viernes, julio 18, 2008

Muse en Monterrey


Llely y yo nos lanzamos a Monterrey a ver a Muse. Vimos también a Gaby Torres, la editora punk de mi libro Saliva y Teleraña, así como a Xardiel y Gerardo, de la revista La Rocka, en donde por años colaboré. Fue toda una aventura: vimos museos, cheleamos y comimos en el Torito Sinaloense. Ya para rematar, después del concierto nos fuimos al Café Iguana, el sitio donde Brujería suele tocar cuando visita el Cerro de la Silla —y Llely muere por bailar Don Quijote Mariguana (y yo por verla)—, así que en resumidas fue um buen viaje, aunque relámpago. Esta es la crónica que publiqué en Récord.


El llamado de la Musa

Al mismo tiempo que los viajes comerciales al espacio exterior están cerca de convertirse en realidad, tres músicos ingleses transportaron a cerca de 8 mil quinientos pasajeros hasta otra galaxia.
El cantante y guitarrista Matthew Bellamy fungió como el capitán de una nave sonora, auxiliado en todo momento por su tripulación, el bajista Chris Wolstenholme y el baterista Dominic Howard.
El despegue tuvo lugar pasadas las 21:00 horas del miércoles, en medio de una Arena Monterrey que hervía de emoción, entre sudores de gente apretujada y cervezas que actuaban como combustible de fantasías.
Apenas se colocó su guitarra y comenzó a pulsar en su mástil las primeras notas de Dead star, Bellamy invitó a sus pasajeros a romper las barreras del tiempo y el espacio. Algunos recordaron el momento en que conocieron a la musa, mucho tiempo atrás, y entonces, enternecidos, apretaron su mano para dejarse llevar por la música de Muse hasta un paraíso donde el dolor no estaba invitado.
Otros prefirieron ser cohetes y volar entre la masa de gente hasta caer sobre una alfombra de cabezas eufóricas.
Mientras, Bellamy literalmente chillaba en el micrófono una letanía hipnotizante: “Solías ser lo más importante para mí y ahora estás cansada de luchar”.
El viaje pudo durar mil años luz o quizá dos horas terrestres, en las que los músicos supieron guiar a su público entre decenas de supernovas, galaxias y asteroides que, desde las pantallas gigantes, amenazaban con colapsar contra la nave sonora.
Montados en la cauda de un cometa rockero, los adolescentes, los adultos, e incluso los vendedores de cerveza, disfrutaron de los enloquecidas convulsiones de Bellamy, ya fuera en el piano o en la guitarra, mientras interpretaba Supermassive blackhole, Sunborn o Starlight para cerrar de manera apoteósica, en el encore, con el coro de Knights of Cydonia: “No one’s gonna take me alive…”. Y Guadalajara, hoy te toca emprender el vuelo.




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domingo, julio 13, 2008

Londres después de medianoche


En enero pasado, publiqué esta entrevista con Sean Brennan, de London After Midnight, en Gótica. Quiero terminar algunos cuentos, así de momento rescato el texto para no dejar sin actualizar la Tormenta...

London After Midnight
La más punk de las criaturas de la noche



LONDON AFTER MIDNIGHT es, sin duda, una de las criaturas más peculiares de la escena oscura. Grupo de culto, banda oscura cuyo enigmático creador, SEAN BRENNAN, siempre quiere desmarcar de los terrenos de la oscuridad; de amplia trayectoria, aunque con no tantos discos grabados, a LAM bien se le podría catalogar como la banda gótica que más veces ha roto los que —se supone—son los principios del gótico.
Para empezar, LAM no tiene una formación fija. Desde su nacimiento a principio de la década de los noventa, la banda se ha funcionado como un taller al que han llegado a abrevar diferentes personajes de la escena oscura californiana, entre ellos la tecladista TAMLYN y el bajista MICHAEL AREKLETT, aunque siempre supeditados a las decisiones de Brennan, el autor intelectual y material de los pasos que la bestia que se aparece en Londres a medianoche, ha dado por el mundo.
Lo que más sorprende del grupo es su inquietud e interés por los temas sociales tales como la defensa de los derechos humanos y de los animales, la completa oposición a la carrera armamentista y la protesta ante el estrangulamiento económico que las grandes potencias ejercen con los países más pobres, por no mencionar su antipatía ante instituciones como la Iglesia y el Ejército.
En cada uno de los lanzamientos discográficos del grupo, sea el primero, SELECTED SCENES FROM THE END OF THE WORLD (1992) hasta VIOLENT ACTS OF BEAUTY (2007), las preocupaciones de Sean están patentes y plasmadas en textos de incomparable poesía, llenos de rabia, tragedia y melancolía, pero con la potencia y agresividad de un punk que subyace bajo la piel pálida del cantante e instrumentista.
En esta conversación exclusiva que sostuvimos con Sean, desde su residencia en Los Ángeles, nos deja bien claro que los vampiros contra los que lucha no son aquellos que beben la sangre de sus víctimas, sino que los crueles, depredadores a los que combate, responde a nombres como BANCO MUNDIAL o Fondo Monetario Internacional, los mismos que están dejando en los huesos al mundo entero.

GÓTICA: A muchas bandas dentro de la escena oscura parece no interesarles la política, ¿porqué tú estás tan inmerso en la materia?

SEAN: Sí, muchas bandas se desatienden de la realidad y se concentran en ellos mismos. No existen más grupos subversivos en la escena oscura. En lo personal, a mí siempre me han interesado las causas sociales, los derechos humanos, e incluso la defensa de los animals ¡Y todas estas causas son subversives!
Creo que la política no es un interés que puedas mantener en secreto, porque se trata de la vida misma, nos afecta a todos. Los gobernantes actúan, supuestamente, en representación de los ciudadanos y la realidad es que todos somos ciudadanos y nos afecta. A quien no le afecta la política es porque no le interesa absolutamente nada ni nadie.



G:Hay quienes dicen que la política es difícil de entender, ¿qué opinas?
También hay quienes dicen que es aburrida. Supongo que las vanalidades de Hollywood se les hacen mucho más interesantes, o que alimentar nuestro ego es mucho más trascendente que buscar la verdad. Esta postura es idiota, sobre todo cuando la contracultura es quien se muestra indiferente a la política. La contracultura debería estar contra el mainstream; de otra forma no se puede considerar contracultura. Pero la realidad es que la contracultura está imitando los parámetros del mainstream, es decir, las celebridades de la contracultura son tan vacías como las del mainstream. Quizá se vistan de negro y su música sea más pesada, pero en el fondo no existe diferencia. Todos se ocupan de cultivar sus egos y no sus almas. Entonces, para que el mundo cambie, necesitamos convertirnos en animals politicos. Hay que retar a los gobiernos, decirles que no queremos guerra o que el mundo se contamine al punto de extinguir a todas sus especiales, o que ns mantengamos indiferentes ante al calentamiento global. ¡Hay que despertar! Los tatuajes y los piercings no nos hacen distintos o más rudos, pero el pensamiento sí.

G: Vives en California, un estado con una alta proporción de mexicanos en su población, ¿cómo son las condiciones para hacer arte ahí?

S: Los mexicanos aquí son marginados por los norteamericanos, lo cual me parece muy triste. Hay muchos racistas en California, y muchas medidas económicas injustas, aunque California se precie de ser un estado fundamentalmente liberal. Nuestro gobernador, ARNOLD SCHWARZENEGGER, pertenece al partido liberal, al igual que GEORGE BUSH, que son derechistas y se guían por intereses armamentistas. Schwarzenegger fue apoyado por PETE WILSON, el gobernador racista de los noventa, que estaba contra los mexicanos. El padre de Schwarzenegger perteneció a los Nazi y mucho me temo que él heredó esa horrible filosofía.
Así, la atmósfera en LA es terrible. Se trata de una ciudad arrogante, donde nadie se preocupa por sus semejantes. Si caminas por el Hollywood Boulevard, encontrarás un montón de niños ricos gastando su dinero en los bares, a un lado de donde un montón de gente sin hogar se apretuja porque tiene frío.
Esta no es una escena muy inspiradora para hacer arte. En realidad yo nací en Connecticut y quiero escapar de Los Ángeles apenas pueda.

G: Hablas mucho sobre la muerte en tus canciones, ¿qué opinas de gente como ROZZ WILLIAMS, IAN CURTIS o KURT COBAIN, que cometieron suicidio?

S: La muerte es una metáfora en mis canciones. Como en SACRIFICE, en la que referencias como "end" o "reaper", en realidad simboliza una relación que fracasó. Kurt Cobain y Ian Curtis eran artistas super dotados, pero nunca me gustó Rozz Williams. Lo cierto es que los tres tenían serios problemas con el alcohol y las drogas, lo que derivó en que se quitaran la vida. No me gusta que esta gente se llene de glamour, porque lo que hicieron fue muy triste y no debería imitarse. Su enfermedad debería lamentarse, pero no volverse unos mitos. Aprecio la música de Cobain y de Curtis, pero me parece inhumano que la gente los aprecia más porque murieron. Así, llego a la conclusión de que a la gente le gusta el drama. Muchos pintores, cuyos cuadros se venden en la actualidad en millones de dólares, fallecieron de hambre en su tiempo. Pero la gente convierte en mitos a las personas en el momento equivocado. Existen académicos como NOAM CHOMSKY, que realmente están haciendo por el mundo, pero que son ignorados por la gente que idolatra drogadictos o modelos anoréxicas.

Para mucha gente tu música es una inspiradora tristeza, ¿alguna vez has intentado quitarte la vida?

S: Nunca, cuando alguien tiene un problema, tiene que echar un vistazo alrededor. Siempre hay alguien que sufre más que uno. Obviamente quienes sufren desórdenes mentales tienen que buscar ayuda profesional, pero en la mayoría de los casos la gente suele maximizar sus problemas. Tarde o temprano terminamos riéndonos de nuestros problemas.

G: ¿Qué sería de tu vida si no fueras músico?
S: Estaría envuelto en algún activismo político o en otra disciplina artística. En un principio, me interesaba mucho más el cine que la música. Me gustaría hacer películas y no he quitado el dedo del renglón, acerca de los temas que me interesan, como los derechos de los animales, el vegetarianismo y los derechos humanos.

G: ¿Por qué tardaste tanto en componer un nuevo disco?
S: Tuve mis razones para retrasar el lanzamiento. Nuestro último material, ODDITIES, fue lanzado en 1998. Tenía temas inéditos, pero la mayoría eran versiones en vivo al ternas de canciones que ya se conocen de LAM, nueva música con viejas letras conocidas. Luego el relanzamiento de SELECTED SCENES FROM THE END OF THE WORLD y PSYCHO MAGNET fueron lanzados con algunos temas inéditos. Luego editamos una nueva rola, Fear, en el soundtrack de la película SAW II, en 2006. Así, existen canciones nuevas de LAM en este periodo, pero pero muchas cosas fueron retrasando el lanzamiento de VIOLENT ACTS OF BEAUTY, como el que dos disqueras transnacionales me ofrecieran firmar con ellas, como el hecho de que una de ellas quebrara y la otra deseaba tener control sobre mi música.



G: ¿Existe un concepto detrás de Violent Acts of Beauty?
De alguna manera, porque se incluyen canciones muy viejas, que nunca grabé, pero que se modernizaron para ser parte de este álbum. De hecho, estuve tocando muchas de ellas en concierto. No quise sacar este material hasta estar convencido del más mínimo detalle. La grabación fue lenta y muy laboriosa porque yo toque todos los instrumentos.

G: ¿De qué habla este nuevo álbum?
S: Te dire, el título es una deformación de unas calcomanías que suelen verse en los Estados Unidos y dicen: "Practice random kindness and senseless acts of beauty (Haz el bien sin mirar a quien y ejecuta actos inconscientes de belleza)". Aunque en el fondo es una Buena frase, la gente en EU no lo pone en práctica. La mayoría cree que con pegar una calcomanía en su auto es suficiente para cambiar el mundo, pero continúan arrastrando sus vidas miserables. La gente quiere ser percibida como suena gente, cuando la realidad es que no le importa en lo más mínimo sus semejantes. Ése es el fondo de Violet Acts of Beauty, porque la imagen se ha convertido en lo fundamental para las personas. El disco simboliza una protesta, intenta hacer un llamado para que todos seamos mejores.
En el CD hay una canción llamada Feeling Fascist?, que habla en contra del fascismo. El socialismo puede ser considerado lo opuesto al fascismo, así que me basé en la estética soviética para el arte. The Kids are All Wrong es otro tema interesante, está inspirada en el tema de The Who, The Kids Are Alright. Se trata de una comparación entre el entonces y el ahora, en los sesenta las personas querían cambiar el mundo, ahora sólo se preocupan por ellos mismos.

G: ¿Qué opinas de los clichés con lo que muchas personas asocian la escena oscura, vampiros, Satán, etc.?

S: Desgraciadamente esos clichés se han convertido en la escena.La escena gótica al que yo me sentí atraido cuando era pequeño estaba mucho más relacionada con el activismo punk de los noventa. Ahora eso ha desaparecido y ya solamente se rinde culto a la imagen.

G: A propósito, ¿qué tan importante es para ti la imagen de una banda?
S: Me vale. Es muy triste, pero la mayoría de las bandas góticas de la actualidad basan su éxito en la imagen. No tengo idea de porqué la gente apoya a estos grupos. Fue por eso que me alejé de la escena oscura en 1993, porque todas las bandas sonaban como un mal refrito de SISTERS OF MERCY. Desgraciadamente, en el negocio del espectáculo la imagen es lo más importante. Me gustaría poder cantar detrás de una cortina, pero no es posible. Quisiera que nadie supiera cómo soy, pero que escucharan mis canciones. Es una idea loca.

G: ¿Qué sabes acerca de México?
S: Algo, pero la mayoría de las cosas que sé acerca de tu país están relacionadas con las desastrosas consecuencias que la política económica de EU y Europa ha tenido en Latinoamérica. Los imperios han lastimado mucho al continente.

G: ¿Cuáles son tus mejores recuerdos de México?
S: La pasión de las personas. Los conciertos en México reflejaron mucho amor. Odio la idea de ser una estrella de rock, pero me complace compartir mi música con gente inteligente como la de México y tan sincera. Creo que pronto saldremos de gira y me gustaría incluir a México en la agenda; por lo pronto, estoy buscando distribución para mi disco en tu país.


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sábado, julio 05, 2008

Diamanda Galás


Casi siempre se me olvida recomendar que alguien compre la revista Gótica. Por lo regular sale uno que otro artículo, cuento o entrevista de mi autoría entre sus páginas. Sin embargo, soy muy despistado. Lo mismo me pasaba con La Mosca, y en la actualidad, con otras revistas donde escribo como Indie Rocks!, Marvin, Sónika o Playboy.
La cosa es que en el número de julio de Gótica vienen cuatro entrevistas mías: una con Diamanda Galás, que es la portada, otra con Baby Horror, una banda española de punk y rockabilly, otra más con Rasputina y una con Touomas, de Nightwish.
Si alquien la quiere ver en línea, voy a postear la de Diamanda.

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sábado, junio 28, 2008

Jaqueca


—¿Cuándo comenzaron sus problemas?—le preguntó el hombre aquel de la boina que sostenía entre sus labios una pipa apagada.
—No lo sé con certeza— respondió el otro, hundido en el reposet negro como en el interior de una ostra—quizá fue en el kínder, o antes. Creo que desde el primer día de clases hablé con algún niño, pero al poco tiempo ya tenía yo muchos amigos.
El analista no dijo nada. Se limitó a balancear su cabeza como un péndulo y parecía que iba a tomar notas en su libreta, pero de último momento se arrepintió.
—¿Se sentía solo, antes de eso?— preguntó por fin.
—Nunca— la voz del paciente sonaba sincera, quizá ingenua, pero sincera— Cuando era niño, tuve a mis padres e incluso dos hermanos. Mis primos me acompañaron en mis juegos y luego, cuando crecí, los amigos y las novias ocuparon casi todo mi tiempo. Es más, antes de venir para acá, con usted, he dejado a mi mujer en su trabajo y a mi hija en la Academia de pintura.
El tipo de la boina se lo pensó un momento antes de proseguir. Hablaba con la lentitud de quienes cobran por minuto y que, después de haber conocido a todo tipo de mentes torcidas, ya no suelen asustarse ante ningún padecimiento, por extravagante que fuera. Seguramente al tipo de la boina le asustaba la sangre, sí, pensó el paciente, y por eso se dedicaba a curar los pensamientos. De ellos brotaban cosas que manchaban mucho más que la sangre, pero que no lo orillaban al desmayo.
—Muy bien… ¿Ha hablado con alguien más de camino al consultorio?
El paciente se lo pensó bien. Era muy bueno haciendo cuentas.
—Verá… pues compré el periódico en un semáforo, aquí lo tengo en mi portafolios, también un café americano en un local que está a cinco minutos de mi casa. No puedo despertar por completo si no bebo cuando menos dos tazas antes del mediodía.
El analista sacó un encendedor del bolsillo de su saco. No encendió la pipa-. Se limitó a jugar con él mientras continuaba preguntando.
—¿Es todo?
El otro se revolvió en el reposet y entrecerró los ojos antes de responder. También se llevó las manos a las sienes y se masajeó, como para estimular su memoria.
Bostezó.
—He hablado con su secretaria para que me anuncie.
El analista era un tipo de edad, con una barba blanca que a Jesús le recordó inmediatamente a Freud. Si todos los hippies se querían parecer a John Lennon, era muy probable que este doctor hubiera esperado, desde la Universidad, a volverse viejo sólo para utilizar una barba idéntica a del creador del psicoanálisis.
—Su caso— comenzó a hablar el analista— es muy interesante, pero antes de emitir una opinión, tendré que hacerle unas cuantas preguntas.
—¿Más?—preguntó a su vez el paciente, que desde que llegó a ese consultorio no había sino ofrecido respuestas.
El tipo de la boina, que jugaba con su pipa apagada, le hizo una inclinación de cabeza.
—Le garantizo que cada una de mis interrogantes le ayudará a usted a encontrar respuestas con mayor facilidad. Dígame, ¿Lleva usted un directorio telefónico, digamos, para organizar los números de sus amistades, familia y asuntos de trabajo?
El interlocutor afirmó.
—Bien. Y tiene usted esposa, así me lo dijo hace unos minutos.
Nuevamente el otro pronunció un sí.
—¿Cree usted que ella pueda venir a terapia también?
El sujeto se revolvió otra vez en el reposet.
—¿Es absolutamente necesario? Verá, ella no cree mucho en el psicoanálisis, bueno, ni siquiera cree en los doctores. Dijo que era una tontería que yo viniera a verlo.
El analista demostró un nuevo interés por encender su pipa.
—¿Podría mostrarme el periódico que compró?
El paciente se mostró extrañado.
—¿Está seguro que esto resultará relevante para el diagnóstico?
El hombre de la boina asintió.
El otro se levantó con mucha dificultad. Arrastró los pies para dirigirse hasta el perchero que se ubicaba a un costado de la puerta de la habitación y se agachó para abrir su portafolios.
Transcurridos unos segundos, bostezó largamente.
—¿Está cansado?—mencionó el tipo que parecía únicamente hacerle preguntas.
—¡Deje de hacer eso!—le gritó el otro.
—¿A que se refiere?
—¡A las preguntas! ¡Estoy harto de las preguntas!
—¿Por qué?
El tipo dejó caer su portafolios y se tomó una vez más sienes.
—¿Podría obsequiarme un poco de agua fría?
El otro se puso de pie y camino hasta donde estaba el paciente para colocarle las manos sobre los hombros.
—¿Por qué no se tranquiliza y toma asiento?
—¡Deje de hacerme preguntas!
El tipo de la boina retrocedió.
—Muéstreme su periódico, por favor.
—No lo encontré, no tengo idea de dónde pueda estar.
—¿Lo habrá olvidado en el coche?
—No lo sé…—dijo el paciente, un poco aturdido—¿Qué rayos tiene que ver todo esto con mis sueños?
—Ha usted bostezado dos veces desde que entró en mi oficina, ¿está seguro que bebió café antes de llegar?
—Tal vez haya sido un error venir con usted—dijo y el hombre recogió su portafolio del piso y puso la mano derecha en el picaporte.
El de la boina accionó el encendedor. Dio una calada a su pipa y exhaló el humo.
—Fumar hace mucho daño—dijo el otro, sin retirar la mano de la puerta.
—¿Y qué? Usted ya se va, así que no tendrá que aspirar mi humo. No cree en nada, igual que su mujer.
Transcurrieron unos diez segundos y el hombre dejó una vez el portafolio en el piso. Regresó en silencio hasta el reposet.
—Quizá no haya tomado café en la mañana ni comprado el periódico.
—¿Entonces por qué lo mencionó?
—Porque estaba seguro que así había sido, supongo que le pasa a todos los que tenemos esta enfermedad.
—Hábleme acerca de sus sueños.
—Pesadillas, querrá decir.
—Supongo que en un principio no los calificaba de esa manera.
El otro sonrió. Regresó a la silla desde donde escuchó la primera parte de la charla.
—No, en un principio eran agradables… hasta que todos empezaron a hacer preguntas y a pedirme cosas.
—¿Cómo fue?
—Fue divertido… al principio.
—¿Escuchaba voces?
—Es que un inicio no eran voces, eran mis personajes. Se me ocurrió que sería divertido pensar en un hombre y lo imaginé, enterito, exactamente como me hubiera gustado ser.
—O sea, lo hizo a su imagen y semejanza.
—No lo sé. Sólo tengo la certeza de que sólo quería crear un hombre, salir de la rutina, hacer algo creativo…
El sujeto comenzó a alterarse.
El de la pipa se puso de pie y se colocó a sus espaldas. Otra vez dejó que una de sus manos descansara en el hombro de su interlocutor, para calmarlo.
—¿Ahora mismo están hablando?
—Sí… nunca se callan. Me piden por ellos, por sus amigos y sus familias. Me ruegan que los proteja, que los cure, que los alimente y los procure. Cada día son más.
—¿Qué pasó con ese primer hombre?
—Se sintió solo, así que me propuse imaginarle una compañera.
—¿Y después?
—Ignoro en qué momento, pero dominaron mi imaginación. La pareja se sintió sola y me pidieron que les enviara un hijo. Después otro. Después un hijo mató al otro y después tuvieron más hijos. Después los primeros hombre se me olvidaron, se murieron, y para entonces tenía la cabeza llena de hijos. Luego esos hijos formaron países y los países se enemistaron unos con otros.
—Y supongo que usted tiene una jaqueca de mierda.
—He venido aquí porque he estado a punto de suicidarme. No quiero que esas voces sigan hablándome.
—¿Qué le dicen?
—Me ruegan por sus almas. Me hablan de salvación, de la vida después de la muerte, de cosas que no entiendo. Dicen que soy su padre y yo, sencillamente, he perdido el control sobre ellas. ¿Es esquizofrenia, es eso?
—¿Lo confunden?
—Muchísimo. Unos me llaman piadoso, otros creen que soy vengativo. Yo sólo quiero que se salgan de mi cabeza y me dejen en paz. Me culpan por sus odios y me responsabilizan sus muertes. Algunos han decidido pasar de mí y se los agradezco, incluso afirman que no existo… pero otros, mierda, dicen que son mejores que los demás y que pueden comunicarse conmigo. Los más ignorantes se dejan llevar por estos últimos y conforman grupos que me llaman con más fuerza.
El sujeto de la pipa comenzó a rascarse la cabeza con la mano derecha.
—¿No ha pensado en ignorarlos?
—La mayor parte del tiempo lo hago. He querido matarlos incluso, a todos.
—¿Y porque no lo hace?
El tipo se secó el sudor de la frente con el dorso de su diestra.
—¿Y cómo?
El de la pipa respondió:
—Igual como los creó.
—Pero soy su padre. Han erigido templos en mi honor.
—Da igual. Si todos modos las acciones de los poseedores siempre van encaminadas a su propia destrucción, según me ha contado, ¿al final no les haría bien que su creador les facilitara el trabajo y dejaran de sufrir?
El rostro del hombre se iluminó.
—¿Es curable entonces mi esquizofrenia?
—¿Los escucha ahora mismo?
El otro cerró los ojos.
—Sí, escucho sus autos, a los pregoneros de la calle y los niños jugando en los parques. También distingo los teclazos de computadora en las oficinas, el sonido de los zapatos deportivos de quienes corren en los parques y los rezos de las ancianas quienes me piden que la moralidad de otros tiempos se imponga nuevamente.
—Desaparézcalos—dijo secamente el tipo de la pipa y la boina.
—Ya.
—¿Cómo lo hizo?
—No he sido yo. Les he enviado un mensaje a quienes les gusta cambiarme el nombre para que se ocupen de ellos.
—¿Quiénes?
—Otras voces. Unas que hablan otro idioma.
—¿Cómo? ¿Escucha usted voces en otro código?
—Sí. En muchos. En un principio todas hablaban el mismo, pero después aprendieron a diferenciarse.
El tipo de la pipa se recargó en su silla.
—¿Y bien?
—Ha funcionado. Escucho como unos pocos sobrevivientes me piden que los ayude a sobrevivir del ataque de los anteriores.
—¡Bien!
—¿Y si nunca mueren?
—¡Claro que lo harán!— dijo el otro, excitado— ¡Rápido! ¡Dígale a los ruegan por su intervención que usted está de su lado y los ayudará a exterminar a los agresores!
Transcurrió medio minuto en silencio. Nuevamente había cerrado los ojos.
—Ahora ambos ruegan por mi ayuda. Se están destrozando.
Poco a poco las voces dentro de su cabeza se fueron diluyendo, igual que agua estancada una vez que se han destapado las tuberías.
Desaparecieron los autos, los niños en los parques y su esposa. En algún lado se fueron borrando los nombres de un directorio telefónico. Después no hubo recuerdos, ni de los amigos del kínder, ni de sus padres, ni de la secretaria que le había permitido el paso cuando llegó a este edificio.
Cuando abrió los ojos, ni siquiera el tipo de la pipa estaba ahí. Ni el reposet negro, ni el consultorio, ni la calle. Tampoco el dolor de cabeza.
Nada.


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sábado, junio 21, 2008

Óptica cuadrada


El próximo 20 de octubre cumplo 30 años. He intentando no pensar demasiado en ello, aunque hay cosas que a menudo me recuerdan que muy pronto concluirá la tercera década de mi vida.
Uso anteojos desde que tenía diez años. Rara vez un par me duró más de un año. Hubo una semana en la que, según recuerdo, rompí dos armazones. Ya fuera en el slam de algún concierto o después de anotar un tiro de tres puntos en alguna cancha de basketball, el hecho es que mis lentes siempre quedaban hechos trizas.
Mi papá se enojaba, pero a regañadientes me compraba un nuevo armazón, que invariablemente traía las micas rayadas.
Los lentes han sido mis compañeros en momentos importante de mi vida. Se empañaron cuando tuve mi primer faje —no recuerdo mucho a la chica, pero sí los lentes que yo traía— y se llenaron de lágrimas la mañana en que nació mi hija.
Cuando en nuestros días de prepa mis amigos y yo terminamos en los separos de la delegación Tlalpan, por beber cervezas en la banqueta, los policías nos quitaron las agujetas y cinturones para meternos en la celda. A mí, me retuvieron mis anteojos y aún recuerdo aquellas cuatro horas —viendo borroso— como las más angustiantes de mi vida.
No es ley, pero gran parte de los escritores que admiro se han fulminado las córneas a costa de leer crestas y valles de letras.
Usan lentes.
El hecho es que el otro día me encontré los anteojos que usaba antes de los que actualmente descansan sobre mi nariz.
Y, un poco más abajo, en el mismo cajón, estaban los que usé antes de que los otros.
Cuando comparé esos dos armazones y sus micas, con los que en la actualidad me ayudan a distinguir las formas del mundo, caí en la cuenta de que no estaban rotos. Hace dos armazones que he cambiado de anteojos sencillamente por gusto y no por necesidad.
Cada uno me ha acompañado por espacio de dos años y fui yo, no mi papá, quien pagó por ellos.
Ya me estoy haciendo viejo.




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viernes, junio 20, 2008

Una rata en una catedral



Siempre he pensado que la raza humana es absurda. Eso es lo que nos diferencia del resto de los animales.
Parece que absolutamente todo lo que el ser humano hace lo conduce sin remedio a la destrucción. De hecho, si lo pensamos fríamente, entre los primeros homo sapiens y los pobladores modernos de la Tierra existe un océano de distancia que, en vez de agua, podría llenarse de vergüenza. Nuestra evolución ha sido directamente proporcional a nuestro debilitamiento.
Jodemos la capa de ozono, consumimos sin pudor algunos los recursos naturales y por si fuera, nos fascina matarnos entre nosotros.
Un hombre, en la actualidad, difícilmente podría basar su alimentación en productos naturales (es decir, verduras crudas, directamente cortadas de un arbusto) y andar desnudo por la vida sin perecer víctima de alguna infección o peor aún, del piquete letal al que le saquemos cien veces su tamaño.
Cada vez nos hemos convertido en animales, contra lo que pudiera pensarse, mucho más débiles y vulnerables. Enfrentamos al mundo en jeans porque nos deshicimos del pelo y consumimos sopas procesadas porque nuestros pobres estómagos se empachan si bebemos agua de un río. Estudiamos carreras universitarias porque nos acostumbramos a las puestas de sol y sencillamente ya no nos maravillan.
¿De qué sirve escribir, pintar o hacer películas, si con ello no hacemos sino contribuir a nuestra infelicidad? Nos angustiamos, sufrimos y arrastramos durante toda nuestra vida esta maldición llamada inteligencia. Siempre creído que Tontín era el más feliz de los siete enanos por carecer de inteligencia. Los genios, casi por lo general, viven atormentados.
Un perro es mucho más congruente con su destino. No desea controlar su medio, se ajusta a ser parte de él. No mata si no tiene hambre y tampoco llora durante días si su perra le es infiel. Disfruta de la caricia de un rayo de sol dándole de lleno en la barriga y nunca carga tarjetas de crédito.
Si de verdad existe vida extraterrestre, me imagino cómo los habitantes del planeta X se han de pitorrear de los seres humanos.
—Mira que dominarse los unos a los otros, mira que inventar un ser invisible al cual le rinden culto y hasta matarse en su nombre, mira que matarse por territorio y dividir su planeta en fronteras, mira que ponerle precio a las cosas que el mismo planeta les provee, crear un sistema de intercambio y matarse por eso, mira que matarse por diversión, mira que matarse cuando están felices, tristes o enojados…—se dirían entre ellos, las personas X.
Y si el destino de la humanidad es destruirse sin razón, que irónico que entonces los vegetarianos, los pacifistas y todo aquel que intente cambiar las cosas vaya en contra del destino del hombre. A la luz de este razonamiento, todos ellos serían como un virus para el ser humano, pues le impiden cumplir con su instinto natural: la destrucción.
Quizá ese Dios del que algunos hablan es tan sabio que sembró ese espíritu auto destructivo en los hombres temeroso de que algún día no supiera Él cómo acabar con la Humanidad.
Por eso, sería mucho más cómodo haber nacido flor o abeja, ya que ninguna de ellas intenta trascender ni durante ni más allá de su existencia. La flor como tal ni siquiera es importante; lo son las flores, como conjunto para el equilibrio natural.
Quizá entonces el error del ser humano radica en su constante búsqueda de la trascendencia individual. Si nos conformáramos con ser parte de una especie en un planeta, a su vez enclavado en un universo, entonces no habría países, dinero ni Mesías.
De todos modos, como sostiene Olaf Satpledon en su novela Hacedor de Estrellas: “¿No tendría la humanidad, en una universal perspectiva, más importancia que una rata en una catedral?”.


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sábado, junio 14, 2008

LAS NOCHES CIRCULARES


Después de morirse, mamá me enseñó una gran lección: lo importante que es no convertirse en fantasma.
Lo hizo sin querer, pero fue una gran enseñanza a la que tuve acceso gracias a su invaluable ejemplo. Hubo un tiempo en que pensé a pensar que las dos últimas semanas de vida de mi madre se repetirían incesantemente hasta el día en que yo mismo muriera.
Hay ocasiones en que la mente nos obliga a darle vueltas algún pensamiento, nos encierra, se convierte en nuestra prisión. Incluso duele la cabeza cuando esa sensación de tocar infructuosamente las cuatro paredes de un habitación sellada en busca de una puerta.
A mi madre le sucedió al revés: sólo sus pensamientos la liberaban de su cuerpo. En los últimos meses, seguro la muerte era el único que la ocupaba.
Recuerdo el cuarto en que ella agonizó; el olor penetrante de su orina café, expulsada con esfuerzo por unos órganos podridos por el cáncer. El líquido caía a través de una sonda que tuvo durante tres meses encajada en la vagina y que le provocaba una constante molestia y se acumulaba en una bolsa de plástico, a los pies de su cama.
Así fue al principio, porque después otros dolores aún más horribles hicieron que se olvidara de la sonda y la bolsa en la que se acumulaban sus desechos.
No puedo apartar de mi memoria las llagas profundas de su cóccix, las gritas que su espalda inmóvil fue coleccionando y que nadie sería capaz de borrar. Sus ojos llenos de lágrimas de cristal y aquella mirada de horror genuino. Y lo peor: las noches circulares en que ella no conseguía dormir y me apretaba la mano para que no me alejara de su lado, porque el tumor había llegado a su garganta y mi madre era incapaz hasta de articular una palabra.
Su mirada se hizo saltona, dijo la doctora, porque también el cerebro le iba a reventar por culpa de la enfermedad.
En ese entonces no entendí porqué si es que Dios existe puede martirizar de semejante manera a una de sus más fieles creyentes.
Ahora me queda más claro: si Dios hizo al hombre a su imagen y semejanza, es que entonces Él es un ser enfermo que se masturba mientras mira sufrir a sus hijos.
En aquellas noches, yo solía despertar a cada momento, con la esperanza de que mi madre hubiera muerto.
Pero no.
Mamá no dormía y tampoco hacía ruido. En medio de la oscuridad, hacía hasta lo imposible por llorar, aunque de sus ojos no salían lágrimas. Su pecho, atravesado por un catéter que le proveía de morfina, subía y bajaba como un reloj de arena que tarde o temprano dejaría de voltearse.
Y yo sólo quería que Dios de verdad existiera, para tener a quien maldecir.
Hubo un día en que por fin sucedió.
Mi hermana llamó por teléfono y me dijo:
—¿Ya te avisaron? Mi mamá ya falleció.

Al día siguiente de su muerte, después del velorio y de que la hubieron cremado, fui a casa de mi tía y ahí estaba. Mi madre iba y venía por la casa, subía y bajaba las escaleras, doblaba ropa que después guardaba en la cajonera e incluso, le daba vueltas con una cuchara al arroz.
Estaba de pie y estaba vestida.
Me saludó con un beso en la mejilla.
Mis tías y mi prima le hacían la plática, aunque la primera parecía estar muy asustada. Mi mamá, de vez en cuando, se detenía a charlar con ellas, pero de inmediato reanudaba su andar de aquí para allá por toda la casa.
Todos sabíamos que un día antes la habíamos cremado, aunque nadie tenía el valor de comentárselo.
Mamá se veía tan liberada del dolor y tan feliz de estar ocupada, que nadie tenía corazón para revelarle la verdad. También se veía hermosa, radiante, tan llena de salud y tan alejada del cáncer, que para nosotros era un alivio quedarnos con ese recuerdo y con el del cuerpo fulminado por el sufrimiento que mi mamá nos había dejado antes de morir.
Así que nos dedicamos a ir detrás de ella, volviendo a sacar los mantelitos de las cajoneras, para que al momento siguiente ella pudiera guardarlos de nueva cuenta, y comiéndonos el arroz que preparaba, para que al segundo siguiente ella preparara un poco más.
En pocos días nos acostumbramos a su nueva vida, si es que se le podía llamar de esa forma.
Sin embargo, al cabo de dos semanas volvió a caer enferma.
Sin razón aparente, me dijo mi prima, un día el fantasma de mi madre amaneció acostada en la cama, con la sonda en su cuerpo y la bolsa de orina en el piso. Su piel había perdido nuevamente el tono rosado y los huesos de sus manos volvieron a asomarse a través de la piel, igual que cuando agonizaba, como si su esqueleto quisiera escapar de su cuerpo.
Y entonces tuve que quedarme a cuidarla, como lo hacia en el pasado, en una nueva noche circular en cuyo interior, oscuro como si fuera una tubería, no se alcanzaba a mirar la luz del sol. No había calor que, igual que una caricia, nos llenara de esperanza y lo peor es que yo sabía que velando a una madre muerta estaba condenado a morir yo también.
¿Y después?
Cuando hubiéramos muerto, mi prima, mi tía, mi hermana y yo, ¿quién velaría la agonía del fantasma? ¿Acaso el arroz se acumularía en la estufa hasta que la casa reventara y la comida saliera por las ventanas? ¿Y si no sacábamos los manteles que mi madre doblaba?
Mientras pensaba en esto me quedé dormido, sólo para descubrir, a la mañana siguiente, que mi madre había muerto por segunda vez.

Varios meses transcurrieron y nadie se atrevía a decírselo; simplemente la dejábamos hacer.
Sin embargo, mi tía comenzaba a debilitarse. Aquella situación era superior a sus fuerzas. Desde que yo era niño, recuerdo que ambas hermanas —además de los otros 6 que conformaban la descendencia de mis abuelos— eran muy unidas. Mi tía se sentía devastada por verse obligada a vivir junto a un espectro que no se resignaba, o peor aún que ni siquiera se había enterado que aquello había sucedido, a morir.
Mi hermana y yo charlamos muchas veces respecto a la posibilidad de hablar con mi madre pero no, ninguno de los dos nos atrevíamos. Sólo la veíamos ir y venir con sus ollas de arroz y sus manteles doblados.

Cada dos semanas, el fantasma enfermaba y fallecía.
No importaba cuántas veces lo hubiera visto, siempre me horrorizó que un cuerpo (en este caso se trataba de la representación onírica de uno) pudiera descomponerse en vida, y con ello me refiero al recuerdo que tenía de mi madre en la etapa terminal del cáncer, hasta que no quedara ni un mínimo vestigio de la mujer que fue.
Entonces tomé la determinación.
Un día llegué a casa de mi tía, con los puños apretados y sin decir nada, subí las escaleras hasta donde mi madre continuaba doblando manteles para guardarlos en su cajonera.
Sin alzar la vista, lo único que alcancé a decirle fue que ya no hiciera más eso, que hacía ya un año que se había muerto y por favor descansara para que los demás pudiéramos descansar.
Mi madre no respondió nada.
Se me quedó mirando y sus ojos, por fin, pudieron llorar aquellas lágrimas que estaban intentando salir desde que ella tenía cáncer y se iba morir, las lágrimas que serían como dolor hecho agua que llenaría las tuberías de las noches circulares.
Y yo, igual que un cachorro, sólo quería que alguien me acariciara la cabeza o deseaba, por lo menos, convertirme en un mantel para que mi mamá me doblara y me guardara en algún cajón.
Entonces me salí del cuarto.
Me senté en la sala, de frente a mi tía y mi prima y ninguno dijimos nada.
Luego mi prima se levantó y fue a ver, supongo, si mi mamá seguía ahí. Tampoco pronunció palabra alguna a su regreso, pero estaba llorando.
Algunas horas después, vi cómo sacaban mi cuerpo envuelto en una bolsa negra, de la recámara.
Y yo no regresé a casa de mi tía sino hasta dos semanas después para comer un poco de arroz y doblar los manteles que mi madre hubiera dejado pendientes.


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