No tenía caso llorar porque Lucía se hubiera ido. Todas las cosas en el departamento se encargaban de hacerlo por mí: derramaba lágrimas la licuadora, también el silencio que ya no ocupaban sus pláticas y hasta las hormigas que habitaban la cocina. Los insectos marchaban en fila desde la alacena hasta el borde de la ventana, como diminutos pilotos suicidas que se perdían del otro lado.
Yo no había desperdiciado una sola lágrima por mi mujer, y si por mí fuera, así hubiera continuado.
Pero a una semana de su partida, permanecía en mi estómago la misma revoltura que experimenté la última mañana en que vi a Lucía.
Aquel día me levanté un poco más tarde que de costumbre. Durante la noche había tenido sueños sobre yeguas negras que retozaban en prados desérticos, así que cuando desperté, me dolía la cabeza por lo poco que dormí.
En mi cama continuaba impreso el contorno del cuerpo moreno de Lucía.
La puerta del baño estaba abierta, su toalla marrón permanecía tirada en el piso, junto a su camisón, y el vapor se escapaba de la regadera en forma de fantasmas.
Llamé a Lucía en voz alta y ella no respondió; di por sentado que se había ido a trabajar. Pero cuando salí de la recámara, alcancé a ver su mano que cerraba la puerta desde afuera del departamento. Lucía me gritó un “hasta luego” que me quedaría revoloteando en la cabeza durante un buen rato. Fueron las últimas palabras que le oí pronunciar.
Miré el reloj y comprobé que faltaban cinco minutos para las seis. Me bañé lo más rápido que pude y antes de salir, tomé una taza de café frío. Cuando me dirigía hacia el metro, todavía estaba oscuro. La vecina del departamento de arriba, que solía pasear al perro por las tardes, había roto su rutina y en ese momento regresaba del parque junto con el galgo huesudo. La mujer vestía los pants de costumbre, que resaltaban sus nalgas, y aunque el sol aún estaba oculto, traía lentes oscuros.
En cuatro años, nunca he sabido su nombre, pero ella siempre me saludó con una ligera inclinación de cabeza.
Entré al lugar donde trabajo, exactamente a las siete y cuarto. El sol todavía no alumbraba. Me extrañó descubrir que el edificio entero estaba casi deshabitado a no ser por un par de tipos que en ese momento iban a la calle. Cualquiera diría que era domingo. En lugar de María Teresa, la recepcionista, estaba el velador. Seguramente ella estaría enferma. El vigilante no hace preguntas, así que ni siquiera retiró la vista de la televisión cuando pasé enfrente.
Selene, mi asistente, estaba en la puerta del despacho. Al verme, se sorprendió:
—¿Pero dónde has estado?—me preguntó.
—En mi casa, ¿dónde más? —le respondí, mientras me acomodaba en la silla.
Selene se puso las manos en la cintura y comenzó a reír.
—De veras que tú no tienes madre— me tomó del brazo y me invitó a levantarme —Prepárate para una buena regañiza. Te estuvieron esperando mucho tiempo para la juneta de las siete, pero al fin empezaron la junta sin ti y no sé a qué pinches acuerdos llegaron. Ahora los voy a tener que llamar otra vez para que te vean.
No entendí nada, pero me dejé guiar por ella. No era extraño que la compañía organizara reuniones a las siete de la mañana, pero cuando menos enviaban un memorándum un día antes. Además, sólo pasaban de las siete y media, no me habían esperado tanto tiempo como decía Selene. Si acaso llevaban media hora platicando.
Veinte minutos después, el Consejo directivo estaba reunido en el corazón del edificio, en una sala donde no había otra cosa que una mesa alargada con diez sillas y un monitor de televisión. Primero me reprendieron por haber llegado tarde a la junta e inmediatamente, el Presidente comenzó a recitar una retahila insoportable de cifras, fechas y datos.
Selene estaba sentada junto a mí y se limitaba a tomar notas en su libreta de taquigrafía. Se había cruzado de piernas, así que me puse admirarle las rodillas, en definitiva mucho más agradables que todo aquello que la Junta de Consejo discutía en esos momentos. Ella se dio cuenta de mis miradas y se sonrojó, pero no cambió de posición. Por el contrario, se jaló la falda distraídamente, un poco para arriba, para mejorar mi panorama. Hasta ese momento entendí que no había razón alguna para no animarme a realizar alguna locura con Selene. Tal vez cuando acabara la junta, o quizá al día siguiente.
Debieron cuando menos tres horas. No lo sé, porque por salir a las carreras en la mañana, había dejado mi reloj de pulsera en casa. Selene se paseaba en círculos en mi oficina mientras se tomaba la cintura con ambas manos, sobándose, mientras se arqueaba hacia atrás.
—¿Te duele la espalda?
—Algo así, algo así—respondió ella –estoy muerta. Tuve un día muy pesado.
—Y eso que apenas son las… —iba a decirle, pero sus pantorrillas me tenían hipnotizado.
Selene se sentó en la silla frente a mi escritorio e intentó convencerme de que si volvía a llegar tarde a una junta, tuviera la gentileza de avisar, para que ella pudiera elaborar una coartada.
Yo me puse de pie y le dije que iba a dictarle algo. Entonces me pidió que le permitiera sentarse en mi silla, para que escribiera directamente en mi computadora y no tuviera que hacer un borrador a mano. Sonreí.
La verdad no tenía necesidad alguna de dictarle nada, pero ese era de mis juegos predilectos. En el fondo, a Selene también le excitaba. Solía colocarme detrás suyo, en un punto en el que ella no podía verme, pero desde donde yo podía contemplarla perfectamente. Le hablaba muy despacio. Ella debía intuir que estaba examinándole la nuca, los hombros o el escote.
Yo podía percibir su incomomidad, lo vulnerable que se sentía ante mi mirada. Realmente disfrutaba lo nerviosa que estaba. Supongo que lo peor era tener que registrar mis palabras en la computadora. Era como si la sujetara con cuerdas invisibles, porque no podía moverse y enfrentar mis ojos.
Ese día decidí llegar un poco más lejos. Le puse las manos en los hombros y comencé a masajearla. Me di cuenta claramente cómo se le erizaba la piel. No quitó los dedos del teclado, aunque dejó de escribir al momento.
—Fue una junta muy larga y aburrida, ¿me aceptarías una invitación a comer?
Selene se puso de pie muy lentamente, y giró, Yo coloqué mis manos en las bolsas del pantalón. Ella se me acercó lo suficiente como para que su perfume me golpeara de frente:
—No esperaba menos después de todo lo que sufrí mareando a los de la junta sin decirles que no podía localizarte ni en tu casa ni en tu celular. Voy por mi bolsa.
Selene se detuvo en la puerta y me dijo:
—Por cierto, gracias por invitarme a cenar. A ver si ya despiertas de una vez, flojo.
Cuando me quedé solo me di cuenta que el foquito de mi teléfono estaba parpadeando. Descolgué el auricular; eran tres mensajes de Lucía. Pobrecita, debió llamarme mientras estaba en la junta. No era nada importante, sólo dijo tenía la tarde y la noche ocupadas con diversas citas, así que llegaría a casa cerca de las once.
Selene entró de nuevo en la oficina, con un gesto de desagrado:
—¡Agárrate, maldito! A la junta le fascinó tu proyecto. Me acaba de llamar el Presidente para decirme que quieren que te reúnas con ellos otra vez en media hora.
Yo no salía de mi asombro, pero otra vez me distraje viendo las piernas de Selene, parada en el marco de la puerta y con los brazos cruzados. Se mordisqueaba un mechón de cabello que le caía por la frente.
—Pero si no te importa, te acepto después la invitación a cenar, para que celebremos. Por lo pronto, te llevo un sándwich a la reunión.
Mi asistente y yo abandonamos el edificio cuando ya estaba oscuro. Normalmente me ponía de muy mal humor no haber visto el sol en todo el día, pero la compañía de mi Selene me hizo pasar por alto el incidente. El trabajo me hacía perder muchos días, pero aquella noche no me importaba.
Subimos a un taxi y nos dirigimos a la Condesa, donde entramos a uno de mis restaurantes favoritos.
El mesero se distrajo y nos había traido la carta de desayunos, pero lo despeché y pedí una botella de vino.
—¿A esta hora?—preguntó Selene.
Cenamos y nos terminamos una botella y media de tinto. Selene y yo íbamos completamente borrachos cuando subimos nuevamente a un taxi. Su casa no estaba muy lejos de ahí, exactamente en la calle de Alfonso Reyes. Excelente, porque ella quería ir al baño.
—Por cierto, me dijo el Presidente que podíamos tomarnos el día—dijo ella. No tendríamos que levantarnos temprano y por mí, estaba bien.
No llevaba reloj, pero sí sospeche que era muy tarde. Cuando pasé a dejarla, no me extrañó que me invitara a entrar. Le dije que se adelantara, en lo que pagaba el taxi, y aproveché esos minutos para llamarle a Lucía al departamento. Me respondió la contestadora. No dejé mensaje pero le llamé al celular. También escuché una grabadora. No lo pensé dos veces y me metí en la casa de mi asistente.
Desperté y todavía era de noche. Selene permanecía a mi lado. Su pecho subía y bajaba con un movimiento hipnotizante. Aunque anoche nos pusimos muy borrachos, el ejercicio me había despabilado. Comencé a vestirme y me metí al baño.
No me sentía mal por lo que hice, pero sabía que me esperaba un gran problema con Lucía. Al salir del departamento, escuché que Selene me llamba por mi nombre, pero no respondí. Su voz se oía adormilada. Mejor le llamaría por la tarde.
Eran diez para las siete cuando subí al metro Chilpancingo, según observé en el reloj. Llegaría a mi casa alrededor de las ocho, ahora sí con luz de día. Había demasiada gente en el vagón, todos con cara de agotados, como quien carga con su propio cuerpo a costa de su voluntad. Entonces sí, me quedé dormido.
Salí de la estación a las ocho y media y casi me voy de espaldas: el cielo estaba negro. No sólo eso, sino que las taquerías lucían llenas de gente con saco y corbata y los bares estaban abiertos. Había dormido el día entero en casa de Selene.
Camino a mi casa encontré a mi vecina, la de los lentes oscuros, paseando a su perro. Me saludó con la misma inclinación de cabeza de siempre.
Entré a mi departamento a toda prisa. Estaba en silencio, Lucía aún no llegaba de trabajar. Afortunadamente yo traía una coartada en el bolsillo. No me iba a creer nada, pero tomaría en cuenta mi esfuerzo por salir del problema. Así era Lucía: una sirena colmilluda a la que resultaba imposible tomarle el pelo.
Tenía que apurarme, meterme en la cama a toda prisa y hacerme el dormido, para que cuando ella me despertara, totalmente encabronada, le dijera que había pasado la noche entera en la oficina y que cuando llegué al departamento ella ya se había ido. Que no le marqué al celular porque estaba muy cansado.
Al entrar en la recámara, vi la cama destendida. Estaba caliente. Volteé hacia el baño y alcancé a ver la mano de Lucía que cerraba la puerta desde adentro. Comenzó a sonar la regadera. Me metí en la cama a toda prisa. Unos minutos después escuché que mi mujer salía del baño y comenzaba a vestirse. Nunca se acercó a mí, ni intentó despertarme. Se dirigió a toda prisa a la sala, mientras fumaba un cigarro. Lucía fumaba sin parar, su encendedor era al primero que saludaba todos las mañanas y el último de quien se despedía. Escuché la licuadora encenderse y los tragos apresurados que ella le daba a su licuado.
Me levanté decidido a enfrentarla. ¿Quién se creía para ignorarme después de la putada que le había hecho yo la noche anterior? Pero cuando llegué a la sala, sólo alcancé a ver, nuevamente, su mano cerrando la puerta desde afuera. Eran sus uñas maltratadas y sus nudillos raspados, no cabía duda.
Durante el día entero no me telefoneó. Yo no quise salir a la calle.
La única que llamó fue Selene, pero no quise contestarle. Como era de esperarse, no mencionó nada sobre nosotros, y sólo quería saber si me presentaría a una junta en la oficina a las siete.
La ausencia de Lucía en mi vida poco a poco fue haciendo que dudara que alguna vez estuvo conmigo. Nunca volví a abrir las ventanas del departamento, como una forma de guardarle luto. Me habían robado el cielo y con él, a mi mujer. Siempre que abría una puerta, Lucía acaba de estar ahí. Si me dormía, ella ya se había retirado cuando despertaba. Me cansé de perseguir sus fantasmas, pero también de salir a la calle porque aquel cielo permanentemente negro me ponía mal.
Así que un día me metí al closet y me quedé quieto, dispuesto a esperar a Lucía aunque fuera para verla una sola vez en la vida.
No sé cuánto tiempo pasó, pero un día Lucía entró por la puerta de la recámara.
Estaba tan hermosa como la última vez, con el cabello hecho una maraña de ramas recién cortadas. Venía con mi vecina, la de los lentes oscuros. Ambas entraron a la recámara tomadas de la mano. Yo las observaba desde el clóset, con el alma entumecida de tanto tiempo de estar inmóvil.
Se sentaron en la cama y comenzaron a besarse. Iniciaron con ternura, pero en pocos segundos sus lenguas estaban danzando delante de sus rostros.
En un momento, Lucía volteó y me vio de frente. La vecina no se dio cuenta, así que siguió buscando la boca de mi mujer con desesperación.
Al fin, Lucía apartó con suavidad a la vecina y se puso de pie.
Comenzó a caminar hacia mí y le pidió a la otra que se acercara.
La vecina me examinó con cuidado. Se bajó los lentes para mirarme un poco mejor y se sonrió.
Lucía cerró la puerta del clóset y me dejó ahí guardado, donde yo ya no podía escuchar el llanto de todas las cosas. De todos modos no importaba. Estaba feliz porque había visto por unos instantes al ladrón del cielo cara a cara, y contemplé al hermoso prisionero en sus iris: azul.
La Tormenta Negra en radio
Por invitación expresa de mi amigo Francisco Zamudio, el próximo 30 de octubre iniciaré un programa de radio en Rock Conexion, y se llevará a cabo todos los lunes de 9 a 10 de la noche.
Hablaremos de temas oscuros y no tanto y aunque en un principio llevaba el nombre de Ciudad Gótica, al final se llamará Tormenta Negra.
Si a alguien le apetece, me agradará verlos por el radio-ciber-espacio.
Ah! En esa misma frecuencia, pero de 10 a 11, sintonicen a mi hermano el Chico Migraña con su programa especializado en metal
NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE