Messenger o MTV. Los púberes aún disfrutábamos del aire y el sol.
Así fue hasta que Carlos tuvo novia. Se trataba de Mónica, la que los niños consideraban la más buena del salón.
Quizá no lo estuviera tanto, pero en definitiva le habían crecido más las tetas y las nalgas que al resto de nuestras planas condiscípulas.
Mónica me detestaba, porque Carlos siempre prefería irse a vagar conmigo antes que pasar el tiempo con ella.
Un día, a él se le ocurrió que podríamos ir todos al cine juntos. Yo también pensé que era buena idea e ingenuamente le pedí a Mónica que invitara a alguna amiga, para que fuera conmigo.
Ella, con toda su mala leche y crueles artimañas de mujer, vio en mi petición la oportunidad de fulminar mi amor propio. Sobra decir que entonces era yo un enclenque sujeto con el cabello parado, el rostro tapizado de acné y unos lentes de cuello de botella mucho más grandes que las palmas de sus manos. Parecía salido de la película La venganza de los nerds. Además, no era muy bueno para los deportes y mis gustos eran raritos para los de mi edad: disfrutaba la música de John Lennon (que los demás ni conocían) y me gustaba dibujas bestias mitológicas (por herencia de mi abuelo) en vez de mirar los clásicos América-Chivas, por las tardes.
Mónica respondió: “una niña tendría que estar loca para salir contigo”.
Lo más seguro es que ella ni se acuerde de mí, pero yo todavía tengo presente en la memoria lo humillante que fue escucharla decir aquellas palabras.
Me hirió tan profundamente que durante mucho tiempo pensé que jamás tendría novia o que nunca perdería la virginidad. Debo confesar que aunque tengo muchas amigas, siempre me ha costado acercarme a una mujer con objetivos románticos y aún de adulto, las palabras de Mónica siguen haciendo eco en mi cabeza.
Siempre imagino que hay un sujeto más alto, más guapo o más fuerte que yo, en el que la misma chica que deseo pudiera estar interesada.
Es increíble que tan profunda puede llegar a ser una herida inflingida en la niñez.
Pero bueno, algo tengo que agradecerle porque dado que mi apariencia física no fue mi fuerte en la adolescencia, tuve que desarrollar otros talentos, armas de cacería.
Empecé a leer y en consecuencia, a escribir.
Descubrí que cuando lograr confeccionar dos o tres líneas decentes (en prosa o en verso), a la mujer la invade una especie de ceguera que le impide apreciar lo feo que eres por fuera y en cambio, cae presa de un embrujo que la obliga a mirarte más guapo de lo que jamás pudiste ser. Por fuera eres Cuasimodo, pero si escribes algunos poemas decentes de amor, como dice el feo más feo del universo, Bukowski, podrás (y tendrás la obligación de) cogerte muchas mujeres hermosas. Entonces, ellas aprecien el David Beckham que puedes ser en las letras.
Algo tengo que agradecerle a Mónica, porque gracias a ella descubrí un poco el Cyrano de Bergerac que habita en mí.
Debo presumir que muchas de mis ex novias, a las cuales todavía les hablo, siempre suelen hacerme una pregunta y una confesión: “¿sigues dibujando?” y “el otro día me encontré una de tus cartas”.
Me halaga que las conserven después de años.
Omega, cuando le relaté la anécdota de Mónica, me dijo con una ternura desbordante: “pues yo estoy loquísima” y esa es una de las razones por las que la amo tanto. Y más aprecio su amor porque ella habita del otro lado del espectro: Omega es muy hermosa.
A Carlos, el guapito, lo volví a ver en la Universidad, después de más de casi una década de haberle perdido la pista, y ya no fuimos los mejores amigos. Casi lo odié, pero eso lo contaré en otra ocasión.
Aquello ya no tiene que ver con Mónica.
Lo que sé es que un día le voy a dedicar un cuento a ella. De no haber sido tan cruel conmigo, quién sabe… A lo mejor a Mónica le debo no haber terminado como abogado o contador.
Es posible que ni siquiera tendría un blog.

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martes, octubre 28, 2008

Mundo Raro

Número uno: Gracias a todos los que fueron al Aquelarre cumpleañero. Lo chido: los viejos amigos, el alcohol, las canciones, Las Mystica (incluido que me invitaran al palomazo), lo hermosa que se veía Omega y la alegría.
Lo malo: el robo del iPod, pero pus ya qué.
Número dos: un cuento
Mundo raro
Nunca bebía más de tres copas, porque se mareaba. Aquella tarde se bebió cinco durante una hora y la primera, casi de un trago. Sintió que el licor pasaba por su garganta como si hubiera bebido fuego. Como comerse la lumbre a puños, decía su abuela.
A la tercera ya se sentía un poco mejor. Ni culpable ni traicionada. De hecho, otra vez era capaz de sonreír. Al fin había sido ella quien tuvo la idea y quien había convencido a Ignacio de que lo hicieran.
Miró su reloj. Eran las cuatro. Es posible que su marido hubiera terminado y hasta durmiera plácidamente.
Pero Patricia se lo tomó con calma. Aquella incomodidad y el alcohol tenían cierto encanto. La relación con su marido hace mucho que se había enfriado y aquellos celos parecían devolverle un poco de vida.
Se puso de pie y caminó hasta la rockola. Efectivamente estaba mareada y no le importó.
Puso una canción de José de Alfredo, una bastante vieja, y regresó a su silla. Le hubiera gustado cantarla a grito pelado, pero no se atrevía. Ya bastante significaba entrar sola a una cantina.
“Di que vienes de allá, de un mundo raro, que no sabes llorar”.
Raro, sí que raro. Lo era que Patricia hubiera pasado temprano a recoger a… ¿cómo se llamaba? Orquídea. Vaya nombrecito. Ni siquiera sabía que esas tuvieran un nombre. Ella pensaba que las fabricaban en serie y que eran todas iguales.
Pero no era así. Orquídea olía diferente. A juventud. Parecía de 19, a lo mucho de 20 años. No tenía arrugas ni celulitis. Vestía una minifalda y un suéter entallado. Nunca dejó de sonreír. ¿Tendría ombligo? Seguro y era hermoso. Un orificio diminuto en que los hombres meterían la lengua. Quizá en este momento la de su marido estuviera ahí.
Orquídea la saludó de beso cuando subió al coche. El tacto de la mejilla de la muchacha era tan tibio y suave que incluso ella hubiera querido pasarle los labios.
-Hola –le dijo y se quedó mirando hacia enfrente, con la vista perdida.
Patricia encendió el motor y se puso en marcha. No quiso que su marido la acompañara a recogerla, porque en el último momento alguno de los dos podría arrepentirse. Luego de tres décadas casados se les habían acabado las ganas de arriesgarse.
-¿Pero estás segura, Paty? ¿Crees que sea una buena idea? ¿No te haría daño? –le preguntó Ignacio cuando ella le mostró el anuncio en aquella revista.
-Vamos, hay que hacerlo antes de que estemos más viejos. Nunca te he dado un auténtico regalo de cumpleaños.
Nada de sentimientos, sólo el placer de estar con alguien más, unas horas. Ella casi había llegado a los 60 y ya no pensaba en el sexo. Además, ¿qué? No iba a perder a su marido. Simplemente le permitiría probar un pastel muy sabroso. Un rato. A solas. Después, comería sopa de pollo junto a su marido como desde hace tantos años.
Le tocó un semáforo en rojo. Entonces bajó la mirada y recorrió a Orquídea desde los tacones hasta la coleta en que estaba anudado su cabello castaño. Era perfecta. Patricia pensó en ella misma cuando entró a la Universidad. Era muy bella y bastante popular entre los muchachos, aunque no se había entregado más que a tres en toda su vida. Y con el último se casó.
La mayoría de sus amigas eran mucho más liberales sexualmente. Varias habían participado en tríos. Una vez, Julieta le propuso que los acompañara a ella y su novio, un europeo bastante atractivo, a pasar un fin de semana en la playa. Patricia se sonrojó y aunque se moría de ganas, dijo que no. Sabía que de proponérselo, podía llevar a uno, dos o tres hombres a su cama al mismo tiempo, así de bonita era, y sólo con estar segura le bastaba.
Miró otra vez a Orquídea. ¿Con cuántos habría estado ella? Quizá la hubieran utilizado no sólo en tríos, sino en orgías. Para eso existía.
Al llegar a su casa, Patricia tocó a la puerta y le pidió a la joven que esperara ahí. Se montó lo más rápido que pudo en su carro y escapó. Ni siquiera esperó a ver si Ignacio abría la puerta. Estaba segura que lo haría y ella no quería arruinarle el momento. Prefería que cuando viera a Orquídea se concentrara sólo en su belleza. Era su regalo de cumpleaños.
“Porque yo, adonde voy, hablaré de tu amor como un sueño dorado”.
Se bebió el quinto tequila y se imaginó a su marido, gordo y ya calvo, montado encima de aquella jovencita. Seguro le chuparía los pezones y le metería un dedo en el ano mientras la penetraba por delante. Igual que le hizo a ella cuando la deseó intensamente. En la Universidad.
Hubiera metido más hombres en su cama y por lo menos dos al mismo tiempo.
¿Sería ya muy tarde?
Pagó la cuenta subió de nuevo al automóvil.
Al llegar a su casa, se preguntó si sería buena idea tocar a la puerta. Para su fortuna no tuvo que tomar la decisión. La puerta estaba emparejada. En la baqueta se había estacionado una camioneta con el mismo logo que la empresa en donde había recogido a Orquídea.
Patricia se hizo a un lado para dos empleados salieran de su casa. Iban cargando una caja grande, también con logotipos.
Treparon a su vehículo y se fueron.
En la sala halló a Ignacio, sentado en un sillón y con la televisión encendida, aunque no estaba mirándola. Tenía una camiseta sin mangas.
-Mi amor –le dijo él.
Patricia no le respondió. Miraba hacia el frente, pero nada en particular.
-¿Hay algo que quieras saber? ¿Te sientes mal? Quizá hubiera sido mejor…
-Vi algo en la alquiladora.
Ignacio guardó silencio.
-También los hacen para mujeres y pronto será mi cumpleaños.



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jueves, octubre 23, 2008

Vampiros

Los primos se reunieron en semicírculo. El mayor de ellos se ubicó en el centro, apenas iluminado por la luz de luna que se lograba colar por la única ventana del ático.
-Se llaman vampiros.
El más pequeño intentó decir algo, pero se le trabó la lengua.
-¿En serio? –preguntó una de las niñas.
El mayor de ellos tomó aire e imprimió a su narración un sentido mucho más dramático.
-Dicen que son horribles. Su rostro es ha sido quemado por el sol y por eso tienen la piel oscura.
-¿Entonces viven de día?
-Y duermen durante la noche –respondió el mayor, que se llamaba Jerónimo.
Los primos dejaron escapar una expresión de sorpresa.
-Pero eso no es todo. Los vampiros se pueden morir.
Selene, que había escuchado el relato con un dejo de incredulidad, tampoco pudo disimular su asombro. Comenzó a morderse las uñas.
-Mi mamá dice que los vampiros no existen. Nos estás diciendo mentiras.
El mayor se puso se pie y la luna iluminó sus dientes. De los cinco niños reunidos en el lugar, era al que le habían crecido más los colmillos.
-Piensa lo que quieras... yo los he visto.
-¿Un vampiro? –preguntó Israel, el que le seguía en edad.
-Sí, no debía tener más de un año de edad.
Alexa, la otra niña, se abrazó a Israel, que era su hermano.
-¡Me estás asustando! ¡Vas a ver con mi mamá!
Selene recuperó la seguridad y se puso de pie. Ahora se sentía sumamente intrigada.
-Cuéntanos, ¿cómo era ese vampiro?
A Jerónimo le gustaba ser el centro de atención, así que tomó un poco de aire y continuó.
-No le había dado tanto el sol, así que su piel tenía un tono rosado. Era como un gusano y estaba envuelto en una manta, acostado en una cama. Tenía los ojos azules.
-¿Y tú qué hacías ahí? Es más... ¿dónde viste a ese vampiro?
-Sí, ¿dónde? –preguntó Alexa, sin soltar el brazo de Israel.
Los ojos de Jerónimo brillaron, igual que los de gato, en medio de aquella penumbra. Se pusieron rojos.
-En esta misma casa.
El resto de los niños gritó al mismo tiempo.
-Shhhh... ¡Cállense o van a venir a regañarnos nuestros papás! Además, no han de tardar en venir a buscarnos para que abramos los regalos. Ya casi es medianoche y seguro ya acabaron de cenar.
Israel tomó la palabra:
-¿Cómo fue?
Jerónimo prosiguió:
-Me levanté un poco más temprano y el sol aún no salía. Me aburrí de estar acostado y comencé a caminar por la casa. Entonces entré al cuarto de los cachivaches, donde mis papás guardan los juguetes que ya hace mucho no utilizo y ahí estaba el vampiro. Pero no les he contado lo peor.
-¿Qué? ¡Dinos, dinos! –protestó Israel.
-Después de mirarlo de lejos durante unos minutos y no les voy a mentir, me estaba muriendo de miedo, llegó su madre vampira.
-¡Cielos! ¡Debiste asustarte mucho! –dijo Selene.
Jerónimo asintió con la cabeza.
-Pero déjenme terminar. Lo que pasó después fue aún más horrible. La madre lo cargó y se sentó en un sillón. Después, sacó de entre su blusa uno de sus senos y se lo dio al pequeño para que lo mordiera. Y él comenzó a beber.
-¿Y la madre, no parecía que le doliera? –preguntó Alexa.
-Al contrario, era como si le gustara porque comenzó a cantar una canción muy extraña.
-¿Y después? –preguntó Selene.
-Luego de un rato, se lo quitó. Le limpió con un pañuelo un poco de la sangre que le había quedado al más chico en la boca, una sangre muy rara, de color blanco, y lo acostó otra vez en su cama. A mí me dio tanto miedo que me eché a correr cuando estuve seguro que no me veía.
-¿Y se lo contaste a alguien? ¿Fue hace mucho tiempo?
Jerónimo aguardó un momento antes de responder.
-Hace como cinco años. Se lo conté a mi papá, pero sólo le dio risa. Me dijo que seguramente había tenido una pesadilla.
-¿Los has vuelto a ver?
Jerónimo negó con la cabeza.
-Oigan... alguien viene. Han de ser nuestros papás. ¡Vamos a escondernos o nos obligarán a dormir!
Los niños se levantaron y se sumergieron en la oscuridad.
La puerta del ático se abrió.
Dos figuras entraron y una de ellas encendió la luz.
-¿Ya ves mi amor? –le dijo la madre al hijo que se aferraba a su mano –Aquí no hay nadie. Los vampiros no existen. Ahora es hora de acostarse o si no, Santa Claus no te va a traer nada.



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lunes, octubre 20, 2008

'Stoned' Temple Pilots y NIN

Salve, Rey Junkie


A Llely, por viajar conmigo
Fotos: cortesía de OCESA


Y henos aquí, cientos de noventeros nostálgicos con los estómagos revueltos después de soplarnos durante un rato a unos tales de The Kooks (que para bostezar están perfectos, pero más allá no les veo potencial) y aunque me digan que son la neta nada más no entiendo el relajo de los Flaming Lips, que más bien parecen el show de Plaza Sésamo psicodelic en el Foro Sol… con globitos, serpentinas y un coro de Teletubies a su servicio. Que alguien me corrija, pero ¿no tocó el bajo con ellos (con los Flaming, no con los Teletubies) alguna vez Justin Timberlake?
Eso lo explicaría todo.

Queríamos rock... no Sesame Street

Pero poco después de las 8 y treinta minutos todo vale la pena: el frío que te corroe las articulaciones, las pizzas frías, las cervezas heladas, la bola de niños hispters que van y vienen (hubo un tiempo en que asistir a un concierto de rock era una aventura de vida o muerte, hoy pienso en Maya y me da gusto que sea más peligroso ir a Six Flags) gritando y aventándose algodones de azúcar.
A las 8 y poco más de la media, el Rey Junkie se erige en todo su esplendor sobre el escenario.
Poco antes le había preguntado a mis contemporáneos y todos coincidían: “vine a ver a los Stone, antes de que se muera Scott Weiland”.
A lo mejor ya se murió y es un fantasma el que se pasea por el escenario, con la discreción de un reptil de pantalones entallados. Se contonea y embruja con la cascada rasposa que esa voz grungera, la misma que en mis días de secundaria hacía que muchos de mis amigos y yo berreáramos medio borrachos en la casa de mi difunta madre: “When the dogs do find heeeeer”, casi al mismo tiempo que lo hacíamos con Jeremy y Lithium.
Chance hace tiempo que Scott ya es calaca y por eso luce como si el tiempo no pasara por él. Tiene el mismo magnetismo y la misma arrogancia que hacen de él, y como he leído en otro blog esta mañana de lunes cuando he asimilado bien el concierto de los STP en el Foro Sol, un frontman de los que ya no hay.
Mientras él se come a bocados el escenario, yo me abrazo a Omega, que baila delante de mí, y le miro la nuca y después alzo los ojos a la pantalla gigante y afirmo que mis propios perros, los que habitan mi corazón y mi espíritu, tarde o temprano tenían que olfatearla y por eso estoy rendido a sus pies.
Pero cuando más prendido me desgañito cantando Creep y ese verso doloroso que es “I’m half the man I use to be”, resulta que la canción termina y Scott, como si nunca tuviera frío, ni hambre (como un fantasma, en efecto), dice, frío igual que este viento de muerte: “Supongo que esperan por la canción Plush”.




Un reptil en jeans



La guitarra y el bajo de los hermanos DeLeo, Dean y Robert, respectivamente, nos fulminan con ese riff repetitivo y adictivo que sonorizó algunos de mis momentos más emotivos cuando tenía el rostro lleno de acné (hoy sólo quedan los cráteres de aquellas espinillas, el recuerdo de varias chicas, y en su lugar, florecen los vellos de la barba) y el celular parecía un invento de los Súper Sónicos.
Los ‘Stoned’ Temple Pilots nos transportaron a pasajes paradisíacos de la memoria, con rolas como Interstate Love Song y Sex Type Thing, que sonó apabullante. El punto de vista de un violador en medio de un convulso volcán de gente.


Y Reznor dijo: hágase la electrónica

Ahora, cuando le llega el turno a Nine Inch Nails debo confesar que no espero demasiado de Trent Reznor y compañía. Luego de verlos en el Palacio de los Deportes en 2004 me quedó claro que NIN es una banda poderosa en vivo, pero carente de parafernalia. Esa vez Reznor se dedicó a tocar la guitarra.
Sin embargo, lo que contemplo este sábado es quizá una de las propuestas escénicas más interesantes de los últimos tiempos.
El juego de luces, proyecciones y pantallas LED hacen que NIN cantara en medio de una burbuja, que parezcan crecer y hacerse pequeños en el escenario, que se convirtan en seres luminosos o en los únicos habitantes humanos de un abigarrado cementerio de máquinas.
Hay que verlo, imposible describirlo en palabras.
Lo confieso, cuando tocan Closer me transformo en la sombra-íncubu de Omega y con toda la lujuria que cabe en cuerpo le susurro al oído “I want to fuck you like a animal”… pero cuando a nuestras espaldas se arma el slam con March Of The Pigs, la protejo como todo un caballero mientras mi compañera sacude su hermosa greña como una posesa.
NIN toca un set instrumental, inspirado en Ghost I-IV, que sencillamente me deja sin palabras, hipnotizado. Reznor tocó hasta ejecuta una marimba y hace de este instrumento que yo creía limitado a los terrenos de lo guapachoso, todo un medio de invocación de demonios oscuros.
Al mismo tiempo, en las pantallas se proyecta un paisaje decadente, de árboles secos que hace colapsar nuestros corazones.
Lights In The Sky, la actual gira de NIN, es toda una experiencia, es como meterme un churro construido con luces psicotrópicas y sueños alucinantes. Es la neta.

Una chica a mis espaldas realizó la mejor crítica anticipada, que seguramente nunca le leeré en ninguna revista: "¿cuándo sale el pinche DVD para írmelo a comprar?"
El final nos lleva de regreso a los 90, con el logo de la banda iluminado en color rojo por más de tres minutos en medio de un lienzo negro. Esos 90, cuando al música sonaba en disco compacto y no en MP3, cuando mis perros buscaban a Omega sin saberlo yo.

Cuando todavía no cumplía yo 30 años.



Robin Finck castigaba las seis cuerdas.



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viernes, octubre 17, 2008

Perezdrogas

...where Hector was the first of the gang
with a gun in his hand
Morrisey. The first of the gang to die.

Antes del último año de la prepa le decíamos El Tarabillo, en referencia a Isabel Martínez, la comediante que era capaz de hablar con la velocidad de una metralleta. Sólo que a Héctor lo bautizamos así porque era sumamente callado. Cuando nos reuníamos alrededor de una mesa a platicar, en segundos aquello era un toma y daka de albures, bromas y comentarios manchados, de los cuales se mantenía como simple espectador.
Se reía, pero quedito.
Sin embargo, entre el Pavía, el Chícharo y el Rojo poco a poco el Tarabillo fue transformándose en otra cosa, un ser diferente. Primero se dejó crecer el cabello y la barba. También comenzó a vestirse de negro.
Antes, recuerdo, le gustaba el basketball y a menudo lo podíamos encontrar en las canchas de la escuela, disputando una reta tras otra. No tomaba ni fumaba. Creo que ni siquiera escuchaba rock.
No estuve presente cuando el Pavía le ofreció su primer cigarro de marihuana, pero sí tuve la oportunidad de fumar a su lado en algunas ocasiones. También nos poníamos borracheras monumentales escuchando discos lo mismo de The Doors que de Cuca.
Para entonces, el Tarabillo ya no jugaba basket ni dormía en su casa todas las noches.
Era un tipo muy culto; le gustaba mucho leer y ver cine de autor. También comenzó a demostrar sus primeros brotes artísticos: una vez me dibujó en su cuaderno de Biología una caricatura. En ella, aparecía yo cantando desafinado (eso lo intuí porque el globito de texto donde se leía la letra de El Son del Dolor lucía todo distorsionado y porque, efectivamente, dos días antes había yo cantado desafinado junto a mi banda de rock, en un bar) y poco después le esculpió un Beavis (de Beavis and Butthead), en plastilina, a Pavía.
También lo vi hacer diseños de tatuajes e incluso, complejas artesanías con alambres.
Era un tipo raro, enigmático e interesante. A los dos nos gustaba la misma chica, la Sardina, por lo que en la prepa nuestra amistad nunca llegó a ser completa. Le neta me arrepiento. Debí haber platicado más con él. Una tarde, en su casa, estábamos los dos solos y me mostró unos guantes de box.
“¿Nos rifamos un tirito de mentiras?”, propuso.
Yo le tomé la palabra.
Ninguno lo dijo, pero en el fondo sabíamos que nos disputábamos metafóricamente el amor de la Sardina (que efectivamente, anduvo con él muchos meses después): el Tarabillo hizo que me brotara sangre de mi nariz hinchada y yo le saqué el aire con un certero opercut.
Al final, nos cagamos de la risa.
En nuestra adolescencia no existía el Playstation ni el Wii, así que solíamos invertir las tardes en otro tipo de pasatiempos: una vez Héctor, el Perezdrogas, como se le conocía ya por su afición (como si el resto no la tuviéramos) a la canabis, se encontró un pájaro muerto en la calle. Se pasó toda una tarde limpiando el esqueleto para ponerlo en un frasco de formol. Le quedó de poca madre.
Cuando salimos de la prepa, cada quien agarró rumbos distintos. El Perezdrogas, bautizado así en una deformación de su apellido, no entró a la Universidad, como la mayoría. De hecho, yo nunca lo he vuelto a ver. Por amigos en común sé que nunca se cortó el pelo y que estudió algunos semestres de restauración de arte. Se dedica a hacer artesanías y a rolar por el mundo. Su novia es una argentina, me dijeron, con quien se ha ido de mochilazo a Europa, Centroamérica y otras partes del globo.
Hay quienes recuerdan al tipo que jugaba basket y no bebía y dicen que conocer a la banda pesada de la prepa le echó a perder la vida. Yo pienso que a un Artista (con mayúsculas) la única forma de echarle a perder la vida es cortándole el cabello, encerrándolo en una oficina y guillotinando sus sueños con el filo de una tarjeta de crédito.
Para ser libre hay que tener valor.
Y el Perezdrogas solamente necesitaba un empujón.


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jueves, octubre 16, 2008

El país olvidado

En tiempos de elecciones, un cuento de SciFi político...

Tardó algunos segundos, pero al fin recordó lo que quería decir milagro: algo muy bueno que sucedía sin explicación.
Todo a su alrededor era un caos. La gente iba y venía gritando frases incomprensibles A menudo, Evaristo reconocía la palabra “milagro” en ellas.
Le dolía la cabeza y tenía la boca muy seca. Las piernas le hormigueaban. Quiso enderezarse, pero no lo logró. La vista le devolvía imágenes borrosas.
Un hombre vestido de blanco se le plantó enfrente.
“No se esfuerce, está usted muy débil”.
El extraño le colocó una lamparita en los ojos, que lo obligó a cerrarlos.
“Bienvenido, su Majestad. Es un alivio tenerlo de vuelta”.

Al cabo de un par se semanas ya podía ponerse en pie con ayuda de unos bastones. Lo que le costó más trabajo fue hablar. No podía. Sin embargo, pronto fue capaz de balbucear sus primeras frases.
Le pidió a los médicos, con mucho esfuerzo, que le recordaran quién era y qué fue lo que pasó. Por ellos supo que estuvo dormido casi tres meses, desde el día del atentado. ¿Atentado? Sí, él era el Presidente. Y alguien quiso matarlo. Lo único que quedó en su memoria era un destello y una explosión. Nada más.
Al principio no dejaban que casi nadie se le acercara, tampoco tenía televisión ni radio cerca. Los médicos recomendaron que se mantuviera aislado hasta que ellos estimaran que Evaristo podría asimilar información más compleja. Se recuperaría casi por completo, aunque era difícil saber cuándo.
-Algún periodista se enteró y la noticia se ha esparcido. En el Ministerio hemos resuelto guardar silencio hasta que sea prudente, pero la presión es mucha. La gente tiene miedo. Los rebeldes quieren sacar ventaja
No sabía a qué se referían aquellos hombres, de trajes grises, que iban y venían, entraban y salían de su habitación.
A él le importaba más el vaso con agua que tenía el buró y que no podía alcanzar.
-Permítame, su Majestad.
Evaristo le agradeció al hombre aquel que le lo ayudaba. Era el único, además del doctor que le dio la bienvenida cuando abrió los ojos, que le hablaba directamente a los ojos.
Con sus balbuceos, que lo hacían parecer un retrasado, Evaristo le pidió que dejara de llamarlo su Majestad. El otro parecía no haber escuchado nada. Y el Presidente sólo entendió que aquel hombre se apellidaba Jerez.


Al cabo de un mes, algunos recuerdos iban apareciendo en su cabeza. Ya no le dolían tanto las sienes. Se acordó de su edad.
Jerez, el tipo que lo cuidaba, se encargó de colocar algunos parches en la historia. Evaristo no tenía familia, era un Presidente que había ofrendado su vida entera al servicio de su nación.
-No ha resultado sencillo mantener el orden durante este tiempo. Yo, como Vicepresidente, me he ocupado de hacer valer la ley, pero los rebeldes han encontrado en su convalecencia el momento oportuno para hacer tambalear al régimen.
Evaristo lo oía, pero no le prestaba atención. Se quedaba mirando el foco y se cuestionaba porqué nunca le habría interesado tener esposa e hijos. Le atemorizaba que el mismo, antes del atentado, fuera un tipo completamente extraño del que no supiera nada. Ahora mismo no se conocía.
En ese momento entraron los doctores y se fueron acomodando a los lados de la cama. Revoloteaban como moscas. Uno le tomaba la presión. Otro le hacía preguntas que Evaristo no entendía. Una enfermera le puso un estetoscopio en el pecho mientras que otra le picaba las piernas con una aguja.
-Mañana difundiremos la noticia. Los rebeldes han hecho creer al pueblo que usted murió en el atentado y que todo este tiempo el Ministerio ha mentido respecto a su estado de salud para ganar tiempo e imponer un reemplazo. Están convocando a una Revolución.
El Presidente fue sorprendido por otro halo de luz.
Y una mujer entró en la habitación. En cuanto lo vio corrió a la cama y abrazó sus piernas.
-¡Ha despertado! –gimoteó.
-¡Señorita, por favor! –la reprendió el Vicepresidente Jerez.
La muchacha se puso de pie y después de secarse las lágrimas, ofreció una disculpa.
-Ha sido mucha emoción verlo.
Evaristo pudo enfocar la mirada y descubrió a quién pertenecía aquella luz tan intensa.
-Lo vamos a grabar, su Majestad. Algunos segundos únicamente, para distribuir el video en la televisión. Debemos mostrarle a la gente que usted vive –dijo la reportera, ahora sí, muy seria.

Faltaban tres semanas para el gran día y a Evaristo no le era posible hablar comprensiblemente.
Se paseaba cojeando por el Palacio, aunque fuera solo por donde lo dejaban, es decir, los sitios donde no hubiera ventanas.
Ya no le dolía la cabeza, pero los recuerdos no volvieron. No cuando menos la mayor parte. Conocía bastante bien el Palacio y dónde estaban sus cosas. Recordaba alguna que otra película y a su madre, que murió cuando él era pequeño. Sin embargo, casi 38 años de su vida se habían borrado como si una mano le hubiera dado la vuelta a la página de un libro.
Le molestaba que no lo dejaran leer, ni ver televisión o escuchar la radio. Era el Presidente de un país al que había olvidado. Los doctores decían que todavía no era conveniente que accediera a demasiados datos, pues su mente estaba confundida y así, el Vicepresidente tomó las decisiones en su nombre.
Además, casi todo el tiempo estaba acompañado por alguien, ya fueran médicos, escoltas o Jerez.
Un día decidió entrar a la cocina del Palacio, porque se le antojó mucho, y no supo porqué, una galleta de nuez.
Lo acompañó un guardaespaldas.
Al cruzar la puerta, las mujeres que ahí trabajaban parecieron espantarse. Lo miraron con extrañeza pero se dieron la vuelta para terminar sus tareas.
Él pidió la galleta y se sentó en la mesa.
Una cocinera vieja se la trajo.
El guardia le sugirió que sería mejor comerla en su despacho, pero él se rehusó.
Al fin, lo dejaron disfrutarla en la mesa.
Evaristo se dio cuenta que sobre ella, a su costado, había un ramo de rosas y preguntó, con su lengua atolondrada, de quién era. Hacía mucho que no veía unas flores, pero las recordó perfectamente. Y le gustaron.
Una muchacha que picaba verduras en una tabla le respondió con timidez que le pertenecían.
-Las compré en el mercado camino a Palacio, su Majestad. Deseaba colocarlas aquí, para alegrarnos la mañana.
Y él, con mucho esfuerzo, le pidió que se las obsequiara pues le habían compuesto el día.
-Claro, su Majestad. Todo lo que hay aquí es suyo.
Evaristo le preguntó:
-¿Por qué me dices su Majestad?
-Porque lo es –y bajó la mirada.

Regresó a su cuarto y le pidió a los escoltas que lo dejaran solo. Ellos se mostraron recelosos pero al fin accedieron. El Presidente iba a dormir la siesta.
-¿Desea que me lleve las flores? –preguntó uno de ellos.
Evaristo negó con la cabeza.
Una vez que los hombres que lo cuidaban estuvieron afuera de la habitación, Evaristo puso las rosas en un florero y se metió a la cama. Buscó en su buró y encontró, una pequeña linterna de mano. Entonces, debajo de las cobijas, desarrugó el periódico en que venían envueltas las flores y comenzó a leer.
La fecha correspondía a menos de dos meses atrás. Sólo era una sección de información general.
En la primera plana, el titular decía:
“A dos días del cobarde atentado, nuestro amado Presidente lucha por su vida. Los doctores piensan que un hombre de su carácter podrá superar este reto”.
Y más adelante, hacían una semblanza suya.
“El hombre le pertenece al país y por él debe dar su vida”, consignaban los redactores, según dijo Evaristo el día que tomó posesión.
Entre sus decisiones había estado la de sacrificar a los niños que nacían con defectos físicos que les impidieran trabajar y que la comida y el vestido se repartiera por partes iguales a todo el pueblo. Todas las manifestaciones artísticas que estuvieran orientadas a la recreación y no a enaltecer los valores del Estado estaban prohibidas. Los ciudadanos estaban obligados a casarse a determinada a edad y aquellos que eran fértiles, así como aquellos que llegaban a una edad en la que les fuera imposible ser laboralmente productivos, debían morir. A cada ciudadano se le asignaba un oficio casi desde la cuna y no recibía más educación de la que necesitaba para desempeñarlo. Tampoco existían cárceles, porque todos los crímenes se castigaban con la muerte. Sí, reconocían los editorialistas, eran medidas drásticas, pero a cambio aquel país no sufría de sobrepoblación y su desarrollo económico iba siempre a la alza..
Cuando terminó de leer, Evaristo se quedó pensando un buen rato. Presentarse a sí mismo no había sido lo que esperaba. Una idea lo asaltó: ¿querría la chica de las flores salir con él algún día?

Su lengua no había reaccionado del todo aunque el resto de su cuerpo se podía mover casi normalmente. Únicamente utilizaba un bastón para apoyarse.
Jerez le había encomendado que le pasara una copia del discurso que le gustaría leer ante el pueblo y las cámaras de televisión, para que él a su vez destruyera copias por todos lados y se pegaran éstas en los muros del país. Así le quedaría bien claro a los rebeldes que el Líder estaba de regreso e iría a buscar sus cabezas.
Además, como él aún no era capaz de pronunciar con soltura, el discurso sería leído por el Vicepresidente Jerez en su representación.
-Su Majestad, descuide. Hemos cercado la Plaza principal. Tenemos gente en las azoteas, entre la multitud y en cada puerta y ventana. Es imposible que un atentado se repita. No tenga miedo –le dijo al recibir las hojas mecanografiadas.
Pero Evaristo no temía. Estaba seguro que los rebeldes entregarían las armas apenas escucharan lo que él tenía que decirles. Y quizá después, como lo tenía planeado, se animaría a hablar con la muchacha de la cocina y ella dejaría de llamarlo Su Majestad.
Dieron las doce en punto, la hora que Jerez había fijado para la primera aparición pública del Mandatario, después de haber librado la muerte.
Corrieron las cortinas del balcón y por primera vez en mucho tiempo, los rayos del sol se le clavaron en las pupilas, el aire le golpeó el rostro y pudo ver a más personas además de su Vicepresidente. Entonces sí, Evaristo se sintió muy nervioso. El pueblo le aplaudió a rabiar, azuzado por los militares. Él quería mirar los rostros de sus gobernados, examinarlos uno por uno para descubrir sus verdaderos sentimientos. No lo conseguía porque el balcón estaba demasiado alto y porque todos llevaban la misma ropa e idéntico corte de pelo. Nadie era obeso o mucho más alto que otro. Cualquier asomo de defecto era castigado con la muerte.
Al fin, alzó los brazos y los aplausos cesaron. Evaristo tomó asiento en una silla elevada y sus escoltas se colocaron detrás.
Jerez se adelantó al podium y dio la bienvenida. Comenzó a hablar.
Primero Evaristo no le puso atención, pero a los pocos segundos reaccionó. Aquel no era el discurso que había escrito. Él iba a anunciar una Revolución desde el poder, un cambio en los principios del régimen. En contraste, Jerez no hacía sino reafirmar, en nombre del Presidente, las bondades del mismo. Condenaba a los rebeldes y aseguraba que la mano del estado los aplastaría tarde o temprano.
El Presidente quiso ponerse de pie. Gritar que a partir de ese momento todos eran libres de tener cuantos hijos quisieran y vestirse como les diera la gana. Él mismo deseaba socializar con los demás.
Pero las escoltas le pusieron las manos en los hombros y como aún no podía hablar, empezó a balbucear enfurecido que lo dejaran en paz.
Pero Jerez continuaba hablando frente a la multitud, en el micrófono.
“¿Y qué clase de líder sería yo –se pregunta nuestro Presidente– si no pudiera en práctica todo aquello que predigo? He sobrevivido a la muerte sí, pero no he quedado en las mejores condiciones, prueba de ello es que estas palabras que escribí no las puedo pronunciar ante ustedes”.
El Vicepresidente hizo una pausa y sus ojos se encontraron con los de Evaristo, que iban a salirse de su rostro.
“Una nación como la nuestra no puede tener un Presidente marchito”.
Evaristo quiso levantarse con más violencia, pero en ese momento sintió un objeto metálico encajársele en la espalda. Escuchó cortar cartucho.
“El hombre le pertenece al país y por él debe dar su vida”, concluyó Jerez.
Y la gente volvió a aplaudir con fervor.



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martes, octubre 14, 2008

Mujer Pájaro


Por fin

le hice al amor

a la Mujer Pájaro

Colgado de ella

Remonté el Horizonte

Se me olvidó

mi miedo a volar

Me apreté

contra sus senos

y mi espalda

rozó las nubes

Por fin

le hice el amor

a la Mujer Pájaro

y al final

caí


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lunes, octubre 13, 2008

Crónicas poblanas: Happy Happy Helloweeeen


Puebla, Puebla.- La debo haber escuchado cuando menos dos veces en vivo, una con Andi Deris solo en la voz y otra más cuando lo acompañó Kai Hansen, como ahora, aunque no recuerdo que sonara tan hermosa.
Quizá es que aquella vez me faltaron mis amigos en aquel 10 de mayo en el Circo Volador, o tal vez todavía me gustaba mi trabajo en Récord –para ser sincero, ya olvidé cuándo dejó de hacerlo–, o sencillamente el reciente fallecimiento de mi madre aún ardía en mi corazón.
No lo sé con certeza.
El hecho es que este viernes de octubre, cuando faltan diez días para mi cumpleaños y me acompañan en Puebla el Kikillo (guitarrista de la banda); Angie (clientaza de Helloween y vieja amiga chilanga a quien me vine a topar en medio del desmadre que se armó, creo, con Eagle Fly Free y que gustosa se sumó a la palomilla; Héctor, a quien Kike y yo conocimos en la Tapo, mientras nos formábamos para abordar el camión que traería hasta esta ciudad; así como Susana y Lázaro, ella poblana y él de Tehuacán, que se nos unieron cuando coincidimos en el puesto de las cervezas.
Todos, unidos, abrazados y borrachos después de dos horas de concierto, el penúltimo por cierto del Hellfish Tour, mismo que unió los talentos de Gamma Ray y Helloween, coreamos la letra de la última canción, I Want Out:
“No one asks us how we like to be…”, y siento que voy a escupir las amígdalas de tan fuerte que grito.
A mi mente vienen los gritos y los regaños sin fundamento de aquella bruja laboral que durante meses me obligó a cuestionarme si mi vocación periodística era la adecuada.
“I want out... to live my life alone
I want out... leave me be”
¡Qué bien se siente! Es como si la tuviera enfrente y se lo gritara, como si el tiempo retrocediera y pudiera renunciar por segunda vez.
Ahora me siento tan complacido en Playboy, reconciliado conmigo mismo, escribiendo artículos interesantes y apoyado en un jefe a quien me une la admiración y no el miedo.
A mi derecha está Kike. Qué fácil fue convencerlo de venirnos a la aventura, a Puebla, para ver a Helloween y Gamma Ray en el Country San Manuel.
Durante dos horas los grupos alemanes nos han obsequiado un show maravilloso. La gente poblana, supongo, se entrega sin reservas porque rara vez tiene lugar un concierto como éste por sus tierras.
Deris, Michael Weikath, Sascha Gerstner, Markus Grosskopf y Dani Löble se han encargado de espantar el mal humor y los problemas, como si en los corazones míos y de mi amigo quedara alguno, luego de suministrarnos en el camión, vía mi iPod, una dosis generosa de Pantera, Metallica, Megadeth, además de “estudiar” como nunca lo hicimos en la escuela, las letras de Helloween y Gamma Ray.
Al grupo de Hansen llegamos tarde, cuando ya ha interpretado Heavy Metal Universe, pero alcanzamos a escuchar Send Me A Sign y Ride The Sky, por lo cual vale la pena. Al final, Hansen agradece trepado en las torres de iluminación.
Entonces llega el momento del plato fuerte; comeremos calabaza hasta atascarnos.
Primero Halloween, con sus más 14 minutos que anuncia lo que ha de venir porque “Ahhhhh, It’s Halloweeeen… tooonight”; luego Sole Survivor, del Master Of The Rings y el gigantesco Sascha se para enfrente del escenario y las chavas se deshacen en gritos; Eagle Fly Free es la locura y pienso que no puede haber nada más veloz en el mundo, pero entonces viene el primer golpe a mi alma: If I Could Fly.
“Esta canción empieza con un piano”, anuncia Deris, en castellano.
Tiempo después Lázaro me confesaría que pensó: “si empieza con un pianito, entonces sí es…”.
Y sí era y otra vez vomitamos los pulmones: “If I could fly, like the king of the sky, could not tumble nor fall, I would picture it all…”.
Si pudiera volar, seguro iría a saludarte, mama.
Deris nos da clases de alemán. Nos enseña a decir “mierda”, que no recuerdo ya cómo se deletrea, y “joder”, que es parecida al “fuck” inglés, pero con “i”. Se dice “fick”.
“Fiiiiiiiick”, repite el público, muy obediente y aplicado.
La banda origina un auténtico torbellino de buen humor que nos hizo sentir vivos otra vez. Helloween siempre pone de buen humor.
Luego de Future World (“one day we live in happiness…”) y I Want Out (ambas interpretadas con Gamma Ray), desaparece, pero no importa. Ya lo sabía porque los acabo de ver en el Circo.
Un I want Out más para mi colección, pero hasta hoy, el mejor.


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viernes, octubre 10, 2008

Para que un poeta lo escriba en un baño público



Me fascinan las frases. Siempre que leo algo, sea un periódico, revista o hasta un volante de mano, incluso en medio de una charla o una entrevista, estoy atento a cacharlas.

Las cazo en mi cuaderno personal (en uno de los muchos).

Se podría decir que colecciono frases, atraido ya sea por su contundencia, su humor o su originalidad.
Estas son algunas frases que en las últimas semanas me han sacudido, las he encontrado por todos lados desde El País hasta en el baño de una cantina del Centro, El Jarrito me parece, a la que me llevaron los Goliardos ayer.
Ojalá un día pueda construir una y haya quien la repita, la cite y la consigne. La subraye, como hago yo con los libros que leo. A fin de cuentas, el hombre es el único animal tan ególatra como para inventarse una ciencia que tiene por objetivo comprenderse a sí mismo: la sociología.
El título de este post es el de un libro de mi amigo, maestro y mentor, el poeta Raúl Parra.

Se escribe por la otra punta del lápiz, la que tiene goma.
Juan Rulfo

Los adjetivos se inventaron para no usarlos.
Raimón Lira (catedrático de Harvard)

Un escritor de periódico debe ser lo más invisible posible.
Mario Vargas Llosa

Por culpa de una mujer me tiré a la bebida, pero nunca tuve la oportunidad de darle las gracias.
Anónimo (de un baño público)

Puedes amar a una mujer sin alma, pero nunca a una sin nalgas.

Anónimo (de un baño público)

El dinero no da la felicidad, pero siempre es mejor llorar adentro de un Ferrari.
Anónimo (en la sección Humor, del próximo número de Playboy)

La posteridad no existe.
Rosa Montero (columnista de El País)



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jueves, octubre 09, 2008

La muchacha que se durmió en la ópera

(Fotos: cortesía de OCESA)



Cuando Rigoletto descubre que Gilda, su hija, es quien yace agonizante entre sus brazos, ambos comienzan a pedirse mutuo perdón en un dueto de canto que se encaja en el alma como las uñas de un gato. Sus voces, la del barítono Boris Statsenko, y la de la soprano (muy hermosa por cierto) Svetlana Mareeva, comienzan a crecer como dos serpientes invisibles y entretejerse en un laberinto sonoro pletórico de dolor.
Cuando la muchacha alcanza los más fabulosos agudos, hay quien no se contuvo y, rompiendo el protocolo, aplaude entusiasmado. El Teatro de la Ciudad, el miércoles 8 de octubre, representa una explosión de emociones.
El foso de la orquesta arde.
Sin embargo, a mi lado, una muchacha duerme.
La chica acude, igual que yo, a la presentación de la compañía rusa Galina Vichnevskaya, que por segunda noche consecutiva interpreta Rigoletto, de Giussepe Verdi, en compañía de quien creo se trataba de su novio. La durmiente no debe tener más de 22 años y recarga su cabeza, completamente ausente del mundo, en los hombros de su compañero.



En medio de la oscuridad, con el corazón tambaleante de admiración por los tonos fuera de serie que Mareeva alcanza con una aparente facilidad (desde que estudio canto, aunque sea de manera amateur, me he vuelto muy respetuoso de todo aquel que sepa exprimir a su instrumento –la garganta– el más suculento de los jugos), me pienso en lo irónico que resulta que muchas personas consideren que la ópera es aburrida.
La muchacha a mi costado y el mapamundi de baba que durante dos horas ha ido dibujando en la camisa de su acompañante, me recuerdan que hay quienes encuentran en el bel canto el más apabullante de los somníferos.
Uno podría pensar de la desconocida: “seguramente ha tenido un día de perros y está agotada”, y los más alcahuetes: “la música la relajó al extremo de que le dio sueño”, pero el hecho es que esa misma muchacha no hubiera perdido la conciencia en un concierto de Alejandro Fernández.
Me pareció singular que esa chica se duerma en la ópera y que otros tantos consideren que se trata de un espectáculo elitista, incomprensible y nada entretenido, cuando en sus orígenes la ópera significó todo lo contrario.
Así es, Rigoletto no solamente fue una obra divertida y popular, sino peligrosa. La versión que conocemos es resultado de una serie de recortes y modificaciones que tanto Verdi, autor de la música, como Francesco Maria Piave, el libretista, tuvieron que hacer obligados por las presiones del poder.
De hecho, a pocos meses de su estreno el gobierno militar de Venecia vetó su ejecución pública y ésta solamente pudo llevarse a cabo cuando entre Verdi y Piave accedieron a modificar aspectos de la obra en las que se dejaba de manifiesto el libertinaje sexual y arbitrariedades políticas que solían practicarse en las Cortes Reales.




Si se quiere ver así, la ópera era un espectáculo de denuncia, subversivo y crítico, que exhibía los defectos de una monarquía impositiva e intolerante. Incluso la obra literaria en que Rigoletto se basa, El Rey se Divierte, de Víctor Hugo, fue censurada en París. Digamos que esa ópera, estrenada en 1851, está emparentada con géneros como la sátira política y, toda proporción guardada, la carpa.
Y cuando trascendente es Rigoletto, que incluso hasta los más ignotos en la materia conocen su aria fundamental, La Donna E Mobile. La escuché con Luciano en uno de sus discos de Pavarotti & Friends cuando apenas contaba con trece o catorce años y desde entonces me cautivó.
Sin embargo, los tiempos modernos nos han acostumbrado a actuar como unos perezosos mentales.
Lejos de disfrutar lo hermoso que puede ser escuchar a una soprano entonando un agudo que atraviesa el aire como relámpago, al mismo tiempo que advertimos en una puesta escénica situaciones que no pasan de moda (como al Duque de Mantua engañando jovencitas para acostarse con ellas y un discapacitado –el jorobado Rigoletto– condenado a divertir a los poderosos como bufón hasta que se harta y decide tomar venganza), preferimos admirar a intérpretes fabricados en escritorios que berrean canciones sin fondo ni forma.
No soy purista, ni mucho menos intelectual de pose. También hago la Víbora de la Mar en las bodas, me río con todas las partes de Scary Movie y asisto a conciertos de Metallica. Cada cosa en su lugar. El esparcimiento es sano y necesario, pero el pensamiento no hace daño.
Me da mucha tristeza que la ópera (como el teatro, el jazz, el mal llamado cine de arte y otras tantas expresiones artísticas) sea considerada aburrida.
¿No será que al poder, en vez de censurarlos, prefiere hacernos pensar que esos espectáculos nos harán bostezar para mantanernos a raya de ellos?



Y en esas estaba cuando en el clímax dramático del desarrollo de la ópera, Rigoletto descubre que Sparafucile, el sicario que contrató para ultimar al Duque de Mantua, quien previamente había seducido a la hija del bufón, por error enterró su puñal no en el vientre del noble libertino, sino de la inocente Gilda.
“¡La Malediozione!”, grita abatido el bufón cuando el último respiro de vida abandona el cuerpo de su amada hija.
En ese momento, cae el telón.
Y el aplauso de un gentío amontonado en el Teatro de la Ciudad hace que la chica a mi lado despierte y le pregunte al novio si ya terminó la ópera.
“Sí”, le dice él, en un tono apapachador.
“La maldición, sí”, repito yo, para mis adentros.


Giuseppe Verdi


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miércoles, octubre 08, 2008

Mötley Crüe: La noche de los guarros malolientes



El domingo me lancé a ver a Mötley Crüe... ¡por los viejos tiempos! Esta crónica se publicará en la edición de noviembre de la revista Nocturna, pero quise adelantar un poco. La fotografía es de Fernando Aceves. Un anuncio: Viene London After Midnight el 22 de noviembre al Circo Volador.




La noche de los guarros malolientes


El día antes de la Nochebuena de 1987, Nikki Sixx sufrió aquella célebre sobredosis de heroína que hizo que los doctores lo declararan muerto. Luego de aplicarle dos inyecciones de adrenalina directo en el corazón, el bajista de Mötley Crüe prácticamente resucitó, igual que un Jesucristo junkie.
De aquella experiencia brotó la inspiración para escribir Kickstart My Heart, cuya letra dice: “Patada a mi corazón, ojalá nunca se detenga. Hemos hecho esto por el rock”.
Casi veinte años después de que Nikki se viera frente a frente con la huesuda, la banda californiana entonó este verso ante miles de gargantas mexicanas que les hicieron la segunda. Fue en el Palacio de los Deportes, el pasado 5 de octubre. Mötley venía a presentar su más reciente disco, Saints Of Los Angeles y lo hizo, dos años después de su última actuación en el mismo foro, nuevamente con la alineación original.
La banda integrada por Sixx; Vince Neil, en las voces; Mick Mars, en la guitarra y Tommy Lee, en la batería, consiguió apenas convocar a la gente para ocupar apenas unas tres cuartas partes del aforo, pero eso no fue pretexto para el ruido emergiera desde el escenario como la lava de un volcán.
Si la primera rola fue una patada directo en el corazón (y en el trasero, porque a eso venían los músicos), las siguientes dos no se quedaron atrás: Wild side y Shout Al The Devil (Shout! Shout! Shout! le gritábamos al chamuco los chilangos, bien obedientes) .

Los tiempos son otros. Ahora todo el mundo quiere virtuosismo e inteligencia sobre las tablas. Para los intelectuales que en los pasillos de espejos del Indie les gusta perderse, observar en vivo a cuatro guarros malolientes hablando de mujeres ninfómanas, motocicletas, pasones y el Diablo quizá no sea la mejor manera de pasar un domingo por la tarde, pero para quienes tenemos el hard rock inoculado en las venas (como la heroína en las de Sixx), no puede haber nada mejor.
Incluso las rolas más nuevas sonaron ponchadas. Motherfucker Of The Year, con Tommy Lee golpeando sus tambores como ha de castigar las asentaderas de su voluptuosa Pamela Anderson, fue el pretexto idóneo para acabar con cuanta cerveza se nos puso enfrente (y si no la hubieran cantado, igual hubiéramos brindado por los Crüe).
Poco menos de dos horas duró la experiencia, pero al final valió la pena. No hubo nada nuevo bajo el sol, pero ¿quién demonios quería algo nuevo? El rock es rock.
El encore vino con la cursilísima Home Sweet Home, que todos cantamos, ya celular en mano, para en el clímax de los lugares comunes, marcarle a la chava y decirle que los greñudos, en el fondo, también tiene un corazón con dos inyecciones de adrenalina.












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