
He estado dando vueltas a una novelita algo sucia, violenta, sexosa, desde hace mucho tiempo, aquí unos esbozos...
Whore Wolves
Hola mi amor
yo soy el lobo
Quiero tenerte cerca para olerte mejor
Yo lo que quiero
es tu cuerpo tan brutal
y lo que adoro
es tu fuerza de animal
Caperucita feroz. La Orquesta Mondragón
Pasó a recogerla a la hora exacta. Él no se bajó a abrirle la puerta; únicamente se limitó a subir el seguro de la puerta, para que ella pudiera hacerlo por sí misma.
Es lo que se hace con las putas, pensaron ambos.
Ella se sintió más zorra y su clítoris lo celebró con una jugosa sonrisa.
-Disculpa- le dijo la muchacha a aquella sombra que la observaba con dos ojos como lunas rojas en la oscuridad del coche –es que el metro venia muy lento. Después cruzó la pierna derecha por encima de la izquierda y su minifalda roja llegó hasta límites que anunciaban peligro.
Aquella noche ya prometía ser lo bastante dañina en las vidas de ambos.
-¿Fumas?- le preguntó él, al mismo tiempo que las llantas de su BMW rechinaron lastimosamente encima del pavimento.
Quería dejar atrás cualquier testigo que hubiera presenciado el inicio de aquella transacción carnal, hasta la mínima huella que pudiera después relatar de lo que inevitablemnte habría de suceder entre ellos dos.
La muchacha se carcajeó.
-¡Eres un cliché!- dijo- muchas gracias, pero el humo me da asco.
El otro suspiró mientras pisaba el acelerador.
-Coges, pero no fumas.
-Sí.
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El tatuaje invisible
A sus 15, Zym habia tenido ya dos trios y a menudo consumia litium. Una vez me confesó que el primer menage había sido con su novio “y una amiga”; el otro, “con un chavo de la escuela y una nena de la cual nunca supe su nombre”.
Me fascinaba masturbarme al mismo tiempo que hablaba por telefono con Zym. Tenia una voz de nina que contrastaba con la avalancha de experiencias que habian caido encima de ella en sólo tres lustros de edad. Adoraba que me platicara esas cosas, aunque nunca supe si eran mentiras.
Ella decia que su primer novio formal tenía 27 años cuando Zym apenas rebasó los 14. Era un policía.
“A mi papá le caía muy bien”, recordaba ella.
Cuando mi amiguita iba a cumplir los 15, su papá ya tenía aquella fijación casi enfermiza por casarla, “para dejarme en buenas manos cuando el ya no esté”, me contaba Zym.
Con el policía, ella aprendió sus primeras piruetas sexuales, incluso dentro de la patrulla, las mismas que desgraciadamente nunca tuve el placer de saborear en vivo, pero que me hacían disfrutar divertidas veladas en el chat. También me contó que aun siendo menor de edad, se había hecho un tatuaje en toda la espalda, algo así como una daga medieval. Le dije que me encantaría rectocarle los contornos con la lengua y a ella no le pareció mal.
Hoy Zym vive en los Estados Unidos, en la Isla del Padre para ser exactos. Se casó con un tal Fenod, que le lleva, para variar, 14 años. Si lo pensamos fríamente, soy el hombre más joven en su vida. Su padre pasa de los 60 y si ella y yo nos hubiéramos acostado, como lo teníamos planeado, yo apenas le hubiera sacado una década.
El verano pasado Fenod y Zym tuvieron una hija.
A él lo conoció a través de su madre, que trabajaba en un laboratorio muy prestigiado. Como Fenod era agente viajero, los tres coincidieron en un congreso en Cancún al que la señora tuvo a bien llevar a Zym. La llevó para que no llevara hombres a la casa, en su ausencia, y se los cogiera.
En vez de eso, Fenod se la tiró decenas de veces en su habiación, mientras la madre ofrecía magistrales conferencias a sus colegas laboratoristas a la orilla del mar.
Luego de unos meses de novios, los papas firmaron gustosos un permiso especial para que su hija pudiera casarse a los 17.
Zym tuvo un embarazo de alto riesgo, porque su matriz era muy estrecha y debido todo el diazepam que se metió en su pubertad. Eso me contaba las pocas veces que charlé con ella por teléfono desde su boda.
Una vez, ya casada y antes de marcharse del otro lado del Bravo, ella y yo acordamos una cita. La definitiva.
Anteriormente nos habiamos plantado cada uno una docena de veces, pero en ese encuentro, acordamos, nos hariamos realidad todas las cosas sucias que nos prometiamos por teléfono y con la computadora como mediador de nuestra lujuria.
Pero ella nunca llegó a ese centro comercial de Santa Fe.
Un mes después de que, por enesima ocasión, me plantara, Zym me platicó por telefono que sí había acudido a nuestra cita, pero que se desmayó en el estacionamiento del Centro Comercial, apenas bajó de su auto. Por eso no con respondía su teléfono celular cuando quise averiguar el motivo de su tardanza.
Estuvo a punto de perder a su bebé, del cual ya sumaba dos meses de gestacion.
Fenod se la llevó a Estados Unidos, para que los mejores medicos la vigilaran de cerca, y hasta el dia de hoy ella no ha regresado.
Zym me prometió que cuando su hija tuviera uno o dos años, regresaría para acostarse conmigo.
De hecho, una vez me mandó un mensaje de texto al celular donde me pedía que la dejara lamerme el pene. Yo le respondí que me encantaría separarle los labios vaginales con la lengua.
Hasta donde sé, por ella, Fenod leyó los mensajes y se molestó, porque le llegaron poco después de haberle hecho el amor a su joven esposa.
No he vuelto a saber nada de Zym. Lo que más detesto es no haber visto su tatuaje y el hecho de que permanecerá invisible por el resto de mi vida. Todo lo que pude hacer por Zym fue convertirla en una semidiosa dentro de mi cabeza.
Y creo que fue ella, doctora, quien desató en mi este incontenible apetito por las caperucitas feroces.
Posted by El Lobo Feroz
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El regalo de Carolina
Carolina quiso darse un regalo la mañana que cumplió 15 años. No habría vals, ni padrinos porque así lo había decidido. En Europa no se acostumbraban aquellos rituales tan pintorescos y sus padres, de sangre finlandesa y española, no tuvieron problema en mejor obsequiarle una generosa cantidad de billetes para que su hija hiciera lo que más le viniera en gana.
Así que Carolina se levantó temprano aquel domingo y mientras algunas personas iban tomando sus sitios en la iglesia para iniciar la misa, ella se dio un buen baño en la tina de cerámica. Nunca se había tomado tanto tiempo en adecuar la temparatura, dispersar las sales aromáticas por la tina y poner a su alcance toda clase de botellas perfumadas.
Se levó con suma dedicación, repasando los contornos de su cuerpo como si se tratara de un escultor pretendiendo que los detalles de su figura fueran perfectos.
Carolina se miró los senos, los pezones rosados como botones y luego descendió un poco más hasta el ombligo.
Le daba risa la torpeza con que solían tocarla los chavos de su edad. Pecaba de vanidosa, pero siempre pensó que un cuerpo como el suyo etaba desperciado y únicamente podría ser aprovechado en unas manos que la conocieran mejor.
La niña se puso de pie y caminó desnuda hasta su habitación. Permitiría que el calor de la tarde le secara el agua, cuyas gotas se dispersaban por todo el terreno de piel igual que una carrera de diminutas lenguas transparentes.
Se sentó delante de la computadora y abrió las piernas. La humedad de su vagina se extendió como un fantasma y le llegó hasta la nariz, acelerando su motor interior. Mientras el monitor volvía a la vida, ella se acomodó; alzó los pies a los lados de la mesa para que su vulva quedara completamente abierta. Luego se empezó a acariciar el clítoris.
Se conectó a la red manipulando el mouse con la mano izquierda y tecleó la dirección aquella que una amiga de la escuela le había pasado en un papel. Era el blog del lobo feroz, el que se cogía chavitas menores de edad y después se lo contaba a los navegantes.
Carolina dejó que por sus ojos entraran toda clase de narraciones obscenas mientras sus dedos se revolvían suavemente entre los pliegues rosados de su entrepierna. Por su mente pasó introducir el índice hasta que saliera cubierto de sangre, pero se resistió.
Se masturbaría hasta regalarse su primer orgasmo de quince años, pero la virginidad se la tenía reservada para otra fiera.
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Clauxia se fue de pinta
La primera vez que le dijeron "rarita", Clauxia rompió a llorar en silencio. Iba en sexto de primaria y no estaba preparada para semejante clasificación.
En definitiva, algo iba mal con ella desde el obtuso punto de vista de la sociedad polinesa, pero "rarita" se convirtió en la palabra que más escuchó a medida que fue creciendo, incluso más que su propio nombre.
Primero fue "rarita" para las otras niñas porque nunca le gustó jugar con muñecas, y de "rarita" los niños tampoco la bajaban porque era la única de la clase que leía con gusto los libros que la maestra les encargaba. Cuando entró en la pubertad, Claudia fue "rarita" cuando empezó a coleccionar esqueletos de aves que se encontraba muertas en el parque y que conservaba en formol, pero al cumplir 16 no pudo ser menos "rarita" porque aunque lo intentó, jamás le gustó un muchacho de su edad.
Casi siempre se sentía atraída por aquellos que tenían cinco, seis o el doble de años que ella. Sólo ellos no se burlaban y al parecer apreciaban en su dimensión los cuentos, los poemas y los dibujos que la "rarita" hacía.
Clauxia llegó a mi vida por casualidad. Igual que a otras, supongo que alguien le pasó el link del blog del hombre lobo feroz.
Comenzamos a platicar por el messenger y nos hicimos buenos amigos.
Ella me juró y me perjuró que le habían hackeado su cuenta de correo y que cuando la recuperó, yo ya estaba añadido a sus contactos.
Da igual.
Creo que los dos estábamos solos. Yo había tenido mala suerte con las de mi edad y a Clauxia la había engañado un chamaco de la suya con quien, por cierto, tuvo su primera relación sexual.
La cosa es que en una ocasión me lancé a Polinesia. Nos vimos en un hotel. Ella ya tenía 18 y estaba a punto de dejar el hábito de Caperucita, pero tres años de conocernos bien valía la pena una excepción en mi regla personal. Quizá la madurez no hubiese podrido su esencia de niña.
Me acosté con ella aquel día que se fue de pinta de la Universidad y que no llegó a su trabajo, en un despacho de diseño. Su padre, que en una ocasión le dio una bofetada cuando Clauxia llegó tarde a casa, se tragó el bulo de que su hija estaba en un aula, cuando en realidad se encontraba gimiendo bajo mi cuerpo.
Por cierto nunca conocí a alguien que tuviera la misma fijación que yo con el sexo y la boca. Me dejó llenarme los labios y la barba del néctar de su vagina y yo perdí la cuenta de los minutos que ella estuvo chupándome el pene.
Sin duda, éramos bastante "raritos". Bienaventurados los que se salen del molde porque de ellos serán los flujos del infierno.
Le olí el cuello después de que se vino: aún tenía ese aroma a juventud, a inexperiencia y candor que me vuelve loco.
Definitivamente estaba muy enfermo, doctora, y los síntomas me agradaban bastante.
Posted by El Lobo Feroz
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