martes, julio 31, 2007

Johnny Indovina



Gran concierto, encuentro con viejos amigos Ángel, Ro.Ma, Lucascarrabias y su novia, Carole, etc... y la tibia respiración de una ninfa en el oído, durante todo el concierto... Aquí la reseña que publiqué en Récord.


Johnny Indovina tejió una telaraña sonora en que las los asistentes a su concierto en el Lunario del Auditorio Nacional cayeron como indefensos mosquitos.
El cantante, que vino a México a presentar Sound of the Blue Heart, su nueva banda, vistió por completo de negro y se polveó la cara del color de los muertos, para moverse por el escenario igual que un gigantesca araña bípeda hambrienta de aplausos, el sábado por la noche.
Poco más de 700 habitantes de las tinieblas le brindaron el reconocimiento solicitado y se dejaron desangrar por los oídos con piezas de poesía como The great scape, Beauty?, River of Love y Pantomime clown, pertenecientes a este nuevo proyecto, y otras como Death of an Angel, Quiet desperation y This tangled web, mismas que datan de la época de Johnny al frente de Human Drama, la banda que vino a despedirse en México en diciembre de 2004.
Desconcertados por la apariencia de los seguidores de Indovina, quienes lo mismo ocultaban sus cuerpos mortales en gabardinas de cuero negro que disimulaban lo moreno de sus teces bajo gruesas plastas de polvo blanco, los elementos de seguridad iniciaron el concierto a la defensiva, pero a medida que Johnny lanzaba su letanía musical desde el escenario, los encargados de la seguridad entendieron que la de Sound of the Blue Heart es música de emociones y no de reacciones, es decir, que los fans se limitarían a dejarse envolver por las canciones de pie, tranquilos y llorosos de sentimiento, sin la mejor intención de iniciar un innecesario slam.
“¡Papacito!”, le gritaban varias chicas al cantante, como para romper el ambiente lúgubre y solemne que en ocasiones toman los recitales de música con tintes góticos.
En la última parte, Johnny recibió de manos de Sergio Jaime, artista plástico y seguidor suyo de cepa, la misma pintura que la última vez que Human Drama tocó en México Indovina le devolvió, como un gesto de agradecimiento a cuando Jaime se la obsequió, en uno de los primeros conciertos de Human en México. “Ya se está haciendo una tradición”, había dicho el músico el jueves pasado, durante su conferencia de prensa.
Así, dos horas después de iniciada, la presentación de Sound of the Blue Heart ante el jurado de sus seguidores, terminó con un indulto que quedó reafirmado por las decenas de personas que asomaron lágrimas negras en los ojos, sus delineadores corridos, cuando las luces se encendieron.



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martes, julio 24, 2007

El duende



A sus 24 años, la princesa Deera nunca había podido dormir bien. Despertaba en medio de la noche, con jaquecas iguales a tormentas dentro de su cabeza.
Soñaba, sí, lo mismo dulces cuentos de hadas que pesadillas aterradoras, pero siempre a la mitad. Nunca soñaba un sueño completo.
Deera era una joven malhumorada, hermosa al fin y al cabo, pero atormentada por su insomnio incompleto. Caballeros del reino, hechiceros y hasta gitanos le ofrecían una noche de sueño completo a cambio de sus favores, pero la princesa se sentía demasiado harta de la tierra que inundaba sus párpados como para creer en las inocuas promesas de advenedizos.
Una noche soñó con un duende y antes de despertar pudo platicar con él.
El duende estaba confundido, pues los cuentos que contaba nunca tenían principio. De todas las historias maravillosas que conocía, jamás llegó a conocer el inicio de las historias. Tal parecía que los "había una vez" le habían sido negados de nacimiento.
Fue la primera vez que Deera pudo dormir la noche entera y al día siguiente, se sentía tan descansada que en su boca habitaba un sabor a rosas humedecidas en rocío, sin necesidad de haberse lavados los dientes.
La noche correspondiente a aquel día maravilloso, la princesa se fue a dormir temprano.
En su lecho la esperaba el duende, que se había desnudado debajo de las frazadas y estaba presto para tocar el cuerpo de la joven hasta inquietarle el alma.
Deera se acurrucó en el pecho de la criatura y abrió sus oídos.
Mientras el duende, que ya no mostraba síntomas de confusión hacia el mundo, le acariciaba los senos, la vocecilla de la criatura se introdujo por los oídos de Deera:
"Había una vez..."

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lunes, julio 16, 2007

Confesión


Una vez maté a Jodorowsky, también a la mamá de Dolores O'Riordan, la cantante de The Cranberries.
Inevitablemente, a veces cuando escribo notas periodísticas se me escapan algunas erratas. Por más atención que ponga, o intente poner, a la segunda o tercera leída que le doy a un texto siempre brota un leve error. A veces pequeño, otras garrafal, muchas veces inadvertido por la mayoría pero presente en mi memoria hasta el día en que muera, el fallo salta a mi vista mancillando el texto entero como si se tratara de un diminuto tumor que habrá de contaminar al resto de los enunciados.
Entonces me siento mierda, reniego del Dios de las alturas y mi destino, me avergüenzo de haber aprendido a escribir y tiro el periódico o la revista a la basura con ganas de prenderle fuego.
¿Para qué? Aunque lo queme el error siempre estará ahí.
Sin embargo, siempre hay algo que me consuelo cuando soy devuelto a la intimidad de mi cuarto.
Esas erratas, que a la luz de la verdad se convierten en mentiras publicadas, no son sino meros guiños inconscientes hacia la literatura que mi mano derecha no consigue abstenerse de hacer. Ya dijo Borgues que la vida no tiene porqué ser interesante pero la literatura sí. ¿Y qué si yo quiero escribir literatura en los periódicos? ¿A poco no sería interesante leer a Jodorowsky, una entrevista digamos, después de que él hubiera muerto?
Pese a que la obligo a transcribir la verdad, tarde o temprano mi extremidad se rebela y su inconformidad se traduce en cuentos.
Sea que entre más periodista distraido soy, en mejor cuentista me convierto.

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Crónicas chihuahueñas: Molotov y las vivas de Juárez


Foto: AAG

"¿Y entondes, Don, la violencia aquí está tan cabrona como dicen en las noticias?", le pregunté a aquel taxista.
El conductor se pasó la mano por la frente sudorosa, alzándose el ala del sombrero, antes de vociferar alegremente: "¡N'ombre, si desde que hay toque de queda ya ha bajado bastante!".
Fue así que nos enteramos Miguel y yo, a diez minutos de haber aterrizado en Ciudad Juárez y ver militares deambulando por el Aeropuerto, que en la ciudad está prohibido que los menores de edad, sí, los menores de edad, anden solos por las calles de la ciudad chihuahueña sin la compañía de un adulto después de las diez de la noche.
"¿Los menores de edad?", me preguntó Llely, cuando ya había regresado a México y le contaba mis aventuras. Peló tamaños ojotes.
La misma pregunta le había hecho yo al taxista un día antes.
"Sí, joven, es que ellos son los que ponen el desorden".
Reproduje entonces su respuesta una vez que volví al DF y Llely comentó: "Órale, pues Columbine se queda pendejo...".
Lo cierto es que tras mi estancia en la tierra de Juan Gabriel, menos puedo entender el asunto de las muertas de Juárez.
Llegamos, Miguel y yo, un sábado por la tarde con la consigna de cubrir un encuentro rockero, el Festival Rock del Río, en el que coincidirían Kinky, Fobia, La Gusana Ciega, Volován, Gruisspectra, Salón Victoria, Lucybell (¡Vaya mezcolanza más variopinta! En México, nada revuelve más ingredientes que las salsas y los festivales de rock) y Molotov, quien significaba el objeto de interés del periódico que me paga mi quincena puntualmente debido a la anunciada y no consumada desintegración del cuarteto chilango.
Así las cosas y con la advertencia del taxista a no meter nuestras narices donde no nos llamen para conservar cada una de nuestras piezas dentales hasta tomar el vuelo de regreso a México, llegamos al Estadio Carta Blanca donde habría de celebrarse el Vive Latino Fronterizo. Las primeras horas se escurrieron como la cerveza que lubricaba las gargantas. Miguel no se daba abasto para inmortalizar con su lente cuanta chavita hermosa iba y venía por el Festival, mientras que yo las retrataba con la memoria. Al subir La Gusana Ciega al escenario, Daniel Gutiérrez las convocó a una "colecta de brassieres" por lo que varias de ellas quedaron con los pechos al aire.
El clima era exquisito, la cerveza me adormilaba deliciosamente y mientras las estrellas adornaban la noche, yo sólo pensaba: "¿Pero qué pinches ganas de matar a las mujeres de Juárez? Si todas están para quererlas mucho...".
Molotov fue una auténtica bomba. Independientemente de que sigan tocando lo mismo, que en ocasiones su vocación de tiranetas los conviertan en auténticos muestrarios de lugares comunes y que su espanto ya no espante ni a los que hace una década sí se espantaron, Tito, Micky, Paco y Randy son una genuina banda de rock and roll. Tocan feo y muy fuerte. Al final, Micky se puso uno de los brassieres que antes le lanzaron a la Gusana y como dice un amigo a quien le gusta mostrar sus recién adquiridos tatuajes en la playa "sirvió como distractor de atención para que las chavas no vean su panza". Randy hasta tiró su batería y regó tambores por todo el escenario.
Al día siguiente le pedimos a otro taxista que nos llevara a donde se encuentran las cruces de las primeras muertas que encontraron en Juárez. Él nos contó que la gente de la ciudad observa el problema desde otra óptica. Para ellos, en realidad no son más de 400 muertas.
"Son 100, a lo mucho", dijo por encima de la música norteña que inundaba su taxi.
"Ah, bueno, nomás cien", quise decirle, pero me aguanté.
"Lo que pasa es que como se creó una fiscalía de feminicidios, pues ahí avientan lo mismo a las atropelladas, a las que se suicidan o a las que se mueren de viejas... pero muchas de ellas ni tienen que ver con los casos", terció el taxista.
Después cambiamos de tema y nos platicó como Juan Gabriel armó una broncota porque las autoridades habían pretendido cambiar el nombre del eje vial Juan Gabriel por el de Francisco Villa.
Pues sí. En una ciudad fronteriza que están tan cerca de Estados Unidos y tan lejos de Dios pesa más el poder del Noanoa que el del único mexicano que invadió a los vecinos del norte.
Llegamos así a donde están las cruces. Eran alrededor de diez, pintadas de rosa mexicano y dispuestas en fila a las orillas de un río seco. Algunas tienen veladoras a sus pies y otras, ofrendas de frijol. Quizá este mal, pero el interés de Miguel y mío era enteramente periodístico, aunque no falta, según nuestro taxista (el segundo), quien se toma la foto del recuerdo como si se tratara de la obra de un serial killer mediático al estilo Mick and Mallory de Natural Born Killers y no el testimonio de una barbarie misógina.
Las cruces ya son un atractivo turístico.
De pie junto a esas cruces, recodé a la cantidad de chavitas hermosas que vi en el concierto del día anterior. Pero si de las vivas de Juárez es de quien deberíamos hablar, cuidar que no se conviertan en las muertas de Juárez.
¿Toque de queda?
Bien diría Molotov: mis huevos.

Ciudad Juárez, 2007

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jueves, julio 12, 2007

Tokada y fuga 3: El pelo en el pezón



El otro día vi Saló, la adaptación de Fellini a Las 120 jornadas de Sodoma, la novela más célebre del Marqués de Sade. En ella, la novela, cuatro libertinos de la monarquía francesa (un eclesiástico, un integrante del gobierno y dos hombres acaudalados) se plantean llevar a cabo una tarea que elevara hasta el máximo sus placeres. Reclutan a cuatro ex prostitutas para que funjan como narradoras de historias obscenas, a cuatro muchachos con vergas de gran dimensión cuya única tarea consistía en violar, además de sus propias hijas (a las que obligan a casarse con ellos para cometer, a los ojos de Dios, un adulterio, un estupro y un incesto al mismo tiempo) y dos grupos, de igual número, de bellas jóvenes muchachas y muchachos vírgenes, a quienes someterán a las más indecibles humillaciones y vejaciones sexuales.
En la película hay una escena en la que los libertinos, que aquí son trasladados a la época moderna, la década de los setenta, creo, o un poco menos, acuden a un orfanato para seleccionar a las mejores jovencitas a quienes violarán de todas las maneras posibles. La primera muchacha es muy núbil, quizá unos 15 años, esbelta, rubia, con un dejo de inocencia en el rostro y un temor que se respira más allá de la pantalla. De pronto, uno de los libertinos se pone de pie y luego de examinarle rigurosamente las nalgas, la vagina y los senos, la rechaza cuando se da cuenta que tiene una malformación en uno de los dientes. De acuerdo con los libertinos, sólo aquellos muchachos y muchachas de cuerpos perfectos podrán entrar a esa fortaleza donde planean meterlos para convertirlos en objetos de satisfacción sexual. Si alguno se rehúsa, le darán muerte igual como sucede en el libro.
Más adelante esto resulta irónico pues los libertinos deforman la belleza de sus prisioneros mediante azotes, brutales golpizas y hambrunas. Incluso, los obligan a comer mierda, a morder clavos y hasta comportarse como perros.
Mientras veía la película a mi mente vino un recuerdo de la prepa. Por aquellos días yo moría por una rubia de 15 años a la cual llamaré Ita. Ita a su vez quería con Arlo, quien era ex novio de Jandra. Arlo e Ita nunca reconocieron que se gustaban pero en una borrachera que nos pusimos él y yo varios años después, me confesó que Ita y él se fueron de vacaciones juntos y ella estuvo a punto de perder su virginidad, pero que por más intentos él que hizo, nunca pudo penetrarla. Algo extraño guardaba aquella doncella entre sus piernas porque también yo, en otro momento, también intenté hacerlo y fue como dar de frente con un muro de roca.
Total, que por un síndrome mezcla de enojo y tristeza, de admirar cómo los receptáculos de nuestros respectivos amores se enredaban entre sí dejándonos fuera de sus vidas, Jandra y yo nos fuimos a emborrachar a su casa.
Al calor de las cervezas, nuestras lívidos preparatorianas afloraron por encima de las neuronas. Además, si ella y yo mancillábamos nuestros cuerpos sentíamos que nos estábamos vengando de Ita y Arlo.
Así que recuerdo que nos empezamos a besar y en determinado momento, ella me lanzó contra una silla, se puso en cuclillas y me abrió la bragueta del pantalón. A punto estuvo de llevarse a la boca aquello que en su tiempo hizo que un doctor gritara “¡es niño!” cuando nací, cuando mi siempre oportuna vejiga me obligó a ir al baño y rompió el encanto del encuentro.
Cuando regresé, tuvimos que empezar desde el principio.
Jandra tenía un pelo en el pezón izquierdo. Era un cabello negro, retorcido y duro, muy parecido a los vellos púbicos. Brotaba de su aurora y se revolvía en un remolino de una sola línea. Debo confesar que no descubrí el pelo con los ojos, sino con la lengua, y que me dio mucho asco.
Con el tiempo, se nos hizo costumbre “vengarnos” de Ita y Arlo más a menudo. Siempre en casa de Jandra. Hubo un momento en que ya ni siquiera pensábamos en la venganza, sino en venirnos.
Me reconcilié con su pelo y hasta lo encontré hermoso. Lo acepté y añ rato, su naturaleza espantosa me excitaba aún más, era como un símbolo prohibido en los terrenos de la belleza.
Si las primeras veces deseaba cortarlo de raíz a toda costa, e incluso me atormentaba el hecho de que las aureolas de Ita, a quien Arlos disfrutaba al mismo tiempo que yo lo hacía con su ex novia, era dos botones rosados, frescos y con sólo 15 años sobre la tierra, mientras que yo debía jugar entre mis dientes con algo que parecía un gusano sumamente delgado que en medio de la batalla campal me resultaba repulsivo.
Las primeras veces así fue. Después, el pelo en el pezón se convirtió en un juguete, casi diría en un afrodisiaco.
Por eso me dio risa mirar cómo los libertinos de Salo se deshacían de la jovencita con el defecto en el diente. Yo, que me leído varias veces al Marqués, sé que él encontraba lo hermoso en lo abominable, lo erótico en lo escatológico y lo bendito en lo blasfemo.
El Marqués, que su tiempo sodomizó y fustigó a buena cantidad de doncellas, igualmente se hubiera regocijado con el pelo en el pezón de Jandra. Seguramente lo hubiera enredado en su lengua como lo hacía yo.
“Te honro en el espanto”, dijo Ramón López Velarde. Y sí, esos pequeños defectos hacen perfectas a las mujeres. ¿Qué sería de la musa si no tuviera orzuela, si no le oliera la boca por la mañana o sus ojos no se llenaran de lagañas? Dejaría de ser humana y sin sus gemidos, sus quejidos y sus orgasmos no cobrarían sentido.
¿O qué? ¿A poco a ellas no les excita nuestro lunar en forma de continente americano, la sutil lonja, las entradas del cráneo que anuncian la prematura calvicie? Dejémosle la perfección a los personajes de Fellini y metámonos a la cama con las evocaciones de carne y hueso. Hace poco escuché una entrevista con el director de una revista porno mexicana, creo que se llama Tu mejor maestra. Sólo una frase recuerdo e intento reproducir: “A los mexicanos no les excita tanto la perfección; más que una Pamela Anderson, a ellos les gusta pensar que se acuestan con la chava que va junto a ellos en el micro, la recepcionista del edificio a donde van a pedir trabajo o la doméstica que trabaja en su casa, mujeres con lonjita, con manchas de salsa verde en la blusa, reales…”.


NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

martes, julio 10, 2007

Crónicas tepoztecas: Dulces sueños húmedos, mi amor




-Vamos a jugar: tú eres una joven y bella princesa azteca y yo el conquistador barbudo y lujurioso...
-¡Ay, conquistador! ¿Desea que le muestre lo cómodo es que es fornicar dentro de una pirámide?


Y mientras subíamos los más de dos kilómetros que separan el pueblo de Tezpoztlán, Morelos, de la Pirámide del Tezpozteco, me preguntaba porqué teníamos que votar por Chichen Itzá. Sí, porque la promoción desmedida que se le brindó a la campaña para que la pirámide maya fuera incluida en una frívola lista internacional de maravillas arquitectónicas es tan absurda como absurdo es el hecho de que los mexicanos nos dejemos intoxicar por semejante frenesí.
Qué risa me daba pensar en la famosa gala de Lisboa, donde nuestro embajador en Portugal y nuestro flamante secretario de Turismo se deben haber emocionado, lagrimita temblorosa en la comisura del ojo incluida, cual dos misses bulímicas cuando se les entregó la corona.
"Porque el pueblo de México se unió y votó por Chichen, tú, tú, si tú, Chichen, no estás nominada, fuiste salvada, y puedes pasar a la lista de oro de la Academia de las nuevas maravillas".
Orgullosamente nunca voté.
Pero mientras subíamos por los hermosos e impresionantes paisajes del Tezpozteco, pensé: "pero si Chichen era una maravilla desde antes, ¿porqué necesitamos que un comité internacional nos lo venga a reafirmar para convercernos de que es una maravilla?"
Me dolían las piernas, porque dos kilómetros de escalada no es cualquier cosa para un fumador como yo.
Pero en definitivamente el verde de los árboles, el sonido del río corriendo a nuestro costado como una hemorragia transparente y la deliciosa humedad en el ambiente me obligaban a agradecer que el Tepozteco no sea considerada una nueva maravilla del mundo; ni falta que le hace.
Yo, en lo personal, no necesito que ningún suizo me venga a informar que las riquezas de mi país son una maravilla. Ni creo que otros países lo necesiten. La Acrópolis, El Corocobado y otros sitios más eran fastuosos antes de que se desatara esta vergonzosa y estúpida campaña mundial.
Al rato, me repetía mientras llegábamos a la cúspide del Cerro, falta que una autoridad internacional venga a decirnos que es delicioso comer tortillas, oler una flor de Zempazúchil o hacerle el amor a tu novia mexicana para que nos demos cuenta que lo es.
Este país es, como dijera Breton, una maravilla surrealista.
Somos tan ciegos y sin necesidad de cerrar los ojos.


-Vamos a jugar a la Sirenita... yo soy el tiburón.
-¡Ay, tiburoncito! ¡No me comas!
-¿Y quién habló de comerte? Ven para acá colita de pescado...


Casi no encontramos hospedaje a nuestra llegada. Alguien nos dijo que un señor que siempre estaba en un balcon, en una de las calles que salen a la avenida principal de Tezpoztlán, podría conseguirnos un hotel.
-Es en aquella casa, enfrente de donde está estacionada la camioneta roja.
Dicho y hecho, cargando nuestros bultos en una imitación perfecta de dos caracoles con conchas samsonite, nos dirigimos a una posada. El señor del balcón le llamó por teléfono a otro, que vino por nosotros en su automóvil a casa del primero.Resultó ser el dueño del hotel.
650 pesos nos dieron derecho a dos camas matrimoniales (demasiada cama cuando lo menos que uno quiere en Tezpostlán es dormir), una tina (muy bien aprovechada la noche en que se fue la luz y sólo nos quedaban las velas aromáticas con olor a coco, cinco cervezas heladas, un poco de aquella sabia planta que ataranta y mucha disposición a recrear aquellas películas donde los protagonistas llegan a una cabaña abandonada en medio del bosque en medio de una noche tormentosa) y un ventilador del piso.
Después de botar el equipaje salimos a la calle. Tepoztlán es una especie de mercadito hippie donde puedes encontrar todo tipo de aretes, colguijos y chucherías artesanales. También venden micheladas y puedes beber en la calle mientras caminas y de vez en vez, te metes a una tienda. Encontramos una hindú, donde vendían incienso con olor a sándalo.
Mientras caminábamos por las calles angostas y alucinantes de Tepoztlán, bajo una lluvia que cualquier diría era el llanto incosolable de Dios, yo seguía pensando en la alberca. Quería nadar. Si esa alberca hablara.... haría gargaritas.
Y sí, al día siguiente la alberca se atragantó cuando nos mtimos en su boca.

-Bueno, ahora eres mi alumna y yo el profe que se llevó a los alumnos a una práctica..
-¡Ay, profe! ¿Y porqué quiere que me duerma en su cuarto?
-No sé, espérate... es que con este gorrito verde más bien me siento un pirata. Mejor vamos a jugar a que mi tripulación y yo acabamos de abodar el barco en donde tú venías, eres la esposa del capitán y yo un criminal que ha pasado más de seis meses en altamar, sin siquiera ver una mujer, así qye te voy a violar...
-Hummm... qué rico. Pero amarra al Capitán, mi esposo, al mástil para que pueda ver cómo me posees.


El regreso fue igualmente una aventura. Muertos de cansancio a la orilla de la carretera, esperamos media hora por un camión que nunca llegó.
Cuando por fin abordamos uno que nos llevaría a Cuernavaca para de ahí tomar el Pullman a México, todavía hubo energía como para bromear:
-Querido, guapo y deseable extraño, ¿podría acompañarme al baño?
Entonces me reí y pensé: si las maravillas no están ni en Chichén ni en Lisboa, sino en un fin de semana drogados hasta el tuétano con las más 'maravillosa' de las sustancias: la imaginación.
Siempre he dicho y lo sostengo: la mayoría de las cosas que ha inventado el ser humano para diferenciarse de los animales son absurdas, desde la escuela, el dinero, la civilización y la comida procesada.
Todo, excepto dos cosas: la cerveza y el amor.



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