Quizá ande un poco desconectado de La Tormenta Negra, pero prometo leer y responder los posts que amablemente me dejen.
Por lo pronto, pongo a su consideración este cuento, formado en tres partes, que hice a colación de la inminente crisis de los 30 (aunque ahorita sean sólo 27)..
Ranita: ya vi tu mensaje, pero ni el peor de los infiernos laborales me hará desistir de la empresa de toparme con tu alma...
Aquí el cuento, todavía inédito... ¿Saben a quién me refiero?
I Fanny
Algo en su interior le dijo que aquel hombre se merecía un sol de cobre.
Fanny nunca daba limosnas. Estaba plenamente convencida que la tierra es de quien la trabaja y aunque los mendigos poseían hectáreas completas de tierra, las tenían distribuidas por el cuerpo como una segunda piel y no en forma de cotizados terrenos en Tequesquitengo.
Para ella, el hecho de que un esperpento hediondo, greñudo y decadente estirara la mano delante de sus narices, no ameritaba que le arrancara una sola de las monedas que ella traía en la bolsa. Hacía falta mucho más que eso para quitarle una de las piezas metalizadas que a costa de derramar litros de sudor se ganaba todos los días como secretaria.
Quizá fueron los ojos azules del desgraciado, que debajo del cochambre brillaban igual que aquellas gemas que permanecen muchos años en el interior de un barco hundido hasta que un día son descubiertas por un buzo intrépido y después de pulirlas y liberarlas de los restos de herrumbe, revelan el secreto de su hermosura. Tal vez fue su cabello rubio, revuelto en rastas semejantes a las pieles abandonadas de un montón de culebras enfermas.
Arrancada de sus propias convicciones, Fanny le entregó una moneda y una lágrima.
El hombre le devolvió una sonrisa que aguijoneó el corazón de la secretaria y ella estuvo a punto de echar al suelo las bolsas del súper y lanzarse como un vampiro contra el cuello del sujeto. Quería abrazarlo, estrujarlo, llenarse los pulmones de su sudor amargo y rogarle al oído que nunca más la abandonara.
Se acordó de aquella película de caricaturas que mil veces vio cuando era niña, El último unicornio, donde una desconsolada mujer le reclama al equino mitológico haber llegado a su vida cuando ella es ya una vieja corroída por el tiempo y no una joven de lustradas mejillas.
Así quiso reclamarle a él que se presentara delante de ella veinte años después, cuando su amor por el menesteroso parecía haberse enterrado en lo más profundo de su corazón, cuando era una madre soltera treintañera y adiposa, con el organismo fulminado por la diabetes.
Definitivamente él ya no le cantaría Date vuelta, perra, se me ha ocurrido un uso para ti, como lo hacía cuando era todopoderoso.
Debajo del abrigo gastado del mendigo, se adivina una barriga que se expandía al ritmo de su respiración trabajosa, el pecho desnudo cubierto de tatuajes borrosos, como las pinturas cuyo lienzo luce amarillento y desgastado por el hongo del papel.
Ya no era aquel el caballero mágico que con sus mayitas de licra y su camisa de cuadros amarrada a la cintura se deslizaba como un colibrí por el escenario. Hacía décadas que dejó de cantar a la Lluvia de noviembre y a la dulce niña suya, la que tenía los ojos azules como el más azul de los cielos. El efebo salvaje que gruñia una bienvenida a la jungla y anunciaba, con la furia del Dios Thor, que en la Ciudad Paraíso el césped es verde y las chicas son hermosas estaba preso debajo de ese cuerpo nauseabundo y decrépito.
En su lugar quedaba un pez globo hinchado de alcohol y borracho de glorias pasadas, que no satisfecho de recordarle, con su presencia, el amor que por él sintió en el pasado y restregárselo en el rostro, aún tenía el cinismo de pedirle una moneda.
Fanny colocó, en efecto, las bolsas del súper a sus pies y se secó la lágrima. Después lo invitó a subir a su automóvil, para llevarlo a su casa y ofrecerle algo de comer.
Era gringo y no le entendió nada.
—Food, I have some food for you— le dijo entonces ella, que la primera vez que osó deslizar sus dedos en medio del volcán que ebullía en sus piernas adolescentes, fue mientras aquellos ojos azules la miraban desde un póster colgado de la pared de su cuarto y aquella garganta, ahora derruída, bramaba con dulzura un No llores esta noche, todavía te amo, nena.
¿Era éste el que había roto tantos corazones y desvirgado los oídos de las quinceañeras babosas del pasado? ¿Cabía la posibilidad que este fiambre de sujeto en otro tiempo hubiera abofeteado a las top models del Olimpo? ¿Cómo fue que este mismo sodomita del rock, que con gallardía se paraba junto a otro personaje de abundante melena se hubiese visto reducido a menos que una caricatura lastimera de sí mismo?
El gringo le sonrió con sus dientes amarillos y balbuceó algo que únicamente Fanny podía descifrar, incluso mucho tiempo después que aquel hombre bajó del altar al que lo habían confinado las adolescentes de finales de los ochenta.
—No food… Jack.
Y Fanny estaba segura que alguna vinatería cercana podría comprar una botella de Jack Daniels, además de la comida para el bebé y un par de condones.
II Aleks
Los labios de Gaby sabían a dulce de chile. Habían transcurridos muchos años desde la última vez que Aleks se había comido una paleta de aquellas, pero reconoció de inmediato su sabor luego de meter la lengua en la boca de la muchacha.
Su alumna besaba con una energía incontenible, contraria a la precisa parsimonia con que él se tomaba el asunto. Quería paladear con calma la juventud de Gaby, relamerse al final los bigotes, igual que un gato goloso que habría de comerse un ratón.
—Voy por mi mochila—le dijo ella, apartándolo con suavidad. Se levantó del prado donde ambos estaban echados y se sacudió el pasto de la falda del uniforme.
Aleks se quedó mirando como aquellas piernas rosadas, llenas de moretones, se alejaban corriendo con destino a uno de los salones superiores de la facultad.
Nada lo hubiera sacado de su trance de no ser porque el jardín se llenó de un penetrante olor a podrido.
El maestro de literatura se incorporó y se acercó a uno de los botes de basura, para contemplar de cerca al mendigo que hurgaba entre los desperdicios. Le llamó la atención que trajera una funda negra de guitarra colgada de su hombro.
Aleks se le acercó lentamente y comenzó a estudiar el objeto que aquel desgraciado traía en la espalda.
Había una posibilidad en un millón de que sucediera lo que ineludiblemente había pasado: aquel era el estuche de guitarra de Aleks.
La última vez que la vio él aún tenía el cabello largo y el estómago plano. No es que estuviera fácido, porque para sus treinta y dos años solía cuidarse bastante, pero definitivamente el tiempo es un microorganismo que deja al descubierto su presencia.
Áleks se había deshecho de su guitarra doce años atrás, cuando salió de la universidad. Dejó la banda sin pensarlo, simplemente como una consecuencia normal de las cosas excelentes que habían sucedido: la mención honorífica; el compromiso con Marcela, su primera mujer; el ofrecimiento para ser investigador en la Universidad e impartir literatura inglesa a los alumnos de primer semestre e incluso, el nacimiento del niño que ahora sólo podía ver dos fines de semana al mes, por gracia de Marcela.
Nunca volvió a tocar su guitarra eléctrica, se cortó el cabello y con el primer tijeretazo, degolló a aquel Aleks que supuestamente incendiaría al mundo con poesías convertidas en canciones. Un Aleks que ahora había llegado demasiado temprano a la vida de Gaby, una muchachita de dieciocho años que demasiado tarde vino a aparecer en la suya.
Quizá fue en una venta de garage en la que puso a vender sus sueños de segunda mano a un precio de remate.
Mientras el extraño se agachaba hasta que el bote de desperdicios se lo iba a tragar, un pensamiento le cruzó la cabeza al profesor de literatura.
—Señor, ¿me vendería su guitarra?
No le importó poner la mano en el hombro del menesteroso ni que éste oliera a orines, pero en cuanto lo vio a los ojos, Aleks sintió que no podría contener sus propios esfínteres.
Era imposible que aquel pordiosero pudiera esconder un infierno semejante en sus ojos azules. A eso apestaban los sueños que el profesor de literatura había sepultado tantos años atrás: a muerto lleno de meados.
Por ese hombre que se fingió muerto y ahora estaba en un país extraño, Aleks había saltado por la borda del barco de la vida. Aquel héroe que ahora buscaba entre la mierda algo que llevarse a la boca era el culpable de que Aleks se hubiera tragado tantas heces a lo largo de su vida; por él se cortó el cabello, se puso una corbata y se cogía a una jovencita como si con eso fuese a recuperar su juventud perdida.
Era el guitarrista zurdo que bramaba a través del micrófono, mientras el cabello rubio le cubría el azul galáctico de sus ojos, que aquí estabámos divirtiéndonos, que se sentía estúpido y contagioso… Esta misma piltrafa en otro tiempo se vanagloriaba diciendo que tomaba Litio y que se sentía solo, pero no importaba porque había afeitado su cabeza…
Si algo coincidimos ahora, amigo, es que ambos tenermos una ex mujer similar, dos sangüijuelas emocionales que nos chupan hasta la médula y después se cagan sobre nuestros huesos.
Aleks no quiso volver a mirarlo de frente. Lo tomó por la espalda y lo tumbó al piso. Cerró los ojos y se dedicó a patear aquel fardo que en otro tiempo fue el ídolo de una generación. Con cada golpe lo maldecía por haberlo traicionado, por hacerle creer, con su falsa muerte, que no valía la pena nadar contra la cascada porque nunca habría de remontarla. Lo golpeó hasta que sus propias piernas le dolían y después se agachó para tomar el estuche de la guitarra. Se lo iba a romper en la cabeza, pero no pudo hacerlo.
Un objeto puntiagudo se le hundió en el estómago y le hizo perder el equilibrio.
Aleks sentía que se ahogaba mientras dos polícias lo tomaban de las axilas y lo arrastraban hasta una patrulla.
En la mente del profesor de literatura se habían quedado grabados, como dos tatuajes mentales, los ojos azules de aquel pordiosero con el rostro bañado de sangre, mientras Gabriela chillaba histérica y rogaba a los policías que no se lo llevaran.
En la lengua, Áleks distinguió el sabor a chile y saliva de niña que sólo los perdedores con la billetera henchida y el corazón disecado logran reconocer.
III El Señor
Lo reconocí apenas entré en la oficina: aquella barba de candado, la sonrisa impecable y el firme apretón de manos lo delataban.
El Señor me dio una amable bienvenida y a mí me dio pena tener que asesinarlo.
En realidad, no era complicado adivinar que se trataba de él. Los periódicos habían dado seguimiento puntual a su trayectoria desde que El Señor tenía un nombre de pila, un apelativo de batalla, antes de que ingresara a la empresa y se convirtiera en el Presidente del Corporativo.
En algo se equivocaron mis compañeros, los antiguos fans de la otra vida del Señor. Seguía prefiriendo vestir de color negro y de ningún otro .
—It’s a pleasure for me having you working here in my company…—comenzó a decirme mientras se reclinaba del otro lado de su descomunal escritorio.
Yo no podía creerlo. Después de tres décadas por fin de encontraba a escasos centímetros de este hombre y en vez de abalanzarme para pedirle un autógrafo, estaba a punto de convertirme su verdugo. El tatuaje en mi hombro comenzó a arderme. Quizá no lo hacía desde que un sujeto había puesto su aguja sobre mi piel, mucho tiempo atrás.
Sólo tenía cinco minutos. El Señor nunca le concedía más a cualquier nuevo empleado bajo su servicio. No podía distraerme de mi objetivo, pero después de todo la emoción me resababa. Aunque él no pudiera entenderlo, lo que iba a hacer significaba un acto piadoso. Después de todo, para estar aquí, para infiltrarme en este mundo que nos resultaba ajeno y que logró tragárselo todo, incluso a Él, tuve que realizar un gran sacrificio. Uno no puede convertirse en un destacado mercadólogo de la noche a la mañana. Cortarme el cabello fue lo de menos; segar las flores de mis sueños fue quizá lo más doloroso.
Para llegar hasta aquí tuve que pasar de ángel a cadáver putrefacto. Escarbé con todas mis fuerzas para que tragara la tierra, hasta que tuve las uñas llenas de lodo y hierbas.
Primero regresé a la escuela. Estudié durante tardes enteras y me quemé las pestañas entiendo los usos y costumbres del mundo de afuera. Me metí a trabajar y adquirí mi primera tarjeta de crédito. Hice diplomados en mercadotecnia y perfeccioné el inglés que antes únicamente utilizaba para descifrar las frases que El Señor, aún con guitarra al hombro, solía predicar: He perdido la voluntad de vivir/ Simplemente no haya más que entregar/ No hay nada más para mí/ Necesito que llegue el fin para sentirme libre…
Aquellas frases pesismistas y mis camisetas negras fueron sustituídas por una serpiente de seda Giorgio Armani que se enredaba en mi cuello, todos los días, de nueve a cinco. Me asfixiaba lo sufiente como para sentirme prisionero, pero no lo suficiente para matarme.
Me hice de una novia que detestaba el heavy metal pero adoraba comer en casa de su mamá. Y, dicho sea de paso, tuvimos un hijo hermoso que bien podría haber anunciado pañales en la televisión.
Bien valió la pena, pienso, mientras acaricio la culata de mi pistola y le clavo los ojos al Señor.
Pobrecito, quiza fue víctima de un hechizo y por eso cambió aquellos días en que amanecía con el cuerpo expirando la borrachera de vodka y la boca atascada de frases terminadas en mutherfucker por un sitio en el engranaje, por la presidencia corporativa de su propia casa disquera.
Nos traicionó y yo fui el mártir, el hijo unigénito que sus seguidores eligieron para sacrificarse en busca de la salvación de Su Alma. Pasaría el resto de mi vida en la cárcel, pero habría dado mi sangre por Él, aunque nos hubiera negado tres veces antes de que cantara el gallo.
Quien abandona la religión del rock como lo hizo nuestro ahora Maestro de Marionetas, merece la muerte para ser recordado por lo que fue y no en lo que se convirtió. Él y sus compañeros lo dijeron en un disco: Mántenlos a todos.
—Let’s go back to work, my new service manager— me dice El Señor, mientras se pone de pie.
Tengo que aprovechar. Quizá Él no vuelva a México en muchos meses.
Claro que sí, Señor, pienso mientras sus ojos claros se pierden en el cañón de mi dedo índice, haciendo la ‘mímica’ de una pistola.
El Presidente Corporativo me devuelve una sonrisa impenetrable a mis balas invisibles.
Otra vez será, después de todo el Señor que mueve los hilos paga bastante bien.








