sábado, julio 29, 2006

Un cuento en tres partes


Hoy me voy de vacaciones... y quiero aprovechar el tiempo para descansar mentalmente del trajín del jale, es decir, del trabajo. Deseo darle fuego a la tesis (contra todos los pronósticos, me quiero convertir en un flamante "lic" en periodismo, jejeje) y también terminar de escribir mi novela, Luzía y el Capitàn Dragón. Desgraciadamente no iré a Cancún, como lo tenía planeado, pero me daré una vuelta por Los Cabos, por obra y gracia de un junket que salió por ahñi.
Quizá ande un poco desconectado de La Tormenta Negra, pero prometo leer y responder los posts que amablemente me dejen.

Por lo pronto, pongo a su consideración este cuento, formado en tres partes, que hice a colación de la inminente crisis de los 30 (aunque ahorita sean sólo 27)..
Ranita: ya vi tu mensaje, pero ni el peor de los infiernos laborales me hará desistir de la empresa de toparme con tu alma...

Aquí el cuento, todavía inédito... ¿Saben a quién me refiero?


La peste adulta

I Fanny
Algo en su interior le dijo que aquel hombre se merecía un sol de cobre.
Fanny nunca daba limosnas. Estaba plenamente convencida que la tierra es de quien la trabaja y aunque los mendigos poseían hectáreas completas de tierra, las tenían distribuidas por el cuerpo como una segunda piel y no en forma de cotizados terrenos en Tequesquitengo.
Para ella, el hecho de que un esperpento hediondo, greñudo y decadente estirara la mano delante de sus narices, no ameritaba que le arrancara una sola de las monedas que ella traía en la bolsa. Hacía falta mucho más que eso para quitarle una de las piezas metalizadas que a costa de derramar litros de sudor se ganaba todos los días como secretaria.
Quizá fueron los ojos azules del desgraciado, que debajo del cochambre brillaban igual que aquellas gemas que permanecen muchos años en el interior de un barco hundido hasta que un día son descubiertas por un buzo intrépido y después de pulirlas y liberarlas de los restos de herrumbe, revelan el secreto de su hermosura. Tal vez fue su cabello rubio, revuelto en rastas semejantes a las pieles abandonadas de un montón de culebras enfermas.
Arrancada de sus propias convicciones, Fanny le entregó una moneda y una lágrima.
El hombre le devolvió una sonrisa que aguijoneó el corazón de la secretaria y ella estuvo a punto de echar al suelo las bolsas del súper y lanzarse como un vampiro contra el cuello del sujeto. Quería abrazarlo, estrujarlo, llenarse los pulmones de su sudor amargo y rogarle al oído que nunca más la abandonara.
Se acordó de aquella película de caricaturas que mil veces vio cuando era niña, El último unicornio, donde una desconsolada mujer le reclama al equino mitológico haber llegado a su vida cuando ella es ya una vieja corroída por el tiempo y no una joven de lustradas mejillas.
Así quiso reclamarle a él que se presentara delante de ella veinte años después, cuando su amor por el menesteroso parecía haberse enterrado en lo más profundo de su corazón, cuando era una madre soltera treintañera y adiposa, con el organismo fulminado por la diabetes.
Definitivamente él ya no le cantaría Date vuelta, perra, se me ha ocurrido un uso para ti, como lo hacía cuando era todopoderoso.
Debajo del abrigo gastado del mendigo, se adivina una barriga que se expandía al ritmo de su respiración trabajosa, el pecho desnudo cubierto de tatuajes borrosos, como las pinturas cuyo lienzo luce amarillento y desgastado por el hongo del papel.
Ya no era aquel el caballero mágico que con sus mayitas de licra y su camisa de cuadros amarrada a la cintura se deslizaba como un colibrí por el escenario. Hacía décadas que dejó de cantar a la Lluvia de noviembre y a la dulce niña suya, la que tenía los ojos azules como el más azul de los cielos. El efebo salvaje que gruñia una bienvenida a la jungla y anunciaba, con la furia del Dios Thor, que en la Ciudad Paraíso el césped es verde y las chicas son hermosas estaba preso debajo de ese cuerpo nauseabundo y decrépito.
En su lugar quedaba un pez globo hinchado de alcohol y borracho de glorias pasadas, que no satisfecho de recordarle, con su presencia, el amor que por él sintió en el pasado y restregárselo en el rostro, aún tenía el cinismo de pedirle una moneda.
Fanny colocó, en efecto, las bolsas del súper a sus pies y se secó la lágrima. Después lo invitó a subir a su automóvil, para llevarlo a su casa y ofrecerle algo de comer.
Era gringo y no le entendió nada.
—Food, I have some food for you— le dijo entonces ella, que la primera vez que osó deslizar sus dedos en medio del volcán que ebullía en sus piernas adolescentes, fue mientras aquellos ojos azules la miraban desde un póster colgado de la pared de su cuarto y aquella garganta, ahora derruída, bramaba con dulzura un No llores esta noche, todavía te amo, nena.
¿Era éste el que había roto tantos corazones y desvirgado los oídos de las quinceañeras babosas del pasado? ¿Cabía la posibilidad que este fiambre de sujeto en otro tiempo hubiera abofeteado a las top models del Olimpo? ¿Cómo fue que este mismo sodomita del rock, que con gallardía se paraba junto a otro personaje de abundante melena se hubiese visto reducido a menos que una caricatura lastimera de sí mismo?
El gringo le sonrió con sus dientes amarillos y balbuceó algo que únicamente Fanny podía descifrar, incluso mucho tiempo después que aquel hombre bajó del altar al que lo habían confinado las adolescentes de finales de los ochenta.
—No food… Jack.
Y Fanny estaba segura que alguna vinatería cercana podría comprar una botella de Jack Daniels, además de la comida para el bebé y un par de condones.

II Aleks
Los labios de Gaby sabían a dulce de chile. Habían transcurridos muchos años desde la última vez que Aleks se había comido una paleta de aquellas, pero reconoció de inmediato su sabor luego de meter la lengua en la boca de la muchacha.
Su alumna besaba con una energía incontenible, contraria a la precisa parsimonia con que él se tomaba el asunto. Quería paladear con calma la juventud de Gaby, relamerse al final los bigotes, igual que un gato goloso que habría de comerse un ratón.
—Voy por mi mochila—le dijo ella, apartándolo con suavidad. Se levantó del prado donde ambos estaban echados y se sacudió el pasto de la falda del uniforme.
Aleks se quedó mirando como aquellas piernas rosadas, llenas de moretones, se alejaban corriendo con destino a uno de los salones superiores de la facultad.
Nada lo hubiera sacado de su trance de no ser porque el jardín se llenó de un penetrante olor a podrido.
El maestro de literatura se incorporó y se acercó a uno de los botes de basura, para contemplar de cerca al mendigo que hurgaba entre los desperdicios. Le llamó la atención que trajera una funda negra de guitarra colgada de su hombro.
Aleks se le acercó lentamente y comenzó a estudiar el objeto que aquel desgraciado traía en la espalda.
Había una posibilidad en un millón de que sucediera lo que ineludiblemente había pasado: aquel era el estuche de guitarra de Aleks.
La última vez que la vio él aún tenía el cabello largo y el estómago plano. No es que estuviera fácido, porque para sus treinta y dos años solía cuidarse bastante, pero definitivamente el tiempo es un microorganismo que deja al descubierto su presencia.
Áleks se había deshecho de su guitarra doce años atrás, cuando salió de la universidad. Dejó la banda sin pensarlo, simplemente como una consecuencia normal de las cosas excelentes que habían sucedido: la mención honorífica; el compromiso con Marcela, su primera mujer; el ofrecimiento para ser investigador en la Universidad e impartir literatura inglesa a los alumnos de primer semestre e incluso, el nacimiento del niño que ahora sólo podía ver dos fines de semana al mes, por gracia de Marcela.
Nunca volvió a tocar su guitarra eléctrica, se cortó el cabello y con el primer tijeretazo, degolló a aquel Aleks que supuestamente incendiaría al mundo con poesías convertidas en canciones. Un Aleks que ahora había llegado demasiado temprano a la vida de Gaby, una muchachita de dieciocho años que demasiado tarde vino a aparecer en la suya.
Quizá fue en una venta de garage en la que puso a vender sus sueños de segunda mano a un precio de remate.
Mientras el extraño se agachaba hasta que el bote de desperdicios se lo iba a tragar, un pensamiento le cruzó la cabeza al profesor de literatura.
—Señor, ¿me vendería su guitarra?
No le importó poner la mano en el hombro del menesteroso ni que éste oliera a orines, pero en cuanto lo vio a los ojos, Aleks sintió que no podría contener sus propios esfínteres.
Era imposible que aquel pordiosero pudiera esconder un infierno semejante en sus ojos azules. A eso apestaban los sueños que el profesor de literatura había sepultado tantos años atrás: a muerto lleno de meados.
Por ese hombre que se fingió muerto y ahora estaba en un país extraño, Aleks había saltado por la borda del barco de la vida. Aquel héroe que ahora buscaba entre la mierda algo que llevarse a la boca era el culpable de que Aleks se hubiera tragado tantas heces a lo largo de su vida; por él se cortó el cabello, se puso una corbata y se cogía a una jovencita como si con eso fuese a recuperar su juventud perdida.
Era el guitarrista zurdo que bramaba a través del micrófono, mientras el cabello rubio le cubría el azul galáctico de sus ojos, que aquí estabámos divirtiéndonos, que se sentía estúpido y contagioso… Esta misma piltrafa en otro tiempo se vanagloriaba diciendo que tomaba Litio y que se sentía solo, pero no importaba porque había afeitado su cabeza…
Si algo coincidimos ahora, amigo, es que ambos tenermos una ex mujer similar, dos sangüijuelas emocionales que nos chupan hasta la médula y después se cagan sobre nuestros huesos.
Aleks no quiso volver a mirarlo de frente. Lo tomó por la espalda y lo tumbó al piso. Cerró los ojos y se dedicó a patear aquel fardo que en otro tiempo fue el ídolo de una generación. Con cada golpe lo maldecía por haberlo traicionado, por hacerle creer, con su falsa muerte, que no valía la pena nadar contra la cascada porque nunca habría de remontarla. Lo golpeó hasta que sus propias piernas le dolían y después se agachó para tomar el estuche de la guitarra. Se lo iba a romper en la cabeza, pero no pudo hacerlo.
Un objeto puntiagudo se le hundió en el estómago y le hizo perder el equilibrio.
Aleks sentía que se ahogaba mientras dos polícias lo tomaban de las axilas y lo arrastraban hasta una patrulla.
En la mente del profesor de literatura se habían quedado grabados, como dos tatuajes mentales, los ojos azules de aquel pordiosero con el rostro bañado de sangre, mientras Gabriela chillaba histérica y rogaba a los policías que no se lo llevaran.
En la lengua, Áleks distinguió el sabor a chile y saliva de niña que sólo los perdedores con la billetera henchida y el corazón disecado logran reconocer.

III El Señor
Lo reconocí apenas entré en la oficina: aquella barba de candado, la sonrisa impecable y el firme apretón de manos lo delataban.
El Señor me dio una amable bienvenida y a mí me dio pena tener que asesinarlo.
En realidad, no era complicado adivinar que se trataba de él. Los periódicos habían dado seguimiento puntual a su trayectoria desde que El Señor tenía un nombre de pila, un apelativo de batalla, antes de que ingresara a la empresa y se convirtiera en el Presidente del Corporativo.
En algo se equivocaron mis compañeros, los antiguos fans de la otra vida del Señor. Seguía prefiriendo vestir de color negro y de ningún otro .
—It’s a pleasure for me having you working here in my company…—comenzó a decirme mientras se reclinaba del otro lado de su descomunal escritorio.
Yo no podía creerlo. Después de tres décadas por fin de encontraba a escasos centímetros de este hombre y en vez de abalanzarme para pedirle un autógrafo, estaba a punto de convertirme su verdugo. El tatuaje en mi hombro comenzó a arderme. Quizá no lo hacía desde que un sujeto había puesto su aguja sobre mi piel, mucho tiempo atrás.
Sólo tenía cinco minutos. El Señor nunca le concedía más a cualquier nuevo empleado bajo su servicio. No podía distraerme de mi objetivo, pero después de todo la emoción me resababa. Aunque él no pudiera entenderlo, lo que iba a hacer significaba un acto piadoso. Después de todo, para estar aquí, para infiltrarme en este mundo que nos resultaba ajeno y que logró tragárselo todo, incluso a Él, tuve que realizar un gran sacrificio. Uno no puede convertirse en un destacado mercadólogo de la noche a la mañana. Cortarme el cabello fue lo de menos; segar las flores de mis sueños fue quizá lo más doloroso.
Para llegar hasta aquí tuve que pasar de ángel a cadáver putrefacto. Escarbé con todas mis fuerzas para que tragara la tierra, hasta que tuve las uñas llenas de lodo y hierbas.
Primero regresé a la escuela. Estudié durante tardes enteras y me quemé las pestañas entiendo los usos y costumbres del mundo de afuera. Me metí a trabajar y adquirí mi primera tarjeta de crédito. Hice diplomados en mercadotecnia y perfeccioné el inglés que antes únicamente utilizaba para descifrar las frases que El Señor, aún con guitarra al hombro, solía predicar: He perdido la voluntad de vivir/ Simplemente no haya más que entregar/ No hay nada más para mí/ Necesito que llegue el fin para sentirme libre…
Aquellas frases pesismistas y mis camisetas negras fueron sustituídas por una serpiente de seda Giorgio Armani que se enredaba en mi cuello, todos los días, de nueve a cinco. Me asfixiaba lo sufiente como para sentirme prisionero, pero no lo suficiente para matarme.
Me hice de una novia que detestaba el heavy metal pero adoraba comer en casa de su mamá. Y, dicho sea de paso, tuvimos un hijo hermoso que bien podría haber anunciado pañales en la televisión.
Bien valió la pena, pienso, mientras acaricio la culata de mi pistola y le clavo los ojos al Señor.
Pobrecito, quiza fue víctima de un hechizo y por eso cambió aquellos días en que amanecía con el cuerpo expirando la borrachera de vodka y la boca atascada de frases terminadas en mutherfucker por un sitio en el engranaje, por la presidencia corporativa de su propia casa disquera.
Nos traicionó y yo fui el mártir, el hijo unigénito que sus seguidores eligieron para sacrificarse en busca de la salvación de Su Alma. Pasaría el resto de mi vida en la cárcel, pero habría dado mi sangre por Él, aunque nos hubiera negado tres veces antes de que cantara el gallo.
Quien abandona la religión del rock como lo hizo nuestro ahora Maestro de Marionetas, merece la muerte para ser recordado por lo que fue y no en lo que se convirtió. Él y sus compañeros lo dijeron en un disco: Mántenlos a todos.
—Let’s go back to work, my new service manager— me dice El Señor, mientras se pone de pie.
Tengo que aprovechar. Quizá Él no vuelva a México en muchos meses.
Claro que sí, Señor, pienso mientras sus ojos claros se pierden en el cañón de mi dedo índice, haciendo la ‘mímica’ de una pistola.
El Presidente Corporativo me devuelve una sonrisa impenetrable a mis balas invisibles.
Otra vez será, después de todo el Señor que mueve los hilos paga bastante bien.

jueves, julio 27, 2006

El cielo es mujer


Hoy amanecí cursi. Tuve un mal día. Me enviaron del periódico a Tepoztlán a buscar la locación de un video de The Killers y sopas... no lo encontramos. Pero una luz brilla al final del camino. Iré a Puebla de los Ángeles Caídos apenas empiece el período de hibernación mental. Rana querida, tú y yo nos debemos muchas cosas, reglas pendientes, cuentos, poemas y demás. A ti te dedico este poema (juré no volverlo a hacer, pero hace unos años, 2 para ser exactos, leí uno buenísimo de Sabines, creo que Tarumba, y como estaba bebiendo vino tinto no resistí la tentación de intentar uno) que descansaba en la tumba de mi habitación. La ocasión bien merece desenterrarlo. Beban vino tinto como si fuera sangre y regocíjense (de risa) con las melcochas pretéritas de su buen Arthur Alan Gore.... Rana: buenas lunas rojas

El Cielo es Mujer

Estoy convencido que el cielo es mujer,
Y más cuando amanece nublado,
Porque las nubes lucen tristes y rotas,
desbaratadas, hechas jirones,
cual torpes pinceladas de Dios,
en un lienzo que se niega a ser pintado.
El cielo cambia de humor con facilidad
Por eso es mujer

El cielo es mujer,
porque la lluvia es rimel escurrido,
que resbala por las mejillas azules,
y mancha la tierra de cólicos celestiales.

No cabe duda,
el cielo es mujer.

Porque si fuera hombre,
los ángeles no se volverían locos,
y los pájaros vivirían borrachos de tedio.
Si el cielo no fuera mujer,
los relámpagos no huirían despavoridos hacia abajo,
y el mundo se habría acabado antes de crearse.

El cielo es mujer,
porque tú eres el cielo.

Si no, explícame,
porqué la bóveda se me viene encima,
y está punto de asfixiarme,
porqué luna se despanzurra de risa,
de las estrellas botan las costuras del cielo,
y dejan al descubierto tu nombre.

¿Porqué, carajos y sencillamente,
el sereno huele al tibio aliento de tu vagina?

Porque el cielo es mujer.

Nos leemos, Satanás mediante.

martes, julio 18, 2006

El Asco


Éste texto no tiene una gran historia. Salió, sin querer, como un tributo a Édgar Allan Poe, a quien le guardo una admiración cuasi patológica, pero más allá de eso, fue un ejercicio creativo que nació en el taller de Goliardos. H. Pascal nos mostró un grabado y nos invitó a que escribiéramos, en 40 minutos, un cuento basado en la imagen. Luego los leímos. El mío fue el segundo más gustado, por debajo de uno de Marko, quien se llevó el primer premio: un libro de poesía española.


El Asco

Edgar sintió deseos de vomitar.
De nada sirvió que se cubriera la nariz y la boca con ambas manos, el olor a podrido taladró con fuerza sus sentidos.
—¿Por qué huele tan mal? —preguntó el tripulante de la embarcación a sus compañeros de viaje.
Edgar intentaba contener las náuseas, aspirar la menor cantidad posible de aire. Pero se dio el lujo de abrir la boca para responder.
—Es sangre de dragón.
—No seas tonto, niño. Huele a excremento de fantasmas. Los dragones no sangran en esta época del año —dijo a su vez la anciana que viajaba sentada junto al tripulante.
El pequeño hermano de Édgar no parecía incómodo por la peste que flotaba en el aire; de hecho, canturreaba alegremente ignorante a la presencia del tufo.
—¿No puedes ir más rápido? —insistió el infante al que llevaba el mando de la barca.
—Vamos a toda velocidad —respondió la vieja con la voz pastosa que sólo fermenta con muchos años de inmovilidad, con el tedio viajar sentada.
Edgar estornudó. En vez de mocos, un montón de arañitas escaparon de sus fosas nasales. Aunque el olor se volvía más picante, el niño se acostumbró a él.
—Ahora huele a lágrimas de cadáver.
El tripulante, con las manos ásperas aferradas con fuerza al manubrio, se volvió hacia Édgar y lo fulminó con los ojos vidriosos y enrojecidos, de tanto ser azotados por el viento.
—¡Con un carajo, escuincle! ¡No estamos jugando a las adivinanzas!
La embarcación avanzaba en línea recta sobre dos rieles de tren. Sus ruedas chillaban y escupían chispas cuando una curva aparecía en el camino.
Delante de los viajeros, danzaban varios remolinos de polvo. En lontananza, no se veían más que nubes grises, la mayoría con forma de gatos negros deshilachados. Las velas del transporte se hinchaban a medida que el viento arreciaba, parecían dos mantarrayas de papel.
El asco arremetió de nueva cuenta contra Édgar. Esta vez no se pudo contener y se inclinó por el costado izquierdo de la embarcación. Vomitó escandalosamente mientras emitía quejidos de dolor y su cuerpo de convulsionaba con dolorosos estertores.
—¡Ahora huele a vomitada de Édgar! —gritó su hermano, divertido.
La anciana y el tripulante se rieron a carcajadas.
Édgar se reclinó en el suelo de la barca. Aunque agotado, vaciar las tripas lo había tranquilizado.
—¿No vamos a llegar nunca? —inquirió a los adultos.
El hermanito ya se había dormido y la respuesta no acudía.
—Seguramente —dijo al fin el tripulante —llegaremos dos o tres días antes si te abstuvieras de hacer preguntas estúpidas.
En realidad el viaje no concluyó hasta que Édgar se hizo hombre. De los adultos no quedaban sino dos esqueletos de sonrisas congeladas y el hermano era un grasoso adolescente.
—Humm—dijo a Édgar, un día —¿Hueles? Son monedas recién acuñadas.
Se tiró por la borda, indiferente a las súplicas de su hermano.
Los esqueletos se pusieron de pie y algo quisieron decirle a Édgar, pero como no tenían garganta ni pulmones fueron incapaces de emitir sonido alguno.
Se disolvieron.
Édgar llegó a su destino sin que nadie manipulara el control de la barca. Lo hizo inmediatamente después de cruzar una pradera donde caballos envueltos en llamas cabalgaban libremente. Sus relinchos se oían vigorosos.
La peste seguía en el ambiente y penetraba por su nariz, que ya presumía un bigote debajo de ella. Édgar descendió de la embarcación, cuando se detuvo en una pendiente.
Un muchacho con lentes se le acercó. Le extendió una pluma y un libro.
—Señor Poe, ¿me da su autógrafo?
Luego de dibujar un garabato en la cubierta, Édgar se inclinó a vomitar otra vez. Esta vez fueron los corazones de las mujeres a quienes había amado alguna vez.
Los hombres pueblo a donde él había llegado, se arremolinaron frente a su vomitada y se la comieron, con gula.
—¡Gracias, señor Poe! —gritó el joven.
El olor repugnante ocupaba el espacio entre el cielo y la tierra, así que Édgar decidió que continuaría explorando pesadillas.

Nos leemos, Satanás mediante

viernes, julio 14, 2006

Bukowsky


Son varios los frentes por los que conocí a Charles Bukowsky. El primero fue Óscar Adad, ahora locutor de Radio Ibero, en el programa Voodoo Jazz, quien me prestó uno de sus libros. Después Enrique Feliciano, entonces mi jefe y editor de espectáculos del diario Esto, quien se distinguía por ser voraz lector del más maldito de los escritores norteamericanos (aunque Henry nació en realidad en Alemania y fue hasta los dos años que pisó el territorio gringo que se encargaría de incendiar) y finalmente por maese H. Pascal, a quien le debo haberlo leído en tardes maravillosas dentro del Centro Cultural José Martí.
Son muchas las cosas que me gustan de Bukowsky: su frase "dijo Dios, cruzándose de piernas: vaya que he hecho muchos poetas, pero no tanta poesía", su cinismo, su realismo híper sucio, su admiración implícita a las mujeres (las odia porque las sabe superiores, titiriteras de los hombres) y sobre todo, su ironía y su alcoholismo.
Cuando leí aquella célebre entrevista que le realizó Fernanda Pivano, Lo que más me gusta es rascarme los sobacos, publicada como casi toda la obra del maestro (por llamarlo de algún modo, aunque él lo hubiera odiado) por Anagrama, me hizo descubrir que Bukowsky tenía mucho que ver con mi abuelo: dedicaron su vida entera a destruir su cuerpo y a cultivar su alma. El rostro de Charles estaba devastado por un caso atípico de acné, y en términos generales era un hombre extremadamente feo, pero sus letras —en especial sus poemas— rezuman una sensibilidad extraordinaria, un odio que bien podía convertirse en amor.
Nadie como Bukowsky para ensalzar las virtudes del alcohol como válvula de escape y de la literatura como expresión más pura de la bondad. Escritor de culto, ejemplo de incorrección y una de las personas muertas más admiradas en mi cementerio personal (en el que también reposan Kurt Cobain y mi abuelo, Ramón González), quise dedicarle estas líneas a propósito del artículo que publicó Rolling Stone en su edición de este mes, a propósito de sus mejores diez borracheras. De Bukowsky, por cierto, deviene mi admiración por otro etílico constructor de universos en papel: Eusebio Ruvalcaba.
Les dejo pues, este poema de Charles Bukowsky que se ha convertido en una guía de mi vida....


Como ser un buen escritor
Tienes que cogerte a muchas mujeres
bellas mujeres,
y escribir unos pocos poemas de amor decentes
y no te preocupes por la edad
y los nuevos talentos.
Sólo toma más cerveza, más y más cerveza.
Anda al hipódromo por lo menos una vez a la semana
y gana
si es posible.
Aprender a ganar es difícil,
cualquier pendejo puede ser un buen perdedor.
y no olvides tu Brahms,
tu Bach y tu
cerveza.
No te exijas.
duerme hasta el mediodía.
Evita las tarjetas de crédito
o pagar cualquier cosa en término.
acuérdate de que no hay un pedazo de culo
en este mundo que valga más de 50 dólares
(en 1977).
Y si tienes capacidad de amar
ámate a ti mismo primero
pero siempre sé consciente de la posibilidad de
la total derrota
ya sea por buenas o malas razones.
un sabor temprano de la muerte no es necesariamente
una mala cosa.
Quédate afuera de las iglesias y los bares y los museos
y como las arañas, sé paciente,
el tiempo es la cruz de todos.
más
el exilio
la derrota
la traición
toda esa basura.
Quédate con la cerveza,
la cerveza es continua sangre.
una amante continua.
Agarra una buena máquina de escribir
y mientras los pasos van y vienen
más allá de tu ventana
dale duro a esa cosa,
dale duro.
Haz de eso una pelea de peso pesado.
Haz como el toro en la primer embestida.
y recuerda a los perros viejos,
que pelearon tan bien:
Hemingway, Celine, Dostoievski, Hamsun.
Si crees que no se volvieron locos en habitaciones minúsculas
como te está pasando a ti ahora,
sin mujeres
sin comida
sin esperanza...
entonces no estás listo
toma más cerveza.
Hay tiempo.
y si no hay,
está bien
igual.

Nos leemos, Satanás mediante... Lean a Bukowsky
Arthur A. Gore

martes, julio 11, 2006

Dos Angeles Guardianes


(Quiero aclarar que le guardo infinito respeto a la poesía y suelo acercarme a ella únicamente como lector, pero hoy me dieron ganas de compartir estas letras... están basadas en una historia real y fue un regalo de cumpleaños para alguien cuyo mal genio es infinitamente proporcional a su inocencia y bondad. TQM GremlinGirl
Arthur Alan Gore)

Ángeles Guardianes

Despreocúpate:
No estoy enamorado de ti.

Hacen falta mil más cosas que tus ojos cerrados,
para ello
aunque son un buen principio.

Y sin embargo, tus párpados me acompañan
como dos negros Ángeles Guardianes.

Sinceramente me gustas cuando duermes
Pareces una metáfora de ti misma.
Si despierta te conviertes en una furia,
inconsciente desprendes una violencia de nieve.
Si cuando hablas me arrebatas la palabra
Al callar, me arrancas la respiración.
te repliegas sobre ti misma,
como si buscaras cobijo en tus propios brazos.
Nada que ver con el dragón
que habita en tu pecho
en las horas de vigilia.

Si el diablo pudiera ser tierno,
se vería como tú cuando duermes.
Si yo eligiera acariciar una pantera,
pondría la mano en tu mejilla.
Si me animara a beber de una copa en llamas,
Me gustaría que fuera tu boca.

Fue fascinante contemplar
cómo las estrellas se descolgaron del cielo
para surfear entre las olas de tus rizos
y de vez en cuando, como tiburones,
mis dedos las obligaron a ahogarse.
La luna se emborrachó igual que tú,
y con horcadas vomitó sus rayos
hasta dejarte la cara embarrada de luz blanca.

Y yo, con dos negros Ángeles Guardianes recordándome
lo tarde que era.

Despreocúpate: no estoy enamorado
Pero si te habías dormido,
¿Qué otra cosa podía hacer sino escribir?

Nos leemos, SaTAnáS mEdIAnte

lunes, julio 10, 2006

Palabras de Isadora Montelongo en Monterrey

Hoy por la mañana recibí un correo electrónico de mi amiga Isadora Montelongo. Me envía el texto que escribió acerca de Saliva y Telaraña, para la presentación de mi libro en Monterrey. Me gustó montones, así que lo comparto con ustedes... lo mejor de todo es que nunca me han gustado los videojuegos.
Grax, Isa!
Arthur A. Gore

Acerca de Saliva y Telaraña
No recuerdo haber jugado últimamente un video juego, me parece, realmente que fue hace mucho tiempo, desde que tenía cerca de 10 años, la verdad, nunca fui buena para ellos, con decir, a Mario Bross le dejé debiendo muchas vidas.
No obstante, al leer a Arturo Flores me he transportado nuevamente a ellos, tal vez, ahora podría regresarle esas vidas perdidas al fontanero Bross, pues en un juego de video se recrean entornos virtuales en los cuales el jugador puede controlar a un personaje o cualquier otro elemento de dicho entorno, para conseguir uno o varios objetivos como el narrador hace con su historia.
Volví a sentir ese entorno, esos mundos en los que pasé horas frente al televisor. Ya que en una atmósfera de puertas, habitaciones sin ventanas donde residen bestias y arpías, cuevas y dragones, ciudades con dioses donde se detiene y transcurre el tiempo como en los video juegos al pinchar pause. Vi lo que podrían ser ellas, tal vez “ellas” podrían ser guerreras cibernéticas con brazos de acero y una mirada molotov que destroza siempre sin ton ni son a incautos y a cautos por igual como lo hacen los personajes de play station, super nintendo o x-box. Sin embargo, los personajes femeninos en Saliva y Telaraña, se mantienen dulces, frágiles, con pechos pequeños e incitantes cuerpos, compartiendo con un él, un él que las mira, las describe, las observa, las acciona, quien sabe decir de ellas su malicia como un él personaje-narrador. Ellas paran el tiempo, como Zaryí en Era Jueves y ella detuvo el tiempo ; ellas con un microcosmos dentro de sí, como Adriana en En los pasillos de tu mirada; ellas cazadoras ardientes vestidas de lencería roja, como Siniestra en Saliva y Telaraña; ellas que permanecen en el mundo real y hastiado, como Hortensia en El Tiranosaurio de Hortensia; ellas motivos de lucha para héroes guerreros en combate, como Giovanna en El tesoro descalzo, ellas doncellas en la espera de ser soñadas y despertadas, como Lizbeth en La hermana de Prometeo. A pesar que la figura femenina origina la acción no podría ser igual sin la otredad masculina, ellos, que narran en primera persona y que siempre vi resaltados en esos juegos que de niña practiqué frente a mi computadora. Ellos, como en mi juego de the prince en mi ancianísima pc de pw, el príncipe pasaba niveles siempre con grados de dificultad, los obstáculos eran habitaciones con paredes que se movían y cambiaban de lugar, ciudades donde el tiempo asechaba la vida, dragones fieros, y justo, siempre, cuando la tensión de la escena venía, la música del video juego le avisaba a mi cuerpo cuándo sudar las teclas e intuía que eran ellos, guerreros que gustan de Placebo al hacer el amor; ellos que fisgan las mentes de ellas mientras escuchan a Lacrimosa; ellos víctimas de las ganas por ellas; ellos cazadores con audífonos tocando música de Marilyn Manson en la espera por asesinar a tiranosaurios; ellos guerreros obsesivos y fetichistas; ellos caballeros con dagas en plena lucha con melodías de The 69 eyes. Ellos que son la fuerza motivada por ellas. Y que en Saliva y Telaraña vi reflejados, un plaquette que me remonta a los video juegos que me ataron de niña como a muchos de mi generación. Pues la obra de Arturo Flores no sólo me habla y platica del efecto que hemos construido de un juego de video en literatura.
Isadora Montelongo
Monterrey, junio de 2006

sábado, julio 08, 2006

Mariana y el Dragon


Uno de los primeros cuentos que realicé en el taller de Goliardos y de los que mejores críticas recibió. Mi fascinación por los dragones, por el sentido del humor y por Mariana —quien fuera el amor de mi vida en la prepa y parte de la Universidad— se hacen patentes en este texto, creo. Debo confesar que la veta oscura aún no me dominaba...

He aquí la versión que apareció publicada en la plaquette El mundo es una amenaza

MARIANA Y EL DRAGÓN
Un perdedor es quien ya se dio cuenta que vivir es mal negocio y no queda otra que hacerlo lo más divertido posible. Y lo más intenso posible. Y, si es posible, buscarse en el camino una religión que valga la pena. El rocanrol, por ejemplo. Xavier Velasco



Bajé de mi auto, completamente ensangrentado, y antes de sentarme en el asfalto, pensé que había desperdiciado media vida amando a Mariana.
Sólo entonces pude llorar escandalosamente.
La radio aún sonaba, lúgubre, desde los restos de mi coche: Wise men say: only fools rush in…
Elvis verdugo.
Me habría roto dos costillas al menos, la cabeza me punzaba a causa de la infame cruda y diminutos fragmentos de cristal se habían encajado en mi rostro, provocando un insoportable escozor.
Ningún cristal me había hecho más daño que Mariana.
Me consoló el hecho de no haber quedado paralítico. Pero repentinamente me contraje sobre mi vientre en una punzada. Vomité algunas flemas sanguinolentas, pero no el recuerdo de Mariana.
El volante me había roto las tripas.
Mi coche era una mierda motorizada, una orgía de fierros retorcidos que fornicaban groseramente en medio de fugas de aceite, líquido de frenos y anticongelante. Varios cables entonaban una rabiosa melodía compuesta de chispas y cortocircuitos.
El frente del auto había atrapado medio cuerpo del dragón. Abrazo letal.
Imaginé que la bestia rosada estaría muerta después de semejante impacto, al menos yo me había puesto el cinturón de seguridad. Al tiempo que me incorporaba nuevamente para verificar que alguna parte del motor pudiera salvarse –el seguro no pagaría semejante accidente –me dio igual que el dragón aún respirara.
Pero lo hacía.
Sus fosas nasales se contraían a un ritmo desigual, llenando con sus vapores el ambiente de un olor fétido y picante.
La vida del monstruo palpitaba amenazante, igual que la imagen de Mariana en mi cabeza.
Moví dos dedos, cosa que me hizo sentir que el alma se me resquebrajaba y separé los párpados de un ojo del dragón. La pupila oval, amarilla, se clavó en todas y ninguna parte al mismo tiempo.
Gruñó.
-¡Ése... ése fue! –gritó una voz, de las muchas que se habían congregado alrededor del sitio donde yo había atropellado al dragón.
Me abandoné al dolor. Caí de bruces. Estuve a punto de fracturarme los huesos que aún estaban en una pieza al dar de lleno contra el piso.
Un policía se me acercó. Lo vi por encima de mi cabeza, a un costado del sol.
-Oiga, joven ¿fue usted quien chocó contra un dragón? –me preguntó.
-¿Le pa-re-ce? –respondí lastimosamente. Antes de reírme caí en la disyuntiva de tragarme o no, de un bocado, el diente flojo que se me acababa de zafar. Suficientes desplantes de Mariana me había tragado ya.
El guardián de la ley debió pensar que yo estaba delirando, así que se dio la vuelta, compadecido. Pero sus palabras me tranquilizaron.
Se acercó a su patrulla.
-¡Pronto, parece que el animal no está muerto! ¡Retiren a los curiosos y traigan algo que con controlarlo en caso de que despierte! –gritó el oficial por la radio.
Take my hand, take my whole life to…
Los testigos intercambiaban una marea de susurros, lo cual me acabó de convencer de una cosa.
El dragón no era producto de mi delirium tremens. No había confundido a un camión materialista o a un punk gigantesco con una bestia mitológica.
Había chocado con un dragón de color rosa en el carril de alta de Viaducto Tlalpan. No cabía duda.
Me divirtió pensar que el alcohol que circulaba en mi sangre podría ser capaz de esterilizar mis heridas internas.
Todas, menos la de Mariana.
-¡Mami, un dragón! –gritó un niño.
Creí escuchar un helicóptero surcar el cielo. “A las tres, ella podrá verme en el noticiero”, murmuré.
El dragón agonizante, paracía respónder: “Olvídalo, yo seré el famoso, tú no. Tú le vales madre”.
No sé en cuál de los cientos de idiomas que los dragones dominan me lo dijo, pero yo estaba tan crudo e instalado en el bajón de marihuana, que le entendí a la perfección.
Alguien vestido de blanco se me puso enfrente.Con una lamparita me examinó los ojos, pero sólo de mis pupilas fue herida por el diminuto haz de luz. Me di cuenta que había perdido un ojo en el choque.
Me inmovilizaron para subirme en la ambulancia que había llegado.
But I can’t help…
Elvis era la única medicina.
Fue entonces que los paramédicos retrocedieron, aterrados. Otro dragón, esta vez púrpura como el cielo cuando está siendo poseido por el ocaso, descendió ágilmente en medio del Viaducto, cuyo tránsito había sido paralizado en ambos sentidos.
Tomó al rosado por la cola y se lo echó en la espalda.
-Fraktal, qué estupideces andas haciendo. Borracho, además… debería darte vergüenza. He visto muchos incendios desde el cielo, ¿has estado vomitando, verdad? –le reclamó en español al dragón que había atropellado.
El otro sólo se quejaba en ningún idioma.
-%%$$#@!!!
-No te preocupes, estarás bien. Seguro no te has roto más de dos costillas. ¿No entiendes que esa no es la forma de olvidarla? ¡Merlina no te quiere y ya! ¡Tampoco es para que hagas semejantes desfiguros! –le dijo su compañero a mi dragón, antes de quitarle uno de los fierros de mi auto, que se le había alojado en la pata derecha.
El púrpura echó a volar, con el otro a cuestas.
Los dos se perdieron en el cielo.
Me dio risa, pero no pude carcajearme. Pensé que de golpé, sin querer, me había salvado otra vez de la cárcel. Siempre que me emborrachaba y fumaba yerba, sentía incontrolables deseos de iniciar incendios. Esta noche varias quemazones en la ciudad traían mi firma.
Y ahora, gracias a que atropellé a un dragón ebrio que había bajado a vomitar a la tierra, cuando yo venía escapando a toda velocidad de la última de mis travesuras (culpa también, del despecho de Mariana), todo el mundo lo responsabilizará a él de mis travesuras.
Comenzaron a subirme a la ambulancia.
Falling in lo/
Cuando pensé que ya nada podía salir mal, el estéreo se descompuso.

Nos leemos, Satanás mediante.
Arthur Alan Gore

Monterrey, Nuevo York.- Por fin, entre escribas te veas


Pues heme ahí, trepado en un vuelo de Aviacsa con destino a la capital del Estado de Nuevo León. Mi boleto fue comprado a seis meses sin intereses con tarjeta de crédito y mi mochila no llevaba sino una muda de ropa, un libro (estoy terminando El Perfume, de Suskind) y un disco quemado al cual rotulé con una frase de Charles Baudelaire: "La música excava el cielo" Para esto, el vuelo se retrasó tres horas y yo no había comido nada, así que me dispuse a romper el ayuno en el Wings del Aeropuerto, gastándome así 100 de los escasos 700 pesos que llevaba para el viaje entero, porque la gente de Recursos Humanos de Récord dispuso, sin más ni más, que yo no cobrara mi quincena a tiempo y en consecuencia, aquel miércoles 5 de julio aún no tenía más dinero del que mi santa madre hizo el favor de prestarme. El avión surcó el cielo sin mayores inconvenientes y a las tres de la tarde (originalmente salía a las diez y media, así que hagan sus cuentas de cuánto tiempo perdí), aterricé en tierras regias. Dìas antes había platicado con Chicle, el célebre director de videoclips y él, como regio que es, me aseguró que el clima en su ciudad natal rayana en los límites de lo aceptable, sobre todo porque días antes también había viajado para allá. Cuando llegué al Aeropuerto de la Sultana del Norte, el piloto nos informó que la temperatura se había elevado hasta los 37 grados. Así pues, luego de una pequeña travesía bajo el sol, en la que yo iba por completo vestido de negro y vaporizándome irremediablemente, llegué al centro de Monterrey, luego de atravesar en un taxi los municipios de Apodaca y Guadalupe. Marcos, el chofer, resultó haber sido novio (aunque cuando ambos tenían 14 años, siendo que ahorita casi llegan a los 40) de Alicia Villareal. Así pues me depositó en las calles de Zaragoza y Morelos, exactamente frente a la Macroplaza y ahí, Óscar, brazo derecho de Gabriela Torres en Harakiri Plaquettes, llegó a rescatarme. Quién sabe qué movidas tuvo que hacer pero me hospedó en el Hotel Howard Jones, mismo en el que se estaban quedando los participantes del Encuentro de Escritores del Norte. Yo no soy ni por mucho norteño, así que me registraron con el nombre de un compañero de Hermosillo que siempre no se quedó en ese hotel: Francisco Alcaráz Medina. Apenas me dio tiempo de aventar la maleta a la habitación y me comí un sandwich de pollo enun Burguer King que estaba en la misma calle del Hotel y de inmediato me lancé a la Unidad Cultural Abasolo, ubicada en el Barrio Antiguo de Monterrey, muy cerca del legendario Café Iguana (el Rockotitlán de Monterrey), lugar donde habría de presentarse Saliva y Telaraña. La Unidad Abasolo de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Autónoma de Nuevo León es un centro cutural muy a lo coyoacán, edificado en piedra, con un patiecito muy colonial lleno de plantas que, definitivamente, se presta para la realización de eventos culturales. Cuando entré las sillas estaban vacías y una muchacha de enigmáticos ojos verdes se encontraba de rodillas en el piso, acomodando precisamente, los ejemplares de Saliva y Telaraña. Se llamaba Belén, quien resultó ser psicóloga de profesión y amiga de Gabriela. Junto a ella me incliné para ayudarle a acomodar los libritos cuando arribó María Isadora, quien después me presentaría el libro no sin antes dar lectura a uno de sus propios cuentos en otro de los momentos del Encuentro de Escritores. Doña Isadora, una mujer tan bella como talentosa y además, agradable (y joven, porque sólo tiene 24 años, pero ya un cúmulo de experiencias qué compartir), se dispuso a ayudarnos a pegar etiquetas en las Saliva y Telaraña, a Belén y a mí. Luego, me acompañó a comprarle un rollo a mi cámara y ahí me enteré que aquella hermosa escribana vivió algún tiempo en Canadá (dato que resultaría revelante cuando la escuché leer su cuento junto a otras dos -¿es que acaso todas las regias son encarnaciones de la musa?, me pregunto- guapas escritoras regionales) y bueno, pasamos una tarde agradable. Poco a poco fue llegando la banda Harakiri, comandados por Gabriela 'asesina' Torres, con quien me fundí en un fraternal y sincero abrazo que duró varios minutos. El Encuentro arrancó con la presentación de dos revistas literarias a las que —lo prometo— tengo que enviar algún texto. Luego la lectura donde mis ojos y mis oídos no se podían separar de Isadora y su cuento sobre las chavitas que andaban de 'locas' en Canadá. Buen final, buen estilo narrativo y qué bonitas se oyen las groserías proferidas por sus labios. Posteriormente, por fin, me llegó el turno de presentar Saliva y Telaraña. Isadora se echó un speech divertidísimo, en el que comparó mis cuentos con videojuegos, donde yo siempre soy el príncipe que avanza niveles en busca de su princesa, pero al que tarde o temprano "le quedo debiendo muchas vidas". Mientras la escuchaba hablar, con ese timbre dulcecito que tiene, salpicado por un non plus ultra sexy acento regiomontano, me cae que me morí de vergüenza. No me gusta que me echen cebollazos (jajaja) en mi presencia. Luego habló Omar Bravo, otro joven colega a quien conocí esa tarde, de quien me llevo la frase que más me late y que jamás nadie haya usado para referirse a mis cuentos: "el incesto de los hijos de Dios". Quizá por eso, en mitad de la charla, un pájaro tuvo a bien cagarse y la mierda aterrizó directamente en mi manga derecha. Para finalizar leí El Tiranosaurio de Hortensia, que siento tuvo una muy chida aceptación entre aquel público regio conformado, me parece, por algo así como 80 personas (nada mal para mi primer libro, jejeje)... Luego vino el vino (fue adrede) de honor, la firma de libros y hasta una entrevista que me hicieron para Milenio Monterrey. Ojalá, si se publicó, me la hayan guardado. Por la noche nos fuimos al Bar Reforma, toda la 'escritoriza' que había ido al encuentro, María, desgraciadamente, se había separado del grupo por razones laborales pero iban Gaby, Óscar, Los Sergios, Belén y otros más que no recuerdo sus nombres. Bebimos, compartimos versos y perversiones y alrededor de las doce la noche, pasó por mi Ros (de la revista La Rocka) y me llevó a las instalaciones de la pubicación, donde celebramos una carne asada privada en compañía de Kiwi, integrante del Staff de Jumbo, Rómulo, quien adivino es un brillante promotor de aquellos lares y Aly, quien igualmente está sumergido hasta el cuello en el negocio del rock and roll. Fue fabuloso conocer La Rocka —antes Lengua—, una revista de la que soy esporádico, pero gustoso colaborador. Bebimos nuevamente como vikingos y hablamos de música. Degustamos buenos cortes de carne, quesadillas, salchichas asaderas y una receta de pollo a la mostaza que aunténticamente no tenía madre, Cerca de las tres de la mañana, Aly me llevó de regreso al hotel y me fui derechito a dormir. Al dìa siguiente, estaba de vuelta en México. Quiero agradecer profundamente a Gaby por hacer realidad la aventura y fomentar, patrocinar y alargar mis quince minutos de fama. A Óscar y Belén por su paciencia. A Ximena por acompañarme esa noche y ser mi eslabón emocional con mi DeFeLópolis. A Xardiel y Ros por estar ahí. A María por ser como es y por lo que inspiró dentro de mi cabeza y bueno... ¡Ahora toca presentar el libro en el DF y tengo grandes planes para ello!
La de la foto: Gaby "Rotten" Torres, la que hizo posible el sueño

Nos leemos, Satanás mediante.


domingo, julio 02, 2006

El origen de Saliva y Telaraña

Bienvenida
I. La conclusión de la aventura (¿O e
l comienzo apenas?)
Conocí a Gabriela Torres en el messenger, hace ya más de un año. Me encontraba navegando en busca de información para un artículo, me parece, acerca de AFI (la banda de punk, mas no la Agencia Federal de Investigaciones) cuando me llamó la atención una ventana parpadeante en la que una cibernauta identificada con el correo electrónico "fitna82" me decía "hola". Resulta que Gaby vivía en Monterrey, tenía 23 años (entonces) y le gustaba mucho tanto el rock alternativo, grunge y sus derivados, como la literatura, principalmente lo sexoso y sangriento.
Me había añadido a sus contactos a propósito de una columna que tenía yo en a extinta Rock Stage, una revista donde a pesar de la constante presencia de los errores de dedo, los artículos rezumaban corazón. Pues bien, en Tokada y Fuga, que así se llamaba mi espacio editorial, yo solía escribir cuentos breves en los que pululaba la fantasía, el sexo y la violencia, además de estar inspirados en canciones, bandas o figuras rockeras.
Pues Gaby y yo iniciamos una hermosa amistad vía internet y en la que ocasionalmente nos llamábamos por teléfono. Así sucedió que me invitó a publicar en Harakiri Plaquettes, un proyecto cultural, letroso e independiente en el que ella, junto a otros valientes y aferrados guerreros, brindan un espacio a quienes como yo, son escritores que no cuentan con el cobijo de las formas oficiales.
Sería ocioso contar más. Conocí en persona a Gaby en febrero del año pasado, cuando como reportero de Récord me enviaron a cubrir el concierto de U2 en el Estadio Tecnológico. Al día siguiente, nos fuimos a tomar un café y caminar por su regia ciudad. Gaby no sólo es una chica hermosa, sincera, culta y lúcida, es un ángel guardián de las causas imposibles y de los sueños que se resisten a volverse realidad.
Y heme aquí, casi cinco meses después de aquel viaje (en el inter ella tuvo la oportunidad de venir a México, como delegada cultural o algo así, al Festival de la Palabra y junto a un amig poeta nos bebimos unas cervezas en el mítico Consorcio de Bucareli), con otro importante suceso en Monterrey para el que fui requerido. Esta vez como Arturo J. Flores y como mi Jeckill personal, Sir Arthur Alan Gore, voy a presentar Saliva y Telaraña, mi primer plaquette completamente personal, teniendo como marco un encuentro de escritores organizado por Gabriela y sus compinches. El prólogo, holga decirlo, lo escribió ella y para mí, lejos de representar el final feliz de una historia, creo que representa el banderazo de salida para continuar tecleando un culebrón infinito de historias que tienen que ver con alcohol, rock y escritores malditos.

Salivazos y telaraña
Pues bien: Saliva y Telaraña son cuentos escritos, la mayoría, durante mi gloriosa estancia en el taller de literatura fantástica del proyecto cultural Goliardos, mismo que dirije el maese H. Pascal. mi sensai. Todos estos textos tiene algunas cosas en común: a excepción de dos, el resto está escrito en primera persona, una técnica narrativa que hasta entonces —cuando comencé a presentar los cuentos en las sesiones del taller— no había experimentado mucho. Segundo, los cuentos tienen por protagonista a una mujer y una canción. No voy a ofrecer demasiados detalles al respecto, pero cada una de las protagonistas existen en la vida real, aunque con algunos aspectos convertidos en propiedades maravillosas. En esos textos están vertidos los dragones que mehan acompañado desde niño, también.
Mi agratitud infinita y eterna a esas musas, Zaryí, Hortensia, Lizbeth, Giovanna, Siniestra y Adriana, porque de no haber existido y no contener esa música implícita en sus nombres, quizá los cuentos nunca hubieran sido escupidos por mis neuronas. Saliva y telaraña es mi catarsis, a manera de declarar no un amor puritano, sino el más animal, a la mujer y lo que su sencilla respiración puede inspirar en la mente de un perverso canalla.
Me emociona mucho la presentación en Monterrey y apenas regrese, ofreceré detalles en este mismo espacio.
Tengo un pequeño blog en mi espacio en msn (/arthurgore), pero ya no publicaré más ahí, pues quiero entregar cuerpo, dedos y alma a La Tormenta Negra. De ahora en adelante, aquellos que quieran y les interese saber de mis pesadillas personales podrán hacerlo desde aquí. Mi gratitud especial también al Chico Migraña, por inspirar este blog, a H. Pascal por lo que ha representado para mis cuentos y mi vida y a todos los que esporádica o consetudinariamente accedan al blog.
Nos leemos, Satanás mediante.
Arthur Alan Gore