martes, septiembre 16, 2008

Eclipse en una taza de café


Lo último que me pasó por la cabeza cuando volví a ver a mi tío, es que le hubieran amputado una oreja, su labio superior (incluido un minúsculo trozo de lengua), el brazo izquierdo hasta por arriba del codo, buena parte de la nalga derecha y tanto los dedos medios como los pulgares de ambos pies.
Ha pasado casi un año después de que quedáramos en aquel lugar de mierda –aquella tarde de septiembre nos pareció maravilloso– que está tan cerca del metro Hidalgo, el mismo en que las meseras cortan el aire con sus minifaldas a cuadros blancos y rojos.
Yo había ido cuando menos tres veces con los amigos, pero tenía ganas de llevar a mi tío antes de que le diagnosticaran diabetes, cirrosis o cualquier otro padecimiento derivado de su gusto por las soleras mezcladas con agua mineral y un toque de CocaCola.
Ahora mismo, en el Café La Habana, sentado delante de mí y entre los dos su té de manzanilla, y con la cuarta parte de su anatomía pudriéndose quién sabe dónde, es él quien me informa que ha dejado de tomar. No es que sus heridas involucraran alguno de sus órganos vitales, sino que después de haber vivido aquello, la última noche en que tuvo su cuerpo completo, no quería volver a perder la astucia de cada uno de sus sentidos.
Mi tío había cambiado mucho en todo este tiempo. Aquella noche, alguien se había llevado algo más que su oreja, el labio, el brazo, la nalga, sus dedos y el gusto por beber. Jaime –que así se llamaba el hermano de mi mamá– no era más aquel cincuentón buena onda con el que mi primo Jorge y yo nos íbamos a empedar a los 18 años. No era el mismo que se cagaba de risa cuando, mientras me enseñaba a manejar, yo confundía el freno con el clutch. Ya no vestía sus camisas floreadas, igualitas a las de Mágnum, ni se jactaba de ser el más cabrón con las mujeres. Eso, sobre todo, ya ni siquiera le miraba las nalgas a las chavas buenas.
Tampoco tragaba como antes, cuando era capaz de zamparse un pollo asado el solito.
Ahora era un tío flaco, casi raquítico. Él me dice que bajó casi 25 kilos cuando por fin salió del hospital, luego de que le pusieran más de nueva transfusiones de sangre.
Aquella noche perdió mucha.
Fue una semana después del día que me informaron que había ganado una beca para estudiar una materia especial relacionada con la biología molecular, en Francia. Iba a estar todo un año alejado de mi país, de mi familia y mis amigos.
Decidí que después de la despedida que me organizarían de rigor los amigos, sería buena idea invitarle por fin la comida y las cervezas tan prometidas a mi tío. Allí, en la Cueva de San Fernando, en el buffet.
Sería él quien, me dijo cuando lo invité, pagaría la cuenta, consciente de que yo debía guardar mi poco dinero para el viaje a la tierra de Jean-Paul Sartre, Zinedine Zidane y Daft Punk.
Pasamos poco más de 45 minutos charlando acerca de mi carrera, misma que mi tío reprobó desde que supo que la iba a estudiar, cuando salí de la secundaria. Me dijo que él tenía un amigo biólogo que acabó de taxista.
Pero mi tío tenía amigos de todo: filósofos, escritores, pintores y psicólogos que, indefectiblemente, habían terminado sus días detrás del volante de un taxi ecológico. Alguno tal vez me habría llevado a la Universidad alguna mañana, como una advertencia –sin que yo lo supiera– del futuro que me esperaba.
Para Jaime sólo existía una carrera con futuro: la Administración de Empresas. Él no la pudo estudiar aunque se moría de ganas porque, como decía, “ahí estaba la lana”.
Para mi tío, el éxito se medía en dinero y no en cuánto podías cambiar al mundo.
Lo aprecio tanto al cabrón. Es un perdedor adorable.
Por eso bebimos las primeras dos cubetas de cerveza en perfecta armonía. Con la beca amarrada, al fin mi profesión se había ganado el respeto de mi tío. Comimos también. Había mariscos.
Después dos horas y media de haber llegado a La Gruta, Jaime pidió una cerveza de barril, en un tarro enorme.
Tenía ganas de celebrar.
Levantó la mano e hizo venir a la mesera que nos había estado atendiendo. Se presentó como Marcia, cuando llegamos, y dijo que estaba para servirnos.
No rebasaba los 19 años y era alta, de cuerpo espigado. De todas las mujeres que atendían, enfundadas en sus trajes de colegialas, las mesas de La Gruta de San Fernando, ella era la única a quien le venía natural el uniforme escolar. Sus ojos juraban que no estaba maleada. Quizá apenas empezaba en esto y el dueño no se la había intentado coger.
Cuando Marcia y sus piernas morenas cruzaron el salón para traer la cerveza, puedo jurar que el mundo es el mismo. Sin embargo, apenas el tarro tocó la mesa, una nube se posó sobre nuestra mesa. Mi tío se quedó petrificado, mirando fijamente su bebida.
Cuando la mesera se da la vuelta, él me confesó:
–El diablo, sobrino, el diablo.
Yo no entendí, pero borracho como estaba únicamente atiné a cargarme de risa.
Mi tío me hizo segunda, pero después de diez minutos volvió a decirme:
–El meritito diablo.
Entonces me dieron ganas de fumarme un cigarro, así que salí a la banqueta para echar humo sin problemas. Mi tío prefirió quedarse. No fuma y además, ya estaba muy pedo.
Una vez afuera, mientras contemplaba los carros que circulaban a las cinco de la tarde sobre Guerrero, casi a punto de llegar a Reforma, recordé que necesitaba un objeto de estudio. El alcohol es, sin duda, el mejor instrumento para invocar fantasmas.
En menos de tres días partiría a Francia y debía presentar un proyecto que justificara mi estancia y le daría razón a lo que aprendería en las clases. Le di algunas vueltas al asunto hasta que me terminé el Marlboro, así que regresé a la cantina.
Me sorprendí bastante cuando encontré a mi tío charlando con Marcia, nuestra mesera, pero inmediatamente comprendí que la muchacha, contrario a lo que yo pensaba, era una zorra profesional. Taloneaba, sin reparos, con un viejo cincuentón, calvo y halitoso, cuyo vientre se desbordaba de la camisa hasta desparramarse sobre la mesa. Jaime tenía, incluso, casi el doble de tetas que la mesera.
Mi tío le hablaba con entusiasmo. Ni siquiera se inmutó cuando me senté. Creo que le estaba contando a Marcia algo acerca de los políticos que conoció cuando trabajó en el área de personal del periódico El Nacional. No creí que aquella muchacha, que lucía tres o cuatro años más joven que yo, se interesara porque un viejo como Jaime hubiera intimado con dinosaurios que ella no tendría ni la más remota de quiénes eran.
Aún así, disimulé mi propio interés por las aburridas anécdotas de mi tío. Me empezó a dar un sueño terrible.
Al fin, Marcela se levantó para ir a la barra. Pensé que mi tío aprovecharía la oportunidad para pedir la cuenta, pero en cambio, me susurró:
–No mames, me la cantó.
Estuve a punto de que se me saliera una carcajada.
Mi tío me apretó el brazo.
–Sobrino, perdóname. Te vas a tener que regresar solo. Son las siete. Es buena hora.
Ya ni me encabroné. Tenía la edad suficiente para comprender que mi tío había cambiado de planes. A los 50, era lógico que prefiriera largarse a un hotel con una puta joven y buenísima, que irse a Garibaldi con un sobrino nerd que en tres días más atravesaría el Atlántico para cogerse, eso creería Jaime, a todas las francesas que se me pusieran enfrente.
Cuando Marcia regresó, traía puesta su chamarra. Mi tío perdía el tiempo; mientras yo fumaba en la calle, él había pagado la salida de la mesera. Entonces ella se sentó unos minutos, mientras mi tío le pagaba la cuenta de nuestras cervezas al capitán de meseros. Noté que ya no sonreía, únicamente miraba fijamente su cerveza. En su lugar, yo hubiera preferido devorarme con los ojos a la puta que se iba a merendar, pero él estaba demasiado borracho.
Salimos los tres de la cantina y ellos abordaron un taxi.
Dijo mi tío que me llamaría antes de irme a Francia.
Me metí a la estación del metro Hidalgo convencido de que no lo haría. Así era Jaime.
Casi un año después, Jaime quiere contarme lo que pasó aquella noche en un hotel de la calle de Mina.
Ni siquiera me ha preguntado cómo me fue en Francia o cómo fue que las baguettes me hicieron subir estos diez kilos.
En todo este tiempo le envié saludos a Jaime en cada llamada que le hice a mi mamá quien, ahora lo entiendo, me ocultó que mi tío estuvo en riesgo de morir.
–El diablo. Eso es lo que vi en la cerveza– es lo que mi tío me dice luego que hemos tomado una mesa en el Café La Habana. Ahora sesea un poco, por el cachito de lengua que no tiene.
Sé que a Jaime no le gusta leer y no es ningún poeta, pero su explicación me parece muy imaginativa.
–Cuando me trajo la cerveza en el tarro, vi al diablo. Era su rostro, cuando no se le veían ojos o boca. Tú te saliste a fumar, entonces me dijo que si me iba al hotel con ella y no lo pensé ni un segundo.
Lo que sigue es muy extraño y me hace dudar que mi tío, de verdad, haya dejado de beber.
Cuando, aquella noche, me dirigía en metro hacia mi casa, me dio coraje que mi tío pasara la noche en brazos de una jovencita, aunque fuera a cambio de dinero, y yo en cambio tuviera que conformarme con jalármela mientras veía una porno.
Pero claro, ella no iba escogerme a mí, porque tenía menos carne pero también menos dinero que Jaime.
Según mi tío, cuando llegaron al hotel él se derrumbó sobre la cama, fulminado por la borrachera, cuando Marcia comenzó a desnudarlo con cuidado. Él se sintió arrullado y dejó que su cuerpo se relajara. Primero, la mujer se acostó encima de él y lo besó en los labios. Los recorrió con la lengua ansiosamente, como si quisiera sorber de ellos toda la saliva de una vez. Después los mordió, con muy poca fuerza al principio, pero después lo hizo con más intensidad. Mi tío se dejó hacer, excitado. Sin embargo, una punzada de dolor lo invadió y por reflejo, apartó a la muchacha. Ella, aparentemente apenada, bajó hasta el pito de mi tío y comenzó a chupárselo. Aunque a Jaime aquello le parecía exquisito, la boca no dejaba de dolerle. Entonces sintió la segunda mordida.
Tomó de los cabellos a Marcia, pero ella estaba prendida de su testículo derecho.
Mi tío me acaba de confesar que además de las partes de su cuerpo que había enunciado, también perdió un huevo. Por pena no lo mencionó antes.
La mesera de La Gruta de San Fernando lo acometía con el hambre de una fiera. Después de arrancarle el testículo y tragárselo de un bocado, se lanzó contra su cuello, pero mi tío alcanzó a golpearla y la lanzó fuera de la cama. Él mismo se puso se pie y trató de salir corriendo de la habitación, pero la mesera se lanzó como un gato a perseguirlo. Lo tomó de los pies y lo hizo caer. Ahí le arrancó los dedos.
Mi tío se dio la vuelta, enloquecido de miedo y dolor, pero la muchacha le mordió la nalga y le arrancó un buen pedazo de carne, aunque no se la comió de inmediato. Después subió hasta la oreja de mi tío y también se la desprendió. Lo último que mi tío alcanza a recordar, y que ahora mismo lo hace sudar, aterrado, es que Marcia le hincó una buena mordida en el brazo izquierdo. Después, se desmayó.
Jaime me cuenta que lo encontraron el gerente del hotel y un empleado, quienes abrieron la puerta con las llaves maestras, a consecuencia de los gritos. Se tardaron en acudir porque si de algo está lleno un hotel es de gritos de toda clase. Ellos llamaron a la ambulancia que se llevó a mi tío. Cuando él despertó, después de la operación, un médico le explicó que no pudieron salvarle el brazo, que estaba reducido a un jirón de carne. Incluso le habían roído parte del hueso.
De su oreja, los dedos y el testículo, nadie pudo darle razón. No sabían tampoco que clase de animal salvaje lo había atacado o cómo se había metido a su cuarto.
Mi tío preguntó por Marcia. El encargado del hotel no la recordaba. Dijo que Jaime había llegado solo, bastante borracho, y solicitó una habitación.
Cuando puso, Jaime regresó a la Gruta y preguntó por Marcia. Allí han trabajado y trabajan muchas chicas. Nadie le dio razón de una chava hermosa, joven y con un apetito fuera de lo común.
Mi tío no quiso contarle a nadie su historia, hasta esta tarde en que nos reunimos en el Habana y yo no sé si creerle o no.
Jaime me dice que necesita ir al baño. Se pone de pie y aunque me ofrezco a acompañarlo, él prefiere ir solo. Quizá sólo lo mordió un perro. Siempre ha sido tan mentiroso: el día que no resulta amigo del Presidente resulta que cazó leopardos en el Amazonas, donde ni siquiera sé si quede alguno.
Mientras lo espero recorro el lugar con la mirada pero no encuentro nada interesante. En ese instante descubro algo en mi taza de café. Es el reflejo de la luna que apenas está saliendo y que se cuela por los ventanales del Habana. Pero hay algo más que eclipsa a la luna y ahora ocupa la superficie de mi café. Es el nacimiento de unos senos. La línea que los divide es un abismo. El rostro del meritito diablo.
Levanto los ojos y ahí están los senos, ahora en vivo. Su carne palpita.
Un poco más arriba, unos labios dicen:
–¿Deseas algo de cenar? Estoy para servirte.





NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

martes, septiembre 09, 2008

San Miguel Junkie




Le habían encomendado que viniera a la Tierra por el alma de Luciana. La mujer había muerto apenas un segundo antes y su cuerpo descansaba sobre la alfombra. Su última exhalación había volado igual que un pájaro invisible y ya no estaba ahí.
Cuando él miró a la mujer, experimentó una creciente sensación que no alcanzaba a describir. Sus ojos se llenaron de compasión y una necesidad más fuerte que la tarea que le fue encomendada lo obligó a ignorar las instrucciones dadas.
San Miguel Arcángel se quedó impávido, silencioso y congelado, incapaz de tomar una decisión. Se había arrodillado, con las alas arqueadas sobre su espalda, gachas como si se las hubiera roto al salir del Cielo. El cabello ensortijado tampoco se movía, igual que una corona dorada sobre su cabeza. Aunque por la ventana entró una corriente de aire, él era incapaz de sentirla.
El Ángel se inclinó sobre Luciana y la besó en los labios. Lo hizo tres veces, la primera con una inocente delicadeza, pero las subsecuentes con una urgente necesidad de sorber la boca como si se tratara de una ventana a otro mundo.
Después, San Miguel se acostó encima de la muerta y se acurrucó igual que un niño asustado. Se apretó contra ella hasta sentir que se fundían en un instante en que, quizá, la Tierra dejó de girar.
Entonces Luciana abrió los ojos y comenzó a llorar.
San Miguel se levantó. Arqueado junto a ella, comenzó a vomitar estrellas. Por primera vez supo lo que era sentir espasmos en el vientre, pero de su boca no salía sino aquello que podía de lo que estaba hecho: sueños.
Su lengua, poco a poco, le supo en carne húmeda y San Miguel Arcángel degustó el agrio sabor de la vida. Le supo a mezcal y pastillas para dormir.
En ese momento, tuvo la certeza de que tarde o temprano Dios le cobraría su insolencia. No debía compadecerse de la suicida.
A su vez, la monja no dejaba de llorar devastada por haber sido arrancada de los brazos de su Creador.
Leonardo entró en el departamento media hora después.
Traía los pinceles y la paleta apretados contra su pecho, a sabiendas de que disponía únicamente de media hora para trazar las primeras líneas. Posteriormente, dispondría sólo de su imaginación para completar la figura. Debía dejar, como siempre lo hacía, que su mano actuara sola, guiada por la memoria y la imaginación.
Después, tendría que llamar a la policía para que recogieran el cuerpo de su sobrina.
Pero a ella la encontró viva y a su costado, encogido en la alfombra en posición fetal, al mismo muchacho desnudo que se le había perdido muchos años atrás, cuando Leonardo poseía una musa que se masturbaba en su tintero todas las noches.
Lo vio y a punto estuvo de detenérsele el corazón.
La luna había salido y se había ocultado tantas veces desde aquella ocasión en que Leonardo, de apenas 30 años, se había levantado sin una remota idea de qué pintar.
Desde los 18 era un maestro consumado, un artista del pincel capaz de hacer llorar a un tirano con la belleza de sus trazos.
No sabía que su secreto radicaba en la musa que se masturbaba en su tintero todas las noches hasta que ella se dejó ver.
Apareció una mañana de octubre en la sala de su casa. Sin aviso, sin explicación. No tenía más de 16 años y estaba dormida en un sillón. Olía a leche tibia y aunque desnuda, no parecía tener frío. Doblaba las piernas largas a la altura de sus diminutos senos. Su cara era rosada y su cabello color naranja. No tuvo corazón para despertarla y decidió esperar a lo hiciera por sí misma. No obstante, ella no abrió los ojos sino hasta la noche de aquel día de octubre y tampoco mencionó palabra alguna.
Leonardo le ofreció algo qué comer, pero ella lo ignoró. Después de bostezar le dirigió una sonrisa y se encaminó, desnuda como lo estuvo desde un principio, hasta el tintero que Leonardo tenía en su casa. Lo colocó en el piso y ella, en cuclillas encima del godete, bajó una mano hasta su entrepierna. El maestro no supo lo que la joven pretendía, pero hipnotizado por su belleza la dejó hacer. Ella comenzó a frotarse el clítoris sin pudor alguna, hasta que unos minutos después alcanzó un orgasmo explosivo. Gritó igual que un trueno. Después, su líquido se revolvió con la pintura que había en el tintero y ella cayó fulminada al piso.
Casi de inmediato, el maestro sintió que sus brazos se convertían en truenos.
Un dolor infinito se apoderó de las manos de Leonardo y sólo encontró alivio cuando se puso a pintar con la tinta revuelta con el líquidos de la musa.
Trabajó la noche entera, poseído, y los movimientos del pincel eran como estocadas de color en el lienzo blanco. Lo desvirgaba con cada arañazo de las cerdas.
Por la mañana, un cuadro estaba terminado y el maestro se había quedado dormido en el piso, agotado.
Jamás volvió a ver al musa despierta, aunque tenía la seguridad de que ella se masturbaba todas las noches en el tintero porque cuando la luna lo saludaba en el cielo, el maestro se sentía enfermo si no se ponía pintar. La musa, en cambio, estaba dormida en el sillón. Otra vez.
Así fue hasta aquel día, otros 30 años después, en que tocaron a la puerta del departamento de Leonardo.
Se había servido una taza de café y la dejó sobre la mesa de la cocina para ir a sonarse la nariz. Era entonces un hombre viejo. Habían pasado tres décadas y sus pinturas se exhibían en las galerías más prestigiadas del planeta.
Sin embargo, hacía más de una semana que no tenía una buena idea. Era el mismo tiempo que el maestro llevaba resfriado y no podía respirar sin sorber mocos a cada momento.
De camino al baño se quedó mirando el lienzo a medio pintar y sintió una punzada en el alma. Era una sensación lejana, casi olvidada, como una chispa incipiente que ardía en algún rincón de sus dedos pero que se apagaría sin convertirse en hoguera. Bastaba soplarle apenas.
Se colocó delante de su caballete y tomó el pincel, pero lo abandonó casi al momento en el vaso rebosante de agua sucia.
La chispa de inspiración ya no era más que cenizas.
De regreso en la cocina, se sentó a la mesa y le dio el primer sorbo al café. Por la ventana entró la luna y se reflejó en el líquido oscuro. Él quiso bebérsela, ansioso, pero sólo consiguió quemarse la lengua.
La musa había dormido por mucho tiempo y no se masturbaba. Hacía tiempo que Leonardo derramaba únicamente lágrimas y no trazos sobre sus lienzos.
En el último trago de luna, un latigazo helado lo golpeó en la espina y lo obligó a ponerse de pie. Corrió hasta la puerta del departamento y echó un ojo por la mirilla. Quería que el globo ocular se le escapara por ahí.
Ahí.
Se trataba de la criatura más hermosa que Leonardo hubiera contemplado en mucho tiempo. Tenía los ojos azules aunque vacíos. El cabello estaba convertido en una maraña de serpientes de oro. Su barba rasurada, casi rala, lucía como si los vellos hubieran sido dibujados. El pecho era plano, casi infantil y el muchacho estaba por completo desnudo.
El maestro abrió la puerta y tomó al joven por los brazos. Sin que mediara palabra alguna lo metió al departamento y comenzó a acariciarlo. Lo besó en el cuello y el otro se dejó hacer. Leonardo era muy viejo como para experimentar una erección pero aún así, se sentía muy excitado. Trajo una almohada de su recámara y ahí lo obligó a sentarse. El muchacho bajó la cabeza, como reprendido y se quedó quieto.
Leonardo empezó a pintar hasta quedarse dormido.
Despertó por la mañana y ya no estaban ni el muchacho ni la musa.
En el lienzo, estaba el retrato del desconocido, quizá el más bello de los cuadros que hubiera pintado el maestro en su vida. El muchacho, en la pintura, lucía unas enormes alas, cosa que al maestro le extrañó pues estaba demasiado ciego para verlas antes, aunque las pintó con gran detalle.
La fuerza del cuadro era tanta, que quienes lo miraban –se enteró después– inevitablemente se quitaban la vida, enfermos de melancolía. Por eso, los dueños de las galerías se vieron obligados a esconderlo en sus bodegas, por muy bello que fuera.
Meses después, Leonardo, desesperado por la falta de inspiración desde qque el muchacho y la musa se habían ido, accedió a la sugerencia de su sobrina. La muchacha llegó a su casa sin previo aviso. Dijo ser la hija de una hermana que Leonardo no había vuelto a ver desde su niñez. La madre quiso abortarla, pero asustada por los castigos de Dios prefirió entregarla a unas monjas que habrían de ocultarla hasta que la niña muriera, pero ella escapó.
Semanas antes, el maestro había leído en La Prensa el caso de un sacerdote presuntamente asesinado en una iglesia por los tumbos de San Cosme. Aunque las líneas de investigación apuntaban a que el cura había sido atacado por alguien, el redactor sugería que se trató de un suicidio, algo que involucraba asfixia y placer sexual, como en las historias del Marqués de Sade. Aquello despertó en su mente la obsesiva idea de pintar a la Muerte.
Su sobrina, Luciana, había ingresado a un convento por imposición de su madre, desde pequeña. Sin embargo, la niña escapó y buscó refugio en la casa del tío. No quería esperar más tiempo por conocer a ese Dios con quien la habían desposado contra su voluntad, así que le pidió que la dejara morir en su departamento para unirse con su marido.
Leonardo no era creyente, así que no tenía empacho en permitir que una monja se suicidara con una mezcla de pastillas y mezcal en la alfombra de su departamento. Bien podía sobrellevar el escándalo.
Él quería pintar el retrato de un cadáver, sólo eso le devolvería un momento de magia.
Así que ahí estaba San Miguel Arcángel, hijo de Dios, vomitando estrellas después de haber besado los restos de una suicida, reconociendo en su boca el impuro sabor de las drogas y el alcohol. Si hubiera podido, Luciana se hubiera inyectado incluso una dosis de heroína para después escribir en la paredes “Dios existe”, si es que lograba verlo.
Y lo gritaba: “Existe, tío, existe y mi esposo me odia”.
Desesperada, daba vueltas alrededor del Arcángel tirado en el suelo.
“¡Me ha enviado a este bastardo a devolverme la vida!”.
Leonardo colocó el caballete y empezó a pintar al ángel y a su sobrina, preso de un paroxismo.
Pintó. Como si de ello dependiera todo.
Y no dejó de pintar nunca, castigado por Dios. El Creador se lo llevó al Cielo y lo obligó a pintar, uno por uno y sin descanso, todas las escenas de los días del mundo. Los días felices, las noches eternas, incluso aquellas días que pasan sin que nadie se entere. Los brazos de Leonardo ardían y se consumían hasta volverse polvo, para crecer otras vez y seguir pintando.
Sus modelos, igualmente condenados a un infierno que se extendía más allá de donde quien no fuera Dios podía abarcar, eran aquellos ángeles que bajaron a la Tierra y no se atrevieron a cumplir sus instrucciones. San Miguel Junkie, Patrono de los Suicidas, el mismo que no quiso traerle a su mujer de regreso, y Santa Luciana, la esposa que le fue infiel a Dios y se convirtió en la Musa que se masturbó en el tintero de un artista.
Lo comencé en una cantina y lo terminé en mi casa. Sólo una constante: te extrañaba...

NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE