viernes, septiembre 22, 2006

Tokada y Fuga 1: Dios es el Diablo


Con afecto para César Anaya, el dire

Tuve una columna durante poco más de dos años; se llamaba Tokada y Fuga y se publicaba mensualmente en la desaparecida revista Rock Stage. Luego mutó en otra columna denominada Rockcrusis. En ambas gozaba de total libertad para escribir cuando me viniera en gana. A veces compartía cuentos basados en canciones (como los de Saliva y Telaraña), en especial recuerdo uno dedicado a los cyborgs de Megadeth y otro más, publicado ya en Tormenta Negra, que se inspiró en Elvis Presley.
En otros momentos, me dedicaba exclusivamente a vertir reflexiones que tuvieran que ver indirectamente con la música.
En mi humilde trayectoria como periodista, debo confesar que los géneros opinativos nunca han sido el terreno donde más a gusto me sienta. Siempre he preferido la entrevista, el reportaje y la crónica por encima de las columnas, los ensayos y los artículos de fondo.
Pero a Tokada y Fuga le estoy muy agradecido pues me ayudó a exorcisar diversos fantasmas personales, además de divertirme de lo lindo pitorreándome de aquello que siempre me ha dado más risa por su naturaleza absurda: el ser humano.
Por si fuera poco, la columna me permitió conocer a muchas personas especiales que al día son buenos amigos y amigas (Claudia, Zaryí (¿Dónde andas, duendecilla perversa del msn? ¡Comunícate!), La Bruja de Jalisco, Malehoney, La Nueva Comuna, Tarelo, Blackdeath, Estreya, et al... y otras, algo más y algo menos.
Es así que decido revivir aquella antigua columna a través de La Tormenta Negra.
Ojalá la disfruten.

Tokada y Fuga I: Dios es el Diablo
Hace un par de días venía circulando en el metro. Un singular me personaje me arrancó de la lectura del Tapiz del Vampiro, de Susy McKee Charnas. Se trataba de una anciana enfundada en un impremeable azul y con el cabello recogido en un chongo.
Su puso a gritar de su ronco pecho una serie de blasfemias contra el Diablo.
Así es. Si Belcebú en lo más mínimo se hubiera considerado un ente divino, aquella mujer se hubiera ido al Cielo sin remedio, contraexcomulgada por el Señor de las Tinieblas.
Sin pedir dinero de por medio, la mujer comenzó a regañarnos a cada uno de los pasajeros por no vivir nuestras vidas de acuerdo con las leyes de Dios. De entrada, acusó a todos aquellos que tenían varias novias (nunca dijo si de una en una o todas al mismo tiempo) por tener relaciones sexuales con distintas parejas, cuando lo deseable sería "que eso (o sea el sexo) nos lo reserváramos para la esposa que Dios nos mandó".
Más adelante se soltó despotricando contra la píldora del dia siguiente, los condones, los antros y todo aquello que de alguna u otra manera alborotara la hormona humana.
El colmo fue cuando llamó a los homosexuales y las lesbianas "gente del infierno".
La verdad no acabé de escuchar su discurso cuando me tuve que bajar del gusano naranja. No es que su retahíla oscurantista y ultra derechista me sonrojara (la verdad se me hizo bastante divertido conocer a aquel ejemplar de inquisidor medieval traído a pleno siglo XXI), pero es que había llegado a mi destino.
Sin embargo, lo que escuché me dejó pensando y con más pasión me acogí de nuevo a una frase de Woody Allen que he adoptado como propia: "No soy ateo, pero Dios me reconoce como un activo integrante de la oposición".
La cosa es que comentarios como el de la señora del metro se hacen también en las altas esferas. Apenas hace unas semanas, el nefasto Papa Benedicto XVI (toda una ironía, claro, que un sujeto tan siniestro lleve ese nombre) despotricó de lo lindo contra el mundo musulmán, reflejando la intolerancia y oscuridad que ha caracterizado a la Iglesia Católica desde su existencia. No por nada aquella mujer, alienada en su pensamiento por una religión extremista (y no me refiero al Islam) calificó a gays y lesbianas como "gente del infierno".
Es esa misma mentalidad recortada la que luchó, en su momento, contra Marilyn Manson, convocando a un rezo multitudinario para que se prohibiera el concierto de Brian Warner en Monterrey.
¿Si Dios existe, me pregunto, pondrá atención en un espectáculo? Muchos pensaron que sí. Los mismos que sabotearon una presentación de Mayhem en Polonia, según recuerdo escribió el Chico Migraña en su propio blog.
En su oportunidad y en este mismo espacio, cuando aún se publicaba Rock Stage, abordé el tema en una columna que se tituló Prohibido Prohibir.
Sería ocioso repetirlo.
Pero quería hacer hincapié en este asunto del metro y de Benedicto porque me pongo a pensar: ¿Que es el Islam una religión extremista y violenta?
¿Y de quién carajos fue idea la Santa Inquisición? Esa sí fue una idea sanguinaria, absolutista e intoletante.
Dicen que los aztecas celebraban sacrificios humanos... muchos más ha practicado la Iglesia que los dominó, no sólo a través de sus inquisidores, sus curas pederastas, su ofensiva riqueza, su hipocresía, sino además apoyando siempre a regímenes imperialistas que asfixian a los más pobres.
No en vano hay papeles verdes que dicen: God Bless America.
Cuando leí La Divina Comedia, me quedó claro que yo me quiero ir al Infierno. Ahí se encuentran los reaccionarios, los cerebros libres y los intelectos interesantes. Me da hueva el Cielo.
Pero sin duda, Dios es el mejor cliente del Diablo. El Diablo es tan absurdo como Dios mismo cuando es llevado a sus extremos más vergonzosos.
La página en internet de la Iglesia de Satán lo dice: "Christians didn’t invent Satan. There is always a Satan, an adversary, in every culture. There is always the figure who represents the Dark Side, the unexplored realms, the prideful beast who defies the norm. God, on the other hand, generally represents conventionality, predictability, the safety of normality, the comfort of the larger group and the rewards of staying within the bounds of propriety”.
Satán es el mejor cliente de la Iglesia, porque la idea de la Iglesia lo ha mantenido vivo.
A ella le conviene que exista un diablo a quien la gente tema y a cambio de cuya salvación pueda tener dominada.
Le conviene que haya señoras en el metro gritando que los gays son gente del infierno y quienes nos vestimos de negro somos gente perdida del rabaño de Cristo.
Es por esa ironía que firmo "Santás mediante" y por la que estoy convencido, sin temor a equivocarme, que con los líderes religiosos que nos ha tocado tratar, Dios es el Diablo.
Respeto a quienes practican sus religiones en favor de sí mismos, de su propio beneficio espiritual, sin meterse con los demás y sin querer cambiar al mundo. Respeto a los católicos, musulmanes, etcétera, que son tan sabios como para entender que su religión les provee un buen infinito y por ello deben gozarlo sin meterse con los demás.
Cristo lo dijo: "Dejad que los niños se acerquen a mí". Nunca dijo: "Traíganme a la fuerza a todo el mundo y a quien no me reconozca, ¡mátenlo!".
Yo por lo menos, admiro muchas citas de la Biblia, me parecen llenas de sabiduría.
"Ama a tu prójimo como a ti mismo".
Ese es el principio de la vida.
Y prójimo lo es por igual cristiano, católico, ateo, satánico o musulmán.
Creo que no hablé demasiado de música, pero al fin el tema tenía que ver.
Metal, gótico, punk (y sus consabidas tribus urbanas) y todo los géneros musicales han sido víctimas de la intolerancia, muchas veces motivada por el extremismo ideológico de alguna religión.
Desde Elvis Presley hasta Mayhem.
Que cada quien sea como desea, sin afectar a los demás.
Que el mundo se convierta en un gigantesco vagón del metro, donde convivan punks, abuelitas, góticos, abogados, niños y sacerdotes INTELIGENTES de cualquier culto.

NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

sábado, septiembre 16, 2006

Luzía y el Capitán Dragón



















Otra vez esta maldita ansiedad, esta tristeza que se cuela desde las primeras horas del sábado y se extiende hasta que el lunes muere. Promesas que sólo se hacen y se hacen, pero que no se cristalizan. La puta duda que se mete como una espina en el corazón y por donde se va drenando, gota a gota, mi esperanza.

El dolor, el dolor hijo de puta.
Sábados como estos quisiera ser Dios para masturbarme mientras bailo enloquecido, como imagino lo haría Él si existiera, mientras destruyo el mundo.

Gaby Rotten me sugirió que no lo hiciera, pero he decidido pegar un fragmento de mi novela inédita,
Luzía y el Capitán Dragón.
Que hoy todo se vaya a la mierda, menos lo que vale la pena.

¿Qué vale la pena?
Paz, Amor y Empatía, dijo Cobain.
Hoy, yo paso.
Ojalá les guste.
Yo me quedo con esta agonía que no me puedo sacudir.


El pastor de fantasmas

Perros.
Perros flacos y casi esqueléticos. Perros de color amarillo, que deambulan con los ojos desorbitados y las panzas hundidas hasta el espinazo.
Perros a quienes las lenguas les cuelgan de los hocicos, entre hilachos de saliva.
Perros que despiden olor a orines, perros que provocan lástima de tanto exhibir sus tristes costillas.
A veces siento que sólo tengo perros en el corazón.
Tal vez por eso busco incansablemente a Luzía durante las noches de terciopelo y los días de fuego, aunque lo hago con pasos lentos, parsimoniosos.
No tengo prisa en encontrarla porque estoy seguro que el camino que recorro, Luzía me lo va indicando.
Mi Respiración, el Aliento del Guardián, el Vaho del Esclavo, siempre va un paso delante de mí y detrás, la luna, porque ya nunca duermo desde que Luzía y la novela inconclusa me lo impiden.
Y mis perros tampoco duermen.
Tienen hambre, pero nada de lo que yo pueda darles les interesa.
Por eso nos vamos volando en medio del Eje Central Lázaro Cárdenas, olisqueando la vagina de Luzía que debe haber caminado desnuda por la calles hasta algún hotel mugroso del Centro.
Adelante la jauría y yo atrás, como un pastor de fantasmas.

El hombre deja caer el fuete junto a la cama y jadeante, se acomoda la máscara de cuero, debajo de la cual seguramente se asfixia, pero se niega retirársela.
Continúa entonces golpeando la espalda desnuda de Luzía, esta vez con los puños cerrados. Cada impacto hace temblar la carne de ella de una forma que enciende más su deseo por atacarla.
El hombre tiene una erección.
Ella no se queja, ni siquiera se le escapa un quejido o una lágrima. Recibe estoicamente los golpes, casi con indiferencia, como si no le importara que pudiera estallarle un riñón o rompérsele un hueso.
Dentro de mi cabeza escucho la misma sorda canción: la guitarra de acompañamiento en Death of an angel, de Human Drama.
Mi cabeza:
Was last december and was milky white. Come december again and all is black.
En contraparte, dentro de la cabeza de este hombre debe habitar una sinfonía caótica de tambores, una música tribal que excitaba su necesidad de ser violento, de lastimar a la muchacha que se balancea como un foco, atada por la muñecas al techo.
El dolor físico es necesidad de Luzía, actúa como un sedante que mitiga un poco, sólo un poco, sus molestias interiores.
En ese momento, mis perros y yo entramos por la habitación del hotel, pero el hombre ni cuenta se da. Continúa golpeando la espalda de Luzía, que al mismo tiempo parece de ella. Luce como una niña de quince años, frágil e indiferente. Su piel es muy blanca, ha perdido su calidad morena y a medida que su verdugo continúa castigándola, se empieza a pintar de sangre.
Entonces le sujeto la mano al hombre y lo tumbo al suelo. Él no puede verme y cree que ha sido una suerte de fuerza invisible la que lo ha echado al suelo. Con ayuda del único foco encendido que hay, puedo contemplar su gesto de genuino terror cuando mis perros se le acercan y comienzan a devorarlo. Supongo que la sensación de ser devorado vivo por una jauría hedionda e invisible ha de ser terrorífica.
Yo me acerco a desatar a Luzía y le doy la vuelta. Es blanca, es la luna y está vacía de sensaciones. Quizá sea la etapa terminar de su enfermedad.
Le digo que la amo y ella sonríe con infinita tristeza. Quiere llorar, pero ya no se acuerda cómo.
Atrás de nosotros, los gritos del hombre que por llevar la máscara de cuero, a comenzado a ahogarse con su propia sangre. En el fondo siento lástima por él, porque sé que sólo es una víctima más, un instrumento del que mi Luzía se valió en un su intento por obtener una sensación, porque hasta el dolor físico le resulta insípido desde hace tiempo. Pero el hombre ya no es sino menudencias de carne y baba que se digieren en las tripas de mis perros.
Los perros de mi corazón que tanto aman a mi novia.
Entonces Luzía me tumba en la cama y me empieza a besar.
Y yo a morderla, arañarla y romperle la piel y los huesos. Nos revolvemos entre la sangre que queda en el piso y que hace unos minutos circulaba por las venas del verdugo.
La destruyo, la convierto en cenizas que después soplaré de mis manos.
Para eso la he estado buscando yo, el Vigilante, desde el principio.

El vientre plano de Luzía
El sudor de Luzía es miel salada. Me fascina como barniza su vientre plano. Se me figura un paisaje después de la lluvia y casi puedo oler la hierba mojada.
Pero me caga sentir el bajón, porque me pongo asquerosamente cursi.
Prefiero pensar que soy Cristo y me voy a bajar de la cruz para fornicar con mi Virgen Luzía. Así que me estiro a un costado de donde ella dormita y quiero alcanzar un poco más de cerveza.
Luzía abre los ojos. Es como un gato: duerme siempre con sus sentidos alerta.
—¿Qué te parece si te la doy igual que las pastillas?
Su invitación no puede ser más exquisita, así que me tiendo bocarriba y abro bien los labios. Ella le da un buen trago a la botella de cerveza y lo retiene, para después deslizarse como un latigazo por encima de mi pecho, apoyar sus garras cerca de mi corazón y vaciarme el líquido encima de la boca abierta.
Me arden los labios.
La noche entera Luzía estuvo mordiéndomelos y sacándome sangre.
Pero la cerveza tibia es deliciosa.
—Me gustó mucho, pero es un poco misógina.
Luzía tiene esa rara habilidad para soltar comentarios inconexos cuando terminamos de coger, pero con el tiempo he aprendido a cachar su pensamiento al vuelo. Se refiere a mi novela.
—¿Por qué te lo parece?– le pregunto mientras me estiro nuevamente hacia el buró, para tomar un cigarro.
—La Sirena… hay algo en ella que no me convence. ¿Por qué su beso tiene que ser mortal?
Me gustaba darle a leer retazos de mi novela. Sin duda, Luzía era una buena crítica. Como en la vida diaria, no se tentaba el corazón para hacerme añicos.
—Además— continúa mientras me arrebata el cigarro y se pone de pie— ese Capitán Dragón es muy tierno, un filófoso diría yo. ¿Pero porqué tienes que hacerlo tan mártir? ¡Es el lugar común del héroe!
Le sonrío mientras me da la espalda y mis ojos se clavan de nuevo en sus nalgas. El descanso y la cerveza han reconfortado mi cuerpo y nuevamente percibo cómo mi pene se alza.
Luzía se dirige al baño, con el cigarro entre los labios. Se sienta en el excusado y comienza a orinar. Deja la puerta abierta para que yo pueda verla.
Siempre me ha provocado una extraña fascinación observar a una mujer mientras orina. El sonido del chorro cayendo directamente en el agua cristalina del retrete y manchándola como si de sangre amarilla se tratara. Sus piernas un poco separadas y las nalgas apoyadas en una gran boca de cerámica blanca.
Todavía estoy un poco borraco, así que me siento envalentonado como para pararme delante de Luzía, con la verga bien dura, y comenzar a masturbarme.
Mi cabeza, una canción de The 69 Eyes:
Would you take me tonight
back into the garden of delight

La de ella, supongo, una de su tan adorada y puta Soda Stéreo:
El eclipse no fue parcial
y cegó nuestras miradas
Las bocinas de estéreo:
Silencio.

Luzía me hace una seña para que me acerque hasta ella. Tira su cigarro al piso. Entonces me toma firmemente la verga con la mano y comienza a lamerme el glande.
—Tu novela es tan asquerosa como nosotros. Eso sí me gustó—entonces se mete mi pene por completo a la boca.
Mientras lo hace, me viene a la mente su imagen mientras lloraba. Anoche estuvo llorando un buen rato. Lo hacía muy quedo, para que no me despertara. Sé que ha dejado gran parte de sus sensaciones en mí, que por eso incluso ha dejado de dormir a pierna suelta como lo hacía antes. Le atormenta entregarme su alma hasta quedarse vacía. Y mientras más hagamos el amor, menos quedará de Luzía, quizá unas cuantas cenizas. Pero a mismo tiempo puede ser que yo me hinche de sensaciones y reviente.
¡Qué difícil es escribir una novela, mi amor! Luzía, coño, me resisto a ser el Dios de ese pequeño universo que crece, como un monstruo, en el cajón de mi escritorio en la redacción del periódico.
Luzía se pone de pie y me indica que la siga hasta la cama. Ahí se pone en cuatro patas y me invita a que la penetre desde atrás.
—Ándale, como si yo fuera tu pinche Sirena con piernas.
Esto ya duró demasiado.
No hace falta más que enamorarse una sola vez para darse cuenta que el amor es una fruta que se pudre a los tres días, pero el amor entre dioses puede sobrevivir después de tres siglos.
Cuando terminemos quiero dormir recargado en el vientre de Luzía.
Quiero que me arrulle el murmullo de sus órganos, mientras aún puedan moverse.

NoS LEEmos, SatANaS MEDiAnTE

martes, septiembre 12, 2006

La Lengua de la Muerte


Sacado del baúl del recuerdo.... La verdad no es de mis favoritos. Originalmente estaba en Saliva y Telaraña, pero lo saqué antes de su publicación.


La Lengua de la Muerte



Con mi cuerpo a la deriva y las estrellas aconsejándome la muerte, yo sólo podía pensar en la forma en que Cleopatra se comió el pastel de chocolate la última vez que la vi. Tenía las mejillas encendidas por la rabia.
—¡Eres un egoísta!—me reclamaba.
Pero yo no la escuché. Como siempre.

La había citado en el Café que tanto nos gustaba. El mismo donde el arranqué el primer beso. Se lo arranqué, tal cual hubiera sido ella una planta y el beso, una hoja. Estoy seguro que le dolió. A mí también. Sus labios me espinaron. Ignoro si volvió a ver a su novio, pero a partir de ese beso, de aquella herida, ella y nos infectamos de una misma enfermedad y el dolor únicamente aminoraba cuando procurábamos estar juntos.
Con el tiempo, los besos ya no sólo lastimaban, sino que el cuerpo entero nos ardía cuando nos lo desgarrábamos a caricias. Quizá es por eso que aquella tarde me gritó que soy un egoísta de mierda y quizá por eso le sangraron lágrimas de los ojos y enterraba las uñas largas en la mesa, a un lado de la cuchara con que había sorbido la espuma de su café con leche.
Pero ya nada de eso importa, me susurra la Vía Láctea.

La oscuridad me tranquiliza. Ni siquiera cuando era niño le temí a las tinieblas. Uno no debe preocuparse por las cosas que no ve, sino por las que imagina.
Aquí lo único que hay son estrellas y un perro olvidado. Y yo, que me dejo arrullar por los brazos invisibles de la Nada, con la latente promesa de quedarme dormido de una vez por todas. Pero tengo un último capricho: escuchar el canto sordo de las estrellas egoístas. En eso nos parecemos ellas y yo.
No hice nada por disminuir el dolor de Cleopatra, por coserle el pecho para que no se le saliera el corazón y quedara ahí, abandonado y muerto, como quedó sobre la mesa del Café donde nos hicimos novios.
Las estrellas tampoco están dispuestas a hacer otra cosa que no sea cantar. Forman un coro luminoso que me recuerda que no volveré a ver a Cleopatra porque soy demasiado egoísta.
Es curioso. Hace mucho frío y la oscuridad pesa, aunque todo a mi alrededor está salpicado de cuerpos luminosos, que encierran un infierno en sus estómagos. Las estrellas son como diminutas motas de polvo en el traje negro de Dios. Lucen como pequeños y lejanos incendios.

El verdadero infierno está cubierto de hielo.

Y egoísta soy, como bien dijo ella mientras pasaba su lengua con sensualidad de princesa sobre el tenedor con que partía el pastel, para quitarle hasta el último rastro de chocolate. Tan egoísta que en ese momento en que ella me recriminaba mi egoísmo, yo sólo pensaba en las veces que era lengua me había hecho lo mismo en el cuello, en el pecho y la espalda.
Y en este momento en que debería disfrutar mi propia muerte, sólo recuerdo la manera en que mi novia relamía los restos de chocolate francés de un cubierto de acero.

Me fascina la lengua de Cleopatra.
Ojalá la lengua de la muerte sea tan dulce como la suya, cuando tenga que barrer con ella mi existencia.
Es hora de cerrar los ojos, me digo, y ser hombre. Si el futuro representa sufrir, agonizar lentamente mientras mi cuerpo a la deriva se acerca al perímetro del sol, donde por fin su aliento me convertirá en cenizas, prefiero asumir la responsabilidad de mi muerte.

Mejor me quito el casco y dejo que el espacio se me meta por la nariz hasta que me explote el cerebro.
Antes eso que servir de alimento a ese Dragón que iluminaba con sus tentáculos de fuego mis caminatas en la Tierra con Cleopatra.
Le echo un último ojo a la nave, al cable roto que me lanzó a nadar en el vacío y otra vez pienso en Cleopatra y el pastel de chocolate.
Pudo ser peor. Pudo haber explotado el cohete antes de salir del planeta y entonces, no hubiera tenido ni a Cleopatra ni a las estrellas egoístas.
Tarareo un fragmento de My friends, de Red Hot Chili Peppers. Desde el momento en que ella se retiró del Café, hasta que abandoné la atmósfera del planeta, no dejé de pensar en esa canción: I heard a little girl/ And what she said was something beautiful/ To give... your love...

Cierro los ojos.
Pero no soy yo quien retira el casco.
Es Cleopatra.
No me da tiempo de sorprenderme porque inmediatamente sella su boca contra la mía. Su beso duele como siempre y sabe a chocolate.
Quiero hablar, pero el sonido no existe en el espacio. Así que cuando me doy cuenta, no estamos vestidos.
Mi traje espacial se vuelve jirones de hueso plástico y se lo lleva el viento inmóvil de la Nada. Cleopatra está tendida encima de mí y no deja de recordarme lo bien que sabe la tierra degustada en su lengua.
Sus piernas largas se enredan entre las mías como dos serpientes blancas, sus ojos de camaleona desaparecen detrás del telón de sus párpados y de su cabello comienza a brotar espuma castaña que me cubre la cara. Me entrego al placer de deslizar mis dedos por la curva perfecta de su espalda.
Pienso que las estrellas egoístas deberían intentarlo, dejarse caer por la pendiente de la nuca de Cleopatra hasta su cadera y construir una constelación en su honor.

Hacer el amor mientras se flota en el espacio resulta una experiencia extraña, porque el sonido se ve y las texturas se huelen.
Pero puedo percibir los golpes de su corazón dando en mi entrepierna, la sangre recorriendo cada una de sus venas y envenenando sus órganos con la saliva que su lengua ha drenado de mi boca. Puedo percibir en cada golpe pélvico la misma rabia que había aquella tarde en el Café donde, gracias a mi necedad por involucrarme en la misión espacial, por última vez la vi comer pastel de chocolate.
—¡Señorita!

Claopatra se desliza debajo de mi cuerpo, de la cama de hospital y se cubre su desnudez con la gabardina.
La necrofilia con astronautas en coma es un privilegio para novias egoístas.

NoS LEEmos SatAN?S MEDiAnTE

domingo, septiembre 10, 2006

Estreya Nocturna



De amigos y enemigos
Este sábado por la noche me encontraba en casa de mis amigos Gaby y Omar (bueno, en realidad se trata de la casa de Gabriela, pero Omar siempre está ahí, como buen celador de su corazón nunca se le separa) y nos pusimos a platicar sobre aquellos días despreocupados de la escuela, donde nuestros más terribles problemas se resumían en pasar o no un examen.
Los tres andádabamos bastante "down", por razones que no voy a ampliar aquí, pero horas más tarde cuando hube llegado a mi casa, seguí pensando en aquello. Somos adultos y ahora tenemos problemas de adultos. No más exámenes. Yo tengo a Maya en Cancún, por ejemplo y su lejanía me enfrenta un dolor terrible. Ellos, Gaby y Omar, se enteraron este semana que deben luchar juntos, nombro con hombro, contra un enemigo horrible, implacable y cruel, del que estoy seguro saldrán airosos pues siempre han sido ejemplo de amor y unión.
La cosa es que yo, en lo personal, ya no me siento tan mal, sino por el contrario, con muchos ánimos de pelear contra mis propios demonios, uno de los cuales amenaza a mi madre y a quien no pensamos cederle el menor cuartel. Gabriela y Mamá: Nuestras espadas de amor serán más fuertes que el temple de los tigres malditos.
Las quiero.
Nightwish y Estreya
Bien vale la pena que en este contexto y a un año de que aconteciera algo que me causa bastante vergüenza, quiera exorcizar un demonio.
Hace un año y por razones fortuitas y electrónicas materialicé a un sirena imaginaria llamada Estreya, que se coló como un pensamiento a mi vida. No tuve la sabiduría de actuar como todo un caballero medieval y en consecuencia, creo que le causé mucho dolor no sólo a Estreya sino a otras personas. Ella decidió darme un trago de mi propio chocolate y se lo agradezco, porque me hizo poner los pies en la tierra y aprender que con el afecto no se juega. A un año de que, por mi egoísmo, tuviera que escuchar solo a Nightwish en el Live N' Louder, he decidido publicar en el blog dos poemas que el Capitán Dragón (de mi novela) le recita a la Estreya Nocturna desde la cubierta de su barco, cuando va en su búsqueda hasta una isla.
Nightwish, mi banda favorita, en cierta medida me recuerda el legado de Estreya: que debo cuidar los amores que me favorecen como el fuego que arde en un Santo Grial. Ahora lo hago con mi hermosa medio zapote.
En cierta medida, a Estreya le debo la felicidad de la que disfruto ahora.
Estés donde estés,
grax!
Sé que irás al Live N' Louder y ojalá desde nuestros respectivos espacios, lo disfrutemos igual.
Para mí, tú eres una amiga aunque no existas
POEMA No. 1
Tus ojos son el verde desafío
a invadir el territorio de tu vientre
a escarbar en los pliegues de tus muslos
a iniciar el culto a tu pecho
y reducirte a cenizas
Voy a declararte la guerra
mi lengua será la espada
con que mancille cada rincón
del bendito manto de piel
que envuelve tu alma
Baja el telón de tus párpados
y sepulta esos verdes desafíos
o voy a beberme su clorofila
hasta que no quede de ellos
sino un montón de miradas
muertas
Mujer luminosa, a diario me vacuno
contra tu ausencia
Estoy enfermo de poseer sólo tu fantasma
de dudar de mi muerte
y de que existas
¡Cuánto me gustaría contarte a Sade
sólo con mis dedos!
y atrapar tus palabras
en medio de mis labios,
de la serpiente del diablo
Pero primero tendré que mirarte a los ojos
y tus ojos son el desafío


POEMA No. 2
Imaginé que eras polvo
y te aspiraba,
que me invadías los poros,
que te reías de mi sangre
y que era polvo yo también
Estrella mortal.
Estrella pagana.
Estrella de hielo.
Astro ángel,
musa en la ópera de mi cuerpo
Quiero despeñarme en la barranca de tus caderas,
acurrucarme como un perro moribundo
en el lodo dorado de tu pubis,
comer de tu mano
la muerte que quieras ofrecerme
e inundar tu entrepierna de cascadas blasfemas,
arrojarme a tu cabello para incendiarme vivo.
Vamos a revolcarnos como animales
en un sepulcro lleno de espinas.
Lame el pudor que brote de mis heridas
y ofréceme el vino que brote de tus espasmos.
Prometo beberte hasta el último trago
hasta que de tus pezones no quede sino un recuerdo.
Estrella, astro diabólico:
Vamos a hacer que la tierra renieguede habernos concebido,
que desee regresarnos a su seno
húmedos, unidos, malditos, entrelazados
hechos polvo
El Capitán Dragón

NoS LEEmos SatANلS MEDiAnTE

domingo, septiembre 03, 2006

El poder enfermativo de la música y un cuento


Hoy me siento mal. No tengo porqué explicar con detalles qué sucedió, simplemente hubo más decepciones, tristezas y corajes que de costumbre. Tenía deseos de postear algo, aunque no tuviera muy claro qué, porque no tengo textos nuevos a la mano. Aún así me encontré un cuento viejo, que tiene un poco que ver con la música, que se publicó en Nuevas Creaturas del Abismo, y decidí colgarlo a ver qué les parece. No quiero rayar en los lugares comunes, pero hoy me siento solo... despojado de una de las mil ilusiones que de repente brillan en el fondo mi alma. Llegó sin pedir permiso e igual se fue.

Quiero darte las gracias, Claudia, por tus palabras de aliento, porque siempre tienes el comentario como para zafarme de los tentáculos de la oscuridad. Hasta la Tierra del Góber Precioso un sincero Grax.

Un día platicaba con el Bicho y le dije que cierta canción me recordaba a una persona en particular, él me respondió que no debía darle valores extra musicales a las canciones. Sostuvo que las rolas eran rolas y debían rolar. No debíamos asociarlas con personas, lugares, contextos. En cierta medida, mi buen amigo tiene razón. Hay veces que dejo de escuchar cierta rola porque me recuerda a "algo" en particular.

Hoy no es la excepción. Les comparto un poco del soundtrack de mi día gris:

Cariño
La mente no olvida
El corazón se enferma
Me duele y lloro
Por no verte más, nunca más
Ahora no estás aquí
Te lloro
Te grito
Te extraño
Quisiera llegarte a odiar
Cariño. El Clan

Barely cold in her grave
Barely warm in my bed
Settling for a draw tonight
Puppet girl, your strings are mine
Feel for you. Nightwish

Cuánto hé de esperar
Para al fin poder hallar
La otra mitad de mí
Que me acompañe a vivir
Nadé tiempo en un mar
De apariencia,
y ahogué el amor
No sé puede ocultar
El perfume de una flor
El que quiera entender, que entienda. Mägo de Oz


Pero no todo en la vida es melancolía y aquí esta Bukowsky:
Quiero que sepa
Sin embargo
Que todas las noches
Que he dormido a su lado
Incluso las discusiones
Más inútiles
Siempre fueron
Algo espléndido
Y esas difíciles palabras
Que siempre temí decir
Pueden decirse ahora:
Te amo.
Confesión. Charles Bukowsky

Ya me siento un poco mejor, regreso a mi cueva...
Les dejo el cuento.

LA CICATRIZ DE UNICORNIO DE VALERIA

Los sueños de los locos son más bellos
que los de los cuerdos

Charles Baudelaire


Antes de dormir, lo último que hacía Jacobo era quitarse los anteojos y en cuanto despertaba, se los ponía. Aquel jueves, al estirar su mano derecha para tomar los lentes del buró, lo único que palpó fue la cola de una serpiente. Aún con su miopía, pudo distinguir al animal y lo arrojó a un costado de la cama. Comenzó a sentir movimiento alrededor de sus piernas y en consecuencia, se despojó de las cobijas. La cama estaba llena de serpientes.
Una hora después, cuando por fin pudo deshacerse de todos los reptiles, se bañó y se puso su mejor traje. Mientras terminaba de vestirse, notó que su imagen en el espejo no era una reproducción fiel de sí mismo. En un instante, distinguió el rostro de Robert Smith anudándose la corbata delante de él. En la habitación comenzó a escucharse Friday I’m Love, ejecutada por violines y trompetas. El espejo se volvió de agua y comenzó a escurrirse hasta que formó un gran charco en la alfombra.
Jacobo decidió que debería usar la colonia francesa para la cita que tenía, así que se dirigió al clóset. Al abrirlo, descubrió a una mujer que aunque no la reconocía, definitivamente le era familiar.
—¡Tu mamá se va a morir! —gritó la mujer para después ahogar un sollozo.
Con total indiferencia, Jacobo alcanzó el frasco de la colonia y se roció generosamente el rostro, el cuello y las axilas. Después, cerró la puerta del clóset, dejando a la gritona en el interior.
Tomó sus llaves, se echó un alacrán rubio al bolsillo y salió del departamento.

Cuando llegó al Café Los Hunos, no recordaba si había venido en su automóvil, a pie o en un taxi. Es más, no quedó en su cabeza ningún atisbo de lo que fue el trayecto. Fue como si después de un parpadeo, la puerta del Los Hunos hubiera aparecido frente a él. Como continuamente le sucedía, no le dio al hecho mayor importancia.
Se dirigió a la barra y pidió un expreso. Le puso dos cucharadas de azúcar y desdobló el periódico que traía en la mano (quizá lo compró de camino, quién sabe) para matar el tiempo mientras llegaba Valeria.
En los encabezados no había nada que Jacobo no hubiese leído en las ediciones de otros días: que Maradona bebió ron con el primo hermano de Vladimir Putin durante una visita que ambos hicieron a La Habana, que una lluvia de cucarachas cafés destruyó la capital del estado de Yucatán, que la madre de Jacobo, efectivamente, había muerto de cisticercosis...
–Y como te iba diciendo, ese imbécil no me quiso llevar a la ópera, aun cuando me estuve acostando con él durante toda una semana...
Valeria se veía hermosa. Radiante, en verdad. Tenía los pómulos afilados y una simpática y diminuta cicatriz de viruela en medio de la frente. Cuando sonreía, la cicatriz se volvía más pronunciada. A Jacobo le parecía que a un unicornio al que le hubieran arrancado el cuerno se vería así.
Él la miraba hablar y al mismo tiempo, reflexionó en que hasta donde recordaba, ella era su novia y no de ningún imbécil, pero en fin, esas cosas solían suceder. Quizá ahora Valeria era su hermana, su prima o porqué no, cabía la posibilidad de que acabara de conocerla en ese mismo momento.
—Oye linda, ¿no te conté que estoy teniendo una pesadilla recurrente?
Valeria hizo una pausa en su parloteo. Se tomó el tiempo de dar un sorbo a su café con licor y se relamió el labio superior con la lengua.
Bueno, por lo menos no le tocó jugar el papel de “desconocida”, reaccionó favorablemente al llamarla “linda”. Tal vez sólo habían sido novios en el pasado, aunque en este instante ya no lo fueran.
—¿Y de qué se trata?
Jacobo miró a la ventana. Un avión perdía el control y se estrellaba a algunas cuadras de ahí. Una columna de humo comenzó a subir hasta el cielo.
—Es curioso, pero me sucede en los días más agitados.
Valeria le puso una mano sobre la suya.
—Cuéntame. Sabes que aún soy tu amiga —le dijo, con la voz más dulce que le fue posible.
¡Mierda! Cómo era molesto escuchar esa palabra. Aunque cabía la posibilidad que al momento siguiente nuevamente fueran pareja o que Jacobo fuese homosexual y nunca se hubiera enamorado de ella, en este momento le asqueaba la idea de ser su “amigo”.
—Hace una semana, por ejemplo, me lancé en paracaídas y una de las cuerdas falló. Estuve a punto de matarme sino es por un ángel que se tomó la molestia de depositarme en la tierra –dijo él.
Valeria ladeó la cabeza, como un cachorrito. Como le excitaba a Jacobo que lo hiciera.
—Ese día soñé.
Jacobo sacó rápidamente una pistola de su axila y le vació tres tiros al tipo que acababa de cruzar la puerta de Los Hunos. Valeria, entretanto, se levantó para ir al baño. Caminó por un pasillo oscuro al final del cual se veía una luz intensa.
Al regresar, la mujer le plantó un beso en la boca. Su saliva sabía al licor del café. Por lo menos, eran novios otra vez.
—Para no hacerte el cuento largo, lo he soñado después de explorar una casa encantada, cuando me han propinado salvajes golpizas en las cárceles de la GESTAPO o...
Valeria lo tomó del mentón.
—¿Pero qué carajos es lo que sueñas?
—Me sueño a mí mismo, haciendo absolutamente nada durante horas. ¿Pero sabes qué es lo realmente horrible?
La mesa desapareció, en su lugar había un tigre de bengala disecado.
—¿Qué? —preguntó Valeria.
—Temo que pueda volverse realidad.
Todos los clientes del Café Los Hunos, inexplicablemente, estornudaron al unísono.

La voz del jefe restalló en la oficina como el bramido de un búfalo.
Jacobo se revolvió en su escritorio. Tenía los lentes desacomodados y el cabello revuelto.
—¡Putísima madre, Jacobo Ruelas!
El jefe se llevó ambas manos a la frente.
—¡Otra vez de huevón en la oficina!
Jacobo se fue poniendo pálido, hasta igualar el tono de los cientos de papeles que se apilaban en su escritorio.
—Só-sólo estaba descansando los o-ojos... —dijo, con denotada sumisión.
El rostro de su jefe era como un jitomate que hervía. Un sol con corbata.
—¡Quiero el resumen de nóminas mañana temprano! ¡Es tu bronca si te quedas horas extras! ¡Ni en sueños pienses que te las voy a pagar!
El portazo que dio el jefe tras encerrarse en su cubículo fue precedido de un silencio apabullante dentro del despacho contable.
De pronto, Valeria se levantó de su escritorio y caminó hasta Jacobo.
—¿Qué onda tú, no has dormido bien?
Jacobo apenas la miró de reojo.
— Sí... no... este... no sé.
La mujer regresó a su lugar, visiblemente decepcionada.
Después fue Marco quien se acercó a Jacobo, que ya había comenzado a elaborar el encargo del jefe.
—Te pasas de cabrón con Valeria, si la pobre se muere por ti.
Jacobo alzó la mirada. Valeria estaba entretenida con el monitor de su computadora. Con las manos abría un paquete de galletas.
—Pinche gorda fea, yo qué carajos voy a andar dándole alitas.
Marco esbozó una sonrisa y le dio una palmada en la espalda.
—Bueno güey, vamos a darle, que si no acabas.
Casi a punto de darse la vuelta, se regresó para preguntar algo más. Lo hizo en voz sumamente baja.
—¿Tienes alguna bronca? ¡Traes unas ojeras que te cagas!
Jacobo dejó la pluma sobre el escritorio y se levantó los lentes para restregarse los párpados.
—Estoy bien jodido. No he dormido en tres días.
—¿Y eso? ¿A quién le debes?
—A nadie. Sencillamente no soy capaz de dormir. Me quedo horas como pendejo, en la cama, pero no puedo conciliar el sueño.
Marco se dirigió a su escritorio.
—Pues come lechuga o échete un té de valeriana. Aunque pensándolo bien, igual y esta noche te conviene no dormir... ¡Tienes un putero de chamba!
Cuando llegó a su propio escritorio, Marco pensó para sí: “el güey que tiene los sueños más locos de aquí no puede dormir. Me cae que sí tiene broncas”.
Jacobo se quedó trabajando hasta muy tarde, y mientras lo hacía, recordó lo que significaba soñar con serpientes, accidentes de avión, una Valeria sexy y la muerte de su madre.

Valeria le pasó una mano por la frente.
—Amor, te va hacer mal. Por el amor de dios, tienes que dormir. Llevas tres días así.
Jacobo, tumbado en una silla, trataba de enfocar a su novia con un par de ojos enrojecidos que ya sólo veían formas borrosas. Podía jurar que de la cicatriz de Valeria estaba brotando un haz de luz.
—¡No quiero!
La mujer comenzó a acariciarle el cabello. Un fantasma se paseaba por el cuarto. Se parecía mucho al tío que Jacobo había perdido hace dos años. Un enjambre de abejas pasó zumbando cerca del espectro.
—Anda, no seas necio... ¡Las pesadillas no se vuelven realidad. No te vas a pasar la vida detrás de un escritorio!
Pero Jacobo pretendía no escucharla y se quedó ahí, con los puños apretados, y la determinación de los sueños que se niegan a ser soñados.



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