lunes, febrero 25, 2008

EDDIE EDDIE



El domingo es día de Misa.
Presione aquí:
Orgullo Etílico



NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

miércoles, febrero 13, 2008

El excavador y la mujer de la luna



Destacemos juntos a Cupido. Te amo, mi musa.



Mucho tiempo antes de conocerse, incluso de que ambos nacieran, Agapio, el excavador, había incubado un beso que debía colocar en los labios de Nazú, la mujer de luz.
Ninguno de ellos tenía una idea de eso.
El beso fue, en un principio, algo muy pequeño, casi imperceptible en medio del mundo. Apenas ocupaba el mismo espacio que la mitad de una mosca en el cuerpo de Agapio, por lo que él no se percató de su existencia durante su infancia.
Así, se dedicó a excavar, al fin para aquella tarea se había encomendado su existencia. E hombre era corto de vista, aunque podía ver con bastante claridad cuando estaba oscuro. Por lo general, Agapio tenía el cuerpo cubierto de lodo e incluso sus amigos más cercanos solían confundirlo con una sombra.
Él no conocía los días y hora tras hora excavaba túneles debajo de la tierra.
Nunca se preguntó adónde lo llevarían, porque cuando se cansaba de echar paladas de tierra detrás de su espalda, Agapio se dormía y al despertar, se sacudía el overol y comenzaba a excavar. Sólo que, en sueños, había regresado al mismo nivel de tierra en que había comenzado, poco menos que la superficie.
Aquello le aterraba tanto que, invadido por la apremiante necesidad de sepultarse a sí mismo y encontrar consuelo en el seno de la tierra, era capaz de sacar la tierra con las manos hasta quebrarse los dedos y las uñas.
Si se sentía cansado, se obligaba a mantenerse despierto pero todo resultaba inútil. Al abrir los ojos descubría que nuevamente había subido un nivel.
Al mismo tiempo, el beso que pertenecía a Nazú continuaba incubando en su pecho, creciendo lentamente. Como se alimentaba de espera, llegó el día en que el beso comenzó a dolerle.

************

Nazú nunca dormía. Nació despierta y durante toda su vida, sólo una vez cerró por ojos por espacio de tres segundos. Lo hizo por curiosidad, pero 15 años después continuaba arrepintiéndose.
La oscuridad en que quedó sumida estuvo a punto de hacerla caer de la luna. Además, sintió mucho frío.
Para una criatura de luz como ella el renunciar a la luminosidad significaba un pecado del que no podría perdonarse. En resumidas cuentas podría decirse que Nazú era feliz. Su vida en sí era un sueño y cerrar los ojos equivalía a despertar, que era lo mismo que morirse. Aquel parpadeo de tres segundos fue similar a cuando los niños sostienen la respiración debajo del agua, las primeras veces que se sumergen en una alberca.
Un día se llevan un buen susto.
La mujer de luz solía pasar el tiempo regando la superficie de la luna con el agua en que se convertían sus palabras. Si se mantenía callada, la sequía era inminente. Por eso, inventó la letra de una canción que nunca se terminaba. Así, infinitamente salían de su garganta toda serie de sonidos hermosos que, al contacto con el aire, se transformaban en agua que rociaba la superficie de la luna. Así, los pegasos hembra podían subir a comer la vegetación que crecía en el satélite y alimentar con leche de luna a sus crías, que de otro modo se verían impedidas de poseer alas y serían simples caballos.
Los últimos días para Nazú habían sido extrañas.
Era como si le estuviese creciendo un hoyo en alguna parte del cuerpo y comenzara a hacerle cosquillas.

************

A medida que excavaba, Agapio se sentía más cansado. Además, el beso le dolía tanto, pues a esas alturas era una enorme roca que le oprimía el pecho, que no tuvo otro remedio que irse a dormir más temprano.
Al despertar, había subido no uno, sino dos niveles.
Aunque, atemorizado, intentó regresar a la cálida seguridad que le brindaba la tierra, un nuevo obstáculo se cruzó entre él y su determinación por escapar.
Había comenzado a escuchar un susurro, muy débil e ininteligible, que lo adormecía igual que un hechizo.
A parir de ese día, ya casi nunca excavaba. Dormía mucho y al despertar, descubría que había subido más niveles. El susurro se iba haciendo más fuerte y su efecto narcótico también.
Un día se rehusó a seguir excavando.
Se durmió.

************

La única forma de aminorar aquella cosquilla que ya se había extendido a sus brazos, piernas y la parte interior de su cabeza, era cantando.
No obstante, aquello había provocado una tormenta desastrosa en la luna. Casi todas las plantas se habían ahogado y los pegasos hembra ya no subían a pastar, pues lo único que había eran flores lunares podridos y charcos de canción anegados.
Nazú quería detenerse, pero si lo hacía la comezón se volvía insoportable y entonces, sin pensarlo, abría de nuevo la boca y expulsaba aquellas notas que, al contacto con el aire, se convertían en agua.
Los niveles de líquido comenzaron a derramarse de la luna.

************

Agapio despertó en la superficie de la luna después de haber dormido por espacio de un mes. No se sentía descansado. Por el contrario, el beso lo estaba matando. Había crecido tanto que prácticamente le invadía el cuerpo entero, estaba a punto de hacerlo estallas y reducirlo a un jirón de carne revuelta con restos de beso.
Todo a su alrededor era la luz a que tanto temía.
Lo único que distinguió fue a Nazú, sentada muy cerca de sí.
La mujer no dejaba de cantar y él reconoció el murmullo aquel que lo adormecía y lo obligaba a dormir y no buscar el confort del interior de la tierra.
Nazú, desesperada, se rascaba el cuerpo entero con desesperación. Le sangraban las uñas y buena parte del cuerpo desnudo; los senos, los muslos y las mejillas eran restos sanguinolentos de carne pálida, por entre cuyos huecos se escapaba un hoyo que iba creciendo.
La lluvia no cesaba. Aquella canción infinita de Nazú representaba el peor de los tifones que hubieran caído jamás en al luna.
Ignorante del porqué, Agapio se puso de pie y comenzó a caminar muy lentamente hasta Nazú, que a su vez se acercaba al hombre del fondo de la tierra. Cuando estuvieron lo suficientemente cerca, se lanzaron el uno en los brazos del otro y se besaron prolongadamente.
Agapio cerró los ojos.
La muerte lo invadió con una exquisita sensación de paz mientras el beso que había incubado antes de nacer por fin era depositado en el lugar al que pertenecía.
Aún con los párpados corridos como una pared, la luz lo invadió y por primera vez en su vida no le tuvo miedo a volar.
Nazú, por su parte, se sintió aliviada cuando, con sus labios sellados por los de Agapio, dejó de cantar aquella canción sin final.
Ya no sentía comezón, porque toda ella se había convertido en el agujero que le crecía en el cuerpo y éste era rellenado por el beso.
Cerró los ojos con tranquilidad y dejó de respirar.
Cuando dejó de llover, los pegasos, que entonces sobrevolaban en círculos igual que una parvada de hermosos buitres blancos, bajaron a beber a un estanque.






NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

miércoles, febrero 06, 2008

El fin del Mundo en el Culo de Rossse (Parte Tercera)



El culo de Osiris
Viernes: medianoche exacta. No me cogí a ninguna diosa, aunque para muchos de mis amigos así lo haya parecido. La conocí gracias a Mr. Mickey, quien solía dirigir una modesta agencia de edecanes. Algunos de ellas trabajan en los cocteles a los que los periodistas éramos convocados. Cuando me presentó a Osiris, antes de acercarnos a ella mi amigo me tomó del brazo y me susurró:
-Su jefa era toda una visionaria. Le puso nombre de diosa porque sabía que su hija en eso se convertiría.
La chica poseía un rostro al que era imposible ponerle un pero: ojos hermosos, de un negro impenetrable que me recordó un poco a las hendiduras de una calavera; su boca parecía estar húmeda todo el tiempo, sus labios brillaban igual que dos corazones recién arrancados de sus cavidades y por sobre todas las cosas, el culo de Osiris actuaba como un imán que era capaz de atraer las miradas hasta el punto de casi arrancar los ojos de quienes la mirábamos.
Tenía 21 años y unas ganas enormes de convertirse en médico forense, igual que su mamá.
Mr. Mickey nos colocó el uno delante del otro y se esforzó afanosamente porque ella y yo encontráramos los puntos que teníamos en común. Primero hablamos de música y descubrí con agrado que a Osiris le gustaban, por encima de todo lo demás, las canciones de Anna Varney Cantodea. Después me platicó de su fascinación por los muertos y las autopsias, ya que desde que era pequeña, su mamá solía llevarla a los anfiteatros. En lugar de parques, los juegos de su infancia de habían desarrollado en más de una morgue. No recordaba a qué olían los algodones de azúcar, pero sí el formol.
Con un pretexto idiota le saqué su número de teléfono y dos semanas más tarde, cuando hacía un mes que había ido al urólogo por primera vez y quince días antes de que tuviera mi primera cita con el oncólogo, Osiris y yo estábamos delante de un jarra de cerveza, en algún bar de Coyoacán. Todavía no daban las 5 de la tarde.
Ella me había traído un obsequio, lo que logró arrancarme una sonrisa. Se trataba de un coral que había recogido en la playa.
“Se me antojó regalártelo, no sé porqué”, dijo ella. Yo imaginé que quizá ella tuviera un cajón repleto de corales iguales a ése, como en mi casa un cajón similar era habitado por una comunidad de poemas escritos en servilletas.
Tuve la necesidad de levantarme a cada momento al baño y aquello pareció incomodar a mi amiga, que se limitaba a cruzarse de brazos cada vez que yo iba a vaciar la vejiga.
En los meses que había durado mi cacería, poco a poco sentí que disminuían mis habilidades. Si en algún momento fui como el joven perro que de noche en noche iba oliendo la cola de mil perras, ahora mis facultades de depredador se estaban pudriendo.
Ya no hago sino pensar en el monstruo que me está creciendo por dentro, envolviendo como una enredadera mi vejiga y extendiéndose a otros rincones de mi cuerpo. Mi peste particular y avasalladora.
No importaba que mis médicos insistieran en que la detección de mi enfermedad hubiera sido oportuna y que los tratamientos me dejarían limpio en poco tiempo, yo sabía que el verdadero Tiempo se terminaba y yo no era capaz de encontrar el fin del mundo.
Era más seguro que él, el fin, me encontraba a mí primero y cuando lo hiciera, yo no sabría cómo enfrentarle.
Osiris me contó que le gustaban los performance. De hecho, esa misma noche iría a presentar uno en un encuentro subterráneo. Me ofrecí a acompañarla, con la confianza de que, quizá después, podría convencerla de ir a un hotel.
Se rehusó. Dijo que había quedado con unos amigos, también performanceros, y que mejor nos veríamos otro día.
De pronto, fue ella quien se puso de pie y por un momento pensé que primero vería la luna llena esa noche antes que mirarle el culo a Osiris, cuando me pidió que la acompañara al baño.
Sólo atiné a seguirla y después de fijarnos que nadie nos observara (el bar estaba bastante vacío), la puerta nos confinó a una bóveda olorosa a orines y jabón. Osiris apagó la luz y aunque no de momento no pude ver nada, poco a poco mis ojos se acostumbraron a la penumbra y pude distinguir que mi amiga estaba hurgando en su bolso, de espaldas a mí.
Supuse que buscaba un condón y me disponía a decirle que yo tenía uno, cuando ella se dio la vuelta y me tomó por las mejillas hasta que nuestras bocas se encontraron. Después del primer beso vinieron decenas más y las manos de Osiris se acomodaron en mis hombros, sin moverse durante varios minutos.
Yo no sabía si acariciarla o limitarme a besarla, pero fue ella quien me ofreció una pista cuando, por fin, movió su mano derecha y me la colocó en una de sus tetas. Primero por encima de la blusa, después incluso por debajo del sostén. Los pezones de Osiris eran diminutos, pero muy duros. Separé mis labios de los suyos y me llevé uno de aquellos pezones a la boca, para descubrir también se sentían tibios, deliciosos, como si pudiera saborear la sangre que circulaba debajo de ellos.
Me iba a bajar los pantalones, pero Osiris me detuvo.
Yo me encontraba de espaldas al lavabo y aquello parecía no agradarle, ya que me colocó de perfil. Entonces sí, fue ella quien despojó de toda prenda que me cubriera de la cintura hacia abajo y así quedó mi erección al descubierto. Osiris se bajó sus propios pantalones y se dio la vuelta, apoyando sus manos en la pared para sus nalgas quedaran bien levantadas, delante de mí. Me pidió que la penetrara, aunque antes me alargó un condón.
Su culo era, en efecto, el de una diosa, aunque Osiris fuera mortal igual que yo. Mortal, vaya que sabía yo lo que era ser un mortal.
Estuvimos en esa posición por algunos minutos y después ella deshizo la unión para ahora colocarse de frente y dejarse coger de esa forma. Supuse que quizá más tarde no tendría oportunidad de mirarle el culo, así que actuaría como un ciego. Si algo tan importante como el fin del mundo se escondía en medio de sus nalgas, seguro podría descubrirlo aunque no fuera con mis ojos. Desplacé mis manos hasta los pliegues de su ano y comenzó a acariciarlo, despacio y con minuciosidad. Ella, ajena a mis verdaderas intenciones, parecía disfrutar mi braile sexual, ya que con ambas manos me tomó por la cadera y me empujó hacia su cuerpo, para que me hundiera más en su cuerpo.
Un buen rato estuve practicando esa suerte de baile, hasta que Osiris me sacó del trance para pedirme que no me viniera dentro de ella.
Se separó de mí y se colocó de rodillas. Me quitó el condón. Después, se metió mi verga en la boca y comenzó a chuparla hasta que exploté en su boca.
Exhausto, no me di cuenta que Osiris me estaba pidiendo algo a señas. Al parecer, no se había tragado mi semen, únicamente lo retenía en la boca, por lo que era incapaz de hablar.
Quería que saliera del baño. Quizá escupiría mis espermas y después se lavaría los dientes, pero no quería que yo la viera. Así son las mujeres, les divierte escupir nuestro semen y todo aquello que corra el riesgo de echar raíces dentro de ellas.
Una vez fuera, miré mi reloj. Las siete. Estuvimos menos de quince minutos dentro del baño y nadie se había percatado. Me serví un poco más de cerveza y esperé a que ella saliera también, lo que sucedió un par de minutos más tarde. Ni siquiera se volvió a sentar, con una indeferencia impropia para alguien que minutos antes tuvo mi verga en la boca, me dijo que se tenía que ir y que después me llamaría.
“Si no llego a tiempo al performance, se acaba el mundo”, dijo. Yo me reí, más por la casualidad de que ella hubiera mencionado aquello que por el chiste en sí.
“Si se acaba el mundo”, pensé, “será porque no tenías el fin en el culo”.
Osiris abandonó el bar en un segundo. Si en ese momento me hubieran dicho que ella era un fantasma, igual que Gota de Miel, un íncubo hermoso, lo habría creído.
Viernes: doce y media. Llevo media hora escribiendo y varios minutos riendo. En efecto, Osiris es una diosa. Por lo menos, igual de ojete que Dios.
Mr. Mickey ha ido, por casualidad, al encuentro de performance donde Osiris se presentó después de nuestra cita, en un teatro desmantelado del centro de la ciudad. Me ha contado todo muerto de la risa y a mí no me ha quedado más remedio que hacer lo mismo.
La muy perra llegó al lugar y ordenó que apagaran las luces. Después, se proyectó en una pantalla gigante el video que ella ha traído. Sin cortes, sin edición porque ése era el chiste. La imagen estaba en verde, pues ha sido tomada con el nightshot de la cámara en un lugar muy oscuro, igual que Rick Salomon lo hizo con la película porno de Paris Hilton. Se trataba de una sola toma y sin sonido. Sin embargo, por las bocinas del teatro se escuchaba una canción de Sopor Aeternus, el favorito de Osiris.
Mientras el video se proyectaba, Osiris apareció desnuda en un escenario igual de desnudo. De pronto, dos muchachos le trajeron una camilla de hospital, desvencijada y pintada de verde fluorescente y acostado en ella un maniquí destartalado. Mr. Mickey no puede contener una carcajada cuando me explica que el maniquí tiene puestos unos lentes idénticos a los míos y un improvisado manojo de cabellos enredados hechos de ramas. “Aquello parecía un Tim Burton recién levantado o un Cristo con una corona podrida”, son sus palabras, a través del auricular.
Mientras en la pantalla un sujeto de espaldas y una mujer, colocada delante de él, se besaban en medio de un espacio cerrado, Osiris comenzó a rebanar el maniquí con un serrucho. Se había puesto un tapabocas y un gorrito blanco con una cruz roja. Aquello era una autopsia bastante bizarra.
Mr. Mickey dijo que en un principio no reconoció a los actores de la película, pero después de besarse la mujer colocó al hombre de perfil a la cámara y entonces pudo contemplar tanto a Osiris como a mí, su amigo, pese a la oscuridad.
“Qué buena cogida se pusieron”, fue el colofón de su narración, en la que no omitió recordarme aquello que yo ya había vivido: el tocarle el culo a Osiris, darle por atrás y después por delante, así como venirme en su boca.
Según mi amigo, al mismo tiempo que los asistentes al festival de performance contemplaban nuestra aventura sexual en el baño del bar de Coyoacán, Osiris destrozaba al maniquí con el serrucho. Primero una pierna, después un brazo o un pedazo de tórax. Una a una, iban cayendo al piso las partes.
“Y al final, después de que eyaculaste en su boca, ella sacó una bolsita de plástico de entre el vientre destrozado del maniquí y vació el contenido entre los restos, mientras la música cambiaba. Ahora se escuchó un solo de guitarra, algo glorioso y heroico”, detalló Mr. Mickey. “El líquido era semen”.
Así que por eso lo retuvo en la boca.
El título del performance había sido La Última Cena del Condenado a Muerte. Duró, exactamente, 14 minutos, como yo bien lo había comprobado antes. A Osiris le valió una ovación de pie y a mí, la envidia de Mr. Mickey.
“No mames, cabrón, te cogiste a una diosa”, dijo mi amigo, al final de la llamada, y los suyos habían estado de acuerdo.
Más bien me cogí a una diosa bien perra y antes de que se acabe el mundo.
Viernes: una y media de la madrugada.
Me duele otra vez. Quizá el Enemigo esté ganando terreno en mi interior.
O tal vez sea el Fin del Mundo que se acerca.
Fin del informe.

****************

Siempre pensé que aquello de la luz al final del túnel era una vil tomadura de pelo y ahora estoy más que convencido. El dolor se ha ido. La mota es el mejor analgésico físico y emocional que conozco. Es raro, pero cuando fumo siento que cualquier dolor, en vez de quitarse, se desplaza lejos de mí. Sé que el dolor está en algún lado, que duele, pero no dentro de mí, sino en otro lugar. Muy lejos.
Hacía muchos meses que no pensaba en Rossse.
Hoy por la mañana he ido a masturbarme, de nuevo, a la iglesia con mi gabardina puesta. La muchacha del cabello naranja estuvo ahí y, por alguna razón, me la recordó, a Rossse.
En el Día del Juicio Final los muertos resucitarán, dijo el sacerdote durante su sermón. Y en segundos, a mi memoria regresó el día en que, por mi bien, decidí matar a la mujer de mi vida.
Entonces la muchacha del cabello naranja se puso de pie y se dio la vuelta para salir por el pasillo principal de la iglesia. No pude verle la cara porque el cabello se la cubría, pero su apariencia fue similar a la de un espectro.
Era como si Rossse hubiera escapado de su tumba, donde la dejé haciéndose la muerta, para venir a atormentarme.
Ya ni siquiera pude eyacular.
De vuelta en casa, me fumé un gallo detrás del otro. Me dio hambre y me comí la mitad de una sandía. También escribí un nuevo informe, esta vez no acerca de un culo, sino la confesión del asesinato que cometí meses atrás.
Después, con la bendita mano de la marihuana cerrándome los ojos y anestesiando mis remordimientos, me quedé dormido.
Como el agua estancada que chorrea por una coladera, se van filtrando hasta mi presente los párrafos de aquel cuento que escribí inspirado en la noche que decidí terminar para siempre con Rossse.


ENSAYO DE UN INFORME.

Muerta la perra
Dispuso a su alrededor lo necesario. Como todos los asesinos que disfrutan el acto de matar desde que viene a ellos la inspiración, Santiago era un ser ritualista. Colocó una bolsa de hierba previa y finamente picada, con los cocos organizados a un costado y las sábanas bien desplegadas al otro, cerca de su pipa. Se suministró una cajetilla nueva de cigarros y revisó que el refrigerador albergara en sus entrañas una buena cantidad de cervezas a punto de hielo.
Enfrió también su corazón y puso a hervir su cabeza. Igual que un león que sobrevivió a la sequía luego de días de no probar bocado, Santiago deseaba un poco de sangre caliente en sus labios, gotas ardientes que resbalaran por su barbilla y le pintaran de rojo el pecho.
Cerca de la computadora había una charola que le costó tres horas preparar: casi dos kilos y medio de ojos de zombie, cosas que nunca antes había comido. Jamás, antes de conocer a Rossse. Ella había sabido ser su maestra, por mucho que les divirtiera jugarlo a la inversa en la cama.
Enfrentarse al monitor sin letras, al pulsor del mouse en espera de ver silenciado su titilar cuando se teclea sobre el tablero la primera letra, lo excitaba y le daba miedo por igual. Comenzar un cuento se le imaginaba como mancillar el papel, que en su blancura es hueco y perfecto, pero era también como desvirgar a una muchacha distinta cada vez que se empezaba. Algo exquisito. Escribir era provocar un orgasmo a la imaginación y eso era similar a arrancarle el cuerno a un unicornio.
Escribir también resultaba agotador, porque cada teclazo parecía una puñalada que se le metía por los dedos y hasta el corazón; en cada uno de aquellos golpes Santiago dejaba la vida y las entrañas embarradas por toda la mesa. Entonces temía que cuando Natalia lo encontrara, el muerto fuera él, un fiambre deshidratado que apenas tuvo fuerzas para apretar la última tecla.
Pero esa noche estaba decidido a matarla, a destrozarla y quemarla al final, incluso soplaría las cenizas lejos de esa casa que compartían para que no quedara ni rastro de la presencia de Natalia en el mundo.
Si había destruido sus fotografías, también tendría que hacerlo con las cosas donde, más desnudo que nunca, Santiago había hablado de su amor por Rossse; o sea, en los cuentos y poemas que le había escrito.
Natalia debía desaparecer de su mente y para ello, forzosamente tendría que eliminar su cuerpo. Ya después se ocuparía de matar el recuerdo de su novia.
El odio era una herramienta eficaz y el ya había aprendido a detestar a aquella mujer.
Pero aún la amaba, sólo por eso debía terminar con ella.
Para demostrarse a sí mismo que no había manera de retroceder, Santiago había borrado desde aquella mañana todos sus cuentos y poemas de la computadora. Sin excepción, desde que conoció a su novia, todos y cada uno de sus escritos estaban dedicados a Natalia, inspirados ya fuera en su bondad o en su maldad, en las mañanas que había agradecido tenerla como en aquellas en que renegaba de haberla conocido.
Si habría de matar a la musa, lo haría con cada uno de los textos que contenían su sonrisa, sus ojos y sus nalgas. Muerta la perra, se acababa la rabia.
Finalmente eligió un disco, porque prefería escribir mientras escuchaba música. También se dirigía una oración, porque si en la vida real no creía en ninguno, Santiago sabía que en sus cuentos el único Dios era él y disfrutaba torturar a las criaturas que inventaba, muchas veces a su imagen y semejanza, hasta que conseguía eyacular. Santiago estaba convencido de que si sus personajes existieran, lo odiarían con toda el alma y la idea le gustaba.
Prefería ser unos de esos junkies que alteran su estado de conciencia con los hijos de la naturaleza y no de aquellos que reducen su cerebro a pomada con la peor de las drogas, dijera Karl Marx, con Dios.
Así que se inclinó por algo de heavy agresivo, lleno de odio, algo que le encendiera la sangre y lo inspirar a ser más agresivo y cruel con Rossse. Primero Obituary, luego Sepultura y un poco de Slayer.
Cuando la primera canción sonó en el estéreo, Santiago empezó a escribir un cuento que no acabaría hasta que Rossse entrara por esa puerta y pudiera apretarle el cuello hasta sacarle el alma por la nariz.
Eso sucedió dos horas y cuarto después. Ese el momento exacto en que su novia penetró por la puerta y se dirigió al baño. Aventó su bolsa y su chamarra sobre la mesa y en su carrera, dejó aquel perfume que tanto agradaba a Santiago. Era el olor de Natalia, porque su novia no usaba ninguno.
Santiago se puso de pie y esperó a que su novia saliera del baño. Había traído consigo la charola.
-¡Mi amor! ¡Preparaste la cena!
Los ojos de Natalia brillaron como los de una cachorrita a quien ha conseguido seducírsele con un buen pedazo de filete. Sin embargo, ella era vegetariana.
-¡Qué rico!- dijo llevándose unos de los chicharos asados a la boca. Santiago siempre había pensado que aquellas esferas verdes, cuando se ponían en el sartén y uno de sus costados se quemaba, parecían un globo ocular de zombie.
-¿Pues cuántas horas te pasaste pelando?- preguntó Rossse.
Santiago contempló la ligereza y despreocupación con que ella se llevaba aquella haba asada, que al hombre se le imaginaban como las orejas de un duende, a la boca. La saboreaba con una mezcla de gula y lujuria. Una de las razones por las que Santiago se enamoró de esa mujer, fue por su facilidad nata para combinar los siete pecados capitales. Lo malo es que lo mismo mezclaba algo tan exquisito como la gula y la lujuria, con cosas tan abominables como la mentira.
Una vez que Rossse había aspirado de la pipa el beso de la hierba, su instinto de alerta acabó por adormilarse. Lo peor que puede hacer una presa es confiar en su cazador, porque cuando despierte tendrá los colmillos del lobo hundidos en el vientre.
Comenzaron a platicar, a caminar desnudos y tomados de la mano por un laberinto donde no importaba nunca a dónde llegaban y con la consigna de que, al despertar, el destino los había alcanzado abrazados.
Fue el único momento de la noche en que Santiago dudó de si lo haría o no.
Pero de golpe volvieron a arderle en el pecho las puñaladas que Natalia le había clavado a lo largo del tiempo y como el dolor saca de control a los hombres, les recuerda que una vez fueron como aquellos animales que Natalia no comía. Irónicamente, uno de ellos habría de engullirla a ella esta noche.
Se podría decir que prefirió morder antes de ser mordido. La iba a matar en defensa propia, aunque ningún juez en el universo lo entendiera así.
Natalia se sonrió y le preguntó qué había estado haciendo mientras ella llegaba. Sus ojos negros no se apartaban de la verga endurecida que deformaba el pantalón de su novio.
Él se imaginó divertido, porque en ese momento la idea en verdad le parecía graciosa, si alguna vez ella había dicho exactamente lo mismo a su amante. Desde que la descubrió sin que ella se diera cuenta, había dejado de creer incluso en sus gritos. No es que pensara que ella los fingía, porque en ese sentido estaba seguro de que sus orgasmos eran sinceros, pero ahora Santiago ya no sentía que le eran exclusivos. Le pertenecían a alguien más y eso lo enfermaba.
-¿Qué hacías despierto?- le preguntó su novia.
-Escribiendo- le dijo. Estuvo a punto de reprenderse por haber pensado en que era incorrecto utilizar un gerundio. Ahora no estaba escribiendo, eso le debía quedar claro.
Ella se acercó como un recuerdo, es decir, aquellos recuerdos agradables que a medida que aparecen en la memoria nos van revelando un cuento que ya vivimos, pero que olvidamos y por lo mismo, disfrutamos volver a escuchar.
La besó, en la boca, con todas sus fuerzas. Pensó en su lengua como una espada que la penetraba, que con sus movimientos lastimaba su piel, la convertía en jirones ensangrentados y todavía iba más adentro, dejando irreconocibles sus órganos. Santiago bajó la mano y apretó los senos de la muchacha, sin la más mínima compasión. Los estrujaba con fuerza sin despegarle su boca de los labios, con la vocación de quien no desea que su víctima continúe respirando.
Le rompió la blusa y ella, extasiada, como el venado cuyo instinto le ordena que deje de luchar, cuando el hocico del león se ha cerrado sobre su yugular, y espere pacientemente la muerte; así, Natalia se dejó hacer. Ofreció su cuello y los labios de Santiago lo recorrieron ansioso, como si contradictoriamente, entre más suaves pretendieran ser y más delicadamente besaran, en realidad fueran colmillos desgarrando la piel y causando un insoportable dolor en su presa.
La desnudó y Santiago le hundió la cara en medio de las piernas. Se mojó con su líquido como una fiera lo haría en la sangre que brotara por una herida. Degustó goloso la vulva a aquella a la que le rendía culto. Odiaba, pero al mismo tiempo lo prendía, que aquella misma vagina fuera la fruta que tuviera que compartir con quien ya había tenido la oportunidad de saborearla en su tiempo. Porque el amante de Natalia era su ex novio. No era tan incómodo como antes, cuando el amante era Santiago. Ahora, hasta un asesinato merecía.
Una vez desnudos, le abrió las piernas con las rodillas para penetrarla. Rossse creyó que Santiago lo haría rápido, pero él estaba dispuesto a hacerla sufrir. Se la metió lentamente, permitía que su mazo fuera rompiendo la carne de la mujer; en el cerebro de Santiago la imagen del amante haciendo lo mismo le llenó de una enferma excitación.
Una vez colocada la espada dentro del cuerpo de Rossse, la removió hasta extinguir la más mínima señal de vida en aquel cuerpo maldito.
La colocó de mis maneras, hasta que ella se hubiera venido muchas veces y al final, le pidió un favor.
-¿Hacerme la muerta?- preguntó Rossse.
Era todo lo que él deseaba. Le dijo que siempre había querido hacerlo con un cadáver, pero que nunca se había enamorado lo suficiente como para pedirle a una mujer que le permitiera asesinarla.
Ella asintió, primero divertida y luego de toser dos veces, ceremoniosa. Se tendió bocarriba, atenuada su vigila por el sopor, y se dejó hacer. Permitió que Santiago le pasara la lengua por el cuerpo y hasta se la metiera entre las piernas sin expeler siquiera un quejido de aquellos que él encontraba hipnotizantes y coleccionaba por millones.
Ahora entendía porque nunca había escrito cuentos semejantes con alguna de sus anteriores novias. Sólo Natalia lo obligó a sangrar de verdad esas letras que creía bien escondidas en lo profundo de sí mismo.
Ella rígida, pero excitada. Jugaba a la perfección su papel de muerta aunque en su vientre ardía la vida misma de un orgasmo, igual que una hoguera que consumiría en segundos lo que quedara de su cuerpo.
Santiago la penetró y la vio convulsionarse al ritmo exacto de sus embates; tenía una muñeca de trapo sacudiéndose debajo de sí. Una vida sin cuerpo.
Una muerta.
Muerta la perra…
Un instante antes de venirse él, se salió de Rossse.
La sacó de sí.
Se paró de la cama y buscó sus pantalones. Se los puso y después los tenis. Se echó una playera encima, una de Cannibal Corpse, y se salió de la recámara.
También de la casa, de la calle, de la colonia, de la ciudad y hasta se salió de sí mismo.
Antes de cerrar la puerta, apagó la computadora sin responder a la última advertencia de Windows para guardar su documento. De todos modos no había escrito nada esa noche, el último de sus cuentos lo había dejado impreso en el alma de Rossse.
Y eso, el amante nunca lo podría volver a hacer.
Santiago siguió caminando. Mientras andaba fue sepultando en los jardines los recuerdos de Natalia como si llevara muchos cadáveres encima hasta que no le quedó ninguno. Caminó hasta el día siguiente, en que su novia despertó, lo llamó por teléfono y le dejó mil mensajes donde le reclamaba que la hubiera abandonado muerta sobre esa cama, sin volver a saber nunca de él. Le reprochaba que la última vez que estuvo viva, lo sintió a su lado y ahora, en la muerte, no lo encontraba más.
Y ya no importaba porque desde su propio reino de los vivos, Santiago ya no escuchaba los lamentos de las muertas.

*******************
Así que en ningún otro lugar lo iba yo a encontrar. Claro, sí el mundo habría de existir el fin del mundo, era en el culo de Rossse. Fue ella quien se quedó muerta en esa cama, la que me inspiró a escribir todos mis cuentos. Es increíble que buscara el fin del mundo allá afuera, en el mundo, cuando éste permanecía escondido ante mis narices.
¿Pero cómo habría de ver a Rossse, si entre mis habilidades no se encontraba el hacer contacto con las muertas?
Claro, la respuesta la tenía le pelirroja de la iglesia. El único puente entre la vida y la muerte, entre la masturbación y el fin del mundo, era el orgasmo. Y ninguno tan exquisito como los que la entrepierna de Rossse solían obsequiar.
Así que para hablar con Rossse, que en ese momento, se había aparecido en mis sueños en la forma de aquella mujer alada y pelirroja, o sea Gota de Miel. Era aquella la reencarnación de Rossse.
Y para verla de nueva y examinarle el culo, habría de dormir un sueño muy profundo. Así que, como Santiago el asesino del cuento que escribí la noche en que mi mujer partió, dispuse lo necesario encima de mi cama.
Un buen principio eran aquellas adolescentes que me cogí, Carolina por ejemplo.
Cerré los ojos y cogí mi espada.
La mantuve en un principio metida en su funda, caliente y fría al mismo tiempo, con el corazón de acero latiendo en su centro, igual que una bomba de tiempo. Mientras avanzaba, mi propio pecho latía un reloj invertido hacia el fin de mi vida.
El infierno estaba cercano, el olor a fantasmas quemados y cuerpos agusanados era cada vez más constante en las tierras sobre los que mis pies se apoyaban.
A lo lejos, detrás de una montaña, se escuchó el batir de unas alas.
Decenas de almas penitentes se alzaron de la tierra y me cerraron el paso y yo, aterrado y ya con la espada bien desenvainada, comencé a cercenar de raíz los cuellos de aquellas almas, que se desplomaban para estrellarse en charcos de sangre invisible. Entretanto, yo repartía estocadas como un espadachín enloquecido, que con el filo de su arma quisiera rebanar hasta el aire.
Un alma era una sirena que cantaba entre sueños.
Las alas incrementaban mi desconsuelo y disminuían mi tiempo.
Eran el cáncer de próstata que al final me acercaría hasta sus fauces y terminaría por devorar mi existencia. Lo haría lento y doloroso.
Y ninguna hermosa bruja vendría a devolverme la vida.
Se trataba con las alas de Rossse, que un segundo antes de muerte se postró en mi cama. Ahuyentando con su belleza las sombras de varios zopilotes que se habían reunido con la esperanza de dejarme en los huesos, puso sus piernas a cada lado de mi cuerpo derrumbado en el piso. Tal como una grupi vuelta rockera me habría hecho, confundiéndome con Syd Vicious o Kurt Cobain. Ya la diosa Osiris, madre de Dios, se había encargado de vengarse porque me atreví a darle por el culo en un baño público.
Pensé en las pastillas que tragué antes de dormir, una a una, para llegar a este momento.
Cada una simbolizaba los pasos que di aquella noche para salirme de su cuerpo, de mi casa, de la calle y de mi mismo. Hasta que estuve afuera y ella murió.
Entonces Rossse me puso el culo delante de los ojos y se separó las nalgas.
Lunes, martes, miércoles...: Se jodió el mundo.
Se cierra sobre mí el universo, ese infinito culo negro de Ross, de Dios.
En el centro, el ano.
Ahí está el rostro de Dios, mi cáncer de próstata y el fin del mundo.





NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE