
Los dedos de aquel hombre a quien llamaban el Nazareno, quemaban.
Sus yemas se sentían suaves, como las de alguien que hace tiempo no trabaja con las manos, pero ardían. No irradiaban el calor del desierto, seco igual que los resoplidos de un toro, sino el de una fricción vigorosa realizada sobre un músculo lastimado.
Jeremías permanecía inmóvil, con la gelatina de sus ojos siendo masajeada por el hombre aquel. Hacía diez años que dos caracoles sin concha habitaban en su rostro, desde que se quedó dormido de cara al sol y las dagas de luz perforaron sus retinas.
El Nazareno musitaba una oracion mientras sobaba los ojos de Jeremías. Su voz no se parecía a ninguna que el ciego hubiera escuchado con anterioridad, con todo y que Jeremías era un coleccionista de voces.
Cuando deambulaba por el mercado, actuaba igual que un cirujano del aire. Del amasijo informe de sonidos que flotaba en el ambiente, Jeremías era capaz de identificar cada uno, como si tuviera un escalpelo para cortar el ruido. Sabía por dónde iban caminando las muchachas que llevaban vasijas de agua en la cabeza, sólo por el chapoteo que hacía el líquido mecido por el vaivén de sus caderas; lo mismo reconocía los ronquidos de un marrano desnutrido que yacía en su jaula agobiado por la sed.
Los rezos del Nazareno lo inundaban de somnolencia. Casi lo hipnotizaban.
Se dejó llevar hasta ahí, sólo porque los rumores acerca de las capacidades curativas del hombre se esparcieron con rapidez. Jeremías había dejado su esperanza de volver a ver en las recetas de decenas de magos y hechiceros, sin que nadie pudiera hacer nada por sus ojos muertos.
—Había olvidado cuántos colores tiene el mundo—le dijo uno de los invidentes a quien el Nazareno le devolvió la vista.
Vino entonces la ráfaga. Jeremías sintió que una energía incontrolable lo lanzó de nalgas contra la arena.
Parpadeó repetidamente y poco a poco, una imagen se formó delante de él. Era el Nazareno, con sus ojos tristes y pequeños, igual que los de un camello. Dos fuentes de cabello largo lacio y grasoso brotaban de su cabeza y le colgaban hasta los hombros.
Ya no rezaba: sólo una sonrisa había en su cara.
Le extendió una mano y Jeremías, aturdido, se puso de pie.
—¡Lo ha curado! ¡Lo ha curado!
Algunas ancianas se arrodillaron y alzaron sus brazos huesudos al cielo.
Rumbo a su casa, no sólo le resultaba extraño el hecho de caminar sin bastón, sino que además Marina, su esposa, continuaba sujetándolo del brazo igual que cuando estaba ciego.
Aunque le placía ver de nuevo, percibir con toda su hermosura las formas del mundo, era incapaz de mirar al sol. Ya fuera por el rencor que le guardaba al astro después de haberlo condenado a una década de tinieblas o simplemente porque no se adaptaba a su luminosidad, Jeremías avanzaba con la mirada clavada en el suelo.
Cenó muy despacio. Se dio tiempo para examinar detenidamente el pan, igual que un niño que explora el mundo por primera vez. El sabor no era el mismo. De hecho, casi le resultó desagradable, igual que el vino con que se remojó los labios.
Marina lo llevó a dormir, le aconsejó descansar por las emociones que había vivido durante el día. La noche le devolvió al hombre algo de tranquilidad; se sentía mucho más seguro cobijado por la penumbra, percibiendo únicamente sombras de su casa.
La voz del Nazareno no lo había abandonado durante la tarde entera.
Cerca de la medianoche, se despertó y comenzó a besar frenéticamente a su esposa. Marina se despertó, extrañada, pero le correspondió. Ninguno de los dos dijo palabra alguna. Habían pasado muchos años sin que hicieran el amor ayudados por algo más que el tacto y el sonido. Para Jeremías, fue la oportunidad de recorrer desesperadamente el cuerpo de su mujer, diez años más vieja de cómo la recordaba. Con los ojos del hombre, se fueron muchas imágenes que se resistían a volver.
Se llenó los pulmones del sudor de Marina y los labios de su saliva. Ella se dejó penetrar. Acarició la espalda de Jeremías, abandonada al placer. Terminaron una hora después y ella se quedó profundamente dormida.
Él, en cambio, no se sentía cansado. La noche le trajo nuevos bríos. Se puso y de pie y buscó su pipa. La encendió, pero no pudo fumar. La primera calada le dio tanto asco que tuvo que arrojar la pipa al suelo mientras tosía. Entonces vomitó el pan y el vino. El ansia lo atacó con más fuerza. De todos lados volvieron a brotar los rezos ininteligibles del Nazareno, igual que el siseo de una serpiente.
Jeremías caminó por la casa igual que una fiera acorralada. Sus miembros tenías mucha fuerza y con ellos arañaba el piso.
Miró a Mariana, que continuaba desnuda en el suelo, cubierta parcialmente por una manta. El cuerpo que brillaba de tanto sudar, los pechos inertes encima de su corazón, el cabello como una araña muerta encima de su rostro y en el cuello, la yugular que palpitaba escandalosamente.
Jeremías se le fue encima, enloquecido. Los clavó los dientes en el cuelloe igual que un tigre, le arrancó un buen pedazo de carne. Siguió mordiendo hasta que pudo desprender la cabeza y un chorro de sangre le escurrió por la barbilla. Marina ni siquiera fue capaz de gritar por útima vez antes de morir. Su sangre negra se confundió con la noche.
El cuerpo degollado se convulsionaba y Jeremías le destrozó el vientre hasta que tuvo expuestas las tripas. Desesperado, se las llevó a la boca.
Entre gruñidos animales, el hombre desgarró también el pecho. Primero la golpeó con una piedra para ablandar la carne y romperle las costillas. En sus manos, la piel se rompía como si fuera de tela. Los órganos le supieron exquisitos pues algunos aún estaban calientes.
Con la llegada del alba, un fuerte olor a podrido invadió la casa de Jeremías y Marina.
Él no estaba ahí. Dentro de una cueva dormiría hasta que de nuevo se hiciera de noche.
En su cabeza continuaban resonando los rezos del Nazareno.
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