martes, marzo 27, 2007

Jugar con ratones muertos

Me siento un poco mal, he estado soñando despierto con fantasmas... por eso mejor un cuento divertido.

A Clementina le gustaba jugar con ratones muertos, porque en su casa había muchos rondando por ahí. Papá le enseñó a matarlos y jugar con ellos, antes de partir.
La niña extirpaba los dientes a los roedores y los introducía en un vaso con alcohol. Después de tres días, los secaba al sol para confeccionarse un collar.
Otras veces, simplemente colgaba a los ratones muertos por la cola, como adornos en su casa de muñecas.
Cuando los animales se llenaban de moscas, Clementina sabía que el juego había terminado, echaba los ratones a la basura e iba en busca de nuevos juguetes.
Una tarde, la niña capturó uno especial. El ratón tenía el pelaje tan suave, que se le figuró un algodón gris de azúcar.
Aunque lo quiso moler a escobazos, como siempre, cuando lo levantó del piso el animal seguía con vida.
Entonces Clementina lo envolvió en una mantita y lo colocó dentro de su caja musical descompuesta. Puso una hogaza de pan a un costado y se fue a dormir.
Al despertar, Clementina se levantó muy hambrienta.
Había soñado con caramelos, pero sabía que mamá no la dejaba destapar una paleta sin que antes desayunara correctamente.
Así que bajó a comer, y cuando regresó a su cuarto, estaba dispuesta a chupetear hasta cansarse la paleta de limón que llevaba en el bolsillo. De sólo pensarlo, comenzó a relamerse los labios.
Pero se acordó de su ratón y abandonó la paleta sobre su cama.
Clementina quitó la tapa la caja musical descompuesta y no encontró al animal. En su lugar había una hermosa muñequita de trapo con las mejillas pintadas de rosa.
Tenía un vestido de encajes. La hogaza de pan estaba intacta.
La niña sintió repulsión del juguete. Lo lanzó con todas sus fuerzas contra la puerta del clóset. La muñeca derribó la pirámide de naipes que a Clementina le había tomado dos semanas construir. Clementina se acercó, furiosa, sólo para descubrir que la muñeca ya no existía. En su lugar, una criatura informe, con ojos saltones color ámbar, se sobaba lo
que parecía ser su nuca.
La niña no se asustó. Definitivamente le parecía más enternecedora aquella cosa, con todo y que babeaba una sustancia verde, a la espantosa muñeca que le recordaba los obsequios de Pepe.
Quiso tomarla con las manos, pero la criatura se lo impidió.
—No me toques, niña.
Clementina frunció el seño.
—¿Quién eres?— le preguntó.
La criatura se incorporó, apoyándose en dos patas gelatinosas y empezó a explicarle a Clementina todo un verbo aburridísimo sobre universos paralelos y viajes entre dimensiones.
Al fin, la niña bostezó y le respondió, con indiferencia:
—Bah… eres un mutante.

Desde esa mañana, el mutante se convirtió en el mejor amigo de Clementina. Solía convertirse en ratonera y así, le ayudaba a capturar sus juguetes favoritos.
Cuando la niña deseaba ver la televisión y no encontraba el control remoto, la criatura se convertía en uno y Clementina cambiaba de canal sin problemas, o
subía y bajaba el volumen a placer.
En otra ocasión, cuando ella no hizo la tarea porque había salido a jugar con la lluvia, el mutante se convirtió en un cuaderno de ejercicios de matemáticas resuelto. Cuando la maestra se lo devolvió, felicitó a Clementina por la exactitud con que había calculado la tarea.
No existía cosa alguna en la que el mutante no pudiera transformarse, desde un libro de cuentos, hasta un cerdo que podía correr con ella en el jardín.
—¿Puedes transformarte en pastel?— le preguntó un día
Clementina, mientras ambos secaban algunos dientes de ratón al sol.
—Podría, pero si me mordieras, sería incapaz de volver a mi forma original.
A medida que el tiempo transcurría, ambos se encariñaban más. La criatura le contó que había vivido sola, en esa casa, mucho tiempo antes que Clementina y sus papás se mudaran. Como los seres humanos le causaban temor, se conformó con transformarse en un frasco de salsa y vivir, inmóvil, dentro de la alacena. La mamá de Clementina nunca cocinaba con salsa, así que jamás se fijó en ese frasco, que se perdió detrás de otras latas de conservas. Mamá solía utilizar la mayonesa, la mostaza y los pepinillos, pero nunca estiraba la mano hasta el fondo de la
alacena, donde el mutante contemplaba el transcurrir de los días. Pero sucedió que un día la madre de Clementina decidió limpiar la alacena, porque había demasiados ratones en casa. Cuando encontró el viejo frasco de salsa, lo echó en la basura.
En medio de los desperdicios, el mutante decidió convertirse en ratón y escapar. Sin embargo, al salir de la cocina y explorar el resto de la casa, se encontró con Clementina y su escoba.

—¿Matar a Pepe? ¿Y quién es Pepe?— le preguntó el mutante a su amiga. Como la cosa tenía los ojos saltones, pareciera que la propuesta le hubiera sorprendido, pero en realidad había hablado con indiferencia.
—Pepe es el novio de mamá, un cocinero con quien ha estado saliendo desde que murió mi papá. El mutante escuchó con atención el plan de la chiquilla. Era muy sencillo. Simplemente debía esperar a Pepe un jueves por la noche, a las afueras de la casa.
—Al menso le fascinan los cachorritos. Tiene más de ocho en su casa. Si te conviertes en uno, no resistirá la tentación de llevarte con él. Cuando estén en su casa, transfórmate en un monstruo grande y cómetelo—dijo Clementina.
—¿Y porqué lo quieres muerto?—inquirió el mutante.
La niña frunció el ceño, como lo hacía siempre que la invadía la rabia.
—Porqué mamá se quiere casar con él. Ya hasta me obliga a que lo llame “papá”.
Llegó el jueves y el mutante se convirtió en piedra de jardín. Ahí esperaría a que Pepe saliera de casa de Clementina, era el día en que la mamá de la niña y él veían películas en la sala. Cuando la niña le avisara que Pepe se iba, la criatura se convertiría en un cachorrito.
Los adultos permanecían sentados en el sillón, Pepe con el brazo derecho por encima del hombro de mamá. Clementina los observaba desde el pasillo. En su imaginación, pensó cómo se vería el novio de mamá con la cabeza dentro de la boca de un monstruo.
Tal vez el mutante podría colgar el cadáver de Pepe del techo de su casa, igual que los ratones muertos con los que a ella le gustaba jugar.
—¡Clementina! —le gritó la mujer, un par de horas después —¡Ven a decirle adiós a papá!
La niña bajó la escaleras emocionada. Era la primera vez que no le molestaba despedirse de Pepe, porque imaginaba que sería la última.
—Hija, necesitamos hablar contigo— dijo su mamá.
Pepe le puso un dedo en los labios.
—No, mejor lo hacemos mañana, durante la cena. Adiós, Cleme...
—¿Vendrás a cenar mañana...? –preguntó la niña. Volteó a ver su mamá, que la reprendió silenciosamente y repitió —¿Vendrás a cenar... papa?
—No sólo eso. Esta vez yo traeré la cena.
Los adultos se despidieron en la puerta, con un beso. Desde la ventana, la niña pudo observar una diminuta cosa peluda se acercaba a los pies del novio de su madre. Él la miraba con ternura y la levantaba. Ambos se alejaron en su auto.
Al otro día, Clementina esperó con impaciencia a que Pepe llegara. Mamá se había arreglado como pocas veces.
Al fin, el auto se estacionó delante de la casa.
—Hola, mi amor —le dijo mamá, desde la cocina a Pepe, que entró con una bandeja cubierta entre las manos. Clementina no cabía en su asombro. ¿Dónde estaba su amigo, el mutante? ¿Había fallado en su intento por matar a Pepe? ¿O quizás la había engañado y nunca más
volvería a casa?
Sentados frente a la mesa, Pepe destapó el guisado que había traido y le sirvió una buena porción a la niña.
—Clementina —dijo mamá —hoy tenemos dos sorpresas para ti.
La niña estaba furiosa. Había confiado en el mutante y él la había decepcionado.
—¡La primera es que no te imaginas qué es lo que cenaremos hoy! — gritó Pepe.
Mamá volteó a ver a su novio, entusiasmada, y le arrebató la palabra:
—Pepe nos preparó su receta secreta de carne de perro.
Clementina se incorporó de la mesa de un salto y con los ojos bañados en lágrimas, comentó a manotear.
—¡Lo mataste, maldito! ¡No debías romperlo! —gritaba con su voz chillona de niña.
Mamá arrojó su servilleta sobre la mesa y reprendió a su hija:
—¡Clementina, cálmate, con una chingada! ¡La carne esta deshebrada, ni siquiera podrías reconocer la forma!—cerró el puño y amenazó a su hija.
Pepe se acercó a la niña. Le hizo una seña a mamá para que se tranquilizada y le pidió, con toda calma.
—Mi amor, déjanos solos un minuto. Yo le explicaré. La mujer salió del comedor y se dirigió a la cocina.
Clementina gimoteaba.
—Lo mataste... lo mataste.
Pepe intentó ponerle una mano en el hombro, pero ella se resistió.
—En muchos países comen carne de perro, no tiene nada de malo, escúchame... es casi lo mismo que haces tú con los ratones.
Clementina volteó a ver a Pepe, extrañada.
—Será mejor que llamemos a tu mamá y te termines todo el plato. Créeme, te va a encantar y en mi casa ha sobrado mucha carne.
En los ojos de Pepe destelló un resplandor de color ámbar.
—Entonces... —dijo Clementina, mientras sus boca poco a poco recuperaba la acostumbrada sonrisa — ¿esto que nos vamos a comer es un perro?
Pepe le sonrió:
—El peor de todos.
Media hora más tarde, los tres cenaban animosamente.
—¿Y bien, Cleme, te gustó el guiso que preparó papá?
La niña movió la cabeza de arriba abajo.
—Bien —intervino de nuevo la mujer — la segunda sorpresa es que Pepe y yo hemos decidido casarnos. Clementina miró al novio de su mamá. Ambos intercambiaron un guiño de ojos.
—¡Excelente! —gritó la niña.
La madre suspiró, satisfecha.
—Me da gusto que lo tomes tan bien. Bueno, voy por el postre.
Pepe le susurró a la niña.
—¿Qué dices? ¿Jugamos con ratones muertos después de cenar?
Desde la cocina, mamá escuchó sus carcajadas.

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sábado, marzo 24, 2007

Crónica en Las Vegas

Resulta que fui un par de días esta semana y he aquí una crónica de lo que sucedió...


Soy un Homo Consumis
Me pasó igual que con mi primera relación sexual, mi primer cerveza o la primera vez que fumé marihuana.
Primero dije terminantemente que no.
Cinco minutos después sugerí que tal vez.
Al final accedí, nervioso.
Y ahora, puedo decir que me gusta mucho ir de compras… tanto como fumar mota, beber cerveza y hacer el amor.
Aterrizamos en Las Vegas alrededor de las once de la mañana. A las doce, ya estábamos en la recepción del Hotel El Río y a las doce y media, en un taxi camino a un Centro Comercial.
—¿Entonces tú no vas a comprar nada?— me repitió por enésima vez Gabriela, la reportera de Milenio.
Con la determinación de un monje que ha decidido mantenerse célibe hasta que los gusanos se lo coman por dentro, respondí tajante: “No, la verdad es que me aburre ir de compras. Los acompaño porque quiero salir del hotel”.
Mientras avanzábamos sobre Las Vegas Boulevard, admiré de cerca los casinos de los que tanto había escuchado: El Bellagio, donde Luis Miguel suele apostar con fichas de 100 mil dólares y en cuyo exterior tiene lugar el espectáculo de las fuentes danzantes; el Excálibur, con su decoración como castillo medieval; El Venecia, con sus canales artificiales y sus góndolas italianas donde cientos de anillos de compromiso son entregados en cada vuelta.
Las Vegas Outlet es un centro comercial ubicado a unos diez minutos de la zona de casinos. Ahí nos dejó el taxi y el resto de los reporteros, salivando como hienas, con las tarjetas de crédito ya en la mano, como si cortaran cartucho a un AK47, salieron de la camioneta en dirección a las tiendas. Maruchan, de Metro, y yo esperamos un poco para sumergirnos en el Palacio del Consumo.
Comenzamos a caminar despreocupadamente por los pasillos y sin querer nos metimos en una tienda. Hasta ese momento todo lo que había visto me parecía aburrido y ajeno. Sin duda, una chamarra Dolce & Gabbana de 500 dólares no era una de mis prioridades en la vida… todavía no.
Pero entonces la vi. Debo reconocer que sentí mariposas en el estómago y un cosquilleo en la espina dorsal. Las manos me sudaron.
Sentí que debía ser mía, que mi piel se secaría como la de una momia si no probaba su tacto en ese mismo instante. Así que, como un loco, la arranque del sitio donde estaba y la metí en el probador, sin darle tiempo a reaccionar. La tiré a un costado, me empecé a desnudar y la tomé por la fuerza.
Cuando me vi en el espejo, ella ya era parte de mí.
Lo malo fue que, como buen casanova, no me conformé con esa primera conquista. Así, además de la camiseta con estampado de dragones, me llevé un par de tenis negros, un pantalón estilo camuflage y un cinturón de estoperoles.
Para entonces, ni Maruchan, ni Gabriela, ni Pablo, ni Verónica estaban a la vista, así que decidí salir a buscarlos. Llevaba las bolsas con las nuevas prendas y una extraña, pero agradable, comezón en las manos. Ahora era formalmente un yonki del shoping, y bajo los efectos de la compulsión por comprar, experimenté aquella sensación de tener el mundo a mis pies con el poder de mi firma. El cielo también puede ganarse a meses sin intereses.
Era algo parecido a la borrachera, al efecto de la cannabis o al exquisito sopor que te invade después de tener un orgasmo. Era un subidón de compras.
Lo más chistoso sucedió en una tienda de corte gótico donde intenté adquirir un corsé para Llely. Por más que quise recordar qué talla de brassiere era, no podía, así que palpé uno a uno las prendas, invocando con los ojos cerrados aquella que le viniera bien a mi novia.
Fue entonces que se acercó la vendedora, un poco extrañada y me dijo:
—¿Are you looking for something?
Apenado, le expliqué que no era ningún pervertido. Simplemente deseaba llevar un corsé, pero como la memoria me fallaba, quería comparar las tallas a fuerza de colocarles la mano. Mi historia pareció no convencerle, así que emprendí la retirada de la tienda.
Lástima, porque había una camiseta de Los Ramones que sencillamente no tenía madre.
Cuando me encontré con mis compañeros, ya todos habíamos devuelto varios dólares a la voraz boca del Tío Sam. Ya lo dijo Jescristo: al César lo que es del César.
Regresamos al hotel con nuestro cargamento y fuimos a trabajar, a realizar la cobertura que nos llevó a La Ciudad del Pecado.
Por la noche, salimos a caminar. Los mismos casinos, que por la mañana lucían medio muertos igual que dragones adormilados, habían tomado vida. La luz brotaba de cada uno con gran intensidad, como si quisieran extender sus haces de luz hasta la galaxia misma.
La gente iba y venía. Clones de James Bond, con martinis secos en las diestras y rubias voluptuosas en las siniestras, se recargaban en las mesas de Black Jack. Las maquinitas luminosas conformaban una orquesta tintineante donde las monedas funcionaban como un coro de ángeles metálicos recordándonos que el dinero debe permanecer en perpetuo movimiento, de mano en mano, de apuesta en apuesta y de compra en compra, porque de quedarse estático corre el riesgo de ahorrarse. Economizar, en Las Vegas, es pudrirse.
Era de madrugada.
La ciudad vivía, alimentada por las risas, la diversión y el culto desmedido a la opulencia.
Pensé que sería interesante regresar algún día y que un imitador de Elvis fungiera como ministro en mi boda con Llely.
Al regresar al hotel, mientras subía en el elevador hasta mi habitación me atacó la misma cruda que aparece después de probar otras adicciones.
Diablos, no debí firmar ese último baucher.


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viernes, marzo 23, 2007

El billete arrugado



Pues fueron varias casualidades: estuve en Las Vegas hasta ayer y entre muchos dólares que se consumían en las ruletas de los casinos, además el cuento pasado igualmente hablaba de putas, y luego Anónimo (sorry!) me reclamó (con justicia) que hace mucho no actualizaba el blog. Por todas estas razones desentierro este cuento, algo así como mi tributo a Juan Rulfo, y un experimento con narrador femenino realizado uno o dos años atrás...

El billete arrugado

Cada hombre huele distinto, pero el gringo huele a todos los hombres del mundo revueltos con ron.
Está encima de mí.
Debe pesar más de ochenta kilos, supongo, y da unos caderazos bruscos, desesperados, como si con cada arremetida quisiera sacarme el alma del cuerpo.
Le dije, como a los demás, que no lo besaría en la boca y él estuvo de acuerdo. Aunque puedo jurar que si no se lo hubiera advertido, de todos modos nunca habría buscado mis labios. No le interesan.
En lugar de eso, el gringo se conforma con recargar su cabeza en mi costado, de manera que su boca se anida a la altura de mi oreja izquierda. Ahí recojo su respiración entrecortada y alitosa. No dice palabras, se limita a gruñir.
Cuando comencé a coger con los gringos de la mina, no podía disimular mi asco; con el tiempo me fui acostumbrando y ahora no puedo negar que me son indiferentes. Pero al principio, me aburría mucho y prefería pensar en algo chistoso. Con este tipo tirado sobre mí, me imagino que soy una enfermera a quien le ha caído encima el cuerpo de un soldado moribundo en medio del campo de batalla. Su verga está tiesa, porque se está asfixiando debido a que le cortaron la garganta con una bayoneta. Como la explosión de las bombas nos ha desgarrado la ropa, sin querer me ha penetrado y las violentas convulsiones que lo acercan a la muerte, lo obligan a violarme mientras se muere.
Gran historia.
Todos los hombres del mundo son como niños. El gringo, con todo y su cabello color cerveza, los ojos grises, sus músculos pegajosos por el sudor y el carbón que los cubre y la forma brusca de coger que tiene, tampoco dejó atrás la infancia. Ha de tener sesenta años por fuera, pero lo mucho cinco por fuera. Me embiste como si tuviera que demostrar su superioridad. Como si jugáramos luchitas.
Fue sencillo traerlo a mi casa, igual que antes lo hice con otros. Fácil resultó también abrirle mis piernas y permitir que mi cuerpo engullera su miembro pálido. Así, sin complicaciones, se irá dentro de un rato y me dejará un billete arrugado, seguramente uno de 10 dólares, para que lo recuerde, hasta que me lo gaste.
Mientras el gringo se mueve dentro de mí, volteé a mirarnos en el espejo que tengo a un costado de la cama. Él parece un enorme gusano blanco, una sanguijuela que descansa sobre una roca de color negro, es decir, sobre mí. Siempre pienso en animales cuando estoy cogiendo. Quizá por eso me figuré que mi vello público tragaría al gringo, igual que una tarántula a un mosco pálido, cuando él me lamió la vulva.
No lo hacía nada mal, por cierto, como tampoco me molestó que me mordiera los pezones.
Repentinamente, empiezo a sentir el cosquilleo eléctrico previo a un orgasmo cuando el gringo ya se vino.
Fin.
Los hombres siempre se sienten culpables por su propio placer, lo de menos es si son casados o solteros, si están cogiendo con su novia o con una puta. No importa cuán orgullosos y calientes entren a tu cuarto, siempre se paran de la cama después de venirse y se visten a prisa mientras el pito les cuelga como un murciélago muerto. A veces te miran con odio, aunque en el fondo se están muriendo de vergüenza. Después, huyen como si el piso les quemara los pies.
El gringo no. Eyaculó y se quedó en silencio. Tampoco me dice nada cinco minutos después, simplemente se queda encima de mí, con la boca pegada a mi oreja.
Cuando se retira, tampoco habla.
Ni siquiera lo hizo cuando lo encontré afuera de la cantina. Sólo se agachó para recoger las naranjas que se me habían caído, adrede, de la canasta. Le dije “thank you”, pero él no respondió. Comenzó a caminar a mi lado hasta que llegamos a mi casa.
Ni siquiera cuando fui yo la que lo complació con la boca, mientras él permanecía sentado en la orilla de la cama, dejó que alguna palabra se escapara de entre sus resecos labios.
No puedo negar que me pone triste ver cómo se retira, encorvado como un zopilote. Tenía los dientes muy blancos, aunque barnizados de ron y su sonrisa permanecen en mi memoria igual que la sonrisa de un fantasma.
No es su semen, que ahora anida en mi vagina, lo que me molesta, sino el olor a todos los hombres del mundo que el hijo de puta dejó en mis sábanas. Después de él, no creo poder cogerme a otro en un buen rato.
Cuando Cipriano entra por la puerta, trae puesta la mueca torcida que sólo le he visto tres veces en su vida. La tenía la primera vez que me acosté con él.
Viene borracho. Yo estoy limpiando tres puños de arroz para echarlos a hervir cuando él se coloca detrás de mí.
—¡Nos los cogimos!— grita. Me da la vuelta con sus manos enormes y gastadas. Al observar su rostro, reconozco la mirada de niño que Cipriano pone cuando uno de sus deseos se vuelve realidad —¡Nos los cogimos!
Se refiere a los gringos.
—Se acabó la huelga y seguro, también las hambres. Volvemos a la mina y esos güeyes, a su país.
Pero yo sé que ha venido por algo más que a informarme, así que me meto la mano en la bolsa del delantal y le entrego el billete arrugado que el gringo dejó sobre el buró.
—Es la última vez, te lo prometo—me dice, con la voz entorpecida por el alcohol —Ahora sí voy a dejar el trago y te voy a comprar un vestido, otra cama... Nos los cogimos.
Yo lo miro con ternura. Le coloco un dedo en la boca.
—Sí, es la última vez.


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miércoles, marzo 14, 2007

La Mujer Alacrán



"Entonces descubrí el nombre de esta vampira que me sacó el semen y el alma: era la Mujer Alacrán, la que me había envenenado irremediablemente con su cola..."

Podría decir que las putas no tienen corazón y estaría en lo correcto. Carecen de él, igual que los ángeles, y que conste que los ángeles son los seres más buenos. Entonces diría que las putas son ángeles sin alas, pero en realidad sí cuentan con ellas, sólo que son invisibles.
La puta que duerme en mi cama en estos momentos tampoco tiene alas y seguramente dentro de su cuerpo no late un corazón. Pero no cabe duda que es la puta más buena del mundo.
Me transportó a sitios fantásticos desde el momento en que subió a mi coche. Me siento todavía bajo sus efectos, como si esta mujer de cabello negro fuese una droga. Lo malo es que cuando amanezca y la puta salga por esa puerta, seguramente tendré una cruda insoportable. Volveré a sentirme como la colilla desgraciada que queda en el cenicero después de una noche de juerga. La colilla a medio fumar, la única que está medio muerta, condenada a agonizar eternamente, en medio de un montón de sus hermanos que sí encontraron descanso al consumirse.
Yo soy el cigarro que nadie termina de fumar.
Enciendo uno, acorde con mis reflexiones, y me recuesto a un lado de la mujer. La espalda de la puta es velludita. Un césped de finos pelitos pálidos la adorna y resulta sencillamente hermoso cómo brillan bajo el foco de este cuarto de hotel. Me dan ganas de pasarle la mano y acariciarla, pero quizá una acción tan inocente pudiera elevar sus honorarios.
Es curioso. Hace media hora me desgañité llamando perra a la puta.
Perra. Perra. Perra.
Esa palabra tiene una acústica especial porque estoy seguro que cuando mi boca la expelía, igual que un conjuro, el sonido se metía por los oídos de la puta y como un virus se incorporaba a su corriente sanguínea hasta que muy cerca del ombligo se convertía en un insecto que se trasladaba lentamente hasta su clítoris, con sus patitas haciéndole cosquillas y al mismo tiempo lastimándola lo suficiente para producirle placer. Una vez ahí, seguramente la palabra perra volvía a transformarse, esta vez en una lengua que comenzaba a besar ese delicado apéndice de piel de la puta, hasta hacerlo estallar.
Perra. Tan sencillo como dos sílabas y cinco letras. Perra y era suficiente para que la vagina de la puta ardiera igual que el cráter de un volcán.
Pero al llamarla perra ese mismo efecto sucedía en mi cuerpo. Mientras más fuerte lo gritara y al mismo tiempo le hundiera a ella mi verga petrificada en medio de las nalgas, el sonido, el significado y el significante de perra se balanceaban en mis testículos como un reducto de energía, igual que si la energía fuera una bola de fuego y una pequeña chispa se quedara pasándose por mis huevos.
Pero me vale madre si me quita incluso los huevos, bajo la mano y le acaricio la espalda. La puta se sobresalta, pero inmediatamente concilia el sueño otra vez. Yo me empiezo a masturbar medio sentado en la cama, junto a mi puta.
La recogí no por ser la más buena, aunque su cuerpo me hace desear que todo el semen que produzco escape en una descarga mortífera. En realidad fue una mezcla de muchas cosas: sus nalgas redondas que por el solo hecho de existir invitan a los hombres a penetrarlas; los senos, cuyos pezones de loba son la fuente misma de donde abrevaron Rómulo y Remo, los labios que prometen arrancarte la verga si osas meterla en el agujero negro que forman cuando pronuncian tu nombre y la línea negra que se dibuja en las orillas, con la determinación de una guerrera apache decidida a dejar decenas de cowboys exánimes encima de sus sábanas.
—¿Y cómo te llamas?— le pregunté.
Pensé que me diría lo mismo que el resto de las putas:
—¿Cómo quieres que me llame?
Pero en lugar de eso, me respondió mientras me obsequiaba la única sonrisa que me daría esta noche:
—Cuando me vaya, tú me vas a decir cómo me llamo.
Antes de llegar al hotel, le ofrecí pasar a un Oxxo a comprar cervezas y quizá algo de comer. No sólo aceptó, sino que una vez en la tienda me dijo que también le trajera chocolates.
Una vez dentro del cuarto comprendí que además de darle dinero por permitirme utilizar su carne, esta puta deseaba algo más de mí. Sus reglas eran muy claras: yo debía guardar silencio, nunca tomar la iniciativa a menos que ella así lo decidiera y además, tenerla bien provista de cigarros, cerveza, mota y sus amados chocolates Ferrero Roché.
Una hora después ella se las había ingeniado para desnudarme, mientras que la puta a lo mucho se había quitado los zapatos. Me hizo que me paseara enfrente de ella para poder mirarme la verga desde todos los ángulos posibles.
Al fin, me ordenó que me pusiera delante, de pie, mientras ella sentada en la cama bajó una de sus manos y con la pericia de un cirujano la dejó que se perdiera entre su falda levantada, sus calzones ladeados y el vello púbico, que al mismo tiempo era público.
Como yo no me tenía permitido hablar, me concentré en cerrar los ojos y respirar profundamente. Encontré lo que estaba buscando: el olor penetrante de sus jugos vaginales llenando el ambiente de una niebla similar a la que forman los pulpos cuando expulsan su tinta.
La puta me estaba masturbando. Me sujetaba la verga con la mano derecha mientras ella se acariciaba el clítoris con la izquierda.
Sentía sus dedos firmes, sus garras de halcón bien prensadas de una presa amoratada que con cada violenta caricia se hinchaba más. Repentinamente retiró la mano y se la llevó a la boca para ensalivársela. Sacó la lengua y como una gata blanca se lubricó la mano para después bajarla y continuar agarrándomela. Si con la palma seca me hizo sentir que iba a eyacular, el placer que experimenté con la verga completamente barnizada de su saliva revuelta con chocolate casi me obliga a doblarme hacia atrás. Entonces se dejó de acariciar a sí misma y me comenzó a masajear los testículos. Tenía todo mi paquete genital a su entera disposición.
—Qué rica la tienes… ¿Cómo quieres cogerme?
Yo estaba a punto de decirle que de todas las maneras posibles, que como en aquel cuento del Marqués de Sade estaba dispuesto a hacerle agujeros nuevos con un bisturí para metérsela por ellos, cuando fue ella quien, sin soltarme la verga henchida y palpitante, se abrió de piernas y se recostó para que me zambullera en su interior.
Mi verga actuó como un cohete saliendo de la atmósfera. Cuando la penetré, sentí que le rompí pliegues de carne, pues ella no estaba lo suficiente mojada pero al internarme entre su cuerpo, sentí que era rociado por todas partes por un lubricante que me invitaba a ir más adentro, a lo oscuro, a lo desconocido. Incluso sentí un tope y entonces la taladré con fuerza mientras inútilmente buscaba su boca, para besarla.
Se rehusaba e imaginé que era de esas putas que no besan en los labios.
Pero fue ella quien me metió la lengua en la boca. Me penetraba en la boca con la misma violencia que yo lo hacía en medio de sus piernas.
Igualmente impredecible que la primera vez, me sacó de ella. Me tomó de la nuca y me hundió la cabeza en medio de sus piernas. Su vulva estaba caliente, casi tanto como una brasa.
El sabor de esos jugos era picante, agridulce y al mismo tiempo exquisito.
Los jugos de su vagina eran la saliva del Diablo.
Los paladeé con la gula de un cerdo muerto de hambre. Me llené la barba de sus jugos, la boca, la lengua y seguro me chorreaban hasta el pecho.
Otra vez de pie, fue ella quien se dedicó a recorrer la torre de mi verga con su lengua. Me la chupó con la maestría de puta que destilaba por los ojos desde que la vi parada en la calle. La succionaba con tanta fuerza que pensé que en cualquier momento me la iba a arrancar.
Entonces comprendí que todo aquello no era sino la preparación de un sacrificio, de una muerte, la mía.
Se apoyó en sus rodillas sobre la cama y me ofreció sus nalgas, majestuosas masas de carne en las que iba a encontrar a Dios. Al hacerlo, aprecié su vagina como una boca dentada hambrienta por una verga que la atravesara. Su ano me guiñaba igual que un ojo, prometiéndome que también podría disfrutarlo con uno de mis dedos.
Me acordé de Apocalypto, cuando los prisioneros son pintados de azul y colocados sobre la piedra letal.
Me acerqué y se la hundí de un golpe. Su cuerpo se estremeció. Los vellos de su espalda se pararon como las espigas de un campo de trigo. Mientras se la enterraba, la puta comenzó a azotarse contra mí, al punto de que me dolían los huevos de recibir sus embates. Los dos gritábamos poseídos de lujuria. Yo la rasguñaba por las caderas y me empujaba más adentro. Tenía ganas de lastimarla, de matarla. Su vagina se apretó hasta que me dolió la verga. Sus jugos hervían como aceite. Por dentro, el cuerpo de la puta tenía una mano de carne rosada que me masturbaba con la misma maestría. Nuestros gemidos eran estertores de agonía.
Eyaculé al mismo tiempo que ella se vino.
Yo rugía como un animal.
Ella gritaba y sus agudos lastimaban los oídos.
Le grité perra hasta que no me quedó aire en los pulmones.
Entonces descubrí el nombre de esta vampira que me sacó el semen y el alma: era la Mujer Alacrán, la que me había envenenado irremediablemente con su cola.
Y yo que imaginé que mi aguijón se había clavado en ella.
Era puta y era ángel.
Tiene alas y son invisibles, pero mientras le acaricio la espalda estoy seguro que las alas están ahí. Son invisibles.
Tumbada en la cama, dormida, se ve tan indefensa. Sería tan sencillo asfixiarla con la almohada y curarme. No volvería a envenenar a nadie más y yo le haría un bien a todos los hombres del mundo. Sería un héroe.
Pero el veneno de una puta, de una perra no se muere con ella. Entonces dejo de acariciarla y me levanto de la cama. Doy tres pasos desnudo y me despido de sus nalgas.
Hay que mostrar respeto al enemigo que nos venció.
Realizaré la última penetración de mi vida, me digo. Pienso en la vagina de la Mujer Alacrán mientras me lanzo con todas mis fuerzas contra la ventana del cuarto.

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viernes, marzo 09, 2007

Luna, muéstrame tu lado oscuro



¿Alguien acudió al llamado de Roger Waters?

Hasta la Luna ocultó su rostro brillante para permitir que se le rindiera

tributo, e incluso las estrellas titilaron al compás de los sombríos acordes
ejecutados por el bajo de Roger Waters.
Las nueve fue el plazo que marcó el fin de la espera. Sobrio, muy
británico y completamente vestido igual que la noche, Roger permitió que sus
“aguas” brotaran en un chorro majestuoso y bautizarán los oídos de 55 mil
adeptos que se dejaron agredir con In the flesh.
Las 55 mil bocas se abrieron para expeler un grito homogéneo, cuando el ex
integrante de Pink Floyd derramó galones de tristeza que en los versos de
Mother filtrados a través del sonido cuadrafónico, se convirtieron en una
cascada de alegría.
Set the controls for the heart of the sun mantuvo las puertas de la percepción bien abiertas y
Shine on you crazy diamond tocó los pliegues mas íntimos de los corazones.
Incluso a ellos, los adolescentes, los que no habían nacido cuando se formó
Pink Floyd se unieron al homenaje al desaparecido Sid Barrett cuando su
fotografía apareció en las pantallas gigantes.
Siguieron otras como Have a cigar, Wish you were here y Perfect sense.
Y el final de la primera parte vino con Sheep cuando el esperado cerdo
inflable recordó al Foro Sol lo despreciable que es un ser humano cuando se
llama George W. Bush. “Cerdo Bush, derriba el muro de la frontera” “Kafka
rules OK” “Habemus corpus matters” tenía pintado alrededor de su cuerpo el
porcino relleno de aire que sobrevoló el foro como los aviones de Bush lo
han hecho por el cielo de Oriente Medio. Miles de celulares lo
inmortalizaron en una fotografía.
Vino el intermedio y la luna no quería asomar su brillante sonrisa porque un
fluido rosa iba a verterse en grandes proporciones sobre México. The dark side of the moon, una de las obras maestras de Pink Floyd fue ejecutada en
vivo, con toda su grandeza, de “pe a pa”. Speak to me, Breathe, On the run y Time arrancaron tantas lágrimas que un manantial de melancolía se
fue anidando en el recinto de Iztacalco, y sin que muchos se dieran cuenta
se extendió por el resto de la ciudad.
Brain damage fue cumbre, al igual que Eclipse.
Cuando terminó, la luna mostró al fin su rostro, complacida por todas las
notas musicales ejecutadas en su honor. En Another brick in the wall un
coro de niños de Fundación CIE alzó la voz para gritar : “Oye maestro, deja
a los niños en paz”.
En el encore, cinco canciones mas asfixiaron la noche mientras las pantallas
aturdían los sentidos con imágenes delirantes y psicodélicas.
Roger Waters se despidió de un sembradío de corazones heridos que no
acabarían de agradecer a la luna el descubrir su rostro oscuro, por una noche,
en México.

NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

martes, marzo 06, 2007

Declaración de amor enfermo


Quiero ser el cuchillo que te abra el vientre y el escalpelo que te parta las vísceras. Deseo ser el virus que infecte tu cuerpo, la bacteria que lo pudra y el aire que escape de tus pulmones para que te asfixies.

Soy el aullido de los perros que no te permite dormir por las noches, el sudor frío que recorre tu espalda. Nunca dejaré de tomar la forma de los miedos que convierten tus sueños en pesadillas.

Seré el puño que te golpee hasta el agotamiento, que muela tu rostro para que no quede sino un caldo sanguinolento e irreconocible donde antes hubo hermosura. Mi voz te torturá en forma de un zumbido intermitente incluso cuando seas sorda.

Ten por seguro que cuando tengas frío te llenaré el alma de hielo y si hace calor, colocaré brasas debajo de tu piel hasta que pidas misericordia. Entonces seré los ojos que no te vean, los oídos que no te escuchen y la mano que se niegue a tenderse hacia ti.

Seré el sacerdote que celebre una misa negra sobre tu cuerpo muerto, que lo viole y que le escupa en la cara.

Me convertiré en las píldoras que tragues, pequeñas dosis de odio que corroerán tus entrañas; seré la pistola que te coloques bajo la mandíbula y la soga que te destroce el cuello y en la cual te balancees tan ridícula como una muñeca rota. Seré el terrorista que no deje rastro alguno de tu belleza sobre la tierra y te aplastaré al punto que ni te recuerdo perdure en la memoria de quienes te conocieron o te vieron pasar por la calle.

Al final, seré el gusano que se coma lo que quede de ti y entonces, me lanzaré a una hoguera para que, al final, no quede vestigio alguno de tu paso por el mundo.

¿Verdad que nadie te ha querido como yo?



NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE