Me siento un poco mal, he estado soñando despierto con fantasmas... por eso mejor un cuento divertido.A Clementina le gustaba jugar con ratones muertos, porque en su casa había muchos rondando por ahí. Papá le enseñó a matarlos y jugar con ellos, antes de partir.
La niña extirpaba los dientes a los roedores y los introducía en un vaso con alcohol. Después de tres días, los secaba al sol para confeccionarse un collar.
Otras veces, simplemente colgaba a los ratones muertos por la cola, como adornos en su casa de muñecas.
Cuando los animales se llenaban de moscas, Clementina sabía que el juego había terminado, echaba los ratones a la basura e iba en busca de nuevos juguetes.
Una tarde, la niña capturó uno especial. El ratón tenía el pelaje tan suave, que se le figuró un algodón gris de azúcar.
Aunque lo quiso moler a escobazos, como siempre, cuando lo levantó del piso el animal seguía con vida.
Entonces Clementina lo envolvió en una mantita y lo colocó dentro de su caja musical descompuesta. Puso una hogaza de pan a un costado y se fue a dormir.
Al despertar, Clementina se levantó muy hambrienta.
Había soñado con caramelos, pero sabía que mamá no la dejaba destapar una paleta sin que antes desayunara correctamente.
Así que bajó a comer, y cuando regresó a su cuarto, estaba dispuesta a chupetear hasta cansarse la paleta de limón que llevaba en el bolsillo. De sólo pensarlo, comenzó a relamerse los labios.
Pero se acordó de su ratón y abandonó la paleta sobre su cama.
Clementina quitó la tapa la caja musical descompuesta y no encontró al animal. En su lugar había una hermosa muñequita de trapo con las mejillas pintadas de rosa.
Tenía un vestido de encajes. La hogaza de pan estaba intacta.
La niña sintió repulsión del juguete. Lo lanzó con todas sus fuerzas contra la puerta del clóset. La muñeca derribó la pirámide de naipes que a Clementina le había tomado dos semanas construir. Clementina se acercó, furiosa, sólo para descubrir que la muñeca ya no existía. En su lugar, una criatura informe, con ojos saltones color ámbar, se sobaba lo
que parecía ser su nuca.
La niña no se asustó. Definitivamente le parecía más enternecedora aquella cosa, con todo y que babeaba una sustancia verde, a la espantosa muñeca que le recordaba los obsequios de Pepe.
Quiso tomarla con las manos, pero la criatura se lo impidió.
—No me toques, niña.
Clementina frunció el seño.
—¿Quién eres?— le preguntó.
La criatura se incorporó, apoyándose en dos patas gelatinosas y empezó a explicarle a Clementina todo un verbo aburridísimo sobre universos paralelos y viajes entre dimensiones.
Al fin, la niña bostezó y le respondió, con indiferencia:
—Bah… eres un mutante.
Desde esa mañana, el mutante se convirtió en el mejor amigo de Clementina. Solía convertirse en ratonera y así, le ayudaba a capturar sus juguetes favoritos.
Cuando la niña deseaba ver la televisión y no encontraba el control remoto, la criatura se convertía en uno y Clementina cambiaba de canal sin problemas, o
subía y bajaba el volumen a placer.
En otra ocasión, cuando ella no hizo la tarea porque había salido a jugar con la lluvia, el mutante se convirtió en un cuaderno de ejercicios de matemáticas resuelto. Cuando la maestra se lo devolvió, felicitó a Clementina por la exactitud con que había calculado la tarea.
No existía cosa alguna en la que el mutante no pudiera transformarse, desde un libro de cuentos, hasta un cerdo que podía correr con ella en el jardín.
—¿Puedes transformarte en pastel?— le preguntó un día
Clementina, mientras ambos secaban algunos dientes de ratón al sol.
—Podría, pero si me mordieras, sería incapaz de volver a mi forma original.
A medida que el tiempo transcurría, ambos se encariñaban más. La criatura le contó que había vivido sola, en esa casa, mucho tiempo antes que Clementina y sus papás se mudaran. Como los seres humanos le causaban temor, se conformó con transformarse en un frasco de salsa y vivir, inmóvil, dentro de la alacena. La mamá de Clementina nunca cocinaba con salsa, así que jamás se fijó en ese frasco, que se perdió detrás de otras latas de conservas. Mamá solía utilizar la mayonesa, la mostaza y los pepinillos, pero nunca estiraba la mano hasta el fondo de la
alacena, donde el mutante contemplaba el transcurrir de los días. Pero sucedió que un día la madre de Clementina decidió limpiar la alacena, porque había demasiados ratones en casa. Cuando encontró el viejo frasco de salsa, lo echó en la basura.
En medio de los desperdicios, el mutante decidió convertirse en ratón y escapar. Sin embargo, al salir de la cocina y explorar el resto de la casa, se encontró con Clementina y su escoba.
—¿Matar a Pepe? ¿Y quién es Pepe?— le preguntó el mutante a su amiga. Como la cosa tenía los ojos saltones, pareciera que la propuesta le hubiera sorprendido, pero en realidad había hablado con indiferencia.
—Pepe es el novio de mamá, un cocinero con quien ha estado saliendo desde que murió mi papá. El mutante escuchó con atención el plan de la chiquilla. Era muy sencillo. Simplemente debía esperar a Pepe un jueves por la noche, a las afueras de la casa.
—Al menso le fascinan los cachorritos. Tiene más de ocho en su casa. Si te conviertes en uno, no resistirá la tentación de llevarte con él. Cuando estén en su casa, transfórmate en un monstruo grande y cómetelo—dijo Clementina.
—¿Y porqué lo quieres muerto?—inquirió el mutante.
La niña frunció el ceño, como lo hacía siempre que la invadía la rabia.
—Porqué mamá se quiere casar con él. Ya hasta me obliga a que lo llame “papá”.
Llegó el jueves y el mutante se convirtió en piedra de jardín. Ahí esperaría a que Pepe saliera de casa de Clementina, era el día en que la mamá de la niña y él veían películas en la sala. Cuando la niña le avisara que Pepe se iba, la criatura se convertiría en un cachorrito.
Los adultos permanecían sentados en el sillón, Pepe con el brazo derecho por encima del hombro de mamá. Clementina los observaba desde el pasillo. En su imaginación, pensó cómo se vería el novio de mamá con la cabeza dentro de la boca de un monstruo.
Tal vez el mutante podría colgar el cadáver de Pepe del techo de su casa, igual que los ratones muertos con los que a ella le gustaba jugar.
—¡Clementina! —le gritó la mujer, un par de horas después —¡Ven a decirle adiós a papá!
La niña bajó la escaleras emocionada. Era la primera vez que no le molestaba despedirse de Pepe, porque imaginaba que sería la última.
—Hija, necesitamos hablar contigo— dijo su mamá.
Pepe le puso un dedo en los labios.
—No, mejor lo hacemos mañana, durante la cena. Adiós, Cleme...
—¿Vendrás a cenar mañana...? –preguntó la niña. Volteó a ver su mamá, que la reprendió silenciosamente y repitió —¿Vendrás a cenar... papa?
—No sólo eso. Esta vez yo traeré la cena.
Los adultos se despidieron en la puerta, con un beso. Desde la ventana, la niña pudo observar una diminuta cosa peluda se acercaba a los pies del novio de su madre. Él la miraba con ternura y la levantaba. Ambos se alejaron en su auto.
Al otro día, Clementina esperó con impaciencia a que Pepe llegara. Mamá se había arreglado como pocas veces.
Al fin, el auto se estacionó delante de la casa.
—Hola, mi amor —le dijo mamá, desde la cocina a Pepe, que entró con una bandeja cubierta entre las manos. Clementina no cabía en su asombro. ¿Dónde estaba su amigo, el mutante? ¿Había fallado en su intento por matar a Pepe? ¿O quizás la había engañado y nunca más
volvería a casa?
Sentados frente a la mesa, Pepe destapó el guisado que había traido y le sirvió una buena porción a la niña.
—Clementina —dijo mamá —hoy tenemos dos sorpresas para ti.
La niña estaba furiosa. Había confiado en el mutante y él la había decepcionado.
—¡La primera es que no te imaginas qué es lo que cenaremos hoy! — gritó Pepe.
Mamá volteó a ver a su novio, entusiasmada, y le arrebató la palabra:
—Pepe nos preparó su receta secreta de carne de perro.
Clementina se incorporó de la mesa de un salto y con los ojos bañados en lágrimas, comentó a manotear.
—¡Lo mataste, maldito! ¡No debías romperlo! —gritaba con su voz chillona de niña.
Mamá arrojó su servilleta sobre la mesa y reprendió a su hija:
—¡Clementina, cálmate, con una chingada! ¡La carne esta deshebrada, ni siquiera podrías reconocer la forma!—cerró el puño y amenazó a su hija.
Pepe se acercó a la niña. Le hizo una seña a mamá para que se tranquilizada y le pidió, con toda calma.
—Mi amor, déjanos solos un minuto. Yo le explicaré. La mujer salió del comedor y se dirigió a la cocina.
Clementina gimoteaba.
—Lo mataste... lo mataste.
Pepe intentó ponerle una mano en el hombro, pero ella se resistió.
—En muchos países comen carne de perro, no tiene nada de malo, escúchame... es casi lo mismo que haces tú con los ratones.
Clementina volteó a ver a Pepe, extrañada.
—Será mejor que llamemos a tu mamá y te termines todo el plato. Créeme, te va a encantar y en mi casa ha sobrado mucha carne.
En los ojos de Pepe destelló un resplandor de color ámbar.
—Entonces... —dijo Clementina, mientras sus boca poco a poco recuperaba la acostumbrada sonrisa — ¿esto que nos vamos a comer es un perro?
Pepe le sonrió:
—El peor de todos.
Media hora más tarde, los tres cenaban animosamente.
—¿Y bien, Cleme, te gustó el guiso que preparó papá?
La niña movió la cabeza de arriba abajo.
—Bien —intervino de nuevo la mujer — la segunda sorpresa es que Pepe y yo hemos decidido casarnos. Clementina miró al novio de su mamá. Ambos intercambiaron un guiño de ojos.
—¡Excelente! —gritó la niña.
La madre suspiró, satisfecha.
—Me da gusto que lo tomes tan bien. Bueno, voy por el postre.
Pepe le susurró a la niña.
—¿Qué dices? ¿Jugamos con ratones muertos después de cenar?
Desde la cocina, mamá escuchó sus carcajadas.
NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE





