
El otro día vi
Saló, la adaptación de Fellini a
Las 120 jornadas de Sodoma, la novela más célebre del Marqués de Sade. En ella, la novela, cuatro libertinos de la monarquía francesa (un eclesiástico, un integrante del gobierno y dos hombres acaudalados) se plantean llevar a cabo una tarea que elevara hasta el máximo sus placeres. Reclutan a cuatro ex prostitutas para que funjan como narradoras de historias obscenas, a cuatro muchachos con vergas de gran dimensión cuya única tarea consistía en violar, además de sus propias hijas (a las que obligan a casarse con ellos para cometer, a los ojos de Dios, un adulterio, un estupro y un incesto al mismo tiempo) y dos grupos, de igual número, de bellas jóvenes muchachas y muchachos vírgenes, a quienes someterán a las más indecibles humillaciones y vejaciones sexuales.
En la película hay una escena en la que los libertinos, que aquí son trasladados a la época moderna, la década de los setenta, creo, o un poco menos, acuden a un orfanato para seleccionar a las mejores jovencitas a quienes violarán de todas las maneras posibles. La primera muchacha es muy núbil, quizá unos 15 años, esbelta, rubia, con un dejo de inocencia en el rostro y un temor que se respira más allá de la pantalla. De pronto, uno de los libertinos se pone de pie y luego de examinarle rigurosamente las nalgas, la vagina y los senos, la rechaza cuando se da cuenta que tiene una malformación en uno de los dientes. De acuerdo con los libertinos, sólo aquellos muchachos y muchachas de cuerpos perfectos podrán entrar a esa fortaleza donde planean meterlos para convertirlos en objetos de satisfacción sexual. Si alguno se rehúsa, le darán muerte igual como sucede en el libro.
Más adelante esto resulta irónico pues los libertinos deforman la belleza de sus prisioneros mediante azotes, brutales golpizas y hambrunas. Incluso, los obligan a comer mierda, a morder clavos y hasta comportarse como perros.
Mientras veía la película a mi mente vino un recuerdo de la prepa. Por aquellos días yo moría por una rubia de 15 años a la cual llamaré Ita. Ita a su vez quería con Arlo, quien era ex novio de Jandra. Arlo e Ita nunca reconocieron que se gustaban pero en una borrachera que nos pusimos él y yo varios años después, me confesó que Ita y él se fueron de vacaciones juntos y ella estuvo a punto de perder su virginidad, pero que por más intentos él que hizo, nunca pudo penetrarla. Algo extraño guardaba aquella doncella entre sus piernas porque también yo, en otro momento, también intenté hacerlo y fue como dar de frente con un muro de roca.
Total, que por un síndrome mezcla de enojo y tristeza, de admirar cómo los receptáculos de nuestros respectivos amores se enredaban entre sí dejándonos fuera de sus vidas, Jandra y yo nos fuimos a emborrachar a su casa.
Al calor de las cervezas, nuestras lívidos preparatorianas afloraron por encima de las neuronas. Además, si ella y yo mancillábamos nuestros cuerpos sentíamos que nos estábamos vengando de Ita y Arlo.
Así que recuerdo que nos empezamos a besar y en determinado momento, ella me lanzó contra una silla, se puso en cuclillas y me abrió la bragueta del pantalón. A punto estuvo de llevarse a la boca aquello que en su tiempo hizo que un doctor gritara “¡es niño!” cuando nací, cuando mi siempre oportuna vejiga me obligó a ir al baño y rompió el encanto del encuentro.
Cuando regresé, tuvimos que empezar desde el principio.
Jandra tenía un pelo en el pezón izquierdo. Era un cabello negro, retorcido y duro, muy parecido a los vellos púbicos. Brotaba de su aurora y se revolvía en un remolino de una sola línea. Debo confesar que no descubrí el pelo con los ojos, sino con la lengua, y que me dio mucho asco.
Con el tiempo, se nos hizo costumbre “vengarnos” de Ita y Arlo más a menudo. Siempre en casa de Jandra. Hubo un momento en que ya ni siquiera pensábamos en la venganza, sino en venirnos.
Me reconcilié con su pelo y hasta lo encontré hermoso. Lo acepté y añ rato, su naturaleza espantosa me excitaba aún más, era como un símbolo prohibido en los terrenos de la belleza.
Si las primeras veces deseaba cortarlo de raíz a toda costa, e incluso me atormentaba el hecho de que las aureolas de Ita, a quien Arlos disfrutaba al mismo tiempo que yo lo hacía con su ex novia, era dos botones rosados, frescos y con sólo 15 años sobre la tierra, mientras que yo debía jugar entre mis dientes con algo que parecía un gusano sumamente delgado que en medio de la batalla campal me resultaba repulsivo.
Las primeras veces así fue. Después, el pelo en el pezón se convirtió en un juguete, casi diría en un afrodisiaco.
Por eso me dio risa mirar cómo los libertinos de Salo se deshacían de la jovencita con el defecto en el diente. Yo, que me leído varias veces al Marqués, sé que él encontraba lo hermoso en lo abominable, lo erótico en lo escatológico y lo bendito en lo blasfemo.
El Marqués, que su tiempo sodomizó y fustigó a buena cantidad de doncellas, igualmente se hubiera regocijado con el pelo en el pezón de Jandra. Seguramente lo hubiera enredado en su lengua como lo hacía yo.
“Te honro en el espanto”, dijo Ramón López Velarde. Y sí, esos pequeños defectos hacen perfectas a las mujeres. ¿Qué sería de la musa si no tuviera orzuela, si no le oliera la boca por la mañana o sus ojos no se llenaran de lagañas? Dejaría de ser humana y sin sus gemidos, sus quejidos y sus orgasmos no cobrarían sentido.
¿O qué? ¿A poco a ellas no les excita nuestro lunar en forma de continente americano, la sutil lonja, las entradas del cráneo que anuncian la prematura calvicie? Dejémosle la perfección a los personajes de Fellini y metámonos a la cama con las evocaciones de carne y hueso. Hace poco escuché una entrevista con el director de una revista porno mexicana, creo que se llama
Tu mejor maestra. Sólo una frase recuerdo e intento reproducir: “A los mexicanos no les excita tanto la perfección; más que una Pamela Anderson, a ellos les gusta pensar que se acuestan con la chava que va junto a ellos en el micro, la recepcionista del edificio a donde van a pedir trabajo o la doméstica que trabaja en su casa, mujeres con lonjita, con manchas de salsa verde en la blusa, reales…”.
NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE